Vida y obra de Samaniego
Emilio Palacios Fernández
Abreviaturas
A.H.N.:
Archivo Histórico Nacional. (Madrid).
Archivo Histórico Nacional. (Madrid).
A.M.L.:
Archivo Municipal de Laguardia.
Archivo Municipal de Laguardia.
A.M.T.:
Archivo Municipal de Tolosa.
Archivo Municipal de Tolosa.
A.P.A.:
Archivo Provincial de Álava. (Vitoria).
Archivo Provincial de Álava. (Vitoria).
A.P.S.J.:
Archivo de la iglesia parroquial de San Juan (Laguardia).
Archivo de la iglesia parroquial de San Juan (Laguardia).
A.S.V.:
Archivo del Seminario de Vergara.
Archivo del Seminario de Vergara.
B.N.:
Biblioteca Nacional (Madrid).
Biblioteca Nacional (Madrid).
F.G.:
Fondo Gortázar (En el Archivo Provincial de Álava. Vitoria).
Fondo Gortázar (En el Archivo Provincial de Álava. Vitoria).
F.P.:
Fondo Prestamero (En depósito en la Caja de Ahorros Municipal de la Ciudad de Vitoria).
Fondo Prestamero (En depósito en la Caja de Ahorros Municipal de la Ciudad de Vitoria).
F.U.:
Fondo Urquijo (En el Archivo de la Diputación de Guipúzcoa. San Sebastián).
Fondo Urquijo (En el Archivo de la Diputación de Guipúzcoa. San Sebastián).
Nota: Las abreviaturas de las revistas son las empleadas por D. José Simón Díaz en su Manual de Bibliografía.
Introducción
Hablar de Samaniego a estas alturas, en que sus fábulas han
quedado de lado como algo perteneciente al pasado, aún no lejano, puede parecer
una inutilidad. Sin embargo, no carece de ciertos alicientes el tratar su
polémica figura y situarla en su no menos polémico siglo.
No hace mucho, E. Jareño, en su introducción a una de las
numerosas ediciones de sus fábulas1, constataba uno de los grandes equívocos
que pesan sobre nuestro fabulista. Con ser un personaje «de los que suenan»,
popular, sin embargo es muy poco leído. Yo añadiría además que muy poco
conocido. Suena su nombre, pero pocas cosas se saben de él.
La vida y la obra de Samaniego encerraban una serie de
lagunas que exigían un rápido trabajo. No soy, sin embargo, el primero que
intenta desvelar su figura. Atrás quedan las páginas de críticos anteriores. Y
para empezar, las de D. Martín Fernández de Navarrete2, antiguo discípulo y
posterior amigo del fabulista, que desgraciadamente pecan de escuetas y
contienen algunos errores que pasaron ineludiblemente a biógrafos posteriores.
No poca culpa tuvo en esto el mismo Samaniego, que se mantuvo reacio a las
peticiones del futuro biógrafo de Cervantes, que pretendía relatar su vida. De
él se aprovecharon después, con desigual fortuna e invención, otros varios.
Quintana las utilizó casi íntegramente para su Colección de poesías selectas
(1807), con algunos añadidos exclusivamente de crítica literaria. Más provecho
sacó sin duda su nieto D. Eustaquio Fernández de Navarrete, que amplió la
biografía con datos de su Archivo de Ávalos3. Pero peca de moralizador, a la
vez que conserva los errores anteriores; sin embargo ha sido la fuente de
información de cuantos han escrito, aunque no sea más que unas escuetas líneas,
sobre nuestro fabulista.
Toda la literatura posterior aporta pocos datos esenciales,
si exceptuamos los trabajos de Cotarelo y D. Julio Urquijo. El primero utilizó
preferentemente las notas de Eustaquio Fernández de Navarrete, aunque hizo de
ellas una interpretación libre. No pocas veces aparece en Iriarte y su época4
nuestro personaje, siempre enfrentado al autor de las Fábulas literarias, pero
con fortuna adversa por su intento de defender y alabar a su biografiado. Por
lo demás es un libro excelente.
D. Julio Urquijo habló de Samaniego como fruto de una
polémica con D. Marcelino Menéndez Pelayo5. Tras el intento del santanderino de
introducir a la Sociedad Vascongada, y con ella, y en lugar destacado, a
nuestro fabulista, en el templo de la heterodoxia española, le respondió el
erudito vasco. Al celo del primero se opuso el celo del segundo, y si no
salieron canonizados, por lo menos quedó la causa votada a suspensión. Pero en
este tira y afloja, junto a los datos ya conocidos, el Sr. Urquijo proporcionó
otros nuevos que su erudición había recogido.
Muy mal parado salió el fabulista de la pluma de D.
Marcelino, quien, quizá con mucho desconocimiento de hechos y exceso de
devoción, emitió infundios que tendré que aclarar. Más me hubiera gustado que
él mismo rectificara, según parece iba a hacer antes de morir, tras el estudio
detenido de datos cuya existencia ignoraba con anterioridad.
Para hacer la biografía parto, pues, de una dificultad
esencial: la escasez de datos escritos. Mis primeros contactos con los
archivos, sobre todo el archivo familiar6, me han traído en seguida otra mayor:
gran parte de los datos eran erróneos o infundados, y esto sin necesidad de
llegar a las versiones de críticos sin escrúpulos, tal como analizaré a lo
largo de estas páginas. He tenido que partir casi de cero por temor a aceptar
como cierto cosas que en el mejor de los casos eran hipotéticas.
Si en lo que se refiere a la biografía las dificultades son
grandes, no lo son menores en lo referente a su obra. Las fábulas han sido
profusamente editadas, por su valor «moralizador». Por el contrario, sus
cuentos verdes, en ediciones limitadas, son de difícil acceso. Igual de
complicado resulta hacer la historia de los varios artículos críticos, unos
publicados por el mismo Samaniego en ediciones piratas, y otros perdidos en el anonimato
de la prensa madrileña, y de complicada identificación. Otras poesías y la
correspondencia, desperdigada por los sitios más inverosímiles, a veces
inédita, sirven a presentarnos una visión más amplia.
La crítica no se ha ocupado excesivamente de nuestro
fabulista. Por lo general se reduce a unas breves líneas de manual, que siempre
dicen lo mismo, y exclusivamente referidas a las fábulas. ¿Y el resto de la
obra? Este olvido intentó ser subsanado, hace ya tiempo, por D. Julián Apráiz,
con un trabajo tan bien intencionado como escaso de ideas7. De todas formas nos
proporcionó, por primera vez, una colección, si no íntegra, sí esencial, de los
textos críticos de Samaniego. Él tuvo también el honor de descubrir la famosa
Carta apologética al Sr. Masson, en la que el fabulista criticaba a su
adversario Iriarte.
Pero el vacío crítico en algunos de los campos de la labor de
Samaniego todavía es evidente. Poco se ha dicho de sus cuentos verdes, por
medio está la pudibundez hoy no mantenible, ni sobre su crítica teatral de
tanto interés en la marejada literaria del siglo XVIII.
No pretendo hacer de Samaniego un eximio hombre de letras,
porque no lo fue. Practicó la literatura por distracción, pero nunca fue un
profesional de la misma, e hizo crítica porque era un hombre de su época y no
podía quedarse al margen de las polémicas literarias de la sociedad que le tocó
vivir.
Sin duda fue un hombre importante en su momento, tanto en su
labor social como literaria. Las fábulas le abrieron las puertas del templo de
las letras, casi sin quererlo, y en él estuvo hasta que se cansó. Pero,
mientras, su nombre aparecía en términos elogiosos en la prensa madrileña.
En este trabajo no pretendo sino fijar la personalidad de
Samaniego. Acercarme a su vida, con la mayor verosimilitud, y trazar su perfil
humano. Y acercarme a su obra, a su obra total, no sólo de fabulista, con el
mayor desapasionamiento posible. Ni quiero ser un Navarrete, ni un Cotarelo, ni
un Menéndez Pelayo, ni un D. Julio Urquijo. Sé que no es fácil colocarse en un
puesto justo, ni librarse de ciertos apasionamientos en favor de uno u otro
crítico. Por lo menos que quede aquí la constancia del intento.
Pero como, sin duda, a un escritor, y menos si es polémico,
no se le puede comprender si no es inserto en su época, no me resisto, aunque
brevemente, a trazar unos rasgos del vapuleado siglo XVIII.
El Siglo de las Luces, como se le ha llamado, ha tenido una
crítica muy dispar, y no pocas veces interesada. Por lo general, se ha
presentado como un siglo de decadencia en la cultura, de esterilidad y
retroceso. Y en no pocos aspectos es una crítica acertada, pero en otros no deja
de ser errónea e injusta. Se trata de un período mal estudiado, sobre el que
pesan los tópicos arbitrarios del siglo XIX, románticos y partidistas.
El estudio de este siglo ha estado, con frecuencia,
desenfocado al considerarlo en bloque. Yo distinguiría dos claras etapas, cada
una con sus caracteres bien definidos. Una primera parte en la que se sigue la
decadencia del siglo anterior, con su manifestación literaria del Barroco, y
una segunda mitad de siglo en la que se intenta un resurgir de esta situación
penosa. El período de la Ilustración sólo puede ser comprendido como un intento
de salir del marasmo en que la nación se había sumido. La sociedad, la
literatura, con sus últimas degeneraciones barrocas, totalmente
incomprensibles, la economía, estaban en un punto cero. Sólo en este marco
tiene cabida la literatura del siglo XVIII. Esta tomó una perspectiva
utilitaria, que sirviera de apoyo al esfuerzo común de levantar al país. Sin
duda no fue la literatura el aspecto más boyante de nuestro siglo XVIII, sobre
todo si la contrastamos con el siglo anterior y sus colosos Lope, Góngora y
Quevedo. Sin embargo hubo otras parcelas del saber que sí merecerían ser
destacadas: investigación, erudición, economía y ciencias experimentales tienen
un merecido puesto en nuestra historia nacional.
Esta revolución, por supuesto, no fue fácil y las polémicas
pueden destacarse, y esto es triste, como un rasgo diferenciador del siglo. El
resurgir podría haberse realizado en un intento de rejuvenecimiento del país
partiendo de sus esencias mismas, siguiendo el camino que había abierto el P.
Feijoo. Pero fue más cómodo echar mano de las conquistas europeas. Y en un
período en que lo francés estaba de moda, pujante, fue nuestro vecino país el
modelo esencial que guió nuestra vida nacional, sin duda acrecentado por la
protección de los Borbones, franceses, en el poder. No hubo mala voluntad en
los ilustrados cuando su vista se dirigía a Francia y la tomaban por modelo, y
en ello, sin duda, se halló mucho provecho. Pero no todos los españoles estaban
dispuestos a dejarse avasallar por unas ideas venidas de fuera, y vino el
apasionamiento y la polémica estéril. No hubo un hombre importante en este
siglo que no tomara partido por uno u otro bando.
Pecarían también de parciales estas notas si no
distinguiéramos la existencia de dos grupos claramente definidos: la minoría
ilustrada que, con el apoyo del poder, intentaba realizar el cambio, y una gran
masa que se agarraba a las tradiciones como medio de supervivencia. Esta
oposición progreso-conservadurismo es esencial tenerla presente si queremos
entender la literatura neoclásica. El pueblo, salvo raras excepciones, no llegó
a gustar la nueva estética importada y se quedó en sus clásicos y en los
degenerados poetas del estilo Barroco.
Sólo en este panorama podemos insertar la vida de Samaniego.
Hacendado ilustre e ilustrado que se vio lanzado a la vida pública, más por el
impulso de las circunstancias que por voluntad propia. Sin duda, si él no
hubiera tenido contacto con la Real Sociedad Vascongada, modelo y órgano
importante de la Ilustración, no habría salido de la mediocridad, a la que su
carácter desvaído le llevaba. Pero una vez encumbrado en la sociedad no pudo
menos que hacer frente, honradamente, desde sus supuestos y educación a la
francesa, a los problemas en que el país se debatía.
En este trabajo intentaré presentar a nuestro fabulista
inserto en su época: su vida y su obra sólo tienen justificación en este
contexto. Haré especial hincapié en aquellos aspectos menos estudiados, si es
que alguno lo ha sido con profundidad, preferentemente su aportación a la
crítica teatral y la noticia de sus cuentos verdes. Los apéndices que coloco al
final pueden ser un buen complemento en cuanto aportación a su biografía y a su
obra. Completo esto con una bibliografía lo más extensa posible, muy
especialmente en lo que se refiere a nuestro autor.
Únicamente me resta, antes de emprender este trabajo, hacer
una advertencia práctica: los textos procedentes de manuscritos serán
modernizados, ya que suponen una cierta interpretación. Por el contrario,
aquellos otros textos que proceden de libros de la época se han mantenido en
sus formas respectivas, por respeto a la letra impresa y porque las diferencias
gráficas son mínimas.
Vida de Félix María Samaniego
12 de octubre de 1745
«En catorce de octubre de mil setecientos y cuarenta y cinco,
yo el infrascrito, Beneficiado de las iglesias parroquiales de esta villa de
Laguardia y teniente Cura de la del Señor San Juan de ella, bauticé
solemnemente en la pila bautismal de dicha iglesia a Félix María Serafín, hijo
legítimo de D. Félix Ignacio Sánchez Samaniego y Munibe, natural y vecino de
dicha villa y de D.ª Juana María Teresa Zabala, vecina de dicha villa y natural
de Tolosa de Guipúzcoa. Abuelos paternos D. José Antonio Sánchez Samaniego y
D.ª María Ana Teresa Munibe e Idiáquez, vecinos de esta dicha villa. Maternos,
D. José Zabala Yurreamendi y D.ª María Rosa Arteaga y Lazcano, vecinos y
naturales de dicha villa de Tolosa. Nació en doce de dicho mes entre once y
doce de la noche. Fue su padrino D. Francisco Martínez de Coca, vecino de esta
dicha villa. Y para que conste, lo firmo.-D. Juan Antonio Mateo Fernández»8.
En Laguardia acababa de comenzar la vendimia. El sol apenas
podía romper la niebla de las mañanas. Todo era actividad en aquel pueblo de
larga historia, encerrado en las murallas de su recortada colina.
Los Samaniego tenían una larga tradición en este bello rincón
de la Rioja alavesa9. Sus cabezas de familia desempeñaron durante mucho tiempo
los puestos de regidor perpetuo y alférez mayor de la villa, hasta pasado el
primer tercio del XVIII, en que se suprimieron dichos cargos10. Eran gente
acomodada, con grandes posesiones. En Laguardia tenían dos mayorazgos de
pingües beneficios: casas, viñas, lugares de sembradío y ganado11. También eran
titulares desde antiguo del Señorío de Arraya12. Estaba localizado éste en un
lugar montañoso surcado por varios arroyos, al otro lado del puerto de Azáceta,
próximo a Vitoria. Rentas, juros y otras posesiones menores completaban los numerosos
bienes de la familia.
Félix Ignacio Sánchez de Samaniego y Munibe, padre del futuro
fabulista, había casado en octubre de 1737 con Juana María de Zabala y Arteaga
Yurreamendi, natural de Anzuola (Guipúzcoa). Pertenecía ésta a la familia de
los Condes de Villafuerte y estaba emparentada con los Marqueses de Valmediano,
ambas familias ilustres de Tolosa. Don Félix Ignacio era sobrino del Conde de
Peñaflorida. Estaban, pues, relacionados con lo más selecto de la nobleza y
aristocracia del País Vasco.
El matrimonio vivía feliz en Laguardia en una bella casona
barroca, de buenos sillares, construida a principios del siglo XVIII. Enfrente,
la plazuela de San Juan con la iglesia del mismo nombre. La casa-palacio era
grande: amplio vestíbulo, alcobas, habitaciones, recibidor, estrado y
oratorio13. También tenía bodega en los sótanos y recinto para aperos de
labranza y ganado. La portada en tres cuerpos de tamaño descendente. En el
primero, una gran puerta flanqueada de columnas y repisa sobre la que había un
hermoso balcón. Las paredes, lisas, estaban abiertas con ventanas que daban
abundante luz a los interiores. En el tercer cuerpo había un escudo de armas de
cuatro cuarteles, de confección barroca.
Fue Félix María Serafín el quinto de los nueve hermanos con
que Dios enriqueció tan noble matrimonio. Antes que él habían nacido María
Josefa (1738), Antonio Eusebio (1739), Juana María (1740) y María Lorenza
(1742). Después de él nacerían Isabel (1747), Santiago (1749), Francisco Javier
(1752) y Francisca Javiera (1753)14.
Educación y estudios
Poco sabemos de los primeros años de nuestro biografiado.
Pasó su infancia en Laguardia rodeado de todos los cuidados. Vivía con la
familia Gaspar Calvo, con el oficio de paje. Tenía éste escasa, aunque
ordenada, erudición. Ligado a los Samaniego hacía ya tiempo, educó a todos los
niños en los primeros conocimientos. Gaspar era tratado como un miembro más de
la familia15. Con él aprendió Félix María los rudimentos de leer, escribir,
cuentas y nociones de gramática, durante seis años. Es de esperar que también
educaría su conducta, aunque sus padres siempre tuvieron un cuidado insistente
de los hijos.
Era su padre hombre ilustrado y de gran gusto. Había
interrumpido sus estudios de abogacía para hacerse cargo de la hacienda por
muerte de su hermano. Siempre existió en él una preocupación por la
autoformación, quizá acrecentada por sus continuos contactos sociales con gente
ilustrada del país. Estaba al tanto, pues, de las últimas ideas en educación,
tan llevada y traída en el siglo XVIII, y quiso que sus hijos se educasen en
las nuevas formas. Así les instruyó no sólo en conocimientos intelectuales, sino
también en formas sociales. Jovellanos, en su Memoria sobre Educación Pública,
nos muestra qué tipo de educación estaba en boga entre los pudientes:
«Se cuida mucho de enseñar a los jóvenes a presentarse,
andar, sentarse y levantarse con gracia, a hablar con modestia, a saludar con
afabilidad y cortesanía, comer con aseo, etc.; se consume mucho tiempo en
enseñarles la música, la danza, la esgrima y en cultivar todos los talentos
agradables e inútiles y se les deja ignorando la verdadera decencia, modestia,
urbanidad».
Era una educación en la que se intentaba compaginar la
severidad con la comprensión, pero en la que ésta se llevaba la palma, quizá
como reacción al tradicional palo como medio pedagógico. Don Félix Ignacio,
labriego bonachón, educó a sus hijos con bondad, pero al mismo tiempo con la
austeridad y dureza que se estilaba por aquellas tierras. Y quiso, ya que tenía
medios económicos para ello, que ampliaran sus estudios.
En octubre de 1754, Antonio Eusebio, el primogénito,
ingresaba en el Real Seminario de Nobles de Calatayud, después de justificar la
notoriedad, calidad y nobleza familiar. Allí estudió tres años con los
jesuitas, que lo regían. Junto a las asignaturas tradicionales, otras más
modernas y en consonancia con los nuevos gustos: baile, esgrima, violín16.
Santiago, el menor de los varones, seguiría la carrera militar.
Félix María completaba su formación con clases de Gramática y
Francés que recibía del jesuita Francisco Antonio Azcárate en sus largas
estancias con sus tíos los Condes de Peñaflorida en Azcoitia.
Destinado como varón segundo a la abogacía, según ya era
tradicional, hubo de cambiar de rumbo, porque Antonio Eusebio, heredero de los
mayorazgos, había entrado en religión. Así lo comunicaba el padre a su primo
Félix José Manso de Velasco:
«Con esta ocasión te participo cómo mi hijo mayor Antonio
Eusebio tomó la ropa de la Compañía de Jesús, habiendo sido su vocación muy
probada y aprobada por sujetos de literatura y virtud. Y aunque en lo principal
nos damos por muy dichosos, el sentimiento natural es muy correspondiente al
cariño que le tenemos y que él se merecía por sus prendas»17.
Casa natal de Félix María Samaniego
Escudo de Félix María Samaniego
En noviembre de 1757 entraba en el noviciado jesuítico de
Villagarcía de Campos. Las primeras cartas que envía desde allí muestran ya una
devoción y espíritu religioso poco común. Con frecuencia agradece la educación
recibida,
«...pues que por la educación tan cristiana que se me dió en
ella (mi casa) tengo tanto bien»...18.
Esta misma educación religiosa habría que hacerla extensiva a
su hermano Félix, con el que se llevaba muy bien.
En marzo de 1758 se casaba su hermana María Josefa con su tío
Félix José Manso de Velasco, que lo hacía por vez tercera y con una diferencia
de edad considerable. Boda, al parecer, interesada, que dio mucho que hablar.
La familia se iba disgregando, pues la madre moría poco tiempo después (8
junio).
El atraso que en materia educativa existía en España y las
dificultades de comunicación del País Vasco con el interior, habían introducido
la costumbre en la nobleza de la zona de enviar sus hijos al vecino país19.
Francia ejercía en este momento la hegemonía espiritual y en cierta manera
estaba de moda lo francés. Ya había quedado atrás aquel gran temor al
protestantismo que había obligado a Felipe II a dictar ley prohibiendo el
estudio en centros extranjeros. Aún al P. Feijoo los Pirineos le parecían una
barrera infranqueable «porque nada pudiese pasar de aquella nación a la
nuestra». Sin embargo, la subida de los Borbones al trono español supondrá una
total apertura a la nación vecina. Allí habían estudiado con éxito otros
miembros de la familia. Su tío-abuelo, el Conde de Peñaflorida, lo había hecho
en Toulouse con gran aprovechamiento y felicitación del rey en su tesis de fin
de estudios20. Además era un viaje más cómodo y fácil, y menos largo. En contra
de lo que las escasas notas biográficas nos han dicho. Félix María no estudió
en la ciudad donde lo hiciera su tío, sino en Bayona. Los Samaniego tenían
mucha relación con un tal Sr. Barrau, agente comercial de ventas de lanas de la
casa y de sus amigos y familiares los Manso de Velasco, que vivían en
Torrecilla de Cameros. Él se encargó de hacer los pagos al Colegio de los
jesuitas, donde residía el joven riojano. No tenemos demasiadas noticias de
estos momentos de su vida: sólo algunas referencias, en cartas principalmente21.
Se fue a Francia en septiembre de 1758. Allí estudió Latines,
Humanidades y algunas nociones elementales de otras ciencias. Aprendió a danzar
y a tocar el violín y la vihuela. De aquí le vino su pronunciado gusto por la
música, que no abandonó en toda su vida22. Debió pasar también alguna temporada
en un colegio de Burdeos23 completando estudios. Los veranos y navidades volvía
a casa.
A su padre, acomodado campesino, le caían en gracia los
nuevos aprendizajes de su hijo. Cuando escribe a su primo Félix José Manso de
Velasco (Laguardia, 1 septiembre de 1758) y le habla de su hijo, la única
referencia que le hace es:
«...y a mío Félix, que está probando la danza»24.
Samaniego debió estar por tierras francesas hasta acabado el
curso 63-64. Parece que al final se dedicó más a viajar y divertirse que a
estudiar, si tenemos en cuenta la carta que dirige el Sr. Barrau a su tío Félix
José (Bayona, 6 agosto de 1764):
«Quedo prevenido de no entregar nada por encargos ni de otra
manera por el Sr. D. Félix María de Samaniego sin orden de V. M. lo que tampoco
hubiere hecho sin su nuevo aviso, pues no ignoro que ha gastado bastante dinero
en ésta y en su viaje a San Sebastián»25.
La cuenta enviada en mayo había sido, por lo visto, un tanto
elevada: 5.917 reales vellón.
Su educación francesa, sin ser profunda, había sido algo más
que un tinte superficial. Adquirió una cierta cultura, afición a las letras, un
gusto por lo francés y no pocas costumbres galas. Sin embargo, no hay que
pensar, como afirman algunos críticos, que se pervirtió26. Ni sus estudios
entre jesuitas ni su excesiva juventud permitían una desviación de su espíritu.
Ni enciclopedismo ni volterianismo fueron males suyos de este momento. Pero
Samaniego era un hombre de su tiempo y también quiso trabajar por su patria
partiendo de presupuestos franceses, tan de moda y en cierta manera útiles, que
él adquirió después en lecturas y tertulias. Incluso muchas de estas costumbres
fueron cayendo poco a poco, porque su espíritu era poco amigo de perifollos y
amaneramientos. Siempre que podía, vivía en su sencillez campesina, mientras
que rendía tributo a las costumbres en boga cuando tenía que hacer relaciones
sociales.
Samaniego y la fundación de la Sociedad Vascongada de Amigos
del País
Pasado este «período francés» Samaniego volvió a casa junto a
su padre27. Mientras, otro miembro de la familia se había separado: María
Isabel había ingresado monja en el convento de Santa Clara, extramuros de la
ciudad de Vitoria28. En ca sa sólo quedaban Santiago, que alternaba sus
estancias en la villa con su formación militar, y Javiera.
Su biógrafo D. Eustaquio Fernández de Navarrete nos lo coloca
en Laguardia sin las distracciones propias de su estado y educación, y con el
grave peligro de dedicarse al juego y a la diversión29. Y añade después, para
empeorar el panorama, que «juntaba las circunstancias propias para perderse en
la disipación de señorito de aldea: rico, alegre, guitarrista, decidor y
poeta». No sé si ya le había entrado la afición a los versos, pero es evidente
que su mayor problema era el aburrimiento. Precisamente por eso comenzó a
frecuentar con más asiduidad las tierras guipuzcoanas de Azcoitia, Azpeitia y
Vergara, donde vivían sus tíos los Condes de Peñaflorida y otros familiares,
reduciendo las estancias en su villa natal.
Así describe su amigo Pedro Valentín de Mugartegui andanzas
comunes de estas fechas:
«El 3 de febrero del año de 64 fui a Vergara en compañía del
Conde de Peñaflorida y otros, a las funciones de San Martín de Aguirre, y volví
el día 8. Los siete días siguientes tuvimos una bella orquesta compuesta del
Conde, Rocaverde, Gamarra, Sordel y Mazarredo, y cantaron varias arias y
sainetes las tres hijas del Conde, las dos hermanas Ansoteguis, la Gertrudis
Ozaeta, el sobrinito de Gamarra y nuestro organista... El 4 de Junio fui a
Azcoitia con el organista Marcos a los ensayos de óperas y tragedias y volví el
9 del mismo, en compañía de don Félix María de Samaniego a pasar las Pascuas.
El 13 del mismo pasamos a Azcoitia a continuar los ensayos hasta el 2 de julio
y los cinco días siguientes de Juntas, en los que representamos la tragedia de
Metastassio, intitulada La Clemencia de Tito, traducida por don Joaquín María
de Eguía y las dos óperas cómicas bufas intituladas El Mariscal en su Fragua y
El Borracho Burlado, la primera traducida del francés y la segunda compuesta y
puesta en música por don Xavier María de Munive, Conde de Peñaflorida, don
Joaquín María de Eguía, don Félix María de Samaniego, don Pedro Valentín de
Mugartegui, Marcos Recalde y Xavier de Echevarría. Las actrices, doña María
Josepha de Munive y Marianita Balzola... El 2 de septiembre fui a las famosas
fiestas de Vergara, que empezaron el día 10 y se concluyeron el 15: hubo
funciones de iglesia, cucañas, tres corridas, dos de Castilla y una de Navarra,
hermosos fuegos, carro triunfal, parejas, bella iluminación y las dos famosas
óperas El Mariscal Ferrant (sic) y El Borracho Burlado, que las representamos
los mismos actores que en Azcoitia menos Mari Pepa, en cuyo lugar entró la
Gertrudis Ozaeta»30.
Pero lo más importante de estas fiestas en honor de San
Martín de Aguirre, cuya celebración congregó a la nobleza del País Vasco,
fueron sus consecuencias. El Conde de Peñaflorida, que creía que no había nada
más despreciable para un noble que la ociosidad, consiguió aglutinar en un
interés común y útil a estos personajes que ya tenían sus tradicionales
reuniones en las que «se jugaba, se bebía, se comía, se parlaba y cada uno se
retiraba a su casa con la esperanza de volver la noche inmediata a la misma
distribución»31. Ya antes el mismo Conde había intentado introducir cierta
inquietud intelectual organizando las reuniones de una manera más formal: «Las
noches de los lunes se hablaba solamente de matemáticas, los martes de física,
miércoles se leía historia y traducciones de los Académicos tertulianos, los
jueves una música pequeña o un concierto bastante bien ordenado, los viernes
geografía, sábado conversación sobre los asuntos del tiempo, domingo música»32.
Pero esto tenía demasiado carácter local, y cuantos intentos llevó a cabo el
Conde para elevarlo a una categoría provincial (Juntas Provinciales de
Guipúzcoa, 1763-1764), aún no habían dado ningún resultado práctico. La idea de
formación de una sociedad al estilo de otras europeas tuvo éxito entre los
reunidos. De mediados de septiembre hasta el 24 de diciembre del mismo año se
reunían en Azcoitia, y hacían los estatutos provisionales de lo que sería la
Real Sociedad Vascongada de Amigos del País. Eran 19 los primeros miembros,
entre ellos Samaniego con sus diecinueve años recién cumplidos. Desde sus
comienzos, el riojano realizó una labor activa para la organización:
sugerencias, redacción de papeles y correspondencia...
Los primeros momentos no fueron nada fáciles: excesivo
trabajo y duras críticas de los que veían en esta innovación un peligro para la
situación inamovible de los conservadores. Pero la voluntad de trabajo estaba
por encima de todo. Así veía su fundador y primer directivo esta crítica
situación:
«Desde luego se publicó la resolución de sujetos particulares
y de tanta recomendación, se derramaron con esta novedad mil invectivas que
abortó la emulación, el despique, la ignorancia y el horror a la no vedad».
«La seguridad de su conciencia, la nobleza de los fines a que
dirigía su establecimiento sino la hicieron insensible a los tiros de la
impostura y de la indiscreción, a lo menos, se los presentaron sino
despreciables, a lo menos, no tan sensibles de lo que debían serle en otras
circunstancias. Y como veía tanto error de hecho y de entendimiento, en estas
contradicciones, abrazó el prudente partido de mirarlas con compasión»33.
El mismo año de 1764 aparecía en Vergara una Apología de una
nueva Sociedad últimamente proyectada en esta M. N. y M. L. Provincia de
Guipúzcoa con el título de los Amigos del Pays. Bajo el nombre de apología se
encerraba una dura crítica de la Sociedad naciente, con una ironía desbordante.
Ataca sobre todo su aparente extranjerismo. Así dice: «es tanto lo que me ha
removido este proyecto, que al instante marcho a Francia, a aprender el Silvo
de Capador, para poder entrar en esta sociedad». La Sociedad no quedó callada y
respondió con la misma moneda con un folleto a vuelta de correo titulado
Respuesta de Valentín al Autor de la Apología. Respuesta, en verdad, dura y
concisa. ¿Estaba tras de ella el ingenio del joven Samaniego?
«Desengáñate pobre, que por más que ladres, acabará la Luna
su carrera. Nos lleba el genio, y le seguimos, dejando atrás al siglo, que no
nos puede alcanzar, y rabie quien rabiare».
Y más adelante:
«La Bufonadita de comunicarme tu determinación de marchar a
Francia a aprender el silvato de Capador, con una chistosa explicación de las
utilidades de su uso, me da un nuebo grado de conocimiento; bastante para
desengañarte, de que sea jamás admitido en tan respetable erudito Cuerpo;
ganarás la vida por otro lado, sigue tu Oficio: muerde, que este es tu
caracter, comas a los perros. Pero te advierto, que no lograrás siempre
cicatrizar la llaga de aquellos con la herida de estos; teme, no llegue el día
en que cada uno te muestre sus úlceras que no pudiste curar con tus remedios
paliativos»34.
El triunvirato rector (Peñaflorida, Narros y Olaso) pone en
marcha este mecanismo que será el primero y modelo de muchos que aparecerán en
España. Las reuniones de trabajo se sucedían unas a otras. El 7 de febrero de
1765 se celebraba la primera Junta General en Azcoitia. Eustaquio Fernández de
Navarrete afirma, un tanto gratuitamente, que en esta primera junta leyó
Samaniego alguna composición que no consignó en acta por ser «ensayos de un
joven». De todas formas en esta reunión se hizo más de lo que se esperaba:
«Junta pues así la Sociedad dispuso sus Asambleas literarias
en la casa principal de Olaso propia del Amigo Olaso, y su theatro de
dibersiones en la del Amigo Moyua. El día seis tubo una Asamblea preparatoria
en la sala destinada a funciones literarias. En ella examinó los discursos que
los Amigos encargados desde Azcoitia traían dispuestos para la Asamblea
pública, según el encargo que se les hizo en Azcoitia, y tubo el consuelo de
saver que los demás, traían también los suios como si la Sociedad fuese ya una
Academia de ciencias veterana»35.
Mientras, D. Felipe Tiburcio de Aguirre, Sumiller de Cortina
de S. M. y Capellán Mayor de las Descalzas Reales, presentaba a Grimaldi y al
rey el proyecto de la nueva Sociedad. Dos meses después, 8 de abril, llegaba la
autorización y protección real.
El contacto con estos personajes aumentó en Samaniego el
caudal de sus conocimientos y, lo que es más importante, le espoleó para
trabajar y formarse por su cuenta. No fue su misión la de un mero bufón que
entretiene a sus amigos con ocurrencias y tocando la guitarra u otro
instrumento musical, aunque también lo hiciera36.
En mayo del año en curso murió en Tolosa su tío D. Bernardo
de Zabala y Arteaga, casado con Josefa Teresa de Elio y Robles. Al morir sin
sucesor lega a Samaniego los tres mayorazgos de su pertenencia, sitos en dicha
villa: Yurreamendi, Idiáquez e Irala. Su padre se encargó de ellos
provisionalmente hasta que él tomara estado, y en su nombre el administrador
Martín de Sorreguieta. Con esto sus bienes de fortuna y prestigio aumentaron
considerablemente. Menudearon sus viajes a esta villa, donde pasaba temporadas
de descanso ocupado en sus aficiones favoritas: música, lectura y conversación.
También realiza viajes de negocios a la Corte, casi siempre acompañado de su
padre. La falta de ocupaciones concretas le permiten hacer continuos viajes.
Igual afición tiene su hermano Santiago, el militar, que no se pierde una
fiesta ni en Corte ni en su tierra. Le encontramos indistintamente en Aranjuez,
viendo los bailes de parejas, o en Azcoitia en el carnaval. Gasta más de lo que
se le ha atribuido de «mesada», por lo cual su padre tiene que dar normas a los
administradores. Le gusta viajar y vivir37. Esto no le impide, al parecer, que
en octubre de 1769, tras unos lucidos exámenes, fuera ascendido a capitán,
siendo destinado a Valencia. Félix María, después de pasar carnestolendas en
casa de su hermana María Josefa, en Torrecilla, había ido a Azcoitia:
«...ayer marchó Félix, y por la adjunta sabrás su feliz
arribo, y la bulla que tienen en casa de Montehermoso, con el conde, su jesuita
francés, y los dos hijos mayores que hacen su papel en la Academia»38.
Pero algún presagio flotaba en el aire cuando justifican su
estancia en la villa, diciendo que así estaría más cerca de Tolosa por si fuera
conveniente su ida. Efectivamente, el 18 de abril estalló en Azcoitia una
revuelta popular, conocida con el nombre de «matxinada»39.
Parece ser que los caballeros especulaban con los cereales al
obligar a la clase humilde a pagar sus rentas en granos, con lo cual, al
almacenarlos, hacían subir los precios del pan. Anteriores soluciones
provisionales no habían resuelto nada. Por eso, ahora, la sublevación popular
se extiende por todos los pueblos de Guipúzcoa, obligando los machines a
capitular a los caballeros. La oligarquía vivió unos momentos de terror
temiendo el asalto de sus casas y graneros, e incluso por su vida. En un principio
el clero permanecía unido a los nobles. Pero la ulterior actuación de los
jesuitas, que dejaron en libertad a los obreros que construían la basílica de
Loyola, creó una cierta enemistad con esta congregación que a pesar de estar
tan unida a estos nobles, por tener la mayoría de ellos miembros de su familia
entre estos, sin embargo, después, tuvieron relaciones más tensas. A San
Sebastián, Tolosa y Vergara no llegó la revuelta. Y los nobles de estos lugares
fueron los que primero prepararon la resistencia y subsiguiente represión.
Entre los organizadores de Tolosa, junto al Conde de Echauz, aparece Martín de
Sorreguieta, administrador de los bienes de Samaniego en dicha villa. Pero el
golpe final quizá lo dio la expedición que partió de San Sebastián formada por
paisanos, caseros, nobles y soldados. «A éstos se fueron uniendo gente en el
camino, incluso nobles como los Marqueses de San Millán y de Narros, el Conde
de Peñaflorida... que se unieron como soldados rasos»40.
La operación fue un éxito total. Así lo comunica el señor
Samaniego a su suegro-primo Félix José Manso, refiriendo noticias de su hijo
Félix:
«Félix escribió que había visto quemar por mano de verdugo
las medidas y capitulares de los machines, que se hizo con mucha formalidad
puesta la tropa sobre las armas, que los demás castigos se suspenden por haber
reclamado los jesuitas de Loyola muchos de los presos»41.
Todo esto había sido un mal trago de solución feliz. Para
olvidarse del mal suceso hizo varios viajes a Tolosa, Bilbao y Bayona, este
último en compañía de su tío Juan Gerónimo de Frías Salazar, residente en
Logroño, y donde pasaron un mes largo, que Samaniego aprovecharía bien, dado el
afán intelectual que ahora le absorbía.
Su boda con Manuela de Salcedo
Pero quizá más importantes eran los viajes que hacía a la
industrial Bilbao. Allí tenía amigos y parientes, y allí había conocido a la que
sería su esposa: Manuela de Salcedo.
Los Salcedo eran una institución en Bilbao. Antigua familia
de abolengo42, habían seguido en sus últimas generaciones la carrera militar.
El abuelo, D. Miguel de Salcedo, mariscal de campo, fue gobernador de Málaga. Y
el padre, D. Manuel, capitán de Infantería, era agregado a la plaza de San
Sebastián y sargento mayor del Señorío de Vizcaya. Doña Manuela había estudiado
con otra hermana en un convento de Bayona, mientras que su hermano Felipe lo
había hecho con los jesuitas de Toulouse. Eran, por lo tanto, personas
instruidas. También tuvo un hermano sacerdote, del que José María Manso de
Velasco, sobrino del fabulista, decía «es un mentecato completo».
Los poderes para el contrato matrimonial se hicieron en
Laguardia a 12 de agosto de 1767 y las capitulaciones matrimoniales doce días
más tarde en Bilbao43. La boda tuvo lugar poco después en la capital vizcaína.
Los biógrafos nos presentan a doña Manuela como grave, decorosa y ordenada.
Caracteres dispares, pero bien avenidos en opinión de Eustaquio Fernández
Navarrete. Fray Juan Ruiz de Larrinaga, en un artículo que tiene tantos errores
como aciertos, dice:
«No sabemos si para este enlace consultó Samaniego su
corazón: lo cierto es que la esposa que tomó era enteramente diversa a él en
carácter y gustos: grave hasta la sequedad, decorosa, amiga del orden hasta
rayar en tacaña y sintiendo repugnancia hacia la gentualla; así es que
Samaniego era de carácter díscolo; y respetando al principio los gustos de su
mujer, la mudanza de estado y de domicilio contribuyeron a que no se
perdiese»44.
Por supuesto que los juicios son un tanto gratuitos. Ni
Samaniego era un díscolo, ni hay motivos para suponer que su mujer fuera el
cúmulo de todas las perfecciones. Añade además el mismo autor que doña Manuela
era «agraciada, rica y discreta».
La única apreciación que he encontrado sobre ella en esta
época se halla en una carta de 1768 que dice:
«Aquí he tenido el gusto de conocer a la Sra. esposa del Sr.
D. Félix María que me ha parecido muy bien, como toda la familia, y las noches
las pasamos en su casa debiéndoles nosotros mucha atención a toda la casa»45.
El nuevo matrimonio se fue a vivir a Laguardia, pasando
también largas temporadas en la cercana finca familiar de La Escobosa, a
orillas del Ebro. Con el nuevo estado, Samaniego vino a gozar también de la
posesión plena de los mayorazgos de Tolosa, que siguió administrándolos el
susodicho Martín de Sorreguieta, sacerdote influyente en la villa. Todos los
bienes, excepto el palacio de Yurreamendi y algunas de sus posesiones, fueron
arrendadas (1769) por siete años, operación que se irá repitiendo sucesivamente.
El Real Seminario Vascongado de Vergara
La Sociedad Vascongada iba creciendo en miembros y en
influencia. Las Juntas se celebraban con el entusiasmo de los primeros días y
la labor realizada era grande en todos los campos: industria, agricultura,
literatura... Pero para que la organización pudiera perpetuarse se necesitaba
educar a los jóvenes en el mismo espíritu. En las reuniones de Marquina de 1768
se creó una Junta de Institución de un Seminario Vascongado. La educación, por
otra parte, era el caballo de batalla de los hombres de la Ilustración:
solamente ilustrando la razón se podía salir del marasmo y decaimiento en que
se encontraba España. La Sociedad Vascongada abordó con frecuencia este tema e
hizo cuanto estuvo en sus manos para ponerlo en práctica46. Por otra parte, era
de interés para la nobleza vasca la creación de algún centro de enseñanza que
evitara la marcha de sus hijos al extranjero, y diera orgullo y esplendor
regionalista a la Sociedad. Sempere y Guarinos afirma al respecto:
«Los nobles españoles, que antes solían enviar a sus hijos a
varios Colegios y Casas de pensión de Francia, con mucho dispendio, y con el
riesgo irremediable de que se imbuyeran de máximas no españolas, y de que se
debilitaría en ellos el patriotismo, que es la pasión que más debe fomentarse
en todo noble; los envían al Seminario de Vergara, a donde la educación es
excelente, y ciertamente más propia para infundir en los ánimos de los jóvenes
españoles la piedad, la instrucción de que más necesitan, la modestia, la
frugalidad; y finalmente el amor a su País»47.
Tenía la Vascongada en Corte un hombre capaz de salir valedor
y hacer frente a los pequeños problemas que se le plantearon: D. Eugenio
Llaguno y Amírola, primer Secretario de la Secretaría de Estado. A través de él
pasaron todas las cuestiones relacionadas con la Corte: protección real,
aprobación de estatutos y creación del Seminario Vascongado48. Él va indicando,
como persona enterada y amante de su región, todos los posibles obstáculos.
Incluso él mismo modifica lo necesario, dando total cuenta al Conde de
Peñaflorida, con el que marcha de acuerdo.
Merced a este valimiento la Sociedad pudo conseguir el
colegio que la extinta Compañía de Jesús tenía en Vergara. El 6 de febrero de
1771 el director de la Vascongada tomaba posesión de él, mientras el rey dotaba
a los profesores con un salario del erario público. Tras los primeros tanteos
experimentales, el 11 de marzo de 1776 vino la aprobación real, abriéndose el
Real Seminario Patriótico Vascongado, que inauguró sus cursos oficiales el 4 de
noviembre del mismo año49.
El colegio, clasista (se exigía hidalguía y limpieza de
sangre para ingresar en él), se convirtió pronto en modelo de este tipo de
instalaciones y fue muy alabado por sus contemporáneos50. Posteriormente se le
ha considerado como la primera escuela laica precursora de Giner de los Ríos y
de la Institución Libre de Enseñanza. Por supuesto que habría que hacer serias
matizaciones, como las que hizo, aunque un tanto desorbitadamente, D. Julio de
Urquijo51.
Si me he extendido en la narración de la fundación del
Seminario de Vergara es porque la vida de Samaniego está ligada desde un
comienzo y plenamente a esta institución. Libre de toda ocupación puede pasar
largas temporadas trabajando activamente en las labores pedagógicas y
organizativas del mismo.
Igual actividad desarrolla respecto a la Sociedad. Miembro
activo, no sólo participa en las Juntas, sino en bastantes de los certámenes
que en ellas se organizan: «Envíame simiente de alfalfa, con instrucción para
sembrarla, diciéndome en qué términos se aspira al premio ofrecido por la
Sociedad, y para qué especie de ganados es a propósito. Son grandes los deseos
que tengo de dedicarme a la Agricultura»52. Este es el joven fogoso a quien le
interesa menos ser agricultor, su hacienda está en manos de su padre y de un
administrador, que participar en la empresa común del progreso.
El mismo año de 1770 se le encarga que haga un estudio sobre
la situación económica de la Rioja. Él acepta, aunque dudando que lo pueda
realizar cabalmente (¿dónde está el orgullo que algunos críticos le han
atribuido?). En agosto del año siguiente envía el informe a su tío el Conde de
Peñaflorida, y posteriormente lo presentó en las Juntas de septiembre de 177153.
La actuación de un ilustrado
Samaniego sigue en Laguardia desplazándose en frecuentes
viajes. El demonio de la lectura se ha apoderado de él. En la tranquilidad de
su pueblo halla el suficiente tiempo libre para poder dedicarse a este
menester. Su padre tenía ya una más que mediana librería, compuesta por más de
260 volúmenes: libros religiosos, históricos, de derecho y literarios. En lo
que respecta a los literarios los había de Quevedo, Tirso, María de Zayas, Fray
Luis de Granada, Santa Teresa, Virgilio, Ovidio, Horacio, Nebrija, Esopo...
Otros eran de la más rigurosa actualidad: Feijoo, P. Isla, P. Flores...54.
Predominaban los de carácter religioso y los de derecho, comprados seguramente
para los estudios de leyes de su padre.
Él fue ampliando poco a poco esta librería con los libros que
compraba en sus viajes a Madrid y Francia, hasta completar un total de 62255.
Siempre que iba a Bayona se pasaba por casa del librero Trebosc. Por lo demás
tenía también libre acceso a la abundante librería de su familia de Torrecilla
y a la de su tío el Conde de Peñaflorida.
«Remito con Manuel los libros de Vmd. y el Depósito General;
y he de deber a Vmd. me mande remitir copia certificada de la licencia para
leer la Enciclopedia», le escribe a su tío el Conde de Peñaflorida en
septiembre de 177256.
En la misma carta hace un alarde de verdadera disponibilidad
en favor de la Sociedad al añadir: «si pasase a Madrid sería un agente
infatigable de la Sociedad y me lisonjeo que tal vez pudiera hacer algún
progreso en nuestras pretensiones teniendo un Protector como Baños, que me
ofreció presentarme con fines a Ministros. Empero, ¿cómo podría yo confesarme
consiliario de este Real Cuerpo sin profanar este sagrado título o
ridiculizarme extraordinariamente? Pero no: en la Corte se juzga de ligero,
tiene mucho lugar el mérito aparente, valen más dos cuartos de charlatanería
artificialmente recubierta que un peso fuerte de erudición y prudencia».
Samaniego comienza a estar ya harto de esa vida aldeana que
lleva, la cual no le permite desarrollar toda su fogosidad interna. Por otra
parte, le falta la sujeción que dan los hijos. Después de varios años de
matrimonio no ha conseguido tener descendencia57. Esto va suponiendo vara él un
duro trauma. Todas las cartas familiares de esta época se hacen eco de este problema,
sobre todo las de su hermano Antonio Eusebio que reza continuamente por ello.
El 8 de septiembre de 1771 le escribe:
«Señor Pinchapeces: no esperaba yo menos de su buen corazón
de Vmd. que las expresiones de cariño de que me trata: estímole a Vmd. su
limosna, y espero que no perderá el fruto de ella; pues yo me empleo muy
frecuentemente en rogar a Dios le dé a Vmd. sucesión, si conviene...»58.
Pasa largas temporadas ejerciendo relaciones sociales en
Azcoitia y Bilbao. O le vemos en su casa-palacio de Yurreamendi en compañía de
su sobrino Mariano Antonio, hijo de su hermana María Josefa, iniciándole en los
conocimientos musicales ayudado por el maestro José Joaquín de Echaiz. También
acudía al santuario guipuzcoano de Aránzazu a oír la música del coro de
frailes.
Completando su formación, su antiguo maestro de infancia
Gaspar Calvo le da «lecciones de contar» de enero a mayo de 1772. Le hacían
falta para poder llevar la economía de sus bienes. (En realidad pocas veces lo
utilizaría para este fin).
En julio, los Condes de Baños, procedentes de Bilbao, pasaban
por Tolosa camino de San Sebastián. Samaniego, a la sazón veraneante en
Vergara, enterado, había previsto todo para que su administrador les hiciera un
recibimiento en consonancia con su categoría. Los Condes declinaron cortésmente
la invitación, a pesar de que se les había preparado el palacio de Yurreamendi
para su descanso y una suculenta comida en Idiáquez «compuesta a la moda del
País en que había, fuera de las cosas de carne, que da el país, en pescados,
langostas, lenguados, lubinas, merluzas, anguilas de mar, anguilas de agua
dulce y truchas»59. Los Condes se hicieron lenguas de Samaniego y rogaron le
transmitieran su agradecimiento. Todo el agasajo se redujo al recibimiento, y a
unas salvas de los cañones de Yurreamendi, palacio situado a orilla del camino
real.
En la correspondencia familiar de esta época se incluyen
noticias indirectas sobre gestiones realizadas por D. Félix María, al parecer
con éxito. Goza de plena salud y su actividad es desbordante. Es tenido por
persona sensata y se le pide su parecer en cuantos asuntos se presentan. Con
motivo de la petición de la villa de Vergara para implantar un colegio de
religiosas de enseñanza, el gobierno ausculta la opinión de la Vascongada60. El
centro, según el testamento de la donante de los fondos, deberían dirigirlo las
monjas de Juana Lestonac. Pero ya tenían el ejemplo de Tudela, donde se había
formado gran parte de las mujeres de sus familias, y exigían unas nuevas
directrices: una educación que hiciera a las mujeres útiles y les enseñara al
mismo tiempo a vivir en sociedad, para lo cual sería necesario el concurso de
profesorado seglar. Los informes son serios y desapasionados, buscando el mejor
bien de todos, con un intento de socialización abriendo el centro a personas
más humildes.
El informe de Samaniego es conciso, pero exacto:
«El establecimiento de esta enseñanza en la villa de Vergara
será utilísimo al público siempre que a la sólida instrucción cristiana, y
habilidades de manos, que dan las señoras Religiosas del Instituto de la
ilustre Juana Lestonac, se junten aquellos conocimientos esenciales a
desempeñar las obligaciones respectivas a los diferentes estados del sexo, y
siendo cierto que este conjunto no se halla (según es de desear) en las que hoy
vemos educadas por estas Religiosas será indispensable el auxilio de maestras
seculares.
Así lo siendo como cristiano y caballero. Vergara y marzo de
1775».
(Félix María Samaniego)
Este año de 1775 fue esencial para el lanzamiento público de
Samaniego: en enero fue elegido alcalde de la importante villa de Tolosa,
puesto que se ejercía durante un año. Dificultades familiares, su padre estaba
muy enfermo, le impidieron jurar el cargo hasta el 7 de marzo.
«Y estando así juntos compareció personalmente en dicha sala
el señor D. Félix María Sánchez de Samaniego y Yurreamendi vecino de esta villa
y electo por Alcalde primero de ella en Ayuntamiento general de vecinos
concejantes celebrado para este efecto el día primero de enero de este presente
año; y después de haber rendido a esta nuestra villa las más expresivas y
atentas gracias por el honor de haberle nombrado y elegido por tal ser Alcalde
primero. Dijo se hallaba pronto a jurar el empleo y ejercerlo y pidió se le
diese posesión de él y de la real vara, en cuya consecuencia después que yo, el
dicho escribano, leí en clara e inteligible voz las ordenanzas municipales de
esta nuestra villa, dicho señor Don Juan José de Eriba tomó y recibió juramento
del nominado Samaniego sobre la real vara de justicia que en sus manos tenía
por Dios Nuestro Señor en forma debida al derecho para que a su fuerza cumpla
con el empleo de tal Alcalde primero con la exactitud que corresponde y según
lo dispuesto por el capítulo sexto de dichas ordenanzas; y dicho Samaniego
habiéndolo prestado como se requiere prometió hacerlo así, y en siguiente
recibió para el efecto en manos la dicha real vara que el nominado Eriba se la
entregó, y así recibida, tomó el asiento correspondiente, de todo 1o cual doy
fe yo, el dicho escribano, y de haber requerido a su Merced con el capítulo
treinta y tres de dichas ordenanzas, después de lo cual los sobredichos señores
acordaron y resolvieron lo siguiente»61.
Pero por poco tiempo puede mostrar sus habilidades. Su padre
se agravó de nuevo en noviembre y tuvo que pasar mes y medio a su lado. Sin
embargo, en el breve tiempo que estuvo pudo hacer gala de su capacidad e
ilustración: se enlosan calles y arreglan fuentes públicas, cuida de una manera
especial de la provisión de la Casa de Misericordia y consigue que se le suba
el sueldo a la maestra de niños. También su afición a la música queda patente
en su ejercicio público, al pedir y favorecer que el culto divino se amenice
con música: trompas, clarines y otros instrumentos entraron en la iglesia
parroquial. Pero quizá el problema más grave al que tuvo que hacer frente fue
la provisión de carne de vaca y carnero, de gran escasez por una reciente
epidemia. Cuantas gestiones hizo fueron inútiles: ni tan siquiera sus amigos de
Vizcaya pudieron ayudarle, pues se encontraban con problemas parecidos. Los
precios subieron sin que se pudiera evitar. Su gestión municipal puede
considerarse como un acierto, a pesar de sus largas ausencias.
Paralelamente estaba desempeñando un encargo de parte de la
Hermandad de Laguardia. En las Juntas de dicha Hermandad de 12 de junio de 1774
se le había comisionado para que gestionara con la Provincia un impuesto por
consumo de vino, dos maravedises por azumbre, que se cobraba para poder costear
la construcción del camino real a su paso por la Provincia. La gestión fue
larga, también fue causa de su inasistencia al Ayuntamiento de Tolosa, pero
acabó en éxito.
Su primera actividad literaria: las fábulas
Su acción en la Sociedad sigue, también, siendo constante.
Participa en la selección del profesorado del Real Seminario, como lo
atestiguan las cartas, y toma por suyos todos sus problemas. Cuando se lo
permiten sus ocupaciones acude allí a convivir con los niños, y en la grata
presencia de su tío el Conde, que le insta repetidas veces para que se dedique
a la literatura. Piensa entonces Samaniego traducir algunas de las fábulas de
La Fontaine y otros clásicos, con el fin de participar él también en la
educación de los alumnos. Estos son los que colaboran en cierta manera en su
realización. Son sus primeros lectores y los que motivaron sucesivas
correcciones para hacerlas perfectamente comprensibles, sencillas y musicales.
Pronto consiguió tener treinta y nueve. Él se había tomado esto muy en serio y
reunió una selección de las más importantes fábulas, que estudió, al igual que
el género. Así en las Juntas de la Sociedad, reunidas este año de 1776 en
Bilbao, celebradas en esta ocasión bajo el signo de lo literario y lo
económico62, pudo hacer pública su primera fábula, La mona corrida:
«Fieras, aves y peces
Corren, vuelan y nadan,
Porque Júpiter sumo
A general congreso a todos llama.
Con sus hijos se acercan,
Y es que un premio señala
Para aquel cuya prole
En hermosura lleve la ventaja.
El alto regio trono
La multitud cercaba,
Cuando en la concurrencia
Se sentía decir: La Mona falta.
Ya llega, dijo entonces
Una habladora urraca,
Que, como centinela,
En la alta punta de un ciprés estaba.
Entra rompiendo filas,
Con su cachorro ufana,
Y ante el excelso trono
El premio pide de hermosura tanta.
El dios Júpiter quiso,
Al ver tan fea traza,
Disimular la risa,
Pero se le soltó la carcajada.
Armóse en el concurso
Tal burla y algazara,
Que corrida la Mona,
A Tetuán se volvió desengañada.
¿Es creíble,
señores,
Que yo mismo pensara
En consagrar a Apolo
Mis versos, como dignos de su gracia?
Cuando, por mi fortuna,
Me encontré esta mañana,
Continuando mi obrilla,
Este cuento moral, esta patraña,
Yo dije a mi capote:
¡Con qué chiste, qué gracia
Y qué vivos colores
El jorobado Esopo me retrata!
Mas ya mis producciones
Miro con desconfianza
Porque aprendo en la Mona
Cuánto el ciego amor propio nos engaña63».
Él se aplica a sí mismo la fábula para no enorgullecerse con
el éxito que sus versos comenzaban a tener. Fue opinión unánime de los
concurrentes aconsejarle que se dedicara a la literatura.
Traslado del domicilio a Bilbao
Pero el año de 76 no acabó bien para Samaniego. El padre iba
empeorando. Los hijos se fueron acercando a la casa: Félix, Santiago, María
Josefa y Javiera, que aún vivía soltera en el pueblo. Por fin el 27 de agosto,
en pleno verano, dejó de existir D. Félix Ignacio, persona humilde, de buen
corazón y muy admirada.
El 2 de octubre Félix María tomó posesión judicial de los
Mayorazgos de Laguardia con la ritual ceremonia de entrada: en compañía del alcalde
abrió y cerró las puertas de su casa, mandando salir a todos. Después entró él
como dueño.
Samaniego reunió bajo su poder extensas posesiones: junto a
los dos mayorazgos de Laguardia, los de Irala, Yurreamendi, Idiáquez y tierras
agregadas en Tolosa64, y el Señorío de Arraya. Cobraba además crecidos dineros
por juros, alcabalas y diezmos.
El Señorío de Arraya daba a los Samaniego más honor que
dinero. Hacía tiempo que venían arrendando sus tierras y casas, incluso la
casa-palacio de Mendi, situada en Maestu, cabeza de la Hermandad, junto a la
famosa posada de Fachenda, lugar de reunión de los arrieros de paso para
Navarra. No cobraban ningún tipo de pechas, como ocurría con algunos pueblos
vecinos que pertenecían a otros Señoríos. Su misión pública se reducía a
nombrar alcalde ordinario y escribanos de las villas.
Félix María siguió también con el sistema de arrendamiento, y
tenía un administrador de estos bienes, función que ejerció durante mucho
tiempo Bartolomé Sáez de Ugarte, que posteriormente fue relevado por su hijo.
Hasta qué punto le interesaban estos honores nos lo puede indicar el hecho de
que para tomar posesión del Señorío enviara a su nuevo administrador de Tolosa,
D. José Ignacio de Sendoa65. Esta actuación se encuentra bien lejos de la que
nos presenta uno de los críticos del fabulista con el mayor desprecio de la
realidad:
«En seguida se sintió señor absoluto de sus cinco villas del
valle de Arraya y le entraron ganas de promulgar leyes y de emitir moneda y
timbres»66.
Samaniego no se mostró nunca preocupado ni codicioso de sus
bienes. Siempre estuvieron en manos de sus administradores y por si fuera poco
se mostró espléndido, sin ser manirroto. Nunca puso obstáculos a la limosna ni
a la prestación de su dinero. Su hermano, el jesuita, expulsado y residente en
Bolonia, vivía merced al dinero que le enviaban sus hermanos, muy especialmente
Félix María.
El matrimonio, ahora Señores del Valle de Arraya, siguió
viviendo en Laguardia. En mayo de 1777 se casó la pequeña Javiera con Felipe
Salcedo, su cuñado, hombre ilustrado y bueno. Era Capitán del Inmemorial del
Rey y vivía en Madrid.
Samaniego, en el empuje de su actividad, no había podido
aguantar la tranquilidad de su pueblo natal. Ocupó su tiempo en sus queridas
lecturas y en el aprendizaje de un nuevo instrumento musical, el clavicordio.
Además ocurrió por estas fechas un episodio en la villa riojana que puso
públicamente en tela de juicio su honor67. El alcalde de Laguardia, León
González de Olano, sin que el concejo se lo autorizara, se había tomado la
representación en Madrid sobre un pleito con el vecino pueblo de El Villar y
sobre el encañado de agua, exigiendo además dietas y salarios por ello. En
reunión de urgencia, el resto de los componentes del Ayuntamiento, entre los
que se encontraba Samaniego como representante de la «parte republicana»,
desautoriza la actitud de su alcalde, que por otra parte ejercía su gobierno
despóticamente. Se le escribe una carta comunicándole las decisiones, lo cual
no sirve más que para hacerle montar en cólera. Samaniego y otros tres
representantes son elegidos para zanjar el asunto y en la decisión final se
llega a la misma conclusión.
A su vuelta de Madrid, el alcalde toma como principal
culpable de lo sucedido a Félix María, y pretende vengarse de él. Se organiza
su bando entre interesados y amigos. Enfrente, Samaniego. Con el juez de su
parte, intimida a una serie de testigos, sobre todo a algunas mujeres a las que
obligan a acusarle de que había levantado falsos testimonios contra él, entre
otras cosas de haberle llamado judío. Con todo el poder en las manos de su
contrincante, pretendió este echarle del pueblo u obligarle a guardar un
silencio total. Samaniego se vio acorralado y tuvo que recurrir a sus amigos de
la Corte: su primo Carlos Otazu, el Sr. Figueroa (Presidente del Consejo de
Estado) y a los Condes de Baños. Las cartas que les dirige son angustiosas y en
ellas se ve hasta qué punto le interesaba la buena reputación y el honor
familiar68. En una de ellas, fechada el 20 de agosto, dice:
«Si cuentan que ostento poder se engañan: bien público es que
mi demasiada familiaridad (mejor diré bajeza) me ha puesto en este parage. Por
lo demás, ¿qué culpa tengo yo de que mis antecesores (rubor me causa decirlo)
se hayan granjeado cierta reputación y algún nombre en el país, que hayan
servido de hacer amable generalmente entre todos a nuestra familia?».
El asunto le tuvo en vilo durante casi medio año. La solución
parece que fue de componendas, pero él acabó cansado, y esto le impulsó todavía
más a abandonar el pueblo para olvidar asunto tan desagradable. Así,
definitivamente, decide irse a vivir a Bilbao, a la casa de su suegro, al
parecer localizada en la esquina de la calle del Matadero, hoy Banco de España,
y la del Correo. Su cuñado Felipe se hizo cargo de la hacienda, aposentándose
en Laguardia. Pero Samaniego siguió amando su pueblo, quizá por la libertad y
tranquilidad del campo y por los amigos íntimos que nunca le abandonaron.
Los últimos acontecimientos le habían impedido asistir a las
Juntas Generales de la Sociedad, que este año se habían celebrado en Vitoria.
Se une ahora al grupo de Amigos de Bilbao, pues parece que no congeniaba
demasiado con la manera de actuar de sus compañeros alaveses. En una carta a su
tío el Conde de Peñaflorida anota:
«No puedo pensar otra cosa sino que los alaveses ponen la
mira en desbaratar este establecimiento para fundarlo nuevamente en su ciudad:
este fue su pensamiento y esta es su idea; conspirando todos a que la Sociedad
sea de Vitoria, y no de las tres Provincias»69.
La actividad de los alaveses, tan apagados en años
anteriores, acababa de crear una escuela gratuita de dibujo, lo cual les había
dado una cierta independencia70. Pero Samaniego siguió asistiendo en los años
sucesivos a las Juntas Particulares de los Amigos de Bilbao. También acudía a
las Generales, «amenizando con su agradable y chistosa conversación aquellas
concurrencias»71. La personalidad de Samaniego y su carácter alegre agradaba
tanto a los reunidos que hacían lo posible para que asistiese a las Juntas, ya
que era un verdadero animador de las mismas, y «se notaba que cuando él faltaba
acudían menos socios de lo regular»72.
Hacía tiempo que Samaniego pertenecía a la Real Maestranza de
Granada, organización que, como las del resto de su género, tenía un carácter
militar, pero que por lo general había quedado en algo folklórico73. En la
Gaceta de Madrid se anuncian con sus fiestas sociales, desfiles y juegos de
caballos, bailes y otras relaciones de sociedad. Pertenecían a ellas grandes,
nobles e hijosdalgo. Pero nunca llegaron a una prestación personal74. Con
motivo de la guerra contra Inglaterra (1779), lucha popular que atrajo muchas
prestaciones personales y monetarias, Samaniego escribe al Secretario de la Real
Maestranza:
«Muy Sr. mío: la obligación en que me constituie el honroso y
estimable título de individuo de ese Real Cuerpo, me estimula a desear
vivamente la ocasión de sacrificar vida y Hacienda por el Rey y por la Patria.
Si la piedad de S. M. se digna concedernos algún destino en
la presente Guerra, espero dever a la bondad de V. S. mande comunicarme
prontamente sus órdenes, que aunque me cuente el más inútil a observarlas, me
lisongeare ser el más zeloso en obedecerlas.
Nuestro Señor que a V. S. m.s a.s. Bilbao, 2 de agosto de
1779»75.
Fue su patriotismo sincero, que se manifestó a lo largo de su
vida, en rasgos extremos de generosidad o en servicios continuos sin ningún
interés.
El fabulista, director del Real Seminario de Vergara
Samaniego seguía prestando sus servicios al Seminario
Vascongado y a la Sociedad. A pesar de la idea primitiva de que el director del
colegio fuera fijo, a partir de 1778, tras una prestación voluntaria del Conde
de Peñaflorida para la dirección, el cargo siguió un sistema rotativo mensual
entre los 24 socios de número76. Esto suponía grandes inconvenientes, pues la
gerencia variaba mucho según la edad, genio y temperamento de quien la llevaba
a cabo.
Félix María, que tenía su experiencia en lo que se refería al
Seminario por sus prolongadas estancias en Vergara, hizo su primer turno en
1780. Desempeñó su función lo mejor que pudo. Con fecha de 20 de marzo de este
año escribía a su amigo D. Jacinto Álava:
«Continúo en mi Presidencia como un Presidente. Quiero
decirte: mandando con tesón o dulzura, dureza o suavidad, según me parece deben
exigirlo las circunstancias y la variedad de sujetos con quienes
indispensablemente me entiendo»77.
En su misión se preocupó de una manera especial de las
relaciones con los padres, a los que tenía al tanto de la situación educativa.
El año de 1780 fue también desgraciado para la familia
Samaniego. Santiago, el díscolo y derrochador, miembro de la Vascongada, murió
en el servicio del rey. Había participado con éxito y valor en la batalla de
Argel (1775). No se sabe exactamente cuál fue la causa de su defunción, pero
murió, soltero, después de ir a América con su regimiento. Para quienes han
visto en Félix María una persona sin sentimientos, seco e irreligioso,
convendría recordarles la carta que escribió a su primo Carlos Otazu con motivo
de la muerte de su hermano:
«Santiago ha muerto, querido Carlos: si Isabel lo ignora, haz
de modo que la noticia le cause una impresión menos funesta.
Dios ha sabido lo que se ha hecho en cargar con lo mejor de
nosotros. Las costumbres, conducta y honor de mi amado Santiago eran acreedores
a que se llevase el solo verdadero premio con anticipación. Así ha sido. Una
temprana muerte le ha abierto las puertas del eterno descanso, y ¿quién lo
duda? el Altísimo es demasiadamente justo para dejar de premiar la más heroica
de todas las virtudes, esto es, el morir en el cumplimiento de su obligación;
así ha sido; sacrificó su vida entregándola al mar, contra duplicados
dictámenes de médicos. En medio de todas estas reflexiones de consolación,
¿cuándo me dejará de ser amarga la memoria de la muerte de Santiago? Este es el
corazón humano. Os abrazamos estrechamente. Vuestro primo y amigo.-Félix»78.
Publicación de las fábulas
Para 1777 ya tenía compuestas las fábulas que formarían el
primer volumen. A través de su primo Carlos de Otazu las remitió a Tomás de
Iriarte, de gran prestigio como poeta, para que les diera su visto bueno. La
opinión no pudo ser más favorable y enseguida escribió éste a su amigo el Conde
de Peñaflorida una carta sumamente laudatoria para su sobrino. El mismo poeta
canario pide la amistad del fabulista y en prueba de ello le remite su último
éxito: El Poema de la Música (1780). Samaniego, gozoso, agradeció en unos
versos elogiosos esta condescendencia del que sería su contrincante:
«En mis versos, Iriarte,
Ya no quiero más arte
Que poner a los tuyos por modelo.
A competir anhelo
Con tu numen, que el sabio mundo admira,
Si me prestas tu lira,
Aquélla en que tocaron dulcemente
Música y Poesía juntamente.
Esto no puede ser: ordena Apolo
Que, digno sólo tú, la pulses solo.
¿Y por qué solo tú? Pues cuando menos,
¿No he de hacer versos fáciles, amenos,
Sin ambicioso ornato?
¿Gastas otro poético aparato?
Si tú sobre el Parnaso te empinases,
Y desde allí cantases:
Risco tramonto de épica altanera,
«Góngora que te siga», te dijera;
Pero si vas marchando por el llano,
Cantándonos en verso castellano
Cosas claras, sencillas, naturales,
Y todas ellas tales,
Que aun aquel que no entiende poesía
Dice: Esto yo también me lo diría,
¿Por qué no he de imitarte, y aún acaso
Antes que tú trepar por el Parnaso?
No imploras las sirenas ni las musas,
Ni de númenes usas,
Ni aun siquiera confías en Apolo.
A la naturaleza imploras sólo.
Y ella, sabia, te dicta sus verdades.
Yo te imito: no invoco a las deidades,
Y por mejor consejo,
Sea mi sacro numen cierto viejo,
Esopo digo. Díctame, machucho,
Una de tus patrañas; que te escucho»79.
Igualmente hace alusión a Iriarte la fábula que sigue a esta
poesía-dedicatoria en la que le compara a un águila por la facilidad y destreza
en su versificación, mientras que él sería el cuervo que intenta emular al
águila, para acabar diciendo:
«¡Ojalá que sirviese a más de ciento,
Poetas de mal gusto inficionados,
Y dijesen, cual yo, desengañados:
El Águila eres tú, divino Iriarte;
Ya no pretendo más sino admirarte:
Sea tuyo el laurel, tuya la gloria,
Y no sea yo el cuervo de la historia!»80.
Pero Samaniego no estaba aún demasiado seguro de sí mismo y
volvió a remitir copia a Iriarte con el poema-dedicatoria aludido y a su amigo
Juan Lorenzo de Benitua Iriarte, antiguo profesor de Humanidades del Seminario
Vascongado. Ambos juicios, que él pidió fueran sinceros, resultaron positivos y
le instaban a que las publicara con la seguridad de que tendrían un pleno
éxito.
Por fin parece que él mismo se decidió a costearse la
edición, pero la Sociedad, veladora también del progreso de las letras, se
ofreció con este fin. Aprovechó, entonces, el viaje que su cuñada doña Casimira
Salcedo, Marquesa de San Miguel, tenía que hacer a Valencia, por prescripción
médica por estar enferma del pecho, para hablar con el famoso impresor Benito
Monfort. Todo quedó arreglado enseguida. Samaniego pasó en la montaña
valenciana el verano, huyendo del excesivo calor de la costa levantina. El 13
de noviembre del mismo año aparecía anunciada su publicación en la Gaceta de
Madrid.
El éxito fue total. Con las fábulas se introdujo de golpe en
la vida literaria. Supo acertar con el género: enseñar deleitando era una de
las máximas de los poetas neoclásicos. Por otra parte, estaban bien ejecutadas.
La primera felicitación le vino de los alumnos del Real Seminario, a los que
responde:
«Muy Señores míos: Algunos perros y gatos hablando moral, me
han facilitado el logro de la estimable carta, con que VV. SS. me honran, a
nombre de ese Real Seminario Patriótico. Si el hacer hablar a los animales me
ha de producir tan preciosos frutos, desde luego prometo tenerlos mucho más
tiempo en larga conversación.
Este interés me estimula vivamente a continuar esta
diversión: pero ¿cuánto más me empeñaría en ella al llegar a saber que me he
divertido con utilidad y deleite de VV. SS.? Entonces me atrevería a decir a
cada pequeño individuo de ese Real Cuerpo de amables jóvenes:
Si riendo le enseño,
dime ¿qué quieres más, joven risueño?
Ruego a VV. SS. hagan presente a ese Real Cuerpo mi profundo
reconocimiento a las honras que ha querido dispensarme en su carta. ¡Ojalá que,
a costa de las más serias y penosas tareas, pudiera yo hacerme digno de tales
distinciones! Que siendo en utilidad del Establecimiento, no perdonaría a los
más duros medios para conseguirlas.-Nuestro Señor guarde a VV. SS. muchos años.
Bilbao 20 de noviembre de 1781.-Besa LL. MM. de VV. SS. su más atento y seguro
servidor.-Félix María de Samaniego»81.
Lo que había comenzado en una diversión educativa ha
producido unos frutos imprevistos: la fama. Esto le estimulará a seguir en su
trabajo literario y al mismo tiempo le dará categoría para ejercer mayores
cargos públicos. La Sociedad Vascongada le felicitó públicamente y al año
siguiente le daría el título de Socio Literario, en la misma Asamblea en que se
le confirió igual honor a D. Vicente García de la Huerta, distinción que se
hacía a «sujetos conocidos en la república literaria por su sabiduría y que la
hubieran hecho constar a la Sociedad por alguna obra original impresa o
manuscrita presentada a la misma». En esta misma Junta leyó parte de las
fábulas que formarían la segunda colección.
Las Navidades de este año triunfal las pasó en Laguardia. No
podía soportar sin embargo la falta de vida social, de relaciones, en su pueblo
natal. En carta a su amigo Benito María de Ansótegui, que le había recriminado
porque no le escribía, le dice:
«Pero dirá V., atajándome el camino, ¿y por qué no se me
contesta con otras tales? Si yo pudiera trasladar a La Guardia teatro italiano,
academias, tertulias, tiendas y prado ¡con qué placer le había de escribir
largas cartas! Pero de aquí, ¡desgraciado de mí!, no tengo más noticias que
comunicarle sino que hace frío, que hace calor, que sobra el agua, que falta el
agua, que el vino sube, que el vino baja y otras ejusdem furfuris. La paz de un
pueblo, aunque la expresión le parezca a V. enfática, como los elogios
franceses de Mr. Thomas, es la paz de los sepulcros. Así ¡pobres de nosotros
cuando los pueblos dan algo que hablar! que es señal que esta paz se turba y
que griegos y troyanos andan a puñadas»82.
De nuevo director del. Real Seminario
En enero del año 82 le correspondió a Samaniego el segundo
turno en la presidencia del Seminario83. Era la época gloriosa del mismo,
cuando el número de alumnos fue más elevado y el centro tuvo mayor prestigio.
El fabulista colaboró en la búsqueda del profesorado, entre los que destacaban
en este momento figuras de la ciencia europea como Proust, Chavaneaux,
Brisseau..., y entre las nacionales Erro, Mas, Santibáñez, Foronda... Tomaron
gran auge las ciencias experimentales y naturales, que contaban con sendos
gabinetes de experimentación. Respondía todo esto a una idea inicial, que tuvo
un lento desarrollo, apoyado firmemente por el fundador de la Sociedad:
«Por eso, ace empeño particular de desagrabiar a las ciencias
de una calumnia, que las ha impuesto la preocupación, que por falta de
reflexion al estudio de las vellas letras y de las ciencias les atribuie la
corrupcion de las costumbres con todas sus funestas consequencias»84.
La fama del Colegio y las alabanzas que se le dirigen no sólo
son nacionales, sino que pasan las fronteras. Así el abate Riou anota en
Diario:
«Mientras la Francia se veía inundada de un diluvio de
escritos sobre educación, la España, sin escribir un renglón, ha formado en una
de sus menores provincias, sepultada en los Pirineos, una asociación de
Caballeros consagrados a proporcionar buena enseñanza a los jóvenes a costa de
sus fatigas e intereses. Si otra nación alguna, fuera de la española, hubiese
dado antes de ahora un ejemplo de patriotismo tan puro, que me lo citen»85.
También puso interés especial durante su breve mandato en
perfeccionar la Academia de música dependiente de la Sociedad. Conocida es su
afición a la música, al igual que la de su tío el Conde, que compuso diversas
piezas. Se tuvo siempre buen cuidado en su organización, pues sus músicos
procuraban la distracción en las reuniones de salón de los Amigos y tocaban en
los actos religiosos de la iglesia. Pero quizá los momentos musicales más
importantes eran los conciertos que se daban con motivo de las Juntas
Generales.
Hizo gestiones, por otra parte, para fundar una obra
periódica, que el desinterés de su sucesor en el puesto no llevó a buen
término.
Samaniego en la Corte. Relaciones con Iriarte
Con la subida de los Borbones al poder se produjo un fuerte
proceso de centralización que forzosamente habría de estar en continuo litigio
con las provincias forales. Efectivamente, la historia del País Vasco en estos
momentos es un tira y afloja continuo para mantener lo más posible su secular
autonomía. Son frecuentes las leyes que la van reduciendo, acotando sobre todo
las libertades económicas86. Los problemas se acrecentaban por la existencia de
un fuerte contrabando con zonas españolas no exentas de impuestos. Esto obligó
a la creación de aduanas en sitios señalados y a una vigilancia continua por
parte del gobierno.
El sistema que el Estado puso en vigor en 1778 excluía al
País Vasco en el libre comercio con América, ya que los puertos de Bilbao y San
Sebastián podían ejercerlo en exclusiva con Venezuela a través de la Real
Compañía Guipuzcoana de Caracas. Por otra parte, no habían querido renunciar a
su antiguo fuero que les permitía importar mercancías del extranjero sin pagar
derechos. La situación, que afectaba a las dos provincias ribereñas, se
complicó cuando en 1779 se dicta ley para que los bienes producidos en ellas
paguen impuestos al pasar a Castilla. Tanto la Sociedad Vascongada, cuyos
componentes son los mayores accionistas y terratenientes, como las Diputaciones
se sintieron indignadas ante estas restricciones y pusieron en marcha sus
mecanismos de protesta.
El 10 de octubre de 1780 hubo en Mondragón una Junta de las
tres provincias vascas, en la que se habló sobre «el grave asunto relativo al
libre comerció con los Dominios de América»87. A los delegados provinciales se
sumó el representante de la Sociedad Vascongada. A las reclamaciones
particulares de años anteriores, se unirá la colectiva. Álava, aunque menos
afectada en lo relativo al comercio exterior, estaba hondamente preocupada por
lo referente a cobros de impuestos de sus manufacturas en las aduanas con
Castilla. El Diputado General, D. Prudencio María de Verástegui, y D. Francisco
Antonio de Salazar son los encargados de conectar con el delegado permanente en
Corte, D. Alejandro Madinabeitia, para solucionar este problema. Nada se
consigue, ni tan siquiera con la colaboración del prestigioso alavés Conde de
Tepa, cerca del ministro Miguel de Múzquiz.
La nueva ordenanza que a comienzos de 1783 dio el Gobierno
sobre las aduanas de Cantabria no hacía más que confirmar la lesiva situación
de los fueros y privilegios de Álava. Los alaveses se consideraron como
extranjeros en su patria. Se solicitó que el rey habilitara a alguno de los ministros
del Consejo, con el cual hablar y defender los fueros y libertades de la
Provincia.
La situación se empeoró nuevamente con la disposición real de
que el Diputado General se asesorara por un alcalde mayor, nombrado por el rey,
con los honores de toga.
Ante la gravedad de los hechos, y para dar agilidad a la
representación, los delegados provinciales reunidos en asamblea en el mes de
mayo
«Disponían y dispusieron nombrar y poner comisario en Corte,
para que solicite de la real persona de Su Majestad y señores de su Real
Cámara, Consejo de Castilla, y demás sus Ministros, se mantengan ilesos en
adelante a esta recordada Provincia, sus vecinos y naturales, los otros sus
fueros, privilegios, exenciones y libertades que con la mayor pureza ha conservado
hasta aquí y a este fin, no pudiéndose ocultar a la discreción de los
constituyentes de esta Junta, las estimables y caracterizadas prendas que
concurren en el Sr. Don Félix María de Samaniego, señor del real valle de
Arraya, amante hijo de esta M. N. Provincia; el activo celo que como tal tiene
manifestado a beneficio de sus mayores ventajas y utilidades; su penetrante
ingenio, talento, prudencia, cristiandad y justificación; las distinguidas
conexiones y acreditado poderoso influjo y recomendación de dicho señor; en
quien por todo lo referido y demás singulares circunstancias que distinguen y
particularizan su persona, se prometen y confían el desempeño de los recordados
asuntos de tanto peso y gravedad, le eligieron y nombraron por Comisario, para
que en representación de esta M. N. Provincia, pase a la Corte, a hacer en
ellos y cada uno la defensa correspondiente, y que sea más eficaz para
conseguir el fin de la libertad y la conservación de los citados, sus
exenciones, fueros y privilegios. Quedando a la disposición de la Junta General
mandada congregar para el día doce del corriente, el otorgar el poder necesario
a favor del nominado Don Félix María de Samaniego, para legitimación de su
persona con las facultades correspondientes y los fines expresados; y el
disponer las cantidades que deban librarse a favor de dicho señor, con arreglo
a sus distinguidas cualidades, naturalezas y gravedad de los asuntos. Y se
escriba a nombre de esta Provincia la carta correspondiente a fin de comunicar
esta noticia a dicho señor Samaniego, cuya respuesta ponga en la de la Junta,
mandada congregar por el referido señor Diputado General»88.
Las autoridades provinciales le eligieron por unanimidad,
«como hijo amante, celoso y de notoria inteligencia». Pero sobre todo tuvieron
en cuenta la popularidad que la reciente publicación de las fábulas le había
dado. Samaniego recibió el nombramiento de comisario en Corte89 con gran
satisfacción. Hacía tiempo que Madrid y su actividad le subyugaban. No sin
cierto orgullo y gracia se lo cuenta a su amigo Benito María de Ansótegui,
aunque dejando entrever que se marcha con pocas esperanzas de conseguir algo:
«Ya sabe Vd., caballero Ansótegui, que el botarate de
Samaniego se ha convertido en un personaje de importancia. Soy, mas que a V. le
pese y reviente de envidia, todo un comisionado en Madrid por la provincia de
Alava. Admití el encargo por no desairarla y porque no había otro más
desocupado para admitirlo: pero sin esperanza de salir airoso. Todo se presenta
mal: la grave enfermedad del Conde de Baños nos ha sido de grave perjuicio, y
no menos la muerte del Marqués González Castejón»90.
Pero quería cumplir su misión con dignidad y por ello procuró
enterarse de cerca de toda la problemática. La Provincia le dio plenos poderes
de actuación y una misión concreta que se basaba en cuatro puntos:
levantar la prohibición de introducir géneros extranjeros
para el consumo de sus naturales.
que los frutos y manufacturas de la Provincia puedan
introducirse en Castilla sin recargo, registro ni pensión.
que se suspenda el nombramiento de alcalde mayor y que la
provincia siga gobernándose con sus propios jueces.
y cualquier otro punto que directa o indirectamente toque a
los fueros y privilegios provinciales91.
El 6 de junio de 1783 estaba camino de la Corte. La primera
entrevista con Floridablanca, que se ha transmitido por tradición oral entre
los diputados, no deja de ser anecdótica. El ujier le introduce en el despacho
del ministro después de concedido el permiso. Este está ocupado en despachar un
asunto urgente y ni siquiera se ha apercibido de la presencia de Samaniego.
Queda en el centro de la amplia sala unos tensos minutos. Tose reiteradamente,
sin resultado positivo. Y echándole gracia al asunto se cala su sombrero y se
acerca a la chimenea. Se sienta de espaldas al Conde. Mientras atiza el fuego
tararea suavemente una canción. Floridablanca acaba su trabajo y entonces se da
cuenta del visitante. Tose y Samaniego se levanta y le dice: -«Perdone Vd., creí
que estaba solo». La situación no podía ser más tensa por la seriedad del
ministro. Se disculpan mutuamente y tratan sus asuntos con frialdad y recelo,
preocupados por lo ocurrido. Floridablanca comunicó posteriormente el suceso al
rey, que para intentar arreglarlo les invita a comer al día siguiente92. La
simpatía del fabulista ganaría la amistad del Conde.
Este fue el bautizo de Samaniego en la Corte. Después vendría
lo mejor y lo peor: la satisfacción del éxito en sus relaciones sociales y el
fracaso casi total en su misión. Sus primeros momentos fueron muy difíciles.
Desde el principio, dada la mentalidad del Gobierno al
respecto, parecía su gestión un caso perdido. Visitas, reuniones, esperas,
salas y antesalas sin fruto alguno. Todos los informes que va mandando a la
Diputación son negativos. Y por si fuera poco, en el mes de noviembre cayó
enfermo. Su amigo Benitua Iriarte da cuenta de ello en su correspondencia con
Peñaflorida93:
«No presentan tan buen aspecto los asuntos de Provincia. Si
no se violase el derecho de gentes y fe pública diría a Vm. cuanto he
adquirido. Lo que puedo asentar es que costará mucho tiempo y trabajo la
conciliación; y Guipúzcoa con particularidad es el blanco de los tiros y el
objeto de la saña. Samaniego está desconsolado, porque el negocio es de todos
los Ministros, y de ninguno de ellos en particular, y a nadie puede dirigirse
para la suspensión que solicita. Lo que conviene es que no tarden nuestros
Diputados. Aquí conocerán el temperamento de la cosa, y el tiento con que es
preciso proceder en su manejo. Malo está, si algún golpe de maestría no lo muda
todo. Encontrarán la Corte armada de una flema sorda: la indiferencia de
nuestros males se lee en la serenidad afectada de los que tienen el timón en la
mano».
(30 de junio de 1873)
«Samaniego adelanta poco en su delicada comisión. El plan de
nuestro yugo se formó en Junta de Ministros, sin que uno pueda deshacer lo que
todos acordaron. Especialmente el Principal no se presta a Audiencia alguna. Es
chistoso el lance del último día de Sitio. Se presentó el Diputado a S. E., y
le expuso que deseaba un momento para hablarle, a lo que respondió con risa
romana: Samaniego, yo estimo su talento de Vm., y aprecio su aplicación. Con
esto y una cortesía se escapó. Los que más inmediatamente tocan la cosa, al
verse reconvenidos, dicen: Vm. tiene razón, pero no le valdrá. Uno ha habido
que hizo la graciosa distinción de razón y justicia, concediendo la primera, y
negando la segunda. Esta se llama fina metafísica. Sin embargo tiene muchos
apasionados nuestra causa».
(3 de julio de 1783)
«Samaniego está muy bien visto, y esto influye también en su
negociación. Ha logrado la suspensión del derecho del vino, y espera
conseguirlo pronto en punto a dulces. Ha tramado amistad con los Directores, y
adelanta bastante. Encuentra una infinidad de ardientes apasionados de nuestra
causa. El hijo de D. Francisco habla con claridad, y ofrece un cuarto de su
casa para conferencias entre los Diputados y amantes de la Patria para tratar
sobre el particular. Serán varios y caracterizados los concurrentes siempre que
sea conveniente este medio para la mejor dirección del asunto. Este, en parte,
es patriotismo, y, en parte, aversión a los aguintaris. La negociación es delicada.
Será difícil hacer ilusorio el sistema proyectado. Samaniego cobra y pierde
esperanza. Es preciso mucha cachaza, porque hay cosas que sólo el tiempo
desvanece».
(7 de julio de 1783)
«El fabulista se halla desazonado, y los calores han hecho
alguna impresión en su salud. Halla a cada paso mil desengaños, y en los que
menos debía sospechar. Para la menor friolera se le ha negado el General
Edermendi. Bien es verdad que ningún influjo llega a la esfera de actividad que
se necesita».
(17 de julio de 1783)
Mientras ejercía esta misión, la Provincia le encargó también
otros cometidos menores, muy especialmente un asunto sobre la justa tasación de
la madera que se cortaba en sus tierras con destino a los astilleros reales de
El Ferrol.
La Sociedad Vascongada aprovechó su estancia en Madrid para
encomendarle que gestionara la posibilidad de creación de un centro de
educación de niñas, similar al existente en Vergara. Samaniego puso sumo
interés en este asunto, dada su preocupación por la educación, y los malos
derroteros que llevaba la enseñanza femenina. Su misma familia había sufrido
sus consecuencias. Su padre refería a su primo de Torrecilla la educación de la
hija menor, Isabel:
«En orden a la chica menor ya ves, que ha faltado todo lo
ideado en tales términos. No contemplo cosa igual a lo de la enseñanza de
Tudela».
Y más adelante añade:
«...reflexione sobre el destino de mi hija menor que raya en
15 años sin saber leer, ni cosa que no sea de niña, después de 8 años de
clausura».
Intentando atajar estos problemas, en las Juntas de 1783 la
Sociedad formuló un plan, que ya hacía tiempo llevaban pensando, para el
establecimiento de un Seminario de señoritas, en Vitoria. Samaniego lo llevó
enseguida al rey, que elogió la idea y pidió un estudio más detallado del
mismo. En el Discurso de apertura de las Juntas de la Sociedad en 1785 se
incluyó la respuesta dada por Floridablanca a la petición de Samaniego y que
fue remitida a dicha Institución:
«Dn. Félix de Samaniego me presentó un escrito intitulado
Idea abreviada de un Seminario, o Casa de educación para Niñas, que se intenta
establecer en la Ciudad de Vitoria bajo la dirección de esa Real Sociedad
Bascongada; y habiendo dado noticia al Rey de este pensamiento, le ha parecido
que puede ser útil, y le fomentará S. M. siendo para admitir Niñas de todas las
Provincias del Reyno. En esta inteligencia podrá la Sociedad disponer que se
formalice el plan del establecimiento con todas sus reglas, estatutos, y medios
de subsistencia, para que precediendo el examen correspondiente, le apruebe S.
M. si le hallare de su Real agrado.
Dios guarde a V. S. muchos años. El Pardo, 12 de marzo de
1784. Al Conde de Peñaflorida, Director de la Sociedad Bascongada»94.
Se trabajó el plan y se hicieron unas ordenanzas, pero no se
llevó a cabo porque el mismo año de 1785 murió el Conde de Peñaflorida, alma de
la organización y su principal promotor.
Pero aunque sus gestiones no le producían demasiadas satisfacciones,
él conservaba su tradicional buen humor. Para estar cerca de las autoridades y
mejor realizar su labor acompañaba a la Corte en sus desplazamientos a los
Reales Sitios. No cabe duda que los grandes jardines, fuentes y fiestas
palaciegas le deslumbraban, al mismo tiempo que rechazaba el complicado sistema
ceremonial, que no concordaba con su carácter franco y campechano. Sin embargo,
los soportaba porque era muy amante de las relaciones sociales. En mayo de 1785
la Sociedad le encarga que junto a los Amigos Mugartegui y Aguirre
cumplimentaran al electo obispo de Calahorra D. Pedro Luis Orta y Músquiz.
Su espíritu alegre y desenfadado, su fama de buen decidor y
versificador improvisado le abrió las puertas de las tertulias madrileñas. En
su estancia en Corte suele ir acompañado de su amigo Benitua Iriarte y su
sobrino José María95. Era éste militar y trabajaba de guardia en Palacio.
Calavera, vividor y de ligera erudición. En carta (1785) a su madre, María
Josefa, le comunica sus distracciones de la semana: lunes, martes y miércoles,
en casa de Peñafiel; jueves, casa de Lavadán; viernes, la de Berwick; sábado,
en la casa de Cogolludo, y los domingos en la embajada de Francia. Programa
completo: bailes, tertulias y chocolates. Samaniego hizo en ellas buen papel.
Debió frecuentar también la tertulia de la Condesa-Duquesa de Benavente, las
reuniones musicales del Marqués de Manca, la casa de Llaguno y la de D. Tomás
de Iriarte.
Las relaciones entre los dos fabulistas, que han pasado a la
historia como enemigos irreconciliables, no sabemos en qué momento se
estropearon. En carta de Benitua Iriarte al Conde de Peñaflorida le explica su
primera visita a la casa del poeta canario:
«La primera pregunta fue de Samaniego. Habla de nuestro
fabulista con muchísimo aprecio y estimación. Yo espero asistir el viernes y
seguramente haremos conversación, bien será pasajera, porque su política y la
presidencia de aquel acto no le darán lugar a más. Entre algunos conocedores se
ha hecho conversación de dichas fábulas cotejándolas con las de Iriarte, y he
tenido el gusto de ver confirmados nuestros juicios, concediendo al señor
Samaniego mejor versificación, más naturalidad, más razón y chiste. Yo me
alegro que nos hagan justicia: pues aunque los iriartistas digan que en las
suyas hay más arte, la naturalidad es el principal arte del apólogo, siempre
que la narración esté bien vestida de adornos (como lo confiesan) y la solución
vaya conduciendo sin violencia a la moralidad»96.
El proceso de enemistad es más complicado de lo que algunos
críticos nos han presentado. En 1782 el poeta canario publicó sus Fábulas
literarias en verso castellano (Madrid, Imprenta Real). Hay ciertos rasgos
sospechosos en esta edición que nos ponen en la pista de la manifestación del
carácter orgulloso de su autor. La preeminencia poética de Iriarte y su buena
situación en la Corte habían forjado en él una actitud de considerarse el
primero en todo: en el teatro neoclásico, en el poema sobre la Música y en las
fábulas. En la Advertencia del editor, que precede a sus apólogos, dice
textualmente:
«No quiero prevenir el juicio de los lectores acerca del
mérito de ellas; sí solo prevenir a los menos versados en nuestra erudición que
esta es la primera colección de fábulas enteramente originales que se ha
publicado en castellano»97.
Esto supone olvidar la rota tradición española y olvidar el
reciente libro publicado por Samaniego. Concedemos que los temas son más
originales y sobre todo su aplicación exclusiva a la literatura, que cuenta con
escasos y no sistemáticos antecedentes, algunos incluso en el mismo fabulista
vasco (Libro II, 15; Libro III, 1...). Pero ¿es el primer fabulista?
Sabemos cómo en 1777 Samaniego le envió las suyas, empezadas
a componer desde hacía tiempo, para que las sancionara con su opinión. El mismo
año (¿es casualidad?) Iriarte traduce algunas de Fedro. Es sintomático, además,
que Iriarte pusiera el prólogo en boca del editor, actitud defensiva, cuando
parece que el texto es suyo98. Además empieza por decir que existen copias
viciadas que pasan de mano en mano. En la primera edición, tras su nombre se
anota: «Dalas a luz un amigo de su autor». ¿No son todos estos datos un intento
de hacer ver que sus fábulas son anteriores a las de Samaniego? El éxito de
Samaniego, sin duda, le ha herido el amor propio.
Iriarte aún no había acabado sus fábulas en agosto de 1782,
según se desprende de una carta en verso dirigida desde Gascueña a su protector
el Marqués de Manca, Delitala:
«Aquí el baile, el paseo
me han quitado el empleo
de Esopo literario; y a fe mía
que creí no podría
en medio de estas y otras distracciones
escribirle siquiera estos renglones»99.
En este mismo momento se imprimían en Valencia las fábulas de
Samaniego. Quizá el ejemplo de éstas espoleó a Iriarte para tomarle la
delantera. Pero llegó tarde.
Alberto Navarro, en el prólogo a la edición citada, apunta la
posibilidad de que la edición, sin año, de Barcelona, hecha por Gilabert y
Tutó, sea anterior a la de 1782100. Esto parece poco probable si pensamos que
en agosto del año anterior aún no había acabado de redactarlas.
Este gesto de arrogancia se complicó cuando la lectura atenta
de las Fábulas literarias dejaba traslucir, tras de algunos animales,
personajes concretos del mundo literario del momento. Iriarte quiso diluir ya
esta posibilidad en la moraleja de la primera fábula al afirmar que «ningún
particular debe ofenderse de lo que se dice en común». Parece cierto que el
fabulista canario partió de lo concreto a lo general. Así, a través de los
animales, se traslucen Forner, Samaniego, Llaguno, Sedano, Huerta y otros.
Forner en su Memorial a Floridablanca, de 1 de junio de 1783, afirma que al pie
de cada una se había escrito el nombre de las personas a las que se aludía
ocultamente. Según Fernández y González, Samaniego aparece bajo la figura de condimentador
de huevos (fáb. XII), ratón (fábs. XXI y XXX) y hurón (fáb. LII)101.
El hecho es que la publicación de las fábulas de Iriarte
provocó una serie de panfletos reivindicatorios. Comienza el polémico Forner
con su Asno erudito, que apareció en el mismo año de 1782, bajo el pseudónimo
de Pablo Segarra. La fábula del extremeño es una sátira mordaz, mal disimulada,
de Iriarte. No le impide esto hacer algunas consideraciones más generales sobre
la poesía a la francesa, sobre su frialdad y prosaísmo, y muy en especial sobre
la inutilidad y la intranscendencia de las fábulas, tema sobre el que
reincidirá más tarde en unos toscos versos:
«Si porque en París se encuentran
fábulas en abundancia,
no enfabuléis el idioma
con frialdades imitadas»102.
La caricatura que hace de Iriarte dicha fábula, vuelta a
reimprimir el mismo año en Valencia, no carece sin embargo de cierto gracejo:
«Al borrical semblante
la máscara antepuso de un gigante;
y luego en la cabeza
un peluquín que en la cerviz tropieza;
en el cuerpo acomoda,
de gentil cortadura,
casaca con dorada bordadura.
Media de Persia entre galán zapato
sobre quien para ornato
por ser otras sencillas
puso sus herraduras por hebillas»103.
Iriarte no pudo permanecer tácito ante tales acusaciones e
insultos y publicó bajo el nombre de Eleuterio Geta su defensa con el título
Para casos tales suelen tener los maestros oficiales. Epístola
crítico-parenética o exhortación patética, que escribió D.... al autor de las
Fábulas Literarias, en vista del papel intitulado El asno erudito (Madrid,
Impr. Andrés Soto, julio 1782)104. Fue una mala respuesta la de Iriarte y
mostró poca sensatez al responder a un libelo descabellado e insultante.
Comenzó por defenderse de la acusación de retratar en sus fábulas a personas
concretas. Así D. Eleuterio dice:
«De unas Fábulas escritas con aquella discreción nadie se
debe ofender, sin hacerse poco favor a sí propio; pues en prueba de que ni
Esopo ni Fedro las escribieron contra una cierta y determinada persona de sus
tiempos, basta saber que al cabo de tantos siglos a cada paso las estamos
aplicando a gentes que viven entre nosotros.
Lo mismo sucede con sus Fábulas Literarias de Vm., aludiendo
a las cuales dixo el Elefante:
A todos y a ninguno
Mis advertencias tocan.
En efecto, nadie hallará precisamente indicado en ellas
individuo alguno, sino toda la especie de los que en España tienen, han tenido
y tendrán o el otro vicio que allí se reprehende»105.
Más adelante se defiende de la acusación de Forner de que no
se precisa el ingenio para componer fábulas:
«Yo me atengo, no obstante, a que así como el hábil Escritor
a quien nuestra amena Literatura debe estar justamente agradecida de la primera
Colección de Fábulas en verso Castellano, sacadas de los Fabulistas más
célebres, es su amigo de Vm. D. Félix María de Samaniego, aquel que en el
tercer Libro de sus Fábulas Morales incurrió más que otro en la vulgaridad de
alabar el Poema de la Música; así también el primero que consta haber inventado
Fábulas en Castellano es Vm.; pues las que Vm. acaba de dar a luz son real y
verdaderamente originales, lo primero porque no están traducidas ni copiadas de
otro Fabulista, y en cualquier país del mundo se llama original lo que no es
copiado ni traducido; lo segundo, porque las ha hecho Vm. en un idioma en que
no se conocían Fábulas así, inventadas, y esto es ser originales para España, o
haber introducido entre nosotros el género no de las traducidas, sino de las inventadas
originalmente; y lo tercero porque las ha compuesto Vm. sobre Doctrina
Literaria, dexando a otros la moral en que hai mucho más que decir: pensamiento
que no sólo es nuevo en España, sino también fuera de ella; pues, aunque entre
las Fábulas Estrangeras hai una u otra que puede aplicarse a la Literatura,
ninguno, que yo sepa, ha formado una Colección de máximas Literarias explicadas
en Apólogos»106.
Es de notar en estas palabras el reconocimiento de Samaniego
como amigo, del que vuelve a repetir que sus fábulas no son originales,
mientras que las suyas sí lo son. Más llama la atención que diga del fabulista
vasco que su alabanza del Poema de la Música es una vulgaridad. ¿Qué significa
esto?
Posterior al libelo de Iriarte apareció otro bajo el título
de Observaciones sobre las Fábulas literarias originales de D. Tomás de
Iriarte. Se culpó como autor del mismo a Samaniego. Según Cotarelo lo divulgó
en Madrid, por medio de pliegos echados al correo, quizá para evitar su
confiscación por no tener permiso de imprenta, a las personas más
significativas de la Corte107. ¿Creyó Iriarte que Samaniego fuera el autor del
mismo? En carta de Benitua Iriarte, amigo del fabulista vasco al Conde de
Peñaflorida, fechada en Madrid el 3 de julio de 1783, se dice:
«Se me olvidaba decir a Vm. que nuestro Comisionado se ha
visto con Iriarte. Muchas expresiones de recíproca estimación y amistad.
Iriarte le dijo por despedida: ha habido chismosos que han procurado
descomponernos, metiendo cizaña, pero no lo han logrado. Esto alude al papel
crítico-satírico que se quiso suponer de Samaniego»108.
No sé si Iriarte creía ciertamente que no fuera de Samaniego,
pero parece que su envidia por el éxito del contrincante era excesivamente
grande como para mantener su amistad por mucho tiempo.
Don Álvaro Gortázar, descendiente del fabulista, publicó con
motivo del segundo centenario de su nacimiento un artículo en el que aporta
interesantes datos demostrando que el susodicho folleto contra Iriarte no se
debía a la pluma del vasco109. Según él, el autor fue D. Luis Pech110, amigo de
Samaniego y residente en Bilbao, con la colaboración de D. José Domingo de
Gortázar. Samaniego se limitó a traducirlo del francés al castellano, sin
intención de publicarlo. Fue el señor Gortázar el que lo publicó, al parecer en
Bilbao, no sin antes haber alterado también largos párrafos de la traducción,
según se observa por la diferencia de letra. Incluso existen facturas en las
que se le paga por este escrito, hecho por encargo, al abate francés.
Por lo demás, en contra de lo que suele ser habitual en este
tipo de polémicas en la época, se emplea en las Observaciones un lenguaje
comedido y correcto, sin insultos. Ataca la inconsecuencia de algunas fábulas,
su lenguaje a veces chabacano («Quítese el metro, y nos queda la jerigonza de
las majas de Lavapiés»), y su incapacidad en la labor de fabulista, que es ante
todo innata. Pero también hay unas finas referencias a las orgullosas
pretensiones de Iriarte de erigirse en el número uno de la literatura del momento.
Tampoco se admiten las actitudes de Forner en su reciente Asno erudito sobre
las fábulas; en contra suya precisa que el fabulista ha de tener un genio
especial en su misión.
A pesar de lo que pudiera desprenderse de lo antes dicho,
Samaniego sí tendría algo que ver en la confección del folleto, que sería una
labor en equipo, aunque redactada por el francés. Pero sin duda no pensó nunca
darlo a luz, y fue estando ya en Madrid o en Vitoria, durante la preparación de
su marcha, cuando se imprimió a espaldas suyas.
Tampoco parece muy sincera la actitud de Iriarte en el
antedicho párrafo de la carta de Benitua, si pensamos que las relaciones entre
ambos se rompieron irremediablemente y pasaron a una ofensiva abierta. Incluso
el poeta canario dejó de escribir al Conde de Peñaflorida, al que le unía una
gran amistad y con quien se carteaba de forma regular. ¿Quién envenenó
definitivamente estas relaciones? Iriarte no caía muy bien entre los poetas
cortesanos por su afán de estar siempre por encima de todos, por su orgullo y
por el abuso continuo de autoridad, desde su puesto, en materias literarias.
Alguien debió, por otra parte, calentar su cabeza en contra de su opositor
literario.
Una carta de Samaniego, posterior a estas fechas, a su joven
amigo Luis de Salazar, residente en Madrid, manifiesta esta ruptura total de
relaciones, aunque afirmando nuestro poeta no saber por qué y encomendándole
respeto hacia su opositor:
«Luis amigo: Aunque me llamo Félix, no soy aquel
Félix, qui potuit rerum cognoscere causas.
Al contrario: soy tan topo, que de cualquiera me fio, de
nadie sospecho, a todos me entrego, y fácilmente soy engañado. No me
arrepiento; es indicio de un alma noble no dudar de las intenciones de los
demás. En nada ofendí al canario de Madrid; mis elogios fueron sinceros. Es
cierto que siempre fui de opinión de que no valía tanto como el público se
empeñaba; pero era una opinión privada mía, que habría sido no sólo pedantesco
sino insensato tratar de sostener, cuando buscaba hacerme su amigo. No soy tan
orgulloso tampoco que me creyera más competente para juzgarle que los muchos
que le elogiaban; y en seguir la corriente no hice mas que imitar al insigne
Metastasio. Me preguntas, pícaro Luis, en qué consiste que, con tantos elogios
de mi parte me haya dado tan mal pago; y si me lo preguntas porque lo ignoras,
te felicito por ello; y celebraré que nunca lo sepas, porque será señal de que
a tu corazón honrado ni aún puede ocurrirle hasta donde conducen a un alma pobre
los incentivos de la envidia.
Ahora tengo que suplicarte, que un exceso de cariño hacia mí
no te meta en polémicas con una persona que, como quiera que sea, es respetada.
Debemos consideración a los que tienen más años: fácil es zaherirlos con agudeza:
no es tan fácil estudiar para superarlos: y a esto último es a lo que debe
aspirar un joven»111.
Podemos comprobar, pues, cómo Samaniego no le guardaba ningún
tipo de rencor, sino muy por el contrario, le admiraba y respetaba. Posteriores
ataques del canario le pondrían a él también a la defensiva.
El hecho es que Iriarte aprovechó todas sus influencias para
perseguir al autor de las Observaciones, publicadas sin permiso de imprenta.
Creyendo definitivamente que fueran de Samaniego, se acudió a Valencia, donde
éste publicara sus Fábulas Morales, sin encontrar lo que se buscaba. Pero sí
tuvo la suerte de hallar en la imprenta de Tomás Orga un folleto que, en
respuesta a su Para casos tales..., se disponía a editar Forner: Los
gramáticos, historia chinesca. El manuscrito fue recogido e impedida su
impresión, con la consiguiente irritación del extremeño, que recurrió a
Floridablanca sin éxito. El tono del folleto era el usual de Forner, a veces no
sin cierta gracia, como cuando le dice que con el mismo derecho con que inventó
las fábulas literarias, un carpintero puede inventar las carpinteriles, un
albañil las albañiles y un sastre las sastrales o desastradas112. No se libró
tampoco Iriarte de otras críticas de literatos que se creyeron retratados en sus
fábulas como García de la Huerta y el ponderado Jovellanos.
Actividad literaria
Fueron estos años de vida en Madrid de gran actividad
literaria. Quizá el escaso progreso de sus gestiones políticas se compensaba
con su participación activa en tertulias y polémicas. Aprovechó su estancia en
la Corte para publicar el segundo volumen de sus fábulas. Hacía ya varios años
que las tenía escritas. El éxito del primer libro y los ánimos de los amigos le
habían ayudado muchísimo. No creo que Iriarte le instase también en la
consecución de esta tarea a pesar de las recomendaciones de Martín Fernández de
Navarrete:
«Llegó por fin el tiempo en que viéremos publicadas las
graciosas Fábulas de Samaniego. Aquí han agradado muchísimo, y espero de Vm.
que, dándome su parecer sobre lo general de aquella obra, me lo dé también de
la dedicatoria a Vm. del tercer libro y de la fábula que le aplica; pues me
parece que todo aquel pasaje está, no sólo delicadamente tratado, sino que la
versificación tan armoniosa, hace que lo tenga por uno de los mejores de todas
las Fábulas. Ojalá animase Vm. al autor de ellas para proseguirlas o para que
trabajase otra obra por el mismo estilo, para que así tuviese la literatura un
ramo más cultivado, y la Rioja que contar entre sus Zárates y Villegas otro
hijo que no le diese menos honor y gloria que ellos»113.
Para las Juntas de la Sociedad Vascongada, celebradas en
Vergara los últimos días de septiembre de 1782, las tenía escritas, pues las
leyó a los reunidos, pareciéndoles mejores aún que las anteriores, autorizando
su impresión. Incluso el último libro eran fábulas originales. A primeros de
octubre de 1783, casi recién llegado a Madrid, ya se tenía el permiso de
impresión114. Samaniego había querido esperar un poco más y perfeccionarlas,
según el mal cariz que iba tomando la «polémica fabulística». En diciembre del
82 Martín Fernández Navarrete las suponía en prensa:
«Y con esto, (¡ay que se me olvidaba!) y con saber si se
están imprimiendo, y dónde, las deseadas segundas Fábulas de Samaniego, quedo
de Vm. como siempre»115.
El nuevo volumen, que lo definía ya como gran fabulista,
apareció en junio de 1784116, impreso por Joaquín de Ibarra. Nuevo éxito, que
encumbraba a Samaniego en las letras españolas del momento. Aún haría en vida
varias ediciones más de las fábulas completas que nos muestra la gran
aceptación que tuvieron117. Tras esto, Samaniego se había convertido en una
autoridad en el campo de las letras. Además, su gran facilidad para componer
coplillas, versos de circunstancias y similares, hicieron de él pieza codiciada
en las reuniones.
Sin duda son de este momento la mayor parte de sus cuentos
verdes, que harían la delicia de contertulios procaces en esta época de
libertades sexuales. También compuso por estas fechas las famosas décimas
tituladas Ridículo retrato de un ridículo señor, posiblemente dirigidas a la
Condesa de Baños, que le había pedido un retrato suyo, y las décimas A unos
amigos preguntones, llenas de gracia. De las primeras tenemos noticias en una
carta de un tal Chassio, sin fecha, y enviada desde El Escorial:
«De Félix tengo este correo una carta disparatadísima con una
Descripción en décimas de su persona la más natural, verídica y graciosa, y
bien puesta, que es imaginable. Se la he enseñado aquí a varios y les ha
gustado, y sería mucho más si le conocieran como nosotros»118.
Pero quizá tuvo más importancia su entrada en la palestra de
la crítica teatral en el año de 1785. Su afición al teatro era ya antigua,
quizá modelada por las ideas neoclásicas de su tío el Conde de Peñaflorida y
por los contertulios de Vergara. En Madrid tuvo ocasión de asistir a las
representaciones del nuevo teatro que inútilmente intentaba desplazar a las
antiguas comedias y a los sainetes populares de D. Ramón de la Cruz. En este
año publicó García de la Huerta su famoso Theatro Hespañol, en el que intentaba
vindicar el teatro español del Siglo de Oro, con una selección de obras lo más
posible ajustada a las reglas. Si la selección dejaba mucho que desear, estaba
totalmente fuera de lugar el Prólogo a la misma en que quedaban malparados los
seguidores de las tendencias francesas. Samaniego abrió el fuego contra las
malsonancias y el espíritu cálido de Huerta con su Continuación a las Memorias
críticas. Imagina ser un periódico, con el número 402, y las publica en el mes
de junio bajo el pseudónimo de Cosme Damián119. Contra lo que era común en la
época cuando algo se publicaba anónimo o con nombre supuesto, Samaniego se
mantiene en un tono correcto, sin insultos, meramente ideológico. Menéndez
Pelayo, tan poco pródigo en elogios al fabulista, le aprueba en esta
ocasión120.
Pero no actuó de la misma manera el extremeño, y se desató
con su furibunda Lección crítica a los lectores del papel intitulado
Continuación de las Memorias críticas de Cosme Damián (Madrid, Imprenta Real,
1785). No se le ocultaba a Huerta que su contrincante había sido Samaniego
cuando habla del lenguaje machihembrado de los vizcaínos y del volterianismo de
la lógica del memorista. Por lo demás, su crítica se reduce a bagatelas y
malsonancias. No pudo menos, también, de mostrar su ingenio con una coplilla
alusiva:
«La Memoria del Cosmillo
es cosa particular,
que una mentira la empieza,
la acaba una necedad».
Hace sin duda alusión a la equivocación de Samaniego de la
cita inicial del capítulo de El Quijote, y a su conclusión en la que pone Con
las licencias necesarias, en plural, lo cual era exclusivo de religiosos.
Se complicó la polémica, sobre todo por conceptos ofensivos
de Huerta para con Cervantes, y entraron en lid el incansable Forner, Joaquín
Ezquerra (director de El Memorial Literario), Jovellanos, Iriarte y un largo
etcétera. Para todos tuvo respuesta displicente el Bibliotecario real, García
de la Huerta. Pero tampoco se libró de que se le respondiese, a veces, con
poemas burlescos harto significativos121.
No respondió Samaniego, haciendo gala de prudencia, a los
alegatos mal compuestos de Huerta. Su se continuará del primer artículo se
quedó en un ligero esbozo inédito entre los papeles de D. Martín Fernández de
Navarrete122. Va encabezado con un 403 como si efectivamente fuera la
continuación del periódico fantasma que el oculto Cosme Damián comenzara. Pero
la impericia polémica de Huerta hizo romper también las enemistades entre
ambos, paseándole el extremeño en romances y coplillas.
El anonimato que envuelve gran parte de la prensa del siglo
XVIII nos ha impedido conocer la identidad de diversos estudios de los
escritores de la Ilustración. De entre los varios que debió escribir Samaniego
en Madrid, se ha reconocido otro excelente artículo sobre el teatro aparecido
en El Censor a comienzos del año 1786. Fue Julián Apráiz quien lo sacó a nueva
luz123. El artículo, que ya tendremos ocasión de analizar con detención, es
sumamente interesante y está orientado a una reforma total del teatro. En él
muestra Samaniego no sólo conocimientos teatrales de nuevo cuño, las ideas en
boga, sino de la vida teatral madrileña, con sus problemas de actores, autores
y público, y con sus polémicas a nivel de intelectuales. En el número siguiente
recibió respuesta el director del periódico, Luis Cañuelo124. La contestación
del abogado madrileño tiene menos profundidad de la que era de esperar, pero
contiene también ideas interesantes. Samaniego no machacó el mismo clavo, pero
su nombre, Cosme Damián, fue traído y llevado, a favor y en contra, en todos
los periódicos literarios de Madrid125.
Vuelta a Bilbao
Su actividad literaria en la Corte había sido más importante
que los progresos en la gestión que le encargaran. Sólo pudo arrancar al gobierno
pequeñas migajas, pero nada esencial. Cansado del ambiente enrarecido,
polémico, intransigente de la Corte, y afectado por una enfermedad, decidió
volver por su cuenta a casa. Estos años de abundante trato con personas
influyentes le habían granjeado grandes amistades ganadas por su espíritu
abierto, buen trato y su graciosa y aguda conversación. Sus amigos Llaguno,
Jovellanos, Floridablanca, no se resignan a perderle y le tientan con cargos
públicos, «pero rechazó constantemente los favores del ministerio tanto por
delicadeza, como por su carácter amante de la independencia y libertad»126.
En junio de 1786, después de ir a Aranjuez a despedirse de
sus amistades, se fue en coche particular a Vitoria, donde visitó a su hermana
monja, María Isabel, y a Montehermoso, su amigo. La monja relata así esta breve
entrevista a María Josefa:
«No puedo menos de cumplir tus deseos diciéndote cómo Félix
llegó a ésta el mismo día que recibo la tuya que fue el 18. Se apeó
inmediatamente y subió en coche a la casa de Montehermoso. Estuvimos muy poco
solos, pues no sé cómo supo la gente su venida y se llenó el locutorio. Ayer no
lo vi por sus ocupaciones pues desea concluir para no tener que volver al
tiempo de juntas. Hoy espero verlo otro ratico. No sé cuándo se irá, él ha
venido guapo y ha engordado»...
Y sigue: «En asunto a Provincia dice que nadie puede
pretender imposibles, ya sabes su genio desinteresado en todos asuntos y
prudente»127.
Samaniego hace llegar informe a los mandatarios de la
Provincia de su venida, justificándola por su inacción en la Corte, «pero que
siempre que la Provincia tuviese a bien volver a ella lo ejecutaría gustoso,
sacrificándose en su obsequio»128.
Pasó rápidamente a Bilbao, donde seguía su mujer, para
reponerse de su dolencia. Allí le fueron a buscar para agradecerle públicamente
su labor. Él envió una carta a las Juntas Provinciales, reunidas en Vitoria en
el mes de julio, anunciándoles que en cuanto pasaran sus indisposiciones iría a
darles una amplia información.
El 17 de julio de 1787 llegan a la Provincia las concesiones
definitivas y comunes al País Vasco, a través de Pedro de Lerena:
«...que exceptuándose para esas Provincias exentas el tabaco,
naipes, pólvora, plomo y demás géneros sujetos a dicho estanco se lleve a
ejecución por Vm. el Señorío y Guipúzcoa, la Real Orden comunicada en 8 de
marzo de 1783 con remisión de la relación de géneros prohibidos»129.
Y respecto al comercio con América, «ha denegado S. M. la
reposición o suspensión pedida de las órdenes citadas, y se ha servido
determinar al mismo tiempo que se observen y guarden en las aduanas de
Cantabria los citados aranceles recopilados en uno»130. El nuevo arancel es más
benigno: pretende evitar el abuso de privilegios, pero hace una reducción en
cuanto a la cantidad de productos a importar o exportar: ahora se permite hasta
diez varas de tejido, tres arrobas de bacalao, treinta libras de chocolate,
seis de azúcar, dos de pimiento y media de clavillo. Los tres años de estancia
de Samaniego no habían conseguido todo lo que era de esperar, pero tampoco
habían sido infructuosos. Las gestiones seguirían durante muchos años.
Pero la Provincia no podía menos de agradecerle estas
pequeñas conquistas y encargó a Madrid una vajilla de plata con que
gratificarle. Samaniego rechazó el regalo. Es cierto que los comisionados, para
esta época, no solían recibir, por voluntad propia, ninguna dieta; pero el
tiempo que había estado él era excesivo. Entonces se le instó para que cogiera
por lo menos un utensilio representativo y se le hizo una bandeja de plata con
las armas de la Provincia y una inscripción en su cerco que indicaba los servicios
prestados. La recibió, no sin poner pegas, a la vez que en señal de
agradecimiento se insertaban sus cartas, en las que indicaba su disponibilidad
y el rechazo del regalo, en el libro de actas de las Juntas Provinciales131. No
quedan, sin embargo, satisfechos con esto e intentan que «se le dé a entender
la pena con que queda esta Provincia por no hallar medio ni modo con que
corresponder dignamente como apetece al amor, celo y favores que le ha merecido
la Provincia y que desea le proporcione motivos en que acredite su verdadero
agradecimiento y emplearse en su obsequio»132. La vajilla destinada a Samaniego
fue rifada, por deseo del mismo, en beneficio de la Casa de Misericordia de
Vitoria.
El fabulista, de nuevo en su tierra, tuvo que comenzar por repasar
el estado de su hacienda. Nunca se preocupó de manera especial de ella, pero
convenía de vez en cuando cumplir trámites. En Tolosa seguía al frente de la
misma, sin novedad especial, Ignacio de Sendoa. Manuel Pérez se ocupaba de las
fincas de Laguardia desde que su cuñado Felipe Salcedo se fuera a vivir a
Logroño en 1782. No tenía un excesivo interés en ella, pero seguía rentándole a
su señor lo suficiente para vivir más que holgadamente.
De nuevo las antiguas amistades, y sobre todo la libertad, la
ausencia de ceremonias que le aprisionaran en la Corte.
Pero la fama tiene sus exigencias. La Provincia le propone en
las Juntas de 1787 para su elección como Diputado General. Entre sus opositores
figura la flor de la aristocracia alavesa. Samaniego no tuvo ningún voto, lo
cual le proporcionó una alegría inmensa133. El nuevo diputado fue D. Manuel de
Llano, propuesto por la ciudad de Vitoria. Ahora su vida se repartía entre
Bilbao y Laguardia, donde comenzaba a buscar la tranquilidad de su descanso. No
siempre consigue mantenerse al margen de todo, pues con frecuencia le piden
ayuda para las cosas más variadas: recomendaciones, solución de problemas...
etc.
Su amigo Martín Fernández de Navarrete le escribe desde su
palacio de Ávalos, pidiéndole datos para escribir una biografía del fabulista.
Los críticos que han visto en Samaniego un orgulloso convendría que repasaran
su carta de contestación:
«Amigo Martincho: ¿Noticias de mi vida? ¿Quieres escribir mi
vida? ¿Qué es esto? ¿Si seré yo fraile y no lo sabré? Pero no: toco mi piel y
me la veo lucia y rellena. ¿Si seré algún donado, que tiene habilidad para
llenar de provisiones el convento y habrán creído que soy digno de que se me
presente como modelo a los donados que vengan en los siglos futuros? Porque general
que haya ganado batallas no lo he sido, ni estadista que haya arreglado los
asuntos de mi patria, ni literato que la haya dado nombradía. Además que en
España no se escriben las vidas de gente tan vulgar; y hacen bien en quedarse
en el tintero, porque no se encontraría quien las leyese. ¡Cuánto más vale el
lego que bien provistas las alforjas se esmera para que sus seráficos hermanos
huelguen y manduquen! Y a propósito; aquí tuve el otro día al hermano Blas
(¡linda maula!) que venía de sus requisitorias, y me dijo que en el palacio
había salud, y me dio buenas noticias de los ausentes.
En albricias le abrí mi despensa.
Pero al asunto. Mi vida vale bien poco, como darán testimonio
mis convecinos de Laguardia, y no apelo al Guardián de Capuchinos, que, si sabe
lo que se intenta, dirá haciendo mil cruces, como si se tratara de espantar una
legión de diablos: ¡Jesús! ¡Jesús! ¡En qué siglo vivimos! Déjeme vegetar en
paz. amigo mío, que aún no me he muerto; y si quiere saber mi mérito como
fabulador, traslado a Tirso Imareta, el primero que ha escrito fábulas
originales en verso castellano, y tan originales que puede acudir a algún
reverendo para que las coloque entre las Extravagantes. Suyo.-El Sr. D.
Félix.-Amigo Navarrete».
(Laguardia, abril de 88)134.
Este mismo año tuvo que intervenir en favor de su amigo el
fabulista Ibáñez de Rentería135. El 4 de agosto había aparecido en el Diario de
Madrid una fábula titulada El Raposo. Floridablanca se vio representado en
ella, en un momento en que las ideas republicanas de la vecina Francia
comenzaban a hacer mella en España, y el ministro español aparecía denigrado en
sátiras y libelos, sobre todo por los miembros del partido de Aranda136. En un
principio creyó Floridablanca que fuera de Iriarte o Samaniego, pero después
llegó a su conocimiento ser de Ibáñez de Rentería. Samaniego salió en su
defensa e invocando su amistad con el ministro, le hizo creer que efectivamente
era de su amigo, pero que hacía tiempo que la tenía él en su poder con otras de
la misma procedencia, de modo que no podía referirse a ninguna circunstancia
particular. El asunto quedó rápidamente zanjado, lo cual muestra que aún
seguían vivas las relaciones amistosas entre ambos personajes.
Rentería agradecería cordialmente esta intervención
dedicándole el segundo libro de sus Fábulas:
«...Lo que entiendo
es cantando tus glorias y loores,
moverte a que tus versos, los mejores,
oiga el Parnaso ibero;
y así como el primero
cantaste en él de gatos, de ratones,
de lobos y corderos las acciones,
sacando documentos los más sanos;
cantes de los humanos,
no las marciales glorias,
ni los hechos que cuentan las historias,
su soberbia y orgullo fomentando;
sino aquellos sucesos que pintando
vas en tus dulces versos cada día,
cuya fácil amena poesía
y natural gracejo,
es el mejor espejo
en que el hombre vicioso o engañado
de tal modo se mira retratado,
que al ver su mal presente no se aflige,
mas antes bien siendo se corrige.
Canta, pues, caro amigo.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
A ruego tuyo, y tal vez en mi daño,
mis versos publiqué, porque cumplieses
tu palabra, y al público le dieses
tu Colección de cuentos en seguida:
y tu oferta amistosa no es cumplida137».
En diciembre moría Carlos III. La política gubernativa siguió
con un sistema de restricciones del apoyo, iniciado poco antes, de los
conductos de la Ilustración. Los progresos revolucionarios de Francia eran una
amenaza que también se cernía sobre la monarquía española. Incluso había
aumentado la propaganda antigubernamental que se llevaba a cabo sobre todo
desde la frontera francesa. La Inquisición tuvo que colaborar activamente con
el gobierno por reprimir en lo posible la difusión de los libelos138. Las
Sociedades económicas comenzaron a declinar. El Colegio de Vergara disminuyó
considerablemente de alumnado. Samaniego seguía pasando allí temporadas
preocupándose de los alumnos y asistiendo a sus exámenes públicos. Y mientras
residió en Bilbao participó en las Juntas de Vizcaya. La Vascongada, sin la
presencia de su fundador, había perdido bastante de su antiguo auge. Dejaron de
funcionar las comisiones de trabajo y la economía, sin el dinero que siempre
enviaron los socios de América, comenzó a declinar. Y como casi siempre que la
decadencia es un hecho, cuando falta la creación, comenzaron las florituras. La
Sociedad le encargó al fabulista en 1790 la reimpresión de todos los Extractos
de las Juntas. Debía hacer correcciones de imprenta e incluso de estilo si lo
juzgase necesario. Pero Samaniego, siempre débil de carácter, no se tomó en
ello ninguna molestia, como tampoco para la corrección de las nuevas ediciones
de las fábulas que se hicieron en vida. El Extracto de las Juntas dice
textualmente:
«Día 30 (julio). Teniendo presente que sería conveniente una
reimpresión de los Extractos, que hasta ahora ha publicado la Sociedad, se dio
comisión al Amigo Samaniego para que remitiéndole la Secretaría una colección
completa de los dichos Extractos impresos y los demás papeles que no se hayan
publicado, piense de qué modo puede ser más útil esta reimpresión y al mismo
tiempo si en continuación del ensayo se podrá dar segundo tomo».
En la reunión del día 1 de agosto Samaniego amenizaba a la
asistencia con alguna de sus composiciones.
El mismo año de 1790 (9 de marzo) moría en Bolonia su hermano
Antonio Eusebio. Siempre se había preocupado de enviarle dinero a través de su
agente en Corte. El jesuita expulso, que estimaba mucho a Félix, había sido
religioso de vida intachable, de talentos sobresalientes, humilde y querido por
todos. Fue enterrado lejos de su tierra, en el noviciado jesuítico de
Bolonia139.
De nuevo frente a Iriarte
En 1787 publicaba Tomás de Iriarte una colección de sus obras
completas en dos tomos. Entre los suscriptores estaba Samaniego140. El canario
volvía a abrir antiguas heridas, ya cerradas, con un epigrama de claras
alusiones:
«A un vizcaíno, autor de unos malos versos castellanos en
metro que él llamaba sáfico y adónico.
Por mas que en metro latino
voces castellanas usas
no te permiten las musas
dejar de hablar vizcaíno.
El rebuzno de pollino
en que el verso se trocó
que Safo en Grecia inventó,
hizo que Apolo exclamase:
Caballo en el Pindo, pase;
pero ¿borrico? Eso no»141.
El fabulista vasco le respondió a través de El Correo de
Madrid glosando la décima142. La glosa se mueve entre la ironía y la reprensión
correcta. Fingiéndose vizcaíno sale en defensa de su paisano. Irónicamente le
agradece que le enseñara quién es el autor del verso sáfico, a la vez que le
recrimina el tono insultante que usa para enseñar:
«Con primor, con
artificio,
enseñar al que no sabe
esto en un poeta cabe
y es muy propio de su oficio;
pero muda de ejercicio
desde luego, si reúsas [sic]
cambiar el tono que usas
con el autor mi paisano,
pues modo tan poco humano
no te permiten las musas».
No podía tampoco faltar la consabida alusión a sus «fábulas
originales» que le dieron tanto que pensar.
«para poder imitar
otras que te precedieron».
Reconoce que en sus obras hay cosas buenas, aunque hay otras
que no lo son tanto, pero que quizá la décima, que ahora glosa, estaba
totalmente fuera de lugar. La última décima es sin duda la más dura al
recordarle, malévolamente, el mal trance que pasó Iriarte con la famosa
invectiva de El asno erudito de Forner:
Con el asno tu
ojeriza
manifestándonos vas;
acaso recordarás
de Segarra la paliza.
Esto que tu rabia atiza
también al numen movió
cuando al vizcaíno trató
por serlo, de aquella suerte;
pues sepa Apolo que es fuerte
pero ¿borrico?... eso no».
Insistió Samaniego en su ataque con unas Coplas para tocarse
el violín a guisa de tonadilla, que creo no publicó, pero que no cabe duda
llegarían manuscritas al conocimiento de Iriarte143. Las reproduzco por ser
menos conocidas:
«Cantar la música
Iriarte
se propuso en un
poema;
y en lugar de
sinfonía
tocó la gaita
gallega:
Las maravillas de aquel arte canto...
¡Dios guarde, o muñeira, tu gracia, tu encanto!
De Juan de Mena
llegó
a la berroqueña
oreja
aquel estupendo
verso,
con que el poema
comienza,
y dijo asustado: ¿qué música es esta?
jamás otra tal me rompió la mollera.
Ni destemplados
clarines,
ni la zampoña
perversa,
ni en vil mercado el
molesto
gruñente animal de
cerda,
que hasta los perros y gatos ahuyentan,
tan desapacible hirió mis potencias.
Señor Iriarte, ¡o
don diablo!
si más estilo y
cadencia
no dais al verso,
dejad
vuestra profesión
coplera,
o al versificar, ved antes si os presta
el Asno erudito sus tiesas orejas».
La poesía es bastante mala, pero es significativa por
atacarle en lo que ya iba siendo tópico: el primer verso de su poema La Música,
el que más fama le dio con traducciones a diversas lenguas europeas. Y como
remate, la consabida alusión al Asno erudito de Forner. No fue exclusiva de
Samaniego esta crítica del discordante verso inicial, sino que de la misma
opinión fueron Huerta (recuérdese la anécdota de la primera lectura del poema,
que recoge Cotarelo, transmitida por Quintana), Forner y el circunspecto
Jovellanos, a quien se deben estos versos:
«Declárale a aquel
pobrete
que en discordantes corcheas
solfeó las maravillas
del arte de las cadencias»144.
No sé cuál sería la respuesta de Iriarte que indujo a
Samaniego a hacer una crítica sistemática de las Obras Completas de su
contrincante. En julio de 1788 publicaba en Tolosa, en la imprenta de su amigo
Francisco de Lama, un folleto titulado Carta apologética al Señor Masson145,
con el tema de ¡Ahora sí que están los huebos buenos!146. Samaniego aprovecha
la polémica en torno al escritor francés Masson de Morvilliers para hacer una
bien tramada, aunque a veces injusta y cruel, crítica147. Simula ponerse en
favor de la ciencia española y para muestra: las recién publicadas obras de
Iriarte.
«¿Quiere Vd. verlo? ¿lo quiere Vd. palpar, Señor Masson? pues
ahí va: las obras de D. Tomás de Iriarte.
Sí señor: las obras de D. Tomás de Iriarte, joven español que
aún vive y le conoce todo Madrid: las obras de D. Tomás que acaban de salir de
la prensa: estas obras, digo, son el resultado, el hecho permanente que ha de
servir de impugnación del Artículo, y de verdadera apología de nuestra España
en el siglo incrédulo y filosófico»148.
Después va recorriendo los dos tomos de las obras de Iriarte
y anotando los versos peores y las ideas más criticables. Se equivocan quienes
han visto en esta carta un ponerse de parte de la anticiencia española. Del
patriotismo de Samaniego nunca hay que dudar, e incluso su conocimiento de
nuestros clásicos era más profundo de lo que con frecuencia se ha creído149. Se
trata simplemente de un enfrentarse a Iriarte, de una polémica entre ellos.
Comienza por poner en tela de juicio la originalidad de sus fábulas literarias
cuando existen los preceptos de Aristóteles, Horacio, Boileau y Luzán, y que
sean precisamente los animales, analfabetos, los que den estas lecciones:
«¡Ah, Sr. Masson! ¡Y qué mal están Vds. si no tienen otra
disculpa para no confesar el reconocimiento que deben al Sr. D. Tomás, y por
éste a toda la Nación Española!»150.
Ataca también al Poema de la Música, y su consabida carta
laudatoria de Metastasio. El poema didáctico, en opinión de Samaniego, está
hecho más para deleitar que para enseñar, ya que no puede superar un nivel
elemental. «Es igualmente fundada la censura que hace de los versos jocosos
publicados por Iriarte (El Apretón, las Décimas y las Quintillas disparatadas),
que son ciertamente fruslerías indignas de la luz pública, y que sólo el gusto
de la época disculpa», dice el crítico irartiano Cotarelo151. Se ceba en ellos
Samaniego, diciendo son de mal gusto (¿les disculpa el gusto de la época? No
son las únicas que compuso Iriarte, que inédito quedó un manuscrito -BN. Ms.
3172- con composiciones de la misma ralea):
«Su Autor, cuando lo colocó en sus Obras, se olvidó de que
éstas podían ser leídas por gentes de buen gusto, por personas de fina
educación: en una palabra, no tuvo presente que un escritor habla con el
público, y que este público es el personaje más respetable. Si no se olvidó de
esto, y creyó que al hallar en Cervantes, en Molière y en otros hombres
célebres algunos ejemplos de esta clase le autorizaba para presentarnos en una
obra literaria, un objeto asqueroso e inmundo se equivocó groseramente. A más
de que hay talentos privilegiados a cuyo mérito se le dispensan ciertas gracias
a que no deben aspirar los hombres que no sean de aquella clase superior,
debemos advertir que si Cervantes y Molière hubiesen escrito a fines del siglo
diez y ocho, hubieran sabido acomodarse al grado de delicadeza a que hoy ha
llegado el buen gusto»152.
Quizá lo que más irritó a Samaniego fueron los epigramas
dedicados a los vizcaínos (léase vascos): el citado epigrama XII, que ya
conocía de antemano y que respondió con la consiguiente glosa, y el III, en que
el vizcaíno sale también diplomado en cabalgadura y que dice así:
«A un vizcaíno muy aprehensivo que pidió a su zapatero le
tomase el pulso.
Fabio de cabalgadura
ya con el renombre se alza;
pus el mismo que le calza
es el que también le cura»153.
Samaniego rechazó de plano esta calificación de borrico al
pueblo vascongado, y más en personaje de tanta importancia porque «la crítica y
sátira convienen al vicio; no a la virtud y al mérito». Para demostrar lo
injusta que es, basta enumerar los últimos timbres de gloria del País Vasco: El
Seminario Vascongado y su aplicación a las Ciencias naturales y experimentales.
Y por si fuera poco, el canario se ha pillado en sus propias redes, pues su
ascendencia es vascongada. Y como conclusión unos mordaces epigramas en los que
no podía faltar la consabida alusión al temido Forner.
I
«No soy exagerador,
ni menos voy a adularte,
más quiero ser suscritor
a tus seis tomos Iriarte,
que si me hicieran su autor».
II
«A tus obras suscribí:
¡caras son! dije, Tomás;
pero después las leí,
y diera el doble y aún más
por no ver mi nombre allí».
III
«¿Qué importa que la gota
quiera matarte, Tomás,
si has logrado ya el hacerte
con tus obras inmortal?».
IV
«Mis obras serán las flores
de donde saquen la miel
las abejas sus lectores:
esta es la pintura fiel
que hiciste a los suscritores.
¿Quieres corregir, Tomás,
la pintura sin trabajo?
Pues, amigo, llamarás
al lector escarabajo
y a tus obras... lo demás».
V
«Yo sé que no ensuciarías,
Iriarte, tanto papel,
si cuando escribes gritasen
Tomás: que viene Forner».
VI
«Huerta escribe que el Parnaso
está cubierto de nieve...
-¿La fecha?- el día en que Iriarte
dió sus obras... cabalmente».
VII
«Gran venta hubieran logrado,
Iriarte, tus poesías
en los tiempos de Villegas,
de Garcilaso y de Ercilla:
no la lograrás ahora,
Tomás, porque en nuestros días
no tiene ya nuestra España
como entonces polvoristas».
VIII
«Tus obras, Tomás, no son
ni buscadas ni aún leídas,
ni tendrán estimación
aunque sean prohibidas
por la santa Inquisición»154.
No respondió D. Tomás a un alegato tan bien tramado y que le
dejaba excesivamente en ridículo155. Hacerlo suponía darle publicidad y no le
interesaba. Por eso la obra cayó pronto en el olvido. Pero empleó otro recurso,
aprovechando su influencia, que podía dar mejor resultado: denunciarlo a la
Inquisición156. La denuncia se hizo en febrero del 89 a través de Fermín
Huarte, profesor de Gramática y vecino de Tolosa, «cuyo tenor era haber oído
varias máximas blasfemas, como también que éstas estaban estampadas en un
cuaderno que principiaba ahora sí que están guapos los huevos a cuya
introducción acompañaban otras expresiones vulnerantes de la santidad de la
Suprema Inquisición, del Estado y Academia Española»157. El proceso duró todo
el año siguiente. La acusación recayó directamente sobre el impresor Lama. El
juicio es significativo del estado de podredumbre de la Inquisición en esta
época: sólo los operarios de la imprenta, J. Felipe Morales y Fermín Arbeláiz,
son molestados con largos interrogatorios. Morales declara que se quedó con un
ejemplar, que después prestó, y que era forastero el que corría con la
impresión de dicha obra. Sí sabe que se hicieron entre 150 y 200 ejemplares,
sin que se sepa a quién se repartieron, «porque todos ellos los tomó Dn. José
de Sendoa, Presbítero, vecino de esta villa que fue el que dio la orden para la
impresión y corrió con la comisión de dicha obra, cuyo autor verdadero ignora
porque no se nombraba en el escrito»158. No hay que olvidar que dicho Sendoa
era el administrador de los bienes de Samaniego en Tolosa.
Mucho interés se toma Prada, inquisidor de Logroño, cuando
insta, en el auto de 7 de enero, a que sigan las investigaciones, pues del
impreso «depende el honor de la literatura española»159. ¿Qué mano se ocultaba
detrás de él?
Pero Samaniego había atado bastante bien los cabos con el
impresor para no ser reconocido: se publica anónimo, es Sendoa quien se lleva
los ejemplares y los cosen seis costureras analfabetas.
Arbeláiz es también sometido a un riguroso interrogatorio en
su nueva residencia de Bilbao. A la pregunta de quiénes intervinieron en la
impresión responde:
«que él compuso los moldes, Felipe Morales y su amo D.
Francisco de Lama los tiraron; que D. José Sendoa, presbítero, residente en
dicha villa de Tolosa de la provincia de Guipúzcoa, puso en la imprenta el
primer papel con una carta de Dn. Félix Samaniego, caballero residente en esta
villa de Bilbao, la que vió el deponente; que en casa del citado Dn. José
Sendoa se encuadernaron a la rústica como doscientos ejemplares, y que sólo el
referido Dn. José intervino en esto y los corrigió, y que le parece que un
ejemplar dieron a M. F. Murgutio...»160.
Parece ser, según consta en posteriores declaraciones, que
las pruebas fueron corregidas por el mismo Samaniego en Bilbao. Pero lo que,
sin duda, llama la atención en este proceso es que ni Lama ni Samaniego fueron
llamados a declarar. ¿Para quién era la Inquisición?, ¿para pobres y humildes?
Los informes que dan los teólogos designados al efecto son
totalmente contradictorios. Fr. Juan de Cristo ve en él un útil escarmiento
para la figura de Iriarte:
«el papel puede servir de aviso y escarmiento al satirizado
en él y a otro cualquiera que gaste su genio y humor, como para que procedan
con mayor cuidado en las producciones de su talento»161.
Fr. José de la Madre de Dios, por el contrario, piensa «que
dicho escrito debe ser recogido, y condenado como opuesto a la caridad y buen
nombre del prójimo», aunque no tiene ninguna proposición contraria a la
Iglesia.
Fue necesaria una tercera persona que analizara la obra, ante
esta disparidad de opiniones. El encargo lo recibió Fr. Gregorio Rico, del
monasterio de Irache, que no encontró cosa alguna que mereciera censura
religiosa, aunque consideraba malsonante el epigrama en que se hacía referencia
a la Inquisición. Sin embargo, el informe dado por el Consejo de Inquisición de
Logroño fue totalmente negativo:
«Dijeron que les parece que el citado impreso debe prohibirse
y recogerse como satírico y contrario a la caridad cristiana para con el
prójimo, y que el referido impresor, y Dn. José de Sendoa, presbítero, vecino de
Tolosa, que fue el que dio la orden para la impresión, deben ser apercibidos y
conminados, para que en lo sucesivo se abstengan de imprimir y hacer que se
impriman, respectivamente, semejantes papeles satíricos, y particularmente los
anónimos y destituídos de las licencias necesarias, cual es el presente; el que
se remite con el expediente a los señores del Consejo»162.
Iriarte se había salido con la suya, pero no pudo nada contra
Samaniego. Sin duda, ésta había sido la crítica más airada. Al vasco le habían
afectado profundamente, y tras él a sus amigos, los dicterios asnales con que
el canario le había rotulado.
Pero aún volvería a la carga nuestro fabulista con otra
crítica más científica. En el año de 91 había aparecido en Madrid una
traducción del drama de Voltaire La muerte de César, hecha por Mariano Luis de
Urquijo, con un prólogo del mismo sobre el estado de la escena española en este
momento163. Este prólogo, en el que se emitían algunos juicios contrarios a la
ópera italiana, de gran ascendencia en los teatros de la Corte, fue rápidamente
contestado por el anónimo Discorso confutativo en el que se reivindicaba dicho
género. El joven y fogoso Urquijo se vio desbordado por este insultante folleto
y acudió al experimentado Samaniego, al que le unían lazos de paisanaje, y
quizá familiares164.
Samaniego se muestra reacio a participar en la polémica que
puede romper su conquistada y amada tranquilidad. Pero estaba demasiado
acostumbrado y, a pesar de todo, se somete a «aconseiarle». Aprovecha la ocasión
para matar dos pájaros de un tiro. Había escrito Iriarte a fines de 1789, en la
convalecencia de su crónica enfermedad de gota, en Sanlúcar de Barrameda, un
melólogo titulado Guzmán el Bueno. Al año siguiente se estrenaba en el teatro
de Cádiz165. Con esta obra seguía la corriente de El Pygmalion de Rousseau, que
contaba ya con varias traducciones al castellano y se había puesto en escena en
diversas ocasiones entre los años 1780-90. Al fabulista no le gustaba, pese a
su afición a la música, el progreso de este género. Le parece algo fácil y sin
interés, sistema por el que los autores dramáticos intentan escamotear las
dificultades del diálogo. Por eso escribe un folleto con el que quiere cortar
de raíz la incipiente «monologuimanía». El escrito tiene dos partes tituladas
La respuesta de mi tío sobre lo que verá el curioso lector, publicada contra la
voluntad de su merced, con licencia, año 1792 y Guzmán el Bueno, soliloquio o
monólogo. Escena trágico-cómico-lírica unipersonal, con música en sus intervalos166.
Es la primera una larga carta fechada en 15 de marzo de 1792.
Carta que es hecha pública, por su sobrino (¿Luis Mariano de Urquijo?)167. Se
trata de una ficción que él emplea para explayarse. Pero nada más lejos de ser
así. Las notas que él mismo pone a pie de página no entran nunca dentro del
familiar género de la epístola. Sin duda que él la escribió para ser publicada.
De todas formas comienza por una declaración que muestra bien a las claras su
personalidad:
«Mi querido sobrino: con que porque yo tenga un humor festivo
y un genio franco ¿he de ser bueno para responder al apologista de la ópera
italiana, autor del Discurso confutativo, anunciado en la última Gaceta núm.
17? No faltaba ahora sino que yo saliese de mi pacífico rincón a hacer el
Quijote y emprender a cuchilladas con toda la máquina del buen maese Pedro,
hasta no dejarla títere con cabeza.
No, Señor, no es cosa de eso. Yo leo mucho, es verdad;
escribo críticas, hago apologías: pero quemo mis papeluchos sin dar lugar a
caer en la tentación de publicarlos. Confieso que me privo del gustazo de que
alguna vez me elogien; pero también me libro del sinsabor de que muchas me
satiricen. Vivo tranquilo; y estimo demasiado mi salud para quebrantarla en
camorras literarias. Más quiero hacer una buena digestión que un buen libro o
que escribir la mejor apología. Esta es mi filosofía, este es el fruto de mi
estudio y experiencia, ¿y crees que pudiera sacarme de tan sano sistema el
Signor Confutatore con su Discurso Confutativo? ¡Pobre sobrino!»168.
Varias cosas hay que tener en cuenta en este comienzo
epistolar: su afición a la lectura, el desprecio de sus escritos, y su decisión
de dedicarse a una vida tranquila. ¿Quema Samaniego con esto su último
cartucho? Más adelante manifestará una vez más la admiración por su
contrincante (?):
«¿Por qué, pues, hemos de juntar ahora a la nota de
dramáticos desarreglados la de jueces ignorantes o apasionados en la materia,
sin más interés que el de hacer la apología de un capricho de uno de nuestros
ingenios, que, por otro lado, no necesita de su Guzmán para conservar eterno su
buen nombre entre los mejores poetas del siglo XVIII?»169.
Esta carta intenta sacar las castañas del fuego al joven
Urquijo y al mismo tiempo sirve de introducción a la segunda parte del folleto.
Es esta segunda parte una burlesca parodia del melólogo de Iriarte. Entre
bromas y veras entra a saco en el texto del canario, cortando aquí y añadiendo
allí, con el fin de aumentar sus extremos. Todo esto adobado con satíricas
notas a pie de página. Parece como si todo quisiera responder a su idea de dar
un escarmiento. Porque, tan grotesca composición, ¿es la crítica de Iriarte o
la de un género? Me temo que las dos cosas a pesar de la alabanza ferviente de
la introducción.
Samaniego envió este escrito al mismo Urquijo para que lo
publicara en Madrid; pero la muerte de Iriarte, acaecida el 17 de septiembre
del mismo año (por el que a pesar de todos los pesares creo que sintió respeto
toda su vida), le obligó a retirarlo casi de la imprenta. Mal opina Cotarelo
cuando dice que Samaniego persiguió a Iriarte hasta después de muerto170.
El fabulista en la prensa de Madrid
En 1789 aparecía en el Correo de Madrid, del cual Samaniego
fue suscriptor de alguno de sus números, un amplio artículo sumamente elogioso
para nuestro fabulista171. El autor, J. G. R., siempre el inevitable anonimato
en la prensa del XVIII, emplea un truco que puede despistar a primera vista.
Simula que recoge un artículo de un diario francés, del abate Royou, y una
carta de su amigo P. B. de S. P. Comienza el primero con una declaración
tajante: Samaniego es el fabulista por antonomasia de España, como lo que fue
La Fontaine de Francia, Gellert de Alemania y Gay de Inglaterra, y merece ser
citado entre los mejores escritores del género tanto antiguos como modernos.
Pone el articulista, principalmente, el énfasis en compararle con La Fontaine:
«Al caballero Samaniego no se le puede hacer cargo de no
haber conocido a fondo todo el mérito de La Fontaine; se le halla muchas veces
las mismas gracias y finura, y aquello que se llama arte de agradar sin
afectación»172.
Después de unas disquisiciones sobre la fábula y su estilo,
peregrinas unas veces, otras acertadas, afirma el buen gusto y la capacidad
poética de Samaniego. Llama la atención sobre todo por la naturalidad y
sencillez en el lenguaje como destinadas que son a los niños, sencillez incluso
superior a La Fontaine. No pierde ocasión J. G. R. para hacer cumplida alabanza
del Seminario de Vergara, a cuyos alumnos fueron dirigidas las fábulas. Pero
sus vuelos son aún mayores cuando a través de «La Fontaine español», y de dicha
institución docente, quiere hacer un canto de los adelantos de España y un
ataque a los ciegos franceses que no ven en nuestro país más que retraso. Aún
está latente bajo estas líneas la larga polémica contra Masson.
La segunda parte de este estudio, la carta, consigna, en
primer lugar, la herencia que Samaniego recibe de La Fontaine. Insiste, de
nuevo, en su gran capacidad fabulística, lamentándose de que no se dedique más
a este género, capacidad que se muestra en su solo trato:
«Quien conozca su genio, quien le haya oído en conversación
contar alguna historieta o cuento conocerá su carácter fabulista y verá en él
una perfecta repetición de Fedro en su naturaleza, y un imitador superior a su
original La Fontaine»173.
No cabe duda de que J. G. R. es un allegado a nuestro
fabulista.
Al año siguiente aparecía en el mismo periódico otro artículo
sobre los fabulistas en general, firmado por J. G. G., bajo el pseudónimo de
Sancho Azpeitia, para mayor aclaración174. Arremete, en primer lugar, contra la
proliferación de poetas «fabulosos»:
«No parece sino que la joroba de Esopo ha esperado a reventar
en nuestra nación y en nuestro siglo, y que de ella ha salido una camada de
Esopillos, para llenarnos de apólogos, y no dejar que corra sentencia moral,
política ni literaria que no tenga su fábula al canto»175.
En términos muy parecidos se había expresado repetidas veces
la viperina lengua de Forner, aunque en pedestres versos.
En opinión de J. G. G., los fabulistas deberían extinguirse
por ser modelo de mal gusto literario. Además no hay en ellos nada de original,
pues todo su saber está encerrado en Esopo, completado por el laconismo
elegante de Fedro y la elegancia inimitable de La Fontaine. ¿Cómo justificar
entonces la existencia de los fabuladores si el campo está cumplido? Sin
embargo le parece excesivamente severo su juicio, y admite que alguna de
nuestras fábulas «merecen correr entre los buenos literatos». Sin citar ningún
ejemplo particular, anota en conjunto las últimamente publicadas por el vasco
Ibáñez de Rentería, como modelo de originalidad, gracia y facilidad de
versificación.
Unos números más adelante del mismo periódico sale,
oponiéndose a los ataques de Sancho Azpeitia, E. A. del Riego Núñez, bajo el
pseudónimo de El Aplicado176. En contra de su opinión cree que la fábula tiene
su dificultad, por lo cual los que se dedican a ella tienen su mérito,
dificultad que entraña ciertos defectos de composición. Sin embargo no es esto
impedimento para que en sucesivos ejemplares del periódico aparezcan numerosas
fábulas a su nombre.
Si en ninguno de estos artículos se ataca directamente a
Samaniego sí que es vituperado en un romance de Forner no exento de un veneno
excesivo:
«Pero, sobre todo,
acosa
hasta en las hondas cavernas
del Báratro a aquel follón
que con su azote y palmeta
fabulizó una doctrina
digna de niños de escuela:
a aquel momo vascongado
que, al compás de su vihuela,
calado el yelmo y cubierto
con máscara aragonesa,
supo epistolear sus pullas
y encartar sus cuchufletas»177.
Forner, polemista nato, irracional nato con frecuencia, no
respeta ni a tirios ni a troyanos.
En busca de la tranquilidad. ¿Cómo era Samaniego?
Samaniego contaba ya 47 años, y pensó que era hora de
recogerse, de llevar una vida más tranquila. Está ya de retirada. A mediados de
abril de 1792 decide dejar la capital vizcaína para irse a vivir a su villa
natal. En este momento goza de buena salud y aún se encuentra en plenitud de
fuerzas. Además era preciso prestar un poco más de atención a su descalabrada
hacienda.
«Veo que sabiyas (sic) la venida de tu tío Félix a Laguardia.
No sé si permanecerá, que bien quisiera permaneciese y guardase de aquella
hacienda que es lástima, y cada año va desmereciendo más que es una
miseria»178.
Félix María Samaniego
Busto de Félix María Samaniego
En Laguardia podía realizar en cierta manera el ideal del
hombre ilustrado, amante de la naturaleza.
«¡Oh naturaleza! ¡Oh deliciosa vida rústica! ¡Y que haya
locos que prefieran otros espectáculos a estos, cuya sublime magnificencia está
preparada por la sabia y generosa mano de la naturaleza!»179.
Estas palabras de su amigo Jovellanos bien pudiera haberlas
dicho él. Comenzó por poner, en primer lugar, cierto orden en su hacienda.
Arrendó algunas fincas de sus extensas posesiones, y dedicó una preocupación
especial a las restantes. Pero ya no eran ni la sombra de lo que fueron y nunca
conseguiría ponerlas a tono.
Fue bien recibido en el pueblo, donde gozaba de una merecida
fama. Y allí comenzó su nueva actividad. Se dedicó a la lectura por
entretenimiento, a la labranza, sin demasiados esfuerzos, por distracción.
E. Jareño define así al Samaniego de este momento:
«Un hidalgo campestre, semejante a aquel Caballero del Verde
Gabán cervantino, ingenioso y diserto, amante de la naturaleza y aficionado a
la buena mesa, practicando la noble hospitalidad y la tertulia con amigos, en
cuyas conversaciones se abordaban temas resbaladizos con puntas anticlericales
y libertinas»180.
El fabulista era este hombre despreocupado, en cierta manera
vividor. Bien se conocía él y no lo ocultaba. A su primo Carlos Otazu le
escribe en cierta ocasión:
«Ven, pues, y verás como Albiz, tú y yo estamos con más
quietud, más comodidad y más placer, que cuantos existen en el mundo, sean
monjes, sean canónigos, o sean hombres ricos y tontos»181.
Mas dado a sus entretenimientos literarios, francachelas y
reuniones sociales, descuidó pronto sus fincas. Para las convivencias con sus
amigos siguió confeccionando los famosos cuentos verdes y otros poemas que ya
le abrieran las tertulias madrileñas. Samaniego no era, en este sentido, un
profesional de la literatura: escribía por distracción o por complacer a sus
amigos. También la música le ayudaba a llenar sus tiempos libres y sus
reuniones. Siempre hizo gala de buen humor, por su connatural tendencia para
ver el lado cómico y alegre de las cosas. Sus contemporáneos dicen que siempre tenía
unos versos dispuestos para cualquier respuesta: tal era su capacidad de
improvisación.
Inteligente y agudo, era, por el contrario, de una indolencia
supina. De él son estas palabras:
«Es posible, Saturnino, que en materia de baratijas,
miriñaques y chismes seas tan abandonado? Mi caballo se queja, y se queja, con
razón, de que lo tenga hecho un Adán. Yo, que tengo un carácter tan blando como
una calabaza podrida, acudo a tí, y te pido con los ruegos más...
(¿impetuosos?) quieras... Yo no sé lo que querrás, lo que debes querer sí, lo
que yo quiero, Manuel te lo dirá, que no lleva otro viaje; y ya me podía yo
haber ahorrado el maldito rato de escribirte, que no lo he tenido peor desde
que como pan, como soy»182.
Amable y bueno con sus hermanos y demás familia, magnánimo y
hasta derrochador de sus bienes, prestaba y ayudaba a quien estuviera
necesitado.
Hombre de gustos sencillos, que encontró en su tierra natal
el rincón donde la moda era inútil y donde sobraban los cumplidos183.
En cuanto a su configuración física, su biógrafo, D.
Eustaquio Fernández de Navarrete le define así:
«Era de estatura pequeña; el cabello negro, la barba del
mismo color y muy cerrada; la cara un poco larga y expresiva hasta el extremo,
y vivaces los ojos, que son el espejo del alma»184.
A esto habría que añadir una bien plantada nariz (vasca).
Pero la mayor parte de cuantos han manchado su pluma escribiendo sobre él le
tratan de «hombre feo y diminuto» y otros piropos del mismo calibre. No poca
culpa tuvo el mismo Samaniego cuando se describe así mismo burlescamente en su
ya citado Ridículo retrato de un ridículo señor185.
«Ahí va que quieras,
o no,
mi retrato, y claro está
que no lo conocerá
la madre que lo parió:
está más feo que yo,
más raro, más singular,
y si gustas de mirar
su figura atentamente,
aprende primeramente
a signar y santiguar.
Según probable
opinión
soy en el ingenio zorra,
en parlería cotorra
en el tamaño gorrión,
en la viveza ratón,
y, aunque de todo blasone,
siempre en duda se me pone
qué especie de cosa soy;
y por esta duda, estoy
casado, sub conditione.
Mi cara, si se
examina,
verá el curioso en un año
que es paje del Gran Tacaño,
anuncio de hambre canina:
ni bien es cara ni esquina;
solo sí es cosa tan rara
que a todo el que la repara
a tal risa le provoca,
que para tomarla en boca
no sé cómo tengo cara.
Si con maña menos
cuerda
mis cabellos has mirado,
creerás por mal de mi grado
que soy animal de cerda:
no receles que se pierda
tu gusto, si gustas de ellos;
son fuertes, aunque no bellos,
y así tu vida estuviera
más segura, si pendiera
de alguno de mis cabellos.
Lóbrega, oscura y
fatal
forma tal noche mi frente,
que a tientas tan solamente
encuentro el por la señal:
es ella tan fea, y tal
que me inquieta, que me irrita;
negra, arrugada, chiquita,
siempre de mal en peor;
sin poderla hacer mejor
a fuerza de agua bendita.
Permíteme que me
queje
que siendo mis ojos bellos,
no gustas, Marica, de ellos,
por más que yo me desceje:
son de mi hermosura el eje,
son de Cupido dos grillos,
y son dos medios anillos
de brillantes, cual se ve,
mas nada sirve, porque
nadie repara en pelillos.
Mis narices son
mejores
que las echizas de palo,
y si algo tienen de malo
es el meterse a mayores:
mi cara con mil colores
se avergüenza en su presencia,
y huye con tal resistencia
que la deja sin cimientos,
mas como soplen los vientos
no es obra de permanencia.
Mi boca es buena, y
así
no digo más; punto en boca,
que a mi boca no le toca
el decir bienes de sí:
mírala muy bien, y di
sus elogios al instante;
di que no hay a quien no encante
por lo pulida y graciosa,
pues no le falta otra cosa
sino un dedo por delante.
Mis negras barbas
infiero
qué tales que serán ellas
que sólo por no tenellas
estoy pagando dinero:
mas me consuela el barbero
que se llama Juan Antonio,
asegurando el bolonio
que ellas dicen que soy hombre,
mas por vida de mi nombre,
que es un falso testimonio
Mi cuerpo por todas
caras
pigmea talla promete;
y por eso no se mete
en camisa de once varas:
de esta talla que reparas
bien se supo aprovechar
mi mujer, que por ahorrar
cuando murió D. Canuto
me hizo un vestido de luto
del tafetán de un lunar.
Soy, Marica,
cimentado
en piernas de hueso seco
que me llaman carnicero
y por tu... lavado
sería de carne o pescado.
Tanta y tal es mi carencia
que segura de conciencia
en cuaresma comerías
una pierna de las mías
sin quebrantar la abstinencia.
Decentes mis pies
están
en todo tiempo aliñados;
pues descalzos o calzados
son siempre de cordobán:
los puntos que calzarán
considera por tu vida,
pues por cosa reducida
y de tan poco aparato,
la horma de mi zapato
es el pie de la medida».
Entre esta descripción grotesca dirigida a la Condesa de
Baños, que algunos críticos creyeron a pies juntillas, y el anónimo cuadro de
pintura, cuyo paradero desconozco, media un abismo. J. Berruezo define al
Samaniego representado como «caballero de rasgos casi perfectos, normales,
facciones correctas, aire inteligente y gesto prócer»186.
Pero este hombre de baja estatura y buen humor no se encerró
por completo en su campestre torre de cristal. Participó, desde su llegada a la
villa natal, en su buena marcha como representante del estado noble. Asiste con
asiduidad, hasta el momento de su muerte, a las sesiones de ayuntamiento, y en
los libros de actas está profusamente estampada su firma187. Su condición de
«persona importante» hace que recaigan sobre él las gestiones más difíciles.
Así se le encarga la búsqueda de un médico, y él, a través del Conde de Tepa,
alavés, a la sazón residente en Cádiz, logra traer al famoso Agustín Delgado,
profesor de la Real Armada y regentador del Hospital de mujeres de Cádiz. Su
prontitud y esmero en el cumplimiento de estos menesteres tuvieron merecidos
agradecimientos. Después tendrá que buscar barbero y sangrador. Desempeñó
durante un año el cargo de guarda honorario de campos, montes y agua. Su acción
siempre fue eficaz.
1793: Guerra con Francia
El 7 de marzo de 1793 Francia declaraba la guerra a España,
bajo pretexto de haber intervenido Carlos IV a favor de su primo Luis XVI,
guillotinado dos meses antes. Las tropas francesas invadieron Cataluña y el País
Vasco. Sus rápidas victorias llenaron de pavor a la población de estas zonas.
Samaniego sufrió muy de cerca las consecuencias de la misma. La Real Maestranza
de Granada pide su colaboración monetaria para ayudar al erario público en este
conflicto. Pero él permanece retirado en sus posesiones riojanas. Una carta,
fechada en 21 de marzo de este año, indica un poco su actitud en este momento:
«Mi más estimado Sr. D. Mariano: Bien pueden Vms. reirse a
carcajada tendida por la especie de que el Sr. D. Félix salga con una tropa de
voluntarios, pues sobre no haber más que uno que no hace muy buen casado, y
estar ya arrepentido de su alistamiento, me confirmo en mi dictamen de que los
de aquí son más propios para la rueca que para la espada, y su tío de Vm., lejos
de pensar en ir ni al Concejo habido a este fin, ha querido concurrir sin
embargo que desea más que todos el que Laguardia se distinguiera más que otro
pueblo en estas urgencias, pero así lo exigían las circunstancias de estas
gentes descontentadizas, y de genio caústico. Ahora está en la Escobosa, y
según me escribió anoche muy contento y divertido, tanto que dice que aquello
es el cielo según reinan la paz y la tranquilidad»...188.
Sus posesiones de Tolosa, que seguía regentando J. Ignacio de
Sendoa, corrían peor fortuna. Ante la inminencia del peligro, el citado
administrador escribe a Samaniego si aprobaba la venta de los objetos de valor
para evitar su saqueo. Muy lejos debería ver el fabulista el peligro para
responderle que no había lugar para hacerlo. Sendoa se fue a vivir a
Yurreamendi para proteger mejor sus bienes. Pero el ejército real colocó allí
su Parque de Artillería, dándole al administrador un día para que sacara de la
casa lo que quisiera.
Sendoa trasladó a la vecina ermita cuantos efectos pudo. Tras
la marcha de este contingente al frente de Hernani, otra tropa española ocupó
el palacio.
El clérigo permaneció allí con el oficio de Capellán hasta
que le obligaron a irse. Poco tiempo después entraban los franceses en Tolosa.
La casa de Yurreamendi fue la residencia del mando central, que hizo de ella un
fuerte. Para combatir los rigores del invierno echaron mano de toda la madera;
puertas, ventanas, escaleras, imágenes y el valioso archivo fueron pasto de las
llamas. La ermita de S. Miguel hizo de caballeriza. Alhajas y cuantas cosas de
valor había, desaparecieron en manos francesas189.
Pero él estaba un tanto ajeno a esta depredación de sus
bienes. Más le preocupaba, sin duda, la situación de su sobrino José María, al
que quería como un hijo, teniente coronel que ejercía su misión en tierras
catalanas. Le ayuda económicamente, aunque el espíritu pedigüeño del militar
era mayor que su prontitud en enviarle dinero.
En cierta ocasión protestaba en carta dirigida a su madre,
María Josefa:
«en fin, yo, contra todo mi genio, pues no soy capaz de
pedir, me he vuelto lego de San Francisco que ando enviando cartas con alforjas
a todas partes y si alguna vez he sentido no dedicarme a la genealogía es ahora
para no dejar pariente quien no le pida dinero»190.
Tras la campaña de 1792 de ayuda al rey francés se había
quedado en Cataluña. Tuvo que hacer, después, frente a los invasores. La
correspondencia con su tío es abundante, a veces no halagadora como se
desprende de esta carta que le dirige a su hermano Mariano Antonio:
«Querido Mariano: Te dije el correo pasado te escribiría
largo, pero si vieras la respuesta del tío Samaniego te aturdirías. Yo le tenía
escrito hablándole de lo mucho que celebraría se acordase de mí y me dice que
mi mérito es grande pero hay otros mayores, que otros piden por el tío muerto,
por el hermano, por el padre, por el que tiene un brazo menos, por el que tiene
una pierna perdida y que nosotros no podemos pedir por nada de eso y en fin me
habla en un tono en que me ha dejado frío, me dice que me ha oído elogiar y que
es la verdadera carrera; vamos, yo no creo haya hablado así en su vida y que
nada desea sino que nos juntemos en Laguardia»191.
Samaniego desprecia las acciones bélicas de su sobrino, y sus
sufrimientos, cuando hay otros que pasan mayores penalidades. Poco después caía
prisionero y sería retenido por los franceses en Saint Hippolyte. Cambiaría su
tío la anterior opinión y se mostraría más comprensivo con él. Unas gestiones
cerca del ministro López Huerta consiguieron su liberación.
Aún tuvo que sufrir Samaniego más de cerca el zarpazo del
francés. El invasor ha tomado Vitoria y la mayor parte de Álava. Sólo la Rioja
alavesa queda libre por el momento. La población riojana, sobre todo de
Laguardia, vive momentos de incertidumbre. Los miembros de la Diputación se han
retirado a Santo Domingo de la Calzada, quedando la Provincia en el más
absoluto desamparo (1795). La Hermandad de Laguardia comisiona a Samaniego para
que a través de su amigo Llaguno haga llegar al Duque de la Alcudia su deseo de
servir a la patria de la manera que crea más útil. Las expresiones son
tajantes:
«...es decir, Señor Excmo., el de apurar todos los medios de
defensa por débiles que fuesen con la gloriosa esperanza de que a lo menos
producirían el fruto de dejar eternamente sellado nuestro amor al soberano en
las cenizas de nuestras habitaciones regadas de nuestra propia sangre»192.
La respuesta fue que capitularan y los franceses entraron sin
hacer mayores extorsiones en la villa riojana. La contestación suponía también
una dura crítica contra el organismo rector de la Provincia, ya de retirada en
Burgos:
«que estas retiradas causan más daño que la misma tropa, pues
contristan los pueblos y no concurren a la causa que importa y deben»193.
La guerra acabó en agosto de 1795. Las posesiones
guipuzcoanas de Samaniego habían quedado totalmente desmanteladas. Los daños se
tasaron en 750.000 reales. En seguida dispuso se comenzara su restauración.
Pero a su muerte, aunque llevaba gastados 89.276 reales, quedaba mucho para que
los palacios de Tolosa recobraran su antiguo aspecto194.
Samaniego y la Inquisición
Tras los sucesos franceses de la revolución, el gobierno
español comenzó a echar marcha atrás en su actitud liberalizadora, temeroso de
una solución parecida. El mismo Floridablanca fue presa del pánico por hallarse
cogido en su mismo proceso liberador. Hubo una entente entre el Ministro y el
Inquisidor General para contener las publicaciones e ideas revolucionarias
procedentes de Francia. No es que el gobierno se opusiera tajantemente a las
«luces», pero había evolucionado la manera oficial de sentir. La censura se
volvió más rigurosa195.
La posterior subida de Aranda supuso una relativa libertad al
respecto y la Inquisición no pudo contener la avalancha de propaganda que
franceses y españoles exilados enviaban desde el país vecino. Quizá merezca
destacarse en este sentido la figura del abate andaluz Marchena que, perseguido
por la Inquisición, huyó a Francia y se aposentó en Bayona, desde donde
organizó la acción revolucionaria hacia su país. La censura religiosa daba
golpes de ciego en un intento desesperado de cortar lo que sin el apoyo
gubernamental era imposible. En una de estas requisitorias se recogió a un
comerciante bilbaíno, que pasaba la frontera, el famoso papel de Cordorcet
titulado Advertencia a los españoles. Eran cuatro ejemplares destinados,
respectivamente, al Seminario de Vergara, a D. Fernando Landecho, a D. José
Antonio de Epalza (que lo transportaba) y el cuarto a nuestro fabulista. A los
folletos acompañaba un papel que decía «Colligo ut spargam; vale, vale. Ducos».
La Inquisición supuso que el remitente era un médico de S. Juan de Luz,
apellidado Ducos, «muy pícaro y un gran asambleísta»196. En el expediente
inquisitorial se hace constar el peligro de este papel:
«que si los machos papeles que antes de ahora han introducido
los franceses preparaban la mina para la insurrección de estos Reinos de
España, el de las dichas Advertencias arrima ya la mecha para su expulsión, y
es de suyo capaz de producir las funestas consecuencias que experimenta el
infeliz Reino de Francia desde que adoptó los principios y máximas que sugieren
que no tengan a sus soberanos el amor y lealtad que brilla en los españoles»...
Pero este pequeño escollo se pasa sin problemas y la labor
del Santo Oficio se redujo a la recogida de los folletos y prevenir convenientemente
a los destinatarios.
Más importancia tuvo para Samaniego el proceso de que fue
objeto durante el año siguiente197. El 11 de marzo de 1793 fue acusado a la
Inquisición de Bilbao por el hacendado José María de Murga y la Barreda, «para
descargo de su conciencia», por tener libros prohibidos. El Santo Oficio había
conseguido crear en almas timoratas esta psicosis de «acusismo» so pena de
graves males espirituales (y aun materiales). Esto puede explicarnos que Fray
Juan Iriarte acusara a sus hermanos Tomás, el fabulista, y Bernardo por hablar
indebidamente de la religión, lo cual les supuso un proceso, en el que sólo su
influencia les libró de penas graves198. Sin embargo, la dureza de la
Inquisición había decaído grandemente. Las influencias de los nobles
ilustrados, principales hipotéticos acusados, y la intromisión del poder real
en dicho organismo religioso había disminuido su poder y rigor199.
El Comisario bilbaíno gestionó esta denuncia hacia el centro
inquisitorial de la comarca, sito en Logroño, pues Samaniego había pasado a
vivir a Laguardia, según se dijo, informando al mismo tiempo «que mientras
residió el reo en Bilbao no tuvo nota en materia de religión». Quizá vieron los
sabuesos inquisitoriales de Logroño una buena causa para juzgar a una presa
cuyas correrías e ideología le eran sobradamente conocidas por la proximidad de
la villa natal del fabulista a la capital de la Rioja castellana. No muy buena
prensa tenían dichos inquisidores, hombres puntillosos y excesivamente celosos
en el cumplimiento de su misión. Ya Jovellanos lo había hecho notar con motivo
de su viaje a Logroño:
«Se me olvidaba decir que por la mañana estuvimos en la
Inquisición, palacio magnífico para alojar tres clérigos y oprimir a algunos
infelices; cada inquisidor tiene su magnífica y amplia habitación con un grande
y bello jardín; jamás vi tantas ni tan bellas flores de primavera; vimos la
habitación de Entero y jardines de éste, y Ortega; el fiscal, a quien no vimos,
Martínez; el primero, tuerto, vivo y pequeño de cuerpo; el segundo, pequeño,
flaco y afligido; el tercero, alto, lánguido, amarillo. Aquí estuvieron el
tristísimo Enríquez y el taimado de Escalzo, y éste, fundó los jardines y
promovió la obra, costeada con confiscaciones»200.
Comenzaron por informarse, para no fallar en su golpe, de si
tenía el fabulista permiso para leer libros prohibidos. Y como en el registro
no constara tal autorización, libraron comisión al encargado inquisitorial de
Laguardia, Gabriel Sáenz de San Pedro, para que le pidiera dichos libros
prohibidos (de La Mettrie, Raynal, Rousseau, etc.). A la requisitoria Samaniego
respondió que los libros de Rousseau y Raynal los había remitido a su cuñado
Felipe Salcedo, residente en Logroño, «para que les diese el destino que
merecían y no dudo de su cristiandad que los habrá entregado al Santo Oficio»,
como efectivamente había hecho, mientras que se disculpa no haber leído nunca
nada de La Mettrie. Y en prueba de su veracidad entrega la llave de su librería
para que el comisario registre todos sus papeles y libros. Tras estos hechos y
actitudes, el Tribunal no tiene más remedio que reconocer que «estaba
satisfecho de su cristiandad y buen uso que hace de los libros». Y aquí
concluyó todo el 23 de septiembre del 93, hasta que en el mes siguiente un
sacerdote de la localidad, Joaquín Antonio Muro, se hace portavoz de una serie
de acusaciones provenientes de personas muy diversas. En seguida son llamados a
declarar varios testigos. En primer lugar se le acusa de haber dicho que la
«Inquisición se componía de un Cristo y dos candeleros»201. Quisieron ver en
esto, algunos declarantes, una actitud despectiva hacia el Santo Oficio, pero
no podían confirmar que el reo lo hubiera dicho verdaderamente.
Más grave era sin duda la segunda acusación que se le hizo
sobre haber dicho «que los raptos y éxtasis de Santa Teresa eran poluciones».
Sin embargo, parece haber dos partidos a lo largo de todos los interrogatorios:
los que pretenden que el reo sea castigado, y aquellos, sin duda los íntimos,
que simulan ignorar todas las cosas que se les preguntan. Entre estos, el
Comisario Inquisitorial G. Sáenz de San Pedro, al parecer pariente suyo.
Curiosa fue la tercera acusación. Se afirmaba haberle oído
decir «que mejor sería descubrir los defectos de los hombres para que se
enmendasen; que en Inglaterra se ha conocido por este medio mucha reforma en
las costumbres». Grotesco resulta esto si pensamos que ideas parecidas pueden
encontrarse en el Evangelio y en las Epístolas de San Pablo.
Se citó también al clérigo francés Liberal Carlos Lalande,
que fue huésped de Samaniego, para que testificara su proceder e ideas: su
declaración se limitó a afirmar la condolencia del fabulista por la situación
francesa, sin que nunca le oyera nada contra la fe202.
Más lejos fueron aún a buscar testigos. En Sevilla habitaba,
en la Cartuja, un monje francés de los que tuvieron su residencia en Laguardia.
Confirma la acusación de que cierto día, paseando el fabulista y otro fraile
capuchino, «dijo el reo tomando los vestidos del clérigo y del capuchino: este
vestido y éste hacen mucho mal en España». Pero hasta el mismo testigo
comprendió la escasa malicia de tal afirmación cuando en su declaración añade:
«que lo diría por la multiplicidad y no con otra intención». Buena razón tenía
Samaniego al decir esto, confirmado totalmente por hechos y estadísticas203.
Significativo es que, a renglón seguido, el comisario
inquisitorial de Laguardia asegura que el acusado «es uno de los feligreses que
más se interesan en el cultivo divino». Las cosas se van poniendo mal, y las
acusaciones son excesivas, hasta el punto de prever lo peor. Sáenz de San Pedro
avisa entonces a Samaniego, secretamente y rompiendo el debido sigilo, sobre lo
delicado de la situación. En seguida se apercibieron los acusadores de las
circunstancias y se dirigieron directamente al Inquisidor General, que aconseja
siga el proceso, aunque estuvo suspendido varios meses a causa de este
incidente. Entonces el mismo D. Antonio Muro encausa a Agustín y Gabriel Sáenz
de San Pedro, Comisario y Notario, respectivamente, que fueron objeto de
expediente, a pesar de que en un principio por la escrupulosidad y rigor del
citado delator se puso en tela de juicio la veracidad de la acusación.
Empeoró la situación por el enfrentamiento de grupos en la
villa. Como dice el informe de la Sumaria, el Fiscal «hace varias reflexiones
sobre los inconvenientes que puede haber de seguirse ésta [diligencia]
especialmente por las fracciones y partidos en que está envuelta dicha villa».
Y aquí el proceso se corta de repente, con una anotación que
dice Votado a suspensión. Y se archivó sin proseguirse las investigaciones.
¿Qué había pasado?
Samaniego había intuido el mal camino que estaban tomando los
acontecimientos e intentó cortar por lo sano. Navarrete, siguiendo a Llorente,
afirma que estaba para ser conducido a las cárceles secretas. Pero nada de esto
consta en la Sumaria. En secreto y con urgencia se fue a Madrid con fecha de 5
de febrero de 1794204. Pretextó que se dirigía a Corte para dar la enhorabuena
a su amigo Eugenio de Llaguno y Amírola, recientemente nombrado Ministro de
Gracia y Justicia. Pero en realidad sus intenciones eran muy otras. En seguida
se puso en contacto con el ministro, alavés y amigo suyo205, y visitaron al
entonces Inquisidor General Manuel Abad y la Sierra, Arzobispo de Selimbria. No
hacía mucho que éste había sido nombrado para ocupar este cargo, que mantuvo
poco tiempo por ser acusado de jansenista. Conocida es su transigencia, que
llegó a extremos no comunes hasta este momento. Con tan buen padrino, Samaniego
no tuvo problemas para que su caso fuera archivado y relevado al olvido. El 10
de marzo volvía de nuevo a su villa natal.
La tradición dice, sin embargo, que fue recluido por una
temporada con los carmelitas en el famoso convento de El Desierto, junto al río
Nervión, entre Bilbao y Portugalete. Creo que no es cierta tal opinión. Solían
basarla generalmente, y así lo hizo Menéndez Pelayo, en el hecho de que
escribiera su famosa sátira titulada Descripción del convento de carmelitas de
Bilbao, llamado El Desierto, composición ingeniosa y pintoresca en que
ridiculiza a los frailes206. Dicho escrito lo tenía hecho ya en 1791, según se
deduce de las notas del Diario de su amigo Jovellanos:
«1791. Lunes, 22 de agosto.
Pregunté por D. Félix Samaniego; estaba en la hacienda de
campo de Juramendi (si no me engaño); le veré a la vuelta.
1791. Viernes, 26 de agosto.
Llegada a Tolosa al anochecer: visita de Samaniego, que
reside en la hacienda de Juramendi; graciosísima conversación. Nos recitó
algunos versos de su Descripción del Desierto de Bilbao, dos de sus nuevos
cuentos de que hace una colección, todo saladísimo; estuvo hasta las diez
dadas; nos instó mucho a quedarnos mañana para comer con él. Ha escrito de
educación: su mujer está en Valladolid, y quiere que yo la vea al ir»207.
Aún podemos aducir más datos que nos confirman que Samaniego
no estuvo retenido en dicho lugar. La correspondencia de esta época nos lo
presenta en Laguardia o en su finca de la Escobosa. Los archivos del convento,
por otra parte, que guardaban una rigurosa relación de cuantos acudían allí,
sobre todo si eran residentes, no incluyen en sus listas el nombre del
fabulista y sí, por ejemplo, el de otros personajes que residieron allí menos
tiempo, como Jovellanos o Humbolt. Samaniego debería conocer muy bien este
lugar donde la aristocracia bilbaína, e incluso de otros sitios, acudía a pasar
momentos de descanso. Su ambiente pintoresco y tranquilo, el famoso
procedimiento de riego con agua del mar, le hacían centro de abundantes
visitas208. Este conocimiento y la costumbre de escribir versos anticlericales
de lo que hacen gala, oculta, la mayor parte de los escritores de la época,
justifican esta composición. Pensando en el desarrollo del suceso, podemos
concluir, sin temor a equivocarnos, que la Inquisición estaba totalmente
devaluada. Sus procedimientos se habían relajado. Podríamos decir que se
trataba de una institución para juzgar y castigar a «herejes» pobres, ya que las
personas de cierta posición social conseguían escapar siempre a sus posibles
rigores, o rebajar sus penas. Sólo de vez en cuando se permite dar un castigo
ejemplar en personas influyentes (pensemos en Olavide), o bien so pretexto de
religión se juzgan principios y actitudes políticas (recordemos a Macanaz). A
este respecto es ilustrativa una carta del cardenal Julio Alberoni al también
cardenal Fabricio Paulluci (20 de mayo de 1720):
«no ser nuevo artificio en España atacar, aunque
injustamente, a las personas de importancia con pretexto de la religión, piedad
y costumbres; y que, por consecuencia de la piedad de la nación y del Rey, era
fácil acoger bajo el manto de la religión todo linaje de imposturas»209.
Llegados a este punto, y tras salvar este nuevo problema con
la Inquisición, podríamos preguntarnos sobre la tan traída y llevada
religiosidad de Samaniego. ¿Debe tener el fabulista un puesto en la Historia de
los heterodoxos españoles?
El problema ha sido largamente debatido, si no de Samaniego
en particular, sí de la Vascongada, como grupo y en especial de sus dirigentes,
en su época llamados por el P. Isla «Los caballeritos de Azcoitia». Rompió las
primeras lanzas el íntegro Menéndez Pelayo, que acabó incluyéndolos en su
santuario de heterodoxos. No voy, ahora, a discutir esta acusación que tuvo
cumplida respuesta en D. Julio Urquijo y D. Manuel Núñez de Arenas210. Lo que
sí parece cierto es que la opinión del polígrafo santanderino evolucionó hacia
una comprensión mayor, aunque la muerte no le permitiera expresarla.
En lo que se refiere a nuestro fabulista, ya el señor Urquijo
dejó su opinión en suspenso, sobre su supuesta irreligión, después de varias
aportaciones que nos confirman la exageración que la crítica había cometido al
respecto. La mala fama le viene a Samaniego de antiguo. El hecho de militar en
una Sociedad, la Vascongada, progresista culturalmente hablando, le encuadró,
como a sus compañeros, en la irreligión. La Iglesia actuó en el siglo XVIII
como elemento conservador y retardador, para quien los progresos culturales, en
general, eran motivo, por lo menos, de reserva211. A esto habría que unir su
fama de versificador de temas escabrosos y anticlericales, y su proceso de
Inquisición que hizo que el pueblo sencillo, dominado, sigo generalizando, por
los criterios eclesiásticos, le tuvieran por irreligioso212.
Para enfrentarnos desapasionadamente y sin prejuicios ante
este problema hemos de colocarnos en la mentalidad y costumbres del siglo XVIII.
Para una mente ilustrada y amante del progreso era incomprensible la abundancia
de supercherías en la masa popular que arreglaba sus problemas materiales a
base de avemarías y usos inútiles. En cierta manera los ilustrados del Siglo de
las Luces, también los hubo irreligiosos, eran unos puristas de la religión.
Purismo en el discernimiento de lo que es verdaderamente religioso y lo que es
terreno, purismo en las actitudes mismas. Ya un clérigo, nada sospechoso, como
el P. Feijóo había luchado en la misma línea. Benitua Iriarte, clérigo si no
recuerdo mal, y antiguo profesor del Seminario de Vergara, escribía al Conde de
Peñaflorida sobre ciertas manifestaciones religiosas de la Corte:
«Lo mejor fue que no salimos aquel día porque hubo capilla
pública de la Orden de Carlos III, a que asistimos. Esto de misas solemnes,
rosarios, visitas de 40 horas y otras devociones de pura ceremonia son de la
mayor recomendación para aquella casa; pero la soberbia palaciega, el desprecio
de los demás, la murmuración continua con un poquito de intriga maquiavélica
son venialidades. ¿En dónde encontraremos un devoto sin estas
inconsecuencias?»213.
Un extremista de la religión, fanático (?), vería en estas
expresiones un ataque a las devociones piadosas. Pero ¿no se trata, en
realidad, de defender el espíritu del Evangelio? Samaniego, como muchos hombres
de su tiempo, no es irreligioso. Su racionalismo, por supuesto, está reñido con
muchas actitudes pseudorreligiosas e irracionales. También es cierto que entre
la razón y la fe hay un terreno difícil y peligroso, en el que Samaniego pudo
haber caído con muy buena voluntad. Cualquiera que haya leído su
correspondencia encontrará continuas alusiones de espíritu religioso. No quiero
canonizar a nuestro fabulista, sino insertar su religiosidad en la época que le
tocó vivir. Es cierto, tal como le acusaron en su proceso inquisitorial, que
atacó a la muchedumbre de clérigos, pero ¿qué persona sensata no lo hizo, tras
ver la situación del clero en España? También podrán aducir quienes le impugnen
que los frailes pasan por sus versos ridiculizados y mal parados. Para
responderles podríamos añadir a la motivación anterior, que hay en estos, más
una actitud literaria que un verdadero sentimiento. Por otra parte, él mantuvo
relaciones amistosas con los capuchinos de su villa natal, cuyo convento estaba
muy próximo a su casa.
Es posible también que leyera libros prohibidos, aunque
procuró hacerlo con las licencias correspondientes. Si en la Inquisición de
Logroño y en el registro de Madrid214 no consta su nombre, hemos de tener en
cuenta que existía una licencia dada a la Sociedad Vascongada, y como miembro,
y miembro educador, de la misma podía leerlos. Él mismo la reclama en alguna
ocasión, como antes anoté:
«Remito con Manuel los libros de Vmd. y el Depósito general,
y le he de deber a Vmd. me mande remitir copia certificada de la licencia para
leer la Enciclopedia»215.
Por lo demás, Samaniego siguió cumpliendo con sus deberes
familiares de mantener capellanías, pagar misas... Quien lea alguna de sus
cartas, o su mismo testamento, como decía antes, podría quizá ver, en la
libertad del estilo familiar, expresiones de profunda religiosidad. No es
ocasión de enumerar aquí, al detalle, todas estas referencias, por otra parte
indicadas por el señor Urquijo216. Pero sí presentaré alguna como botón de
muestra:
«Tío y señor mío: Me deja penetrado del más vivo dolor la
pérdida de nuestro Aréizaga; el único consuelo que puede servir de alivio en
estos lances se logra ciertamente con el presente; su gran capacidad y
arreglada vida me hacen creerlo más feliz que nosotros. Sírvanos de conformidad
este convencimiento. Así lo pido a Dios para mi tía y demás interesados. Hágase
su voluntad sobre nosotros»217.
«Mi tío y señor: V. sabe ponerse en las manos de Dios: es
ciertamente el solo medio de merecer y recibir consuelo en las mayores
tribulaciones: la muerte temprana de mi amado primo Ramón (que en santa gloria
haya) me deja naturalmente con el más vivo dolor; ¡qué importa si su
resignación cristiana y edificante fin es el verdadero bien! Dios nos le dé de
este modo; y entre tanto pido a su Majestad por su alma y nuestra verdadera
felicidad»218.
«Querida hermana: ...Te aseguro que, aunque peino canas, les
tengo envidia cuando medito con fervor en lo que interesa al católico esta
guerra.
Si pudieses figurarte la vida que ha pasado en el Rosellón y
el milagro del Altísimo con que le ha conservado teniendo por término de sus
trabajos la suerte de prisionero, no te apartarías de los altares para dar
gracias al Todopoderoso por tanto bien... Es cierto que padecen trabajos, pero
no lo es menos que en ocasión más religiosa no los pueden ofrecer a Dios»219.
Y como colofón, un informe del mismo alcalde de su villa
natal, Andrés García de Almansa:
«Don Félix María Samaniego, señor de la villa y del valle de
Arraya, vecino residente en Laguardia de la Rioja Alavesa, ilustre por su
nacimiento... debió a sus virtuosos padres una educación cristiana y
edificante. Su vida arreglada y religiosa, su instrucción, su caridad y todas
sus prendas le han hecho el primer lugar en la opinión pública, amado en
extremo de este pueblo»220.
Ni irreligioso, ni especialmente piadoso, Samaniego fue un
hombre de su tiempo. Y aún podríamos confirmar que los ilustrados vascos fueron
mucho más conservadores que otros en materias religiosas, aunque fueran más
progresistas en diversos aspectos del saber humano (ciencias experimentales,
económicas...). Es cierto que leían libros prohibidos, para lo cual, como dije,
tenían el correspondiente permiso comunitario, y esto fue con frecuencia motivo
de atracción de nuevos miembros para la Vascongada221. Pero supieron mantenerse
al margen de la heterodoxia, y sobre todo de la secuela materialista que la
filosofía francesa podía aportarles. «Estos subscriptores y lectores de la Enciclopedia
siguieron siendo católicos, algunos hasta piadosos. De las nuevas ideas
cogieron aquello que creían podría redundar en bien de su pueblo. Fueron lo que
hoy diríamos progresistas. Los conservadores de su época, muchos de ellos menos
religiosos que ellos, no estaban de acuerdo con su manera de pensar, y
amparándose en la religión les atacaron sañudamente. Es la reacción típica de
los perezosos de todos los tiempos que confunden la vida, que es movimiento,
inquietud, con la inmovilidad de los muertos»222.
En el retiro de la Escobosa
Los últimos acontecimientos habían minado su salud. Samaniego
prefiere ahora el tranquilo reposo en su finca La Escobosa. Junto al Ebro y
bajo los altos chopos descansa. Pasa una temporada en Logroño, en casa de su
hermana Javiera, mientras se repone de una enfermedad.
«Félix ha mejorado tanto aquí, que casi no padece cosa
alguna. Nos alegramos permanezca en nuestra compañía, y sólo sentimos no se
canse de ella y tome el portante luego que se vea sin necesidad de cordón, no
obstante que no se harta de elogiar la habitación que tiene»223.
La Sociedad Vascongada, que había conseguido mantenerse en
las restricciones de Floridablanca de los años 90-91, sufrió un duro golpe con
la invasión francesa del 94. En Vergara entraron los invasores el 24 de
noviembre de este año, saqueando iglesias y casas de particulares.
El Seminario parece que fue respetado en sus bienes
materiales, pero el profesorado quedó disperso. Difícil era ya ponerlo en
marcha. En 1798 nada más contaba con cuatro alumnos internos. Las Juntas de la
Sociedad, que volvieron a celebrarse a partir de julio del 96, trataron
repetidamente de su restauración. Sin embargo, no hubo unidad de pareceres
sobre si instaurar nuevamente el Seminario o crear escuelas gratuitas en los
principales pueblos de las provincias vascas. La votación se inclinó por la
restauración. Samaniego dio, sin embargo, una opinión contraria:
«Después de haberse tratado sobre cuál será más útil a la
enseñanza general, o el Seminario o el establecimiento de Escuelas públicas
gratuitas, el Amigo Samaniego insiste en la opinión de las Escuelas, que serían
más útiles que el Seminario, pues que de ella resultarían mayores ventajas a la
Nación por la mayor facilidad de difundir en ellas los conocimientos de las
Ciencias exactas y naturales, generalizándolos por medios menos costosos y por
consiguiente más proporcionados al mayor número de personas que son las menos
dotadas de recursos para aprovecharse en la instrucción conveniente a la prosperidad
del Estado, como lo demostrara con las razones las más claras y convincentes.
Pues sería una inconsecuencia chocante el acceder al voto de
la pluralidad, que es el de la opinión de la contraria, sin más convencimiento
que la fuerza de ceder a la mayoría, declara que no sólo no debe contribuir a
la permanencia del Seminario, sino que pide la parte de fondos a que haya lugar
para que se verifique la plantificación de la Escuela pública gratuita como
medio más proporcionado al fin de la enseñanza, que es el primer objeto de todo
establecimiento de educación. Al cual se adhirieron los demás Amigos de la
misma Provincia concurrentes»224.
El pensamiento de Samaniego, antiguo Director del Seminario y
su más importante colaborador, había cambiado radicalmente. Bien recordaba el
fabulista una de las primeras Órdenes reales divulgada poco después de su
llegada a Corte, sobre protección y desarrollo de escuelas gratuitas (Aranjuez,
11 de mayo de 1783). Hacía gala en esto, además, de un espíritu más abierto,
que no tenía en su primera época de Amigo, y que sí estaba en la línea de los
miembros alaveses: un cierto espíritu socializador y menos aristocrático.
En 1797 fue propuesto nuevamente, esta vez por parte de la
Provincia, para Diputado General, sin que saliera elegido y sin que él pusiera
nada de su parte225. Aún seguían tentándole las actividades públicas, pero sin
excesivos compromisos. Participa en las sesiones del Concejo e incluso es
miembro activo en los enredos del pueblo, a pesar de las oposiciones de los
familiares que le instan al descanso. Sigue recibiendo las últimas noticias de la
Corte a través de su sobrino José María, y está al tanto de nuevas filosóficas
y literarias que discute en su tertulia de La Escobosa, en especial con su
erudito cuñado Felipe Salcedo.
La hacienda, sin embargo, iba de mal en peor. A los gastos de
restauración de sus posesiones de Tolosa, se unió ahora un pleito con la
Marquesa de Salvatierra, que reclamaba como suyo el Mayorazgo de Idiáquez. La
solución era difícil, habida cuenta la desaparición de los archivos que
pudieran justificar su pertenencia. Así el pleito se prolongó hasta sus
sucesores.
En 1799 moría su hermana Javiera, mientras que su salud se
resentiría rápidamente por los excesos en el comer y su falta de cuidados.
Samaniego nunca creyó en la necesidad de los médicos, a los que acudía sólo en
casos extremos.
Aún intervendría en una gestión pública. Desde 1789 andaba la
Provincia preocupada por la construcción de un camino que agilizase el comercio
vinícola de la Rioja, en franca decadencia por no poder realizar la exportación
de sus productos226. Pero declinaba el siglo y el problema parecía lejos de
solucionarse. El 10 de octubre de 1800 hospedaba Samaniego en su finca de La
Escobosa al vitoriano Luis de Salazar, futuro Ministro de Marina de Fernando
VII y amigo suyo. Ambos tenían ideas diversas sobre el trazado de la carretera.
El vitoriano pretendía hacer un camino exclusivamente alavés
(Vitoria-Peñacerrada-Rioja), mientras que el riojano, con miras más amplias,
defendía el trazado de la carretera paralelo al Ebro. No le importaba beneficiar
a pueblos castellanos (San Vicente y Ávalos) con tal que Labastida no quedara
fuera del proyecto. Ni tan siquiera con la colaboración del arquitecto
ingeniero Olaguibel consigue convencer a Salazar, y la carretera se haría por
el puerto de Herrera.
El 11 de agosto de 1801
Hacía tiempo que Samaniego venía sufriendo una enfermedad
crónica de estómago, sin que pusiera interés especial en curarla. Pero el mal
iba a peor. Ya, precavido, había hecho su testamento en 1795, modelo, aparte
los formalismos, de resignación cristiana227. Su fuerte naturaleza declinaba en
el descanso de su villa natal. Su espíritu, sin embargo, seguía con lozanía e
ingenio, que se mantuvo hasta el momento mismo de su muerte.
Cercana ésta, y postrado en la cama, por una grave recaída,
llamó a un sacerdote del vecino convento de capuchinos. Quienes han visto en
esto un acto de conversión de un descarriado, no entendieron su religiosidad ni
la de los hombres ilustrados. Es tradición que, como consecuencia de su confesión,
mandó quemar de entre sus escritos aquellos que pudieran ser escandalosos o
tuvieran algún tufillo de irreligión. Sus famosos cuentos verdes no escaparon a
la quema, pero sobrevivieron en las numerosas copias que poseían sus amigos.
Era el 11 de agosto de 1801.
Según sus deseos, que fueron cumplidos, fue enterrado en la
Capilla del Descendimiento o de la Piedad, que la familia tenía en la iglesia
parroquial de San Juan. Su cuerpo fue entregado a la tierra con hábito de
capuchino, según consta en la partida de defunción:
«En once de agosto de mil ochocientos uno falleció Dn. Félix
María Sánchez Samaniego, Señor del Valle de Arraya, natural y vecino de esta
Villa, y marido legítimo de Dña. Manuela de Salcedo, natural de la Villa de
Bilbao. Tenía la edad de cincuenta y cinco años. Recibió los Santos Sacramentos
de Penitencia, Viático y Extremaunción. Otorgó su testamento en el año de mil
setecientos noventa y cinco, e hizo un codicilo pocos días antes de su muerte,
y los dos instrumentos ante Pedro Antonio de Vitoriano, escribano real y del
número de esta Villa de Laguardia, por los que dispuso que su cuerpo fuese
amortajado con el hábito de padres capuchinos y enterrado en la capilla que
tiene propia en esta iglesia del Señor San Juan. Que por los Sres. Beneficiados
de ambos coros y la Capilla de música se le hiciese un entierro mayor con
honras, novena y cabo de año. Que sobre su sepultura ardiesen doce hachas y dos
velas de cera durante los nueve días de su novena. Que por su alma se
celebrasen quinientas misas rezadas con limosna de cuatro reales cada una.
Nombró por su heredera universal a su hermana Dña. Javiera Sánchez Samaniego.
Las otras circunstancias que más por menor, constan en dicho testamento y
codicilo. Instituyó por sus cabezaleros a Dn. Felipe Salcedo, vecino de
Logroño, y a Dn. Mariano Manso, vecino de Torrecilla de Cameros, su cuñado y
sobrino respectivamente, y a mí, el infrascrito, cura de esta dicha iglesia de
San Juan. Y para que conste lo firmo. Dn. Gabriel Sáenz de San Pedro y Arellano».
Al margen del Acta consta:
«Cumplido el testamento en cuanto al entierro, honras, novena
y cabo de año. Las misas no se dijeron porque los bienes libres del finado no
llegaron a cubrir la dote de su mujer; pero ésta ha encargado muchas misas a
varios clérigos de esta Villa, como es público y notorio.-Dr. Sáenz»228.
Su esposa, Doña Manuela Salcedo, le sobrevivió doce años
(murió el 13 de diciembre de 1813).
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