Apuntes y Recuerdos de Europa y
Oriente (1859-1863)
Pedro Paz Soldán y Unanue
«Juan de Arolas»
Estudio preliminar
Pedro Paz Soldán
(1839-1895) ocupó varios años de su intensa vida en la práctica del viaje
ilustrado. Alternó en el extranjero los estudios y las lecturas, el buen vivir,
también el ágil comentario sobre las cosas vistas y en buena parte de ellos,
las tareas diplomáticas. Aprovechó ampliamente el tiempo transcurrido en
tierras extrañas a elaborar pacientemente o a culminar trabajos fundamentales,
aparte de su obra de creación poética que no descuidó desde los años mozos de
poeta eglógico hasta los años maduros de poeta satírico y violento.
En la biblioteca
de su abuelo, Hipólito Unanue, auténtico médico humanista, nutrió en los años
juveniles su curiosidad y vocación por las letras. En la heredad paterna (la
hacienda Arona en el valle de Cañete, provincia de Lima), en la cual
transcurrieron infancia y adolescencia, alterna la lectura de los clásicos con
los encantos de la vida del campo y la observación de las costumbres y léxico
de los labriegos y moradores sencillos y rústicos. Esta vinculación con la
tierra determina el uso (perdido ya el patrimonio paterno y asomada la pobreza
y estrechez económica en su vida) del seudónimo «Juan sin tierra» que alterna
con el de Juan de Arona, y asimismo constituye el germen de su afición
horaciana y virgiliana, manifiesta en una serie de versiones del latín.
Traspuesta la adolescencia se abre para Juan de Arona la etapa de los viajes,
primero a lo largo de la costa peruana hasta Iquique (1851) y luego a Chile y
poco después a Colombia. En Santiago permanece un año siguiendo estudios
superiores; luego los completa en Lima en el Convictorio de San Carlos. Sin
terminar aquellos estudios, su aliento romántico le impulsa a realizar un viaje
por Europa y Oriente. Entre 1859 y 1863 realiza una extensa gira por
Inglaterra, Francia, España y otros países del Viejo Mundo. Dos años permanece
en París estudiando filología e historia natural en La Sorbona y El Colegio de
Francia. Perfecciona allí sus [10] conocimientos del griego y el latín y otras
lenguas modernas. En 1861 pasa a Alemania y Austria, y luego a Hungría e
Italia, en donde se detiene varios meses, estudiando a los clásicos latinos.
Yendo desde el norte de África recorre Egipto, Palestina y Turquía. Y por
Italia y Francia, vistos de nuevo, con la agudeza que registran sus impresiones
de viajero impenitente, retorna a América en 1863. Desde esa fecha se entrega a
labores múltiples y a escribir poesías, traducciones y papeletas de lingüista.
Perdida la heredad paterna, ingresa al Ministerio de Relaciones Exteriores en
1872. Había ya publicado sus libros de poemas Ruinas (París, 1863), Cuadros y
episodios peruanos (Lima, 1867), Los médanos (Lima, 1869). En esos libros está
contenida su emoción romántica al contacto con la tierra, sobre todo en el
sector costeño situado al sur de Lima. Entre tanto, sus aficiones humanistas
aflorantes durante su estada en Europa, habían encontrado expresión en
delicadas y cabales versiones de Virgilio y otros clásicos antiguos y modernos,
recogidas en sus libros Las Geórgicas de Virgilio (Lima, 1867) y Poesía latina
(Lima, 1883). De otro lado, sus predilecciones filológicas y lingüísticas,
afirmadas en serios estudios y consultas, informadas en las nuevas teorías de
la entonces naciente ciencia del lenguaje, incrementaban su curioso y
pintoresco catálogo de las expresiones idiomáticas típicas del Perú, que había
comenzado en Londres desde antes de 1861 con su folleto Galería de novedades
filológicas (Londres, 1861) y que conformaría definitivamente en su Diccionario
de Peruanismos (Buenos Aires, Lima, 1882-1884, edición por entregas), al que
adiciona dos suplementos, el primero de los cuales figura como apéndice de la
misma obra(1).
Simultáneamente la
múltiple actividad de Juan de Arona se manifiesta como poeta satírico de aguda
intención polémica literaria y política, cuyos versos se recogieron en su libro
Sonetos y Chispazos (Lima, 1885) y el inédito Rimas del Rímac, y sobre todo en
su periódico, de belicoso y ácido carácter, El Chispazo, editado en Lima, entre
1891 y 1893, en el que culminó su anterior actividad de poeta y prosador
satírico expuesta en el semanario La Saeta y en sus libros [11] La España
tetuánica y La Pinzonada (1867) y La matrona de Efeso (1872).
No puede
prescindirse de citar tampoco su actividad de comediógrafo que fue intensa y
que compartió con la crítica teatral. Se estrenaron y tuvieron éxito de público
sus comedias El intrigante castigado (Lima, 1867), Más, menos y ni más ni menos
(1870) y Pasada pesada en posada (1883).
Como diplomático
le cupo actuar en representación de su país en momentos difíciles, en Chile
(1878-79) y Argentina (1880-1886). De esa actividad y de su experiencia
administrativa son testimonio sus libros de seria y erudita investigación:
Páginas diplomáticas del Perú (Lima, 1891) y La inmigración en el Perú (Lima,
1891). En 1894, poco antes de su muerte, alcanzó a publicar una historia
pintoresca de los balnearios situados al sur de Lima, titulada La línea de
Chorrillos (Lima, 1894).
Hace algo más de
un siglo -por 1864-, de regreso de su largo viaje por Europa y Oriente, Juan de
Arona concluyó en Lima los originales de un libro que ha quedado inédito
-muchas de cuyas páginas se encuentran dispersas en periódicos diversos- y que
tituló Memorias de un viajero peruano, el cual hemos rescatado del olvido
injusto. Es sin duda, uno de los aportes más calificados de nuestro
romanticismo a la literatura de viajes y singular documento de sutileza, de
sensibilidad y de sápido humorismo, que reivindica un tanto la escasa y débil
producción de la generación romántica.
ARONA EN FRANCIA Y ESPAÑA
Las Memorias de un
viajero peruano de Juan de Arona, recogen impresiones muy completas y
organizadas. Por lo tanto, merecen detallado comentario. Detengámonos en su
estada en París, cuando Arona apenas ha cumplido 20 años. Llegado esa ciudad,
en el verano (junio) de 1859, se aloja por pocos días en el Hotel Moscú en la
Cité Bergére y sigue viaje a España por 5 meses, en la espera de la apertura de
cursos. Se instala nuevamente en París en diciembre de dicho año, para residir
continuadamente, hasta agosto de 1861, en el «Quartier Latin», donde ocupa
sucesivamente alojamiento en un hotel de la rue Poissoniére y en casa de un
aragonés, de la rue Eugbien 28. [12]
Son singularmente
interesantes los dos primeros años dedicados en su mayor parte a Francia. En
París estudia humanidades en La Sorbona, Filosofía y Derecho en El Colegio de
Francia, e Historia Natural en el Jardín de Plantas, más o menos en la misma
época que lo hacían Luis Benjamín Cisneros y Pedro Gálvez, dedicados a otras
especialidades (historia, economía y derecho). Menciona Arona a sus profesores
Saint Marc Girardin y Geoffroy Saint Hilaire. Las aficiones lingüísticas de
Arona toman cuerpo y como corolario de esa vocación publica un folleto en
Londres titulado Galería de novedades filológicas (Londres, 1861) hoy
inhallable. Alternaba los estudios con el culto de la poesía que entonces pulía
o perfeccionaba para su primer volumen, impreso en París, Ruinas (París,
Imprenta Denné Schmitz, 1863).
En aquellos dos
años parisinos, que según dice «hacen época en mi vida», la actividad de Juan
de Arona fue múltiple e integral, pues dice:
«Al
mismo tiempo que enriquecía mi espíritu en la Sorbona, Colegio de Francia y
Jardín de Plantas, ejercitaba mis músculos trisemanalmente en el suntuoso
Gimnasio de Triat. Estaba situado en los Campos Elíseos y sobre su fachada se
leía en tamañas letras: 'Regeneración del Hombre'. Allí concurrían hombres
maduros y aun viejos, siendo el más joven yo, que contaba con veinte años; y
también señoras y señoritas en los días respectivos. Estas recibían sus
lecciones, de la señora Triat; nosotros del marido.
La gente de Lima
que no ha visto más gimnasia que los palos y sogas deslucidos de los traspatios
de las escuelas, ni más gimnastas que los muchachos de ellas, tendría
dificultad en figurarse un grande y espléndido salón, con una bóveda
transparente, toda de vidrios de colores y galerías altas pintadas de verde que
comunican entre sí y con elegantes escaleritas de caracol. Entre la bóveda y el
suelo, cubierto de una capa de aserrín, se veían caer escaleras de cuerda tensa
como la jarcia de un navío; sogas, trapecios argollas, etc.».
Arona se describe a
sí mismo en aquel famoso gimnasio, vestido con un calzoncillo de punto de lana
colorado, una camiseta de lo mismo de color azul y una faja roja también de
lana y unos borceguíes [13] de gamuza amarilla sin tacón y cerrados sobre el
empeine por cordones y pasadores. En medio de aquellas prácticas, Arona relata
un singular e inesperado encuentro:
Una
parte del ejercicio se hacía en formación como de una tropa de línea. Monsieur
Triat armado de un gran bastón daba las voces de mando y nos dirigía
militarmente, a tambor batiente. En uno de los ejercicios que se practicaban de
dos en dos, me tocaba siempre por compañero fronterizo un hombre de 45 a 50
años; todo caído de un lado del cuerpo como un caballo lunanco, la pupila
endurecida y fija como una cuenta de cuerno, el aire cansado, fatigado, todo un
«crétin».
Le pregunté al fin
quién era. ¡Lectores de novelas, que casi sois los únicos en Lima, prosternaos!
Ese «crétin» era Paul Féval.
Después del
ejercicio debía iniciarse el proceso del baño, que no era menos complejo que el
ejercicio gimnástico.
«Cubiertos de sudor nos dirigíamos cuando
queríamos retirarnos, a la primera galería donde nos habíamos desnudado. Allí
nos inclinábamos apoyados de las manos, sobre una mesa lavatorio corrida. El
mozo llegaba; nos sacaba del cuerpo la camiseta; empapaba un guante de áspera
cerda en el agua helada por diciembre, en el fondo de la cuvette y comenzaba a
frotarnos rudamente y a lavarnos de la cintura arriba.
Para enjugarnos,
extendía sobre nuestras encorvadas espaldas una toalla de hilo y comenzaba a
palmotear estrepitosamente; tal vez había algo de juego de su parte,
degeneración natural, como las de los regadores de manguera en las calles de
Lima, que, regando se están divirtiendo, y más de una vez, a costa de los
transeúntes. Al volver a nuestro asiento por nuestra ropa, un balde de agua
igualmente helada nos esperaba, para que nos laváramos de las rodillas abajo.
¿Qué efecto
producirían estas glaciales abluciones en un limeño creado en la santa máxima
de que con el cuerpo caliente no es bueno mojarse?» [14]
La estada en
París, en dos años cortos (entre diciembre de 1859 y agosto de 1861) fue sin
duda fructífera en todo género de experiencias y más de eso, integral, pues nos
revela, al lado de su estudioso fervor por las humanidades, que también Juan de
Arona sabía practicar el deporte y la gimnasia, a los que tampoco eran ajenos
literatos franceses de su época, como el novelista folletinero Paul Féval, no
obstante su aspecto impresionante de cretino.
Para Juan de
Arona, el viajar llegó a ser según él mismo afirma:
«un oficio, un arte, una ciencia, una tarea.
Cuadernitos de bolsillo recibían diariamente mis apuntes escritos con lápiz y
en francés, un herbario, las flores de Suiza, Grecia y hasta consignaba cuentas
de los hoteles de los lugares que recorría, pegadas en sus páginas».
Con esos apuntes
hubo de redactar años más tarde las Memorias de un viajero peruano, que
propiamente se inician con el relato de su estada en España.
A los pocos días
de haber arribado a París, en junio de 1859, dispone su viaje a la península y
abandona la capital francesa. Atravesando en ferrocarril la Normandía y la
Bretaña, con escalas en Burdeos y Bayona, Arona cruza los Pirineos y llega a
tierra española «centro de ilusiones y aspiraciones» y «meca literaria». En
Bayona había trocado el tren por la diligencia y confiesa que lo invadía la
«fiebre por verme en España». La ruta española sigue por Vergara, Irún, San
Sebastián. La escala siguiente es Bilbao, ciudad muy hospitalaria y simpática
por sus gentes acogedoras y alegres, sobre todo en el pequeño pueblo de
Algorta. Se detiene luego en Victoria, en Burgos y Valladolid.
El efecto del
clima se traduce en la calificación del calor madrileño, en pleno julio de
1859, como infernal, desesperante y «africano».
«Las calles brotaban un fuego, como el que
puede sentirse en la boca de un horno y calentaba el cuerpo de tal manera que
su contacto habría bastado para asar un trozo de carne cruda. A veces se
levantaba una ligera y poco durable ráfaga (de viento), que mejor no lo
hiciera, porque lejos de traer algún refrigerio, parecía una bocanada [15] de
procedencia directa del infierno. Este mismo calor engendra la consiguiente
plaga de moscas pegajosas y otros bichos peores, y desarrolla en las calles una
fetidez tan fuerte, que quema los párpados...»
La exageración de
tal cuadro es muy propia de un viajero proveniente de clima benigno y templado
y su afán descriptivo e irónico acentúa los tonos de la realidad. Para librarse
de los rigores de la estación, el viajero se traslada sucesivamente a los
sitios de veraneo de entonces como La Granja, El Escorial, Segovia, a los que
denomina «Los Chorrillos de España», allí igual que antes había llamado
Biarritz, el «Chorrillos de Francia».
Es animada su
descripción de los lugares en que se vuelca la población madrileña en las
noches de verano: el Retiro o «Respiro» y el Paseo (o «salón») del Prado,
poblado de sillas metálicas, alrededor de las cuales, bajo la luz de gas,
desfilan carruajes que marchan a compás, al lado de vendedores y pregoneros.
Menudean sus comparaciones con hechos y cosas de Lima -el Paseo del Prado con
los Descalzos, los lugares de descanso o veraneo con Chorrillos.
Es documental su
descripción de la fiesta taurina:
«Los madrileños gustan de los toros por el
arte. El bicho sale desnudo de enjalma; no hay suerte de caballo, sin que se
deduzca que es ni menos que ha sido desconocida en España: sólo un episodio,
uniforme y pesado y a que los aficionados dan una gran importancia, interrumpe
la clásica apostura de la función: el de la pica. El picador sale montado en un
miserable caballejo, de esos que están condenados al matadero, tan aforrado el
mismo de cueros, como si vistiera armadura antigua. ¿Qué se propone este
atleta? Unos de esos engorrosos tours de force tan minuciosamente descritos por
Ercilla en la Araucana; sostener el mayor tiempo posible el empuje de la fiera
en la punta de la ferrada pica. Tras una breve vacilación el hombre cede, el
caballo es ensartado y destripado; el jinete desciende su pesada mole por el
anca, con las piernas abiertas como un jinete de palo descarzonado; y echándose
para atrás como el atleta derribado en el cuadro moderno del circo romano que
lleva por título Póllice verso. Al caballejo que ha sido comprado sólo para
Qu'il mourut: de Corneille, se le han vendado los ojos, y espera firme, esto
[16] es, temblando sobre sus cuatro patas como sobre cuatro agujas. Pese a la
precaución de la venda, alguna vibración del aire o de la tierra, o el
instante, han anunciado al mísero jamelgo la próxima embestida, y se da por
muerto».
El joven limeño lamenta a cada paso su
soledad y la fiesta que para él constituye encontrar algún conocido o
compatriota «a quienes vemos con indiferencia en las calles de Lima pero los
recibimos con los brazos abiertos y mil aspavientos en el extranjero».
Relata su visita a
dos literatos, el huraño Ventura de la Vega y el cáustico Bretón de los
Herreros, hombre de amargos juicios sobre sus contemporáneos, y a quienes llega
recomendado por don Felipe Pardo y Aliaga. Frente a la franqueza y directo lenguaje
de los españoles, Arona advierte el eufemismo limeño de la frase perifrástica o
la expresión atemperada. Advierte también los modismos españoles, clara muestra
de su temprana afición por la filología.
Pasó de Sevilla a
Cádiz navegando por el Guadalquivir, río abajo, y recorre Jerez, Málaga,
Granada y Valencia. Allí encuentra al General Belzu, ex presidente de Bolivia,
y a don Benjamín Vicuña Mackenna afamado historiador chileno. Se separa de
ellos antes de llegar a Barcelona, en ruta a París. Allí, en Barcelona, es
interesante su observación de que
«Las mujeres no son bellas y choca la
tosquedad de sus pies. Aun la más favorecida por la naturaleza no pasa de buena
mozota por sus formas abultadas y por su voz desapacible y bronca, porque
aunque hablan castellano, cosa que hacen pocas veces, conservan siempre el dejo
catalán».
La nueva etapa
parisina lejos de ser tan rauda como la primera, se prolongó casi dos años,
según ya dijimos, desde diciembre de 1859 a fines de agosto de 1861. Ocupa la
actividad de Juan de Arona el aprendizaje intensivo de humanidades y la
lectura. Observa las costumbres y se encierra -torturado por el frío invernal-
en la meditación. La vida civilizada de una ciudad europea merece de Arona reflexiones
muy atinadas: la civilización anula la vida de la naturaleza y crea una
atmósfera de artificio. El hombre es privado [17] de su autonomía y de muchas
de sus facultades y queda convertido en un autómata. La civilización alcanza
aun a los propios animales. El clima le merece reflexiones muy agudas. «En
París y Londres se gasta más tiempo en el hablar del tiempo que entre nosotros»
dice en un párrafo y agrega todavía:
«La
cuestión tiempo para los europeos es lo que el 'que hay de nuevo?' para
nosotros. En Lima no se puede vivir sin esta engorrosa pregunta, ligeramente
variada a veces con «qué tenemos de nuevo?», «¿Qué se sabe?», «¿qué se dice?».
Y es que en ambas regiones la cuestión es vital. Se trata del clima físico y
del clima político, envueltos por los cuales vivimos, a los que tenemos que
subordinar nuestras acciones y determinaciones, de lo que depende nuestro
bienestar, nuestra felicidad.
En Lima el «¿qué
hay de nuevo?» puede ser hasta cuestión de vida, materialmente hablando.
Los ingleses de
Londres en su entusiasmo y arrobamiento por uno de esos «hermosos días» de que
nadie se ocupa en Lima, después de calificarlos en todos los adjetivos rectos,
de nice weather, fine, delighful, beautiful, se pasan a los metafóricos; y así
como en las Letanías después de decir a la Virgen todo lo que en realidad puede
ser, Reina de los ángeles, Refugio de pecadores, la llaman torre de marfil y
casa de oro, así los londinenses en uno de esos días que en Lima llamaríamos de
«sol bravo», se desatan en estas expresiones «glorius weather», «lovely
weather».
Otro sector
importante de sus Memorias está dedicado a exponer sus experiencias sobre la
actividad teatral en la capital de Francia. Menciona algunas obras de gran
éxito en ese momento y discurre sobre títulos de obras, actores y autores:
-Dumas padre e hijo, Scribe, Bouchardy y los neoclásicos. La inquietud de Arona
se vuelca no sólo sobre el teatro sino en general sobre la literatura y la
lingüística. Se aficiona, como él mismo afirma, por la bibliofilia. No se
detiene en libros franceses o españoles. Le interesan también los del resto de
Europa. En Londres -a donde ha viajado en dos oportunidades para disfrutar el
verano- pasa muchas horas en la biblioteca de British Museum. Allí, en Londres,
publica su primer trabajo sobre peruanismos. [18]
En Europa Central
Más tarde, a fines
de 1861, se desplaza hacia Alemania y Austria. Sigue la ruta de Estrasburgo,
Frankfurt, Hanover, Hamburgo y Berlín, ciudad monumental con museos admirables.
La estada es breve y el itinerario extenso. Sigue a Leipzig, donde no halló las
rarezas bibliográficas que esperaba, salvo el Glosario de palabras castellanas
y portuguesas de W. H. Engelmann. Continúa una vívida descripción de Praga, escala
en su camino a Viena. Visita aquí la Biblioteca Imperial y consulta las obras
de Juan Diego de Tschudi, recientemente editadas. Su curiosidad lo lleva a Buda
y Pesth, capital de Hungría. Pero el viaje es meramente turístico y Arona
prosigue a Italia por la vía de Trieste.
Primera estada en Italia
En Italia se
siente más a gusto. Describe con delectación a Venecia, recordando a cada paso
a Lord Byron, su admirado poeta, en plena vigencia romántica, pero elogiando
también los vinos y las comidas de las trattorias. El itinerario incluye Padua,
Verona. (¡desilusión de Arona ante la tumba de Julieta!), Mantua. Pero la
visión de Italia es esta vez muy rápida y un tanto superficial.
El relato cubre
meramente lo que puede ver un turista que acude a los monumentos importantes a
los museos o a los lugares notables y, por lo tanto, a la realidad comúnmente
conocida.
El sentido crítico
de Arona se solaza en circunstancias adventicias, como la de que en Mantua,
ciudad que en todo evoca a Virgilio, no pudo encontrar una edición del poeta
hecha en su tierra natal. Recorre también con prisa la ciudad de Milán (¡pasmo
ante la Biblioteca Ambrosiana!) y llega a Génova para disfrutar de las huellas
de Byron, cuyo derrotero seguía desde Venecia.
«Inútil
es decir tratándose de Génova que el mármol está allí desparramado con
profusión, no sólo en simples escaleras y estatuas, sino hasta en breves
edificios, como se ve en un templete circular de Diana, al gusto antiguo o
pagano, todo de mármol, surgiendo del seno del agua en medio de una laguna.
Riqueza estancada sin más [19] objeto que halagar con un punto de vista
mitológico las miradas de un señor soñoliento y epicúreo».
Pasa Arona por
Liorna «la ciudad más indocta de Italia» y por Pisa, donde continúa su
enumeración turística de curiosidades.
La inquietud
intelectual de Arona lo conduce en Milán a visitar la Biblioteca Ambrosiana
donde revisa, copia y glosa los manuscritos de las cartas allí conservadas de
Lucrecia Borja dirigidas al poeta Pietro Bembo, bajo el vocativo «Micer Pietro
mío» y algunas en castellano.
Pero en el
itinerario de Florencia radica tal vez uno de los mejores aciertos del viajero
-dentro de su ruta italiana. El entusiasmo por la ciudad museo es comunicado al
lector y al propio autor, pues el estilo enumerativo y a veces fatigante de las
páginas precedentes, se anima y adquiere agilidad, sutileza de expresión y
juegos de humor.
Ya había
adelantado Arona que los mejores días de viaje los pasó en Florencia, en Roma y
sobre todo en Nápoles. Pues bien, en aquella ciudad de los Médicis la estada
fue prolongada y fructífera en visitas a museos, monumentos, lugares
históricos, en apreciaciones lingüísticas o en anotaciones sociológicas, como
aquella de los niños de Florencia tan cantores, espontáneos y distintos de los
civilizados y silenciosos niños de París.
La llegada a Roma
muestra los inconvenientes de una organización que no brinda ninguna facilidad
al turista y lejos de eso, que por la complejidad de trámites parece destinada
a desalentar al visitante. Pero el poeta se refugia en la lectura de su
Virgilio, como preparándose espiritualmente para recorrer la ciudad «misteriosa
o encantada». En 22 días de estada, Arona es incansable en recorrerla de palmo
a palmo:
«¡Los arcos y las termas y los templos,
los circos, enfiteatros y acueductos,
los rostros, las columnas y obeliscos!
La vía de Apio Claudio y los sepulcros,
lo antiguo, lo moderno y lo antiquísimo.
¡Lo temperal y eterno! Cómo dudo
al pensar que tal obra de romanos
de ser tarea mía estuvo a punto!» [20]
y agrega, abreviando descripciones, y después de haber
enumerado muchas cosas vistas:
«No diré pues que 'dejo a pluma más autorizada
la descripción de Roma' sino que 'plumas más autorizadas no me dejan a mí nada
que espigar en este terreno por fecundo que sea'».
Arona hace por mar
el trayecto -una tarde y una noche- entre Roma y Nápoles, embarcándose en
Civita Vecchia. Sin duda, una de sus mayores satisfacciones le fueron brindadas
por Nápoles y sus alrededores; todo lo vio en 30 días de estada: calles anchas
y limpias y callejuelas estrechas y pintorescas, la noche fría de navidad, en
la que el viajero observa calles desiertas y sólo un misterioso rito:
«De rato en rato, un brazo y una mano, nada
más que un brazo y una mano salían misteriosamente de una ventanita que acababa
de abrirse, teniendo cogido un cohetecito de ignición entre los dedos índice y
pulgar. Las chispas corrían rápidamente por la untada guía, el mínimo e
inofensivo proyectil daba su estallido, y todo tornaba a las tinieblas y al
silencio. El brazo había desaparecido y la ventana cerrándose y el acto había
tenido toda la solemnidad y la puerilidad de un sacrificio pagano».
Abarca durante la
estada en Nápoles, y embarga la inquietud de Arona el interés por las ruinas de
Pompeya y Herculano. En la primera, al cabo de varias visitas, Arona hace un
detenido recorrido y anota hasta las inscripciones latinas, a veces muy libres
y paganas. Intenta la ascensión del Vesubio, sin conseguirlo por el mal tiempo,
pero logra la visita en Herculano al teatro subterráneo, cuya estructura
permite al visitante algunas cultas reflexiones sobre la escena y la estructura
de las obras de Plauto y Terencio.
Impresiona por su
seducción poética el nuevo intento de ascensión al Vesubio que realiza Arona en
un día espléndido, aunque precedida la maniobra por un cuadro quijotesco: el de
Arona en flaco caballejo y el guía a pie y su acompañante un ingenuo joven ruso
en un asno por él escogido pues el tal ruso «era un caballófobo: tenía por los
caballos un terror supersticioso, como los antiguos peruanos» y prefería al
asno porque lo aterraba menos. [21]
«Habido el asno, hubo que buscar la
montura y habida ésta, cabalgamos y echamos a andar. Al primer estirón de mis
piernas sobre la silla, reventé una correa y me quedé sin estribo, y al primer
tirón del compañero ruso que sofrenaba a su asno con temblorosa energía, se
quedó con las riendas en la mano. ¡Todo estaba podrido!»
En la cima del
volcán el poeta se inspira románticamente, y piensa en la transfiguración del
alma después de la muerte, y recuerda algunas páginas ciceronianas y siente el
sol al alcance de su mano.
Juan de Arona en Oriente
El recorrido por
el Cercano Oriente tuvo primera escala de muchos días en la isla de Malta, la
antigua Hyperia u Ogigia de la Odisea homérica. Tal comprobación trae al
viajero evocaciones de otros tiempos, en contraste con los nuevos, finas
apreciaciones sobre las costumbres y el aspecto de sus habitantes (que le
recuerdan «a nuestros cholos y zambos»), fiestas populares y, sobre todo, el
deseo de ilustrarse en nuevos datos sobre la isla y los países de Levante. En
la rica Biblioteca Pública de La Valette, Arona anota la bibliografía más
conspicua sobre aspectos diversos de los pueblos orientales (Champollion,
Wilkinson, Lane, Johnson, etc.) inclusive sus lenguas. En cierto sector de la
isla (en Sliema) ubica Arona una lengüeta de tierra semejante topográficamente
a La Punta en el Callao.
En la ruta de
Malta a Egipto, el viajero se siente invadido por el mareo, «enfermedad tan
antigua como el mundo o por lo menos como la navegación», ya que aparece
descrita en las comedias de Plauto y que también da lugar a especulaciones
filológicas, como la que la palabra náuseas proviene del griego «naos». Entre
el pasaje en segunda clase, Arona encuentra redivivos a personajes de las
novelas de Sue y de Dumas, entonces en plena actualidad.
La llegada a
Alejandría produce el deslumbramiento de tener ante sí una ciudad de África y
el primer punto de Oriente. Allí -dice Arona-
«me creía en Villa u otra hacienda del Perú,
pues veía pasar innumerables negros de Etiopía, Nubia o Abisinia, vestidos
ligeramente como los nuestros y chupando su caña [22] dulce. La topografía
misma me recordaba la de nuestros campos con la diferencia que reina un hermoso
movimiento agrícola, que ya quisiéramos tener por acá».
Así se vierte
constantemente la nostalgia del viajero por su tierra natal, nunca relegada en
su recuerdo vivo. Operaba la realidad visitada como una suerte de estímulo para
afirmar su orgullo de americano, su fe en lo peruano.
En el Cairo, hace
el recorrido de las Pirámides y luego remonta el Nilo para conocer lo más
significativo o sea el alto Egipto. Le interesan al lado de los monumentos
antiguos, los usos de la agricultura y el papel importante del asno entre los
campesinos. El lenguaje de éstos y de los citadinos, el árabe, merece de Arona
muchas páginas de interés lingüístico en los que señala la persistencia de las
raíces árabes en el castellano.
Otra alusión a
nuestra realidad está expuesta al describir el Esbekié, plaza pública de
diversiones en El Cairo:
«El Esbekié está toda plantada de grandes
árboles, acacias, sicomoros, semejantes a nuestros pacayes y a nuestros enanos
y graciosos aromos (acacia farnesiana), cuyo perfume agradable y penetrante es
bien conocido. El aromo es indígena de Egipto, y su nombre árabe es fetneh.
El sitio del
Esbekié estaba expuesto hasta no hace mucho a las inundaciones del Nilo que lo
visitaban y ocupaban anualmente; hasta que Mehemet Alí o Mejemetalí, como dicen
los árabes, y que es como si dijéramos el don Ramón Castilla de estos climas,
la puso fuera del alcance de las aguas desbordadas, elevando su nivel
artificialmente y rodeándola de un canal».
Nada escapa en El
Cairo a la observación del viajero, que aguza su penetración intelectual y
pinta cuadros verdaderamente repugnantes como aquel dedicado a los lugares en
que se ejerce la prostitución o aquel otro en que describe los usos del
estiércol en la arquitectura:
«En los pueblecitos circunvecinos al Cairo,
que como ya he dicho recuerdan nuestros galpones (de haciendas), la gente pobre
enluce sus casuchas con estiércol de camello; [23] y por esto se encuentra en
las calles de la capital multitud de muchachas y de viejas recogiendo afanosas
en unas espuertas cuanta boñiga fresca encuentran de camello, de burro, de
caballo, etc., entreteniéndose al mismo tiempo en amasarla, como hacen los
panaderos con una materia más pura. Estas criaturas componen uno de los tipos
más nauseabundos de la población y al verlos y fijarse en sus brazos, parece
que llevaran guantes verdes hasta el codo».
En otro momento,
Arona amplía su teoría de los viajeros y los clasifica en «viajeros clásicos»
que observan y enjuician y «meros viajeros» que se limitan a mirar sin
comentario ni juicio alguno y «regresan sin llevarse consigo una idea exacta de
los países que visitan».
En otros párrafos
acaso peca Arona de excesivamente minucioso en sus descripciones, como por
ejemplo cuando trata de la visita a las pirámides, aunque no deja de tener
cierta delicadeza y acierto en algunas apreciaciones jocosas o humorísticas,
con indudable gracia de buen criollo peruano, estimulado por la distancia
memoriosa.
A la excursión a
Gizeh siguió la de Suez, todavía sin canal aunque con obras empezadas por
Lesseps, la de Sahara, la de Menfis. Al cabo de dos meses de estada, se
traslada a Alejandría para tomar el barco que lo llevará a Constantinopla,
luego de varias escalas. Respecto de lenguas orientales útiles, en que había
puesto a prueba su capacidad de aprendizaje, dice Arona:
«Me
había pertrechado de diccionarios y gramáticas árabes; más tarde lo hice con
las lenguas muertas hebrea y caldea. ¡Me proponía hacerme orientalista! Vine a
Lima... y vi que con mascullar un poco la lengua propia que se habla, había de
sobra para llegar a personaje».
No cabe duda que
en Oriente puso Arona a prueba también su aptitud literaria. Aquí adquiere su
relato, aún más que en Italia, animación y agilidad. El humor se hace más
intenso y los contrastes de vida observados parece que hubieran estimulado la
fluidez y viveza de su relato.
En el viaje de
Egipto a Turquía, la primera escala importante fue Beirut, de donde siguió el
viajero a Damasco en una verdadera [24] expedición, pues no eran tiempos de
turismo organizado ni aun para la gira a Tierra Santa. Damasco semejaba, en la
imaginación de Arona, a sus rincones preferidos de la costa peruana:
«Dos cadenas de cerros cierran por ambos
lados el valle, que se extiende hasta perderse de vista. Por primera vez
comprendí las Mil y Una Noches y mi impresión y mi sorpresa fueron idénticas
(al salir del desierto) y a las que más de una vez había experimentado en la
costa del Perú, cuando al salir de una nueva pampa de arena, se halla uno
inopinadamente con la perspectiva de los verdes y espesos bosques de la
Rinconada de Mala. Mas la ciudad oriental, sentada del modo que he descrito,
recordaba más bien aunque con alguna vaguedad, a Lima vista desde Miraflores,
con la diferencia de que por acá no se conocen tan acentuadas ni las escaseces
del Rímac, ni mucho menos los lastimosos desperdicios de sus aguas».
Damasco con 15.000
almas, era una ciudad a la que no había llegado el progreso y donde no residían
extranjeros, salvo los transeúntes que llegan de Jerusalén o Beirut y no había
signos que recordaran la civilización europea. «Todo ha de hablar árabe y ha de
referirse a Alá», dice Arona. Al descubrir a las damasquinas, su entusiasmo se
aviva, y recuerda unos versos de Víctor Hugo dedicados a Sara en el baño.
El viajero sólo
avanzó hasta Damasco, ciudad de Siria. No llegó a Jerusalén, pues el dinero le
escaseaba. Volvió a Beirut al cabo de 8 días para embarcarse nuevamente y
seguir el rumbo a Constantinopla. Las escalas siguientes fueron las islas
Chipre y Rodas, en donde Arona encuentra muchos judíos sefarditas que le hablan
su castellano anacrónico: -Un chavico, señor, le piden, o sea un ochavico y el
viajero atiende a esos mendicantes que le recuerdan la España del XVI.
Sólo ve de lejos
las islas de Cos, Samos y Patmos. Pero se detiene en Esmirna, brevemente, para
visitar su castillo y seguir a las islas de Lesbos y Ténedos, a las que imagina
en una época coetánea del sitio de Troya y [25]
«adonde fueron a ocultarse los griegos cuando
desesperando de poder tomar la ciudad por asalto, fingieron que desistían de su
empresa. Después de esa pueril estratagema de guerra, después de ese ardid de
muchachos ¿cuánto dolor no ha presenciado la tierra!»
A Constantinopla arriba
el 28 de abril de 1862. Esta ciudad le produce una emoción más profunda que
Nápoles, por su rica arquitectura, sus costumbres y sus elementos exóticos.
Distingue entre la ciudad musulmana y la ciudad bizantina. Visita el foso del
sultán y admira la basílica de Santa Sofía, especta la ceremonia de los
dervises y describe el obelisco de Teodosio. Excursiona en los alrededores de
Constantinopla y visita también Buyuk-Deré y Skutari y el monte Burgulú.
En todos esos
recorridos vibra el espíritu romántico de Arona: cipreses y cúpulas, la alegría
de los bazares, el ritual del baño turco, los cementerios, el Paseo del Agua
Dulce, todo atrae su interés durante una estada de 20 días en la antigua
Estambul. El viajero se multiplica y ocupa todas sus horas, incluso las de
descanso, para conocer de cerca este mundo oriental y describir lo visto y
vivido.
Grecia y viaje de retorno
Apenas arribado a
Atenas, la primera salida de Arona tiene como objetivo el Acrópolis, la
ciudadela:
«Ponga o imagine mi lector peruano unas
grandiosas ruinas de mármol blanco sobre el Morro de Chorrillos y tendrá una
idea bastante exacta de Atenas y su topografía, seca y polvorosa y barrida
frecuentemente por fastidiosos ventarrones; y perdóneme si el deseo de ser
comprendido con más claridad, me hace ahora y después (y pudo Arona decir
también 'antes') recurrir a símiles nacionales, que algunos hallarán o
chocarreros y chabacanos, tratándose de un mundo clásico».
Exageraba la nota
Arona en su autocrítica. Los símiles no eran de mal gusto, mas sí ingenuos y un
tanto forzados a veces, lo cual es disculpable dado que Arona sólo contaba
entonces 22 años de [26] edad. Pero indicaban el fervor nacionalista, el
orgullo de origen, la afirmación de su ser e identidad, cuando hubo y hay
tantos peruanos que al contacto con el mundo, se olvidan de su origen y
situación.
No faltan aquí, en
la descripción de Grecia, disquisiciones acerca de la lengua griega antigua y
moderna, en cuyo conocimiento demuestra dominio y familiaridad, sobre todo para
señalar las etimologías griegas en castellano, a propósito de expresiones que
escucha por doquier:
«¿Hasta qué hora dura la prueba de que
estos hombres hablen griego? me preguntaba yo; pues semejante al portugués de
la décima, no podía concebir que un idioma que en otras partes se llega a viejo
y lo entiende uno mal (que hablarlo es imposible) lo parlaba aquí un muchacho,
y el más zafio y el más intonso. Mientras tanto, y sin entenderlo todavía gran
cosa, me deleitaba oyéndolo».
Asiste al estreno
del alumbrado de gas en Atenas, en mayo de 1862, que constituyó acontecimiento
citadino histórico. Se admira de que circulen como monedas de uso corriente,
pesos mejicanos o bolivianos con la efigie de Bolívar, cuyo perfil -desde tan
lejos- lo emociona y llama a su nostalgia. Describe trajes de hombres y de
mujeres, costumbres, fiestas, el paisaje del Ática, todo visto en muy nutridos
periplos cortos y amplios, durante los dos meses de estada. Objeto de su
interés fue también la transparencia del aire, el suelo mismo, su composición y
color, y las plantas y otras particularidades de la naturaleza, lo cual era
propio del hombre aficionado al campo y experto en este don de observar el
fenómeno natural, a lo largo de su extensa ruta. Sus meditaciones sobre el
paisaje y sus elementos y el relato de sus paseos en los alrededores
atenienses, constituyen hermosas páginas de sabor eglógico. Pero esos relatos
los concluye con este cuarteto tan expresivo de su emoción peruanista:
En vano al Pnix acudo y al Museo,
y al Lycabeta y al antiguo Estadio,
cuando a la patria en mis ensueños veo,
¡ay..., sólo entonces de placer irradio! [27]
Una de las más
hermosas experiencias del viajero fue la ascensión al Monte Pentélico, desde
donde puede gozar de un panorama extraordinario: a un lado la llanura de Atenas
y al otro la de Maratón y a la distancia una infinidad de islas y de montañas
continentales y era así casi toda la Grecia.
De regreso, Arona
comenta:
«El mejor comentario de la literatura griega
antigua, su mejor edición, su mejor maestro, es venirse a Grecia, vivirla y
familiarizarse con su idioma. Verificado esto, esa literatura considerada como
enigmática, se nos presenta tan clara como cualquiera otra extranjera moderna».
Terminan las
impresiones griegas del viajero con una nueva visita al Partenón, celosamente
vigilado por guardianes especiales, lo cual contrasta con el descuido de otras
épocas, que condujo a su parcial destrucción por la codicia de los visitantes,
ya condenada por Byron.
Urgido por la
escasez de fondos, Arona deja Grecia y retorna por barco a Italia. A mediados
de julio de 1862, entraba de regreso a la bahía de Nápoles, poniendo punto
final a su periplo por el Mediterráneo.
En la nueva estada
en Nápoles, surgen otras perspectivas para su curiosidad incansable: el museo,
las ruinas de Pompeya, Sorrento y la costa amalfitana, Capri.
Las posibilidades
de ver y de estudiar son infinitas y se abren cada vez más en esa segunda
vuelta por Italia. Pero el tiempo previsto se acorta y el viajero debe pensar
en el regreso pues los recursos económicos son limitados. Por eso escoge de
nuevo el camino de Francia: conoce Marsella, tan sugestiva para él, y luego
Suiza, empezando por Ginebra y su lago y siguiendo por Ferney y sus recuerdos
de Voltaire, Evian y sus aguas, Lausana y sus bosques, el castillo de Chillón y
sus remembranzas byronianas, y la sucesión de poblaciones originales de Suiza
como Martigny, San Bernardo, San Remy, Saint Didier, Cormayor, Vevey.
La naturaleza hace
en esta parte su mayor impacto sobre el viajero: los montes nevados y los
glaciares, la vegetación original, el paisaje luminoso, las cascadas y campos
de nieve, excitan su imaginación poética. [28]
Se detiene en el
Lago Mayor y en el nacimiento del Rhin. Por Isolabella, el Lago de Zurich y
Schafhausen inicia el camino de regreso y desde allí toma el ferrocarril que lo
ha de conducir de nuevo a París para embarcar luego en El Havre con destino al
Perú. Al parecer, la premura de su partida le impide escribir las últimas
impresiones de su paso por Francia. El relato queda detenido en los Alpes
suizos, que tantos estímulos procuró a su sensibilidad de poeta y de escritor.
Apreciación crítica
Obsede a Juan de
Arona el afán de verlo y conocerlo todo, de abarcar el mundo en una visita
fugaz.
Pero no siempre su
intención literaria resulta meramente expositiva o mostrativa del panorama
visto en las ciudades europeas u orientales. A la manera de un turista moderno
pero culto suele escindir entre lo anecdótico y lo categórico. Aporta valiosos
elementos para la confrontación entre esas realidades y las propias de un
hombre del Perú y alguna vez agrega la disquisición acerca de costumbres o la
nota de erudición o los finos apuntes sobre psicología humana.
Arona es preciso e
informado, fidedigno si exceptuamos ciertas exageraciones propias de la época,
a veces demasiado meticuloso en exterioridades pero siempre consciente de su
papel y de su oficio de escritor. Hay un párrafo suyo mostrativo de su
honestidad literaria que vale la pena trascribir:
«Si
un viajero no hace de cuando en cuando un alto moral para fijar sus
impresiones, reprimiendo el anhelo febril que de él se ha apoderado, de ver y
ver y más ver, y que tanto más se enciende cuanto más prosigue su viaje, una
masa confusa e incoherente, un caos, una muchedumbre espesa de sonidos y
colores opuestos se aglomeran en su espíritu y lo embargan, cerrando
completamente los ojos a la memoria; indigestión mental que al fin se disipa no
dejando más en el alma que un límpido y desconsolante vacío.
Tal acontecía a mi
amigo el general Belzu (el ex dictador de Bolivia) con quien recorría yo
algunas ciudades [29] de España, (como se ha visto en capítulos anteriores) y
el cual había embrollado no solamente los recuerdos de Constantinopla con los
de San Petersburgo, sino que, como si aun los idiomas hubieran naufragado en su
memoria, hacía una lastimosa confusión de palabras rusas, francesas y
española».
No hay constante
esfuerzo interpretativo pero existe preocupación latente por el Perú en todo
lugar donde se encuentra el viajero. Lo exótico le interesa pero no al punto de
conturbar su espíritu firmemente arraigado en la patria lejana.
Las Memorias de un
viajero peruano de Juan de Arona adquieren de tal suerte valor continental y
deben parangonarse con ventaja sobre otros libros americanos de viaje de su
época como los de Domingo Faustino Sarmiento (Viajes...) y Manuel Cané (Un
viaje, 1881-82, Buenos Aires, Biblioteca de la Nación, 1903). La ventaja se
halla en el tono irónico y la chispa del peruano que anima y da galanura
singular a la relación de impresiones.
Podríamos afirmar
que Arona supera con sus Memorias a todos los autores de obras similares de
literatura de viajes que produjo nuestra generación romántica, sin exceptuar a
Márquez, a Lavalle, a Palma, a Bustamante, a Ingunza o a Valdez que elaboraron
los mejores libros de este tipo, y los excede en amplitud de visión del mundo
material, y también en interés humano y en sutileza literaria.
A lo largo del
viaje, Arona avanza en una escala romántica en busca de lo antiguo (en Italia),
de lo exótico y lejano (en Oriente), de la afirmación en el culto de la
naturaleza (en los Alpes Suizos). De tal modo, adquiere en plena juventud, un
concepto del mundo y la madurez de criterio de que carecieron, en muchos casos,
los hombres de su generación. Anteriormente, había recorrido su país y parte de
América del Sur (Chile y Colombia). De regreso trajo al Perú la experiencia
vital volcada en su firme cultura y la amplia visión del humanista, las que se
traslucen parcialmente en su obra de creador (Ruinas, Cuadros y episodios
peruanos) en que palpita muy hondo el sentimiento terrígena y en la obra de
virtuoso (traducciones y estudios filológicos) en la cual expande el horizonte
amplio del humanista. [30]
La aproximación al
mundo antiguo significa para Arona tres experiencias fundamentales:
a) Una afirmación
de fe en los valores peruanistas, frente al espectáculo de las civilizaciones
occidental y oriental.
b) La revelación
de su vocación humanística y especialmente el descubrimiento de su capacidad de
filólogo y lingüista, en contacto con la diversidad idiomática en Europa y el
Cercano Oriente.
c) La captación
del sentido universal de la vida, al contacto con diversas concepciones del
mundo.
Estas experiencias
vividas hacen de su importante libro una obra con valor cultural de alto rango
y de singular prestancia literaria.
Al incorporar a la
bibliografía peruana este nutrido y sugestivo libro de Juan de Arona -disperso
por capítulos y publicado a lo largo de muchos años en las páginas de El
Comercio, El Nacional, El Correo del Perú y sobre todo El Chispazo- titulado
con acierto Memorias de un viajero peruano, podemos asegurar que ostenta
sobrados títulos para alcanzar su impresión en volumen. Ello contribuirá sin
duda a incrementar con honor tanto la fama literaria de Juan de Arona como a
enriquecer la escasa bibliografía que en materia de viajes dejaron los poetas
románticos de la bohemia de Palma y que a esta altura debemos recordar.
Sólo José Arnaldo
Márquez (Recuerdos de un viaje a los Estados Unidos, Lima, 1962), Ricardo Palma
(Recuerdos de España, Buenos Aires, J. Peuser, 1894 y Lima, Imprenta La
Industria, 1893) y José Antonio de Lavalle (Hojas de un diario y Páginas de un
libro que no se publicará, Lima, 1878 y que sin embargo se publicó en edición
privada) y (Cartas de un peregrino o unas Notas de viaje, que no aparecieron en
libro), tienen volúmenes publicados de este carácter, pues de los demás
románticos quedan sólo cartas y algunos apuntes dispersos en periódicos o
revistas.
Pero a estos
volúmenes habría que agregar la bibliografía romántica intransitada y casi
desconocida, víctima de un desdén injusto de editores y comentaristas, en que
destacan los nombres de José [31] Manuel Valdez y Palacios, de José Antonio
García y García, de Juan Bustamante, de Francisco Esteban de Ingunza, los tres
últimos son sendos libros de viaje publicados aunque poco conocidos, y el
primero con libro muy valioso que verá la luz en esta misma Colección.
Cabe recordar
además que, a pesar de sus dos breves vistas a Europa (1864 y 1892), Ricardo Palma
fue un sedentario en sus años de madurez, quizás como reacción por lo mucho que
navegó siendo joven como adherido a la marina de guerra. Los demás poetas
románticos trotaron el mundo incansablemente, aunque a veces con poco resultado
visible en su obra literaria. Sin embargo, debe señalarse casi como excepción,
la obra de Juan de Arona, que ahora damos a publicidad.
El caso de este
último es ejemplar en cuanto nos permite conocer con más claridad la reacción
de un joven escritor frente al mundo, en toda su amplitud. De los autores de
libros de viaje como Márquez y Palma, el primero nos deja ver sólo su
experiencia norteamericana pero ni siquiera en su integridad y el segundo,
apenas su viaje a España de las postrimerías de su vida. De Lavalle tenemos
aislados bosquejos de Rusia y Alemania. Pero no se había dado, hasta llegar al
caso de Arona, el relato de viaje integral, por Europa, Norte de África y
Cercano Oriente.
De los prosadores
de la misma generación que no fueron habituales escritores de oficio, como
García y García, Bustamante, Valdez y Palacios y Francisco de Ingunza, todos
ellos han dejado memorias de viajes de disímiles méritos, y por lo general
significativas como muestras de una inquietud generacional por el viaje.
Escribir sobre la experiencia en el viaje fue acaso un imperativo espiritual de
ofrecer al público lector de su época una imagen del mundo en extensión, con
cierta ambición de abarcar muchos aspectos de observación directa de las
realidades extrañas. Pero, al mismo tiempo, Arona y los demás mencionados se
proponían realizar en sí mismos un fin didáctico, «el viaje ilustrado», el
propio aprendizaje, ideal formativo un tanto heredado de las lecturas del
Emilio de Rousseau.
Así surge ante
nosotros -pasada una centuria- lo que debió haber sido para Juan de Arona un
anhelo perseguido a lo largo de su trabajosa vida: la edición de Memorias de un
viajero peruano, la obra más interesante e intensa después de su Diccionario de
Peruanismos [32] y de las estampas paisajistas tan peruanas de su poesía. Este
libro ha de contribuir tanto a consolidar la fama literaria de Juan de Arona
como a reivindicar la estimativa global de su generación. Esta doble intención
justifica con creces la animosa empresa de recopilar sus diversas partes y de
ensamblar sus capítulos y ha resultado grata la tarea, pues este libro ha sido
escrito con el fervor juvenil y la vocación por la cultura, con el amor al
hombre y a sus obras y, no obstante la temática extranjera, con la señera y
constante evocación de la patria lejana.
ESTUARDO NÚÑEZ [33]
ArribaAbajo
Capítulo I
La salida de
Lima.- Mi Mentor.- Novedades para mí.- Iglesias arruinadas.- Apóstrofe.- El
Istmo.- Colón y Cartagena.- San Tomás - La travesía.- Southampton.- Londres.-
París.- Comparación.- De París a Bayona.- Burdeos.- Mi equipaje.- Los campos de
allá y los de acá.- Bayona y Biarritz.
El 12 de Abril de
1859 zarpaba yo del Callao para Europa por la única línea y vía posibles en esa
época, que eran vapores ingleses y Panamá San Tomás. Sin darme cuenta yo ni
dársela mis padres, habíamos seguido una excelente gradación en mis viajes marítimos:
a la edad de nueve años se me llevaba a Arequipa, navegando desde el Callao
hasta Islay en compañía de mi propio padre; a los diez y siete, para combatir
los estragos de mi rápido crecimiento, se me embarcaba en un buque de vela, el
bergantín «Boterin», que me llevó hasta Iquique en veinticuatro días con escala
en Cerro Azul, y al regreso en Arica. Después de haber hecho mis primeras armas
amorosas en Tacna, volví a Lima por vapor. A los diez y ocho navegaba hasta
Valparaíso, entre cuyo puerto y Santiago pasé cosa de un año; y por último,
ahora, antes de cumplir los diez y nueve, me embarcaba para el más largo y
provechoso de mis viajes, de los cuales y de su recuerdo puedo extraer todavía
hoy, a la formidable distancia de tantos años, inefables fruiciones e
inagotables enseñanzas.
Mi mentor (un
verdadero Mentor) por esta vez, era un médico español de Victoria, el doctor
don Faustino Antoñano, que después de haber sido el médico de la hacienda de mi
padre, así como su hermano el capellán, por espacio de ocho años, se volvía a
Europa. Este hombre, tan singular por su carácter como por su inteligencia, me
había visto crecer y estudiar a la sombra paterna, y había tenido una parte
considerable, que yo mismo le otorgaba voluntariamente atraído por su
ascendiente, en mi educación moral. [34]
Por su humor,
aticismo y originalidad parecía de la estirpe de los Cervantes, con cuyos
retratos presentaba además su fisonomía una cuasi identidad. Esta es la mejor
prueba del españolismo que caracteriza a este célebre autor.
Por su austeridad,
estoicismo y costumbres era un pagano de la escuela de Catón, que como es
sabido preocupó fuertemente a sus contemporáneos con la originalidad de su tipo
moral. Campechano de carácter, recio de constitución, aunque pequeño y flaco él
mismo cuidaba de sus caballos y sus arreos de montar, fanático por la vida
independiente y montaraz del campo, y al par hombre culto, fino y sagaz en
sociedad; así como, llegado el caso, parecía del temple varonil del manco de
Lepanto.
Por muchos años,
hasta la edad de veintitrés a veinticinco por lo menos, este amigo ejerció en
mí una influencia tan irresistible como tierna. A su instigación, a mi llegada
de Chile y a sus empeños debí este viaje a Europa; que hace época en mi vida; y
si algunas cualidades apreciables de carácter poseo, después de Dios y mi
padre, a él las debo.
La lluvia, los
relámpagos y los truenos y la feraz vegetación que me esperaban, cosas comunes
para la mayor parte de los habitantes de la tierra, debían ser maravillas de
inagotable interés para el hijo de la pobrísima costa del Perú, en donde todos
esos accidentes no nos son conocidos sino por las novelas y pinturas. No
hablaré de mis asombros al ver una vegetación feraz en la isla de Taboga; y
relampaguear, tronar y llover a hilos en las Antillas; ni de lo paupérrimamente
dotado que en lo físico se me figuró este Perú costanero que habitamos, donde
jamás se ha visto un árbol grande, una tupida selva que infunda al alma pavor
religioso y que la eleve; un río azul, navegable para balsas siquiera; sino
trazos de ríos, torrentes alborotados y rojizos; alborotados y turbios como si
quisieran dar idea del estado de cosas en el ánimo y mente del peruano; donde
nunca se oyó el trueno; donde jamás un fosfórico relámpago abrió nuestros ojos
a la contemplación de lo eterno, despegándose del escuálido huano a que viven
condenados, donde jamás una lluvia copiosa azotó nuestras relajadas fibras y
levantó de la tierra ese delicioso olor a búcaro que la tierra parece ofrendar
al cielo en pago del refrigerio que recibe, y en donde ningún edificio, hecho
de miserable caña y barro, [35] puede vivir siglos, y hacer que el póstero
(sic) enternecido exclame: «¡He aquí la casa de mis antepasados!»
¿Hay antepasados
entre nosotros, hay siquiera un pasado?
¿Cómo diablos,
añadía continuamente mi monólogo, puede haber poetas en esa tierra, donde nunca
se ha visto a Dios, donde nunca se ha conversado con él?; ¿qué digo? ¿Dónde no
se malicie siquiera?
¿Dó están las
extensas superficies cerúleas que reflejan su imagen? ¿Dónde las vastas sábanas
verdes, las numerosas montañas que acreditan su paso? ¿Dónde las detonaciones
atmosféricas, las retumbantes cascadas o el variado gorjeo de los pájaros que
en diversos tonos puedan hablarnos de Dios?
No en balde
nuestra poesía, ficticia, artificial y postiza como la vegetación de la isla de
Malta, que desde lejos anuncia que sus raíces no penetran en el suelo que las
soportan, sino que se quedan entretenidas entre los mantos de una tierra
vegetal traída de fuera; no en balde, repito, nuestra poesía está tan
destituida de originalidad.
Y el hombre, que
podía suplir a todo; el hombre, ¿qué hace o qué dice allí desde tantos años?
¿Qué hace o qué dice? -«¡Viva Fulano! -¡Vivaaaaa!» «-¡Muera zutano!
-¡Mueraaaaaa!» -Voilà l'homme américain.
El día de jueves
santo a las seis de la mañana llegamos a Panamá habiendo estado antes dos horas
en Taboga, que como toda esa costa es muy bonita por su fertilidad. Panamá,
aunque triste y atrasada, tiene una belleza; la de un paisaje melancólico. Por
todas partes está rodeada de montes cubiertos de verdura, y a primera vista se
diría que la población acaba de salvarse de un gran incendio porque todas las
paredes, que son de piedra, están ennegrecidas y al mismo tiempo vestidas de
espeso musgo, como si todo fuera un montón de ruinas.
Algunas que
debieron ser buenas iglesias parecen ahora huertas abandonadas; porque su
recinto está poblado de árboles, conservándose en pie los muros exteriores y la
fachada.
¡Sombras
triviales! ¿Qué me decís de mis antepasados? ¿Qué es de aquel fiscal u oidor de
la Audiencia de Panamá, don Diego de Paz Soldán? ¿Qué es de su yerno, el
capitán del fijo, el español de Carrión de los Condes, don Manuel Antonio de
Paz y Castro? [36]
¿Qué es de mi
tatarabuelo y de mi bisabuelo?
Pero el horrible
calor de Panamá, superior a toda ponderación, no me permitía muchos éxtasis,
mucho más cuando ya contaba con la contestación a mis apóstrofes; y después de
haber bebido sendos vasos de agua con coñac, salí para Colón atravesando el
Istmo en cuatro horas. El trayecto por el ferrocarril es delicioso. La vista no
puede extenderse porque va uno encajonado entre una vegetación tan prodigiosa,
que no se ve tierra o suelo, estando todo cubierto de verdura, y como el
terreno es generalmente quebrado, los árboles se presentan como si nacieran los
unos sobre los otros. El tren marcha rápidamente algunas veces, y otras con
lentitud, para evitar un descarrilamiento por estar los rieles muy torcidos.
Nos embarcamos en
Colón ese mismo día, en un vapor muy grande (comparado con los del Pacífico) y
zarpamos a las diez de la noche. Al tercero llegamos a Cartagena, que no visité
temeroso de que el vapor me dejara: vista de abordo me pareció bellísima y
finalmente el 30 de abril a las nueve de la mañana llegamos a San Tomás.
En el acto se
arrimó a nuestro vapor el que debía conducirnos a Europa que era el
«Magdalena», y comenzó el trasbordo de nuestros equipajes. El «Magdalena» era
el más pesado vapor de la Compañía, como que usaba emplear diez y ocho y veinte
días en una travesía que los otros desempeñaban en doce o quince.
Como no saldríamos
hasta el siguiente, pasamos el día en tierra, y al anochecer volvimos a bordo. San
Tomás era lo más pintoresco, alegre y aseado que hasta allí había visto. El 1º
de mayo comíamos opíparamente y en todo sosiego en el «Hotel del Comercio», mi
Mentor y yo, cuando retumbó el cañón del vapor Magdalena como diciendo lacónica
pero estruendosamente: me voy. Era el vozarrón de un gigante. En seguida
comenzó a repiquetear angustiosamente la campanilla de a bordo: era la voz del
mismo gigante que daba sus últimos adioses a la costa americana y que debía
estar a cuatro leguas de distancia por lo menos cuando tan apagada se oía.
Todo esto me lo
imaginé al oír esa temible despedida pronunciada en dos tonos tan distintos; y
además me parece decir que el corazón me dio un vuelco dentro del pecho; que el
Doctor saltó, y yo también, del asiento; y que ambos lanzando a varios platos
todavía [37] vírgenes una mirada de inenarrable tristeza, preñada de
irrevelables emociones, nos trasportamos a escape a nuestra nueva morada, que
después de tanta prisa manifestada, no levantó sus anclas hasta las ocho de la
noche.
Días tuvimos en
que el mar por muy bello y muy pacífico habría podido rivalizar con el tocayo
de otro lado; otros borrascosos, que nos descompusieron el timón y nos tuvieron
como paralizados por dos días. El frío llegó a hacerse tan intenso, para mí al
menos que me puse dos pantalones uno sobre otro, y pasaba el día sentado en una
silla ante la barandilla de la máquina (y también otros pasajeros) gozando del
calor de la chimenea o al amor de la lumbre como se suele decir. Uno de los
pasajeros hembras, la señora Bataillard me traía tan divertido con su cómica,
cotadura de tortuga, que no pude menos de enderezarle allá en mis adentros la
siguiente quintilla:
Si madama Bataillard
llega a caerse en el mar,
como su cuerpo es tonel,
podrá flotar sobre él
sin tener que batallar.
Otro, que era un
capitán de ejército español, nos costeó la diversión una noche en que habiendo
penetrado la marejada en su camarote, se lanzó despavorido por la oscura y
solitaria cámara en pos de socorro, y dando tropezones con los muebles y
trastos gritaba despavorido: «¡Mozo! camarote, water ¡Water! ¡camarote!»
Finalmente
llegamos a Southampton el jueves 19 de mayo a las nueve de la mañana y media.
La verde campiña después de diez y nueve días de la aridez de agua y cielo,
presentaba un aspecto mágico.
Reinaba el florido
mayo, que en Lima es tan polvoroso, tan árido y tan pobre como los otros meses
de la zodiacal corona; y reinaba también el florido mayo de mi vida...
Registraron mi
equipaje en la aduana, recorrimos rápidamente gran parte de la población y a
las tres de la tarde salimos en el ferrocarril para Londres, yendo embelesados
en todo el trayecto con el [38] aspecto de los verdes campos y de las blancas
manadas de carneros diseminados por ellos. Los potreros o dehesas donde
pastaban, me parecían preciosos jardines, y no los que había visto en Lima, que
ojalá se parecieran esos jardines a los potreros de Inglaterra sino como los
que conocía por pinturas. Los diversos senderos o caminillos abiertos en todo
sentido en el verde campo, parecían cortados a cuchillo, y blanqueaban a los
lejos como esas tiras de lienzo blanco con que solemos cruzar las matizadas
alfombras de nuestras cuadras, para que no se maltraten.
Los árboles se
dibujaban en el azul del cielo que les servía de fondo, primorosamente
recortados por la podadera y la tijera. Esta vegetación comparada a la del
Istmo de Panamá que yo venía a ver, se asemejaba a ella como una capilla recién
construida y que se lava diariamente, puede parecerse a un vetusto templo,
grandioso y solitario, deteriorado y húmedo, con sus piedras ennegrecidas y
cubiertas de hiedra, y que tanto pone admiración como miedo. Aquella inspira
ideas bellísimas y ligeras; éste, pensamientos elevados y profundos,
recogimiento.
En la primera se
piensa en lo mundano, ante este otro, en el pasado, en lo futuro, en lo eterno,
en Dios.
Aquí cada hombre
vale un hombre me decía yo durante el trayecto; y con un agregado de tales hombres,
no hay Estado que no florezca y prospere, sea cual fuere su forma de Gobierno,
mándelo hombre o mujer, ciudadano idóneo o ciudadano inepto. He aquí porque
entonces y después nunca he hecho votos exclusivos por el advenimiento de la
República universal, sino por el perfeccionamiento universal del hombre,
obtenido por la educación, y sobretodo, por el trabajo; entiéndalo bien el
pueblo de Lima.
A las seis de la
tarde llegamos a Londres y fuimos a apearnos al hotel español de Bastidas,
hotel inmejorable, y en el que se sirve por ocho chelines diarios (dos pesos
fuertes). Visitamos (rápidamente también, porque en estas ciudades para ver las
cosas como uno debe y desea verlas es necesario dedicar un día entero y acaso
más a cada una de ellas) visitamos, pues, rápidamente el Túnel, el Palacio de
Cristal, San Pablo, el Jardín de plantas, el palacio de Hampton Court en las
cercanías, y el lindo lugar campestre conocido con el nombre de Richmond, a
donde se va por ferrocarril. [39]
Siguiendo a los pocos
días para París, tomamos el tren de Folkstone, trayecto de dos horas y nos
embarcamos para Boulogne con un mar de los más tranquilos, a cuyo puerto
llegamos en dos horas y media. Desde allí hasta París el ferrocarril se detiene
en varias estaciones siendo la más notable la de Amiens. A las once de la noche
entramos en la gran ciudad yendo a parar al hotel de Madame La Folie rue
Vivienne. Mi mentor siguió para Victoria ansioso de ver a los suyos y la tierra
natal después de una ausencia de ocho años; y yo buscando un recogimiento
doméstico más confortable me trasladé al Hotel Moscou, Cité Bergere.
Mis primeras
vírgenes impresiones al pasar de Londres a París, fueron las que experimenta el
que salta de lo grande a lo pequeño.
La capital de
Inglaterra es una ciudad espléndida y suntuosa, en la que no hay más que hacer
que echarse a andar para tropezar con monumentos admirables; en París es
necesario buscarlos. En Londres los hombres, los caballos, los edificios, el
cielo (la atmósfera, porque el cielo poco se ve) todo tiene un sello adusto y
sombrío; sus calles son muy anchas y poseen grandes aceras, circulando
incesantemente innumerables carruajes e individuos. En París el cielo, los
caballos, los edificios, los hombres y las mujeres presentan aspecto menos
grandioso, pero mucho más risueño y simpático. Los caballejos de los coches de
alquiler parecen pulgas cuando se viene a ver esos desmesurados cuadrúpedos,
más grandes que el cab o handsome que arrastran, y que cruzan como flechas por
la ciudad del Támesis.
Hay en París
muchas calles angostas desaseadas, solitarias y sin aceras, siendo lo más
brillante los Bulevares: inmensas calles llenas de gente, de carruajes, de
animación y de alegría. Estos Bulevares son como grandes ríos que reciben el
tributo de las calles y callejuelas laterales.
Los ingleses son
serios y caballerescos los franceses, los parisienses al menos, chispeantes,
vivarachos, inquietos y a veces petulantes. Sin hacer más observaciones por
ahora sobre ciudades y tipos tan conocidos y familiares a todos, volemos a
España, centro de las ilusiones y aspiraciones de la mayor parte de los
hispanoamericanos, y especie de Meca literaria de todos los que seguimos esta
carrera en las antiguas colonias. [40]
El 9 de junio de
1859 a las nueve de la mañana me dirigí a la estación respectiva y tomé pasaje
hasta Bayona. Un empleado se apoderó de mi equipaje, y creyendo yo que ya no
tenía que pensar en él, como en Boulogne, me entré al vagón y partimos; siendo
esta mi primera y única inadvertencia en cuatro años de viaje.
Disfrutando
siempre de una bella y pintoresca perspectiva llegamos a Burdeos a las diez de
la noche. Pero antes de nuestro arribo, un francés con quien había entrado en
conversación, me hizo advertir, porque se ofreció, lo de mi equipaje, que con
seguridad se quedaba en la gare de París por mi omisión en sacar la papeleta.
Felizmente,
añadió, puede usted reclamar lo de Bayona por telégrafo y se lo mandarán en el
acto.
Débilmente, como
se ve, pagaba mi noviciado en el arte de los viajes; y tan débilmente, que
todas mis cartas de recomendación y todo mi caudal que ascendía a unos mil
quinientos francos, venían conmigo en mi bolsillo, en donde con sabía previsión
los puse al salir de la Cité Bergere.
A las seis de la
mañana siguiente continué mi viaje, no sin haberme permitido la noche anterior
algunas libertades con la linda chica de Azpeitia que me sirvió de camarera en
el Hotel. La muchacha era cerril como una cabra, sin que le faltara sus rasgos
humanos.
De Burdeos a
Bayona la perspectiva cambia de aspecto. En esos inmensos llanos con su
fisonomía agreste y sus aguas verdosas y detenidas, se divisa al fin el triunfo
de la naturaleza. He atravesado una pequeña parte de Inglaterra, la Francia de
norte a sur, y no he visto sino campos cultivados con tal esmero, con tal
simetría, y con tal elegancia, que más bien parecen jardines formados con
solicitud para el recreo de algún gran señor.
En el Perú los
caminos se forman... con el tráfico; nadie se encarga de abrirlos ni de
mantenerlos en buen estado; por este motivo son desiguales, incómodos, feos y
muchos de ellos, casi todos, peligrosos. ¡Y se les llama generalmente, sin duda
por absurdo eufemismo, caminos reales!
Las bestias suelen
ser los Colones de esas malas trochas.
Ninguno de los
europeos campos que hasta aquí he visto presenta la estupenda vegetación del
Istmo de Panamá; mas ¡qué diferencial! Al atravesar aquel país se ve una
naturaleza salvaje y montaraz, [41] recuerdo bien vivo y bien patente de las
penalidades que pasaron los primeros y heroicos hombres blancos que arribaron a
ese continente, los españoles.
Una naturaleza
que, abusando de la completa libertad en que la deja el hombre indolente, y más
aún, impotente, se entrega como es natural a sus más raros caprichos. Inútil es
asomarse por las ventanillas del vagón en busca del horizonte, a derecha e
izquierda, casi sobre los mismos rieles, espesas y negras cortinas de verdura
se extienden impidiendo el libre paso de la vista como si ocultaran misterios
de terrible revelación.
Los troncos y las
raíces de los árboles desaparecen entre el tupido follaje.
Ya se miran
espantosas quebradas cuya profundidad no sé ni sospechar, porque la vegetación
sombría y majestuosa lo cubre todo, como una barrera donde se estrellan las
investigaciones, como un mudo sarcasmo a la curiosidad del viajero; ya grandes
y elevadas cumbres en las que no distinguiéndose sino el follaje de los árboles
apiñados y en ascensión progresiva, parece que los unos nacieron sobre los
otros, como he dicho.
Todo esto lejos de
ser feo es bellísimo, bien que de una belleza lúgubre y melancólica, que nada
tiene de desagradable y sí, mucho de halagüeña. Allí nada habla del hombre; en
todo resalta Dios. Esos árboles cuya copa se pierde de vista; ese indecible
silencio que reina en rededor; la opacidad del cielo entoldado por tanta
ramazón; la completa desolación de los lejanos y oscuros bosques en donde
inútilmente se fija la mirada; todo ese conjunto en fin es el triste y
grandioso emblema de la creación universal; campo infinito y mudo por donde con
tanto deleite vuela incesantemente la imaginación del hombre sin sacar nada. Al
recorrer los campos de Europa me ha fastidiado a veces tanta prolijidad; ver árboles
donde parecen que fueran pegando las hojas una por una y midiendo las
distancias con un compás. La vagancia está prohibida así en las campiñas como
en las ciudades; y no debe ninguna rama u hoja viciosa ir a errar por el
ambiente desprendiéndose del completo follaje o cuerpo social del árbol.
He deseado
naturalidad en la naturaleza y he echado de menos el Istmo de Panamá, donde
cuando se oye un ruido en el imponente silencio [42] se puede y se debe
temblar, porque es indicio de que entre las intrincadas ramas va saltando
alguna fiera o deslizándose un reptil.
Habiendo salido de
Burdeos como llevo dicho, a las seis de la mañana, estábamos en Bayona a la una
del día. Unos españoles se apoderaron de mí al apearme del coche, ofreciéndome
cada cual conducirme a la mejor posada. Me dejé guiar por uno de ellos y fui
llevado a una de aspecto muy miserable.
Mi primer paso fue
dirigirme al telégrafo a reclamar mi equipaje, y aunque el despacho que hice
pasó las indispensables palabras, me costó diez francos y medio.
Con el objeto de
dar un paseo por Biarritz tomé la diligencia que me condujo a él en tres
cuartos de hora. Biarritz es una linda y risueña población, situada a las
orillas del mar donde se ve la embocadura del río Bayona.
Biarritz es el
Chorrillos de Europa, y a él acuden todos los años en el verano a tomar baños,
innumerables familias; algunas tan ilustres como el Emperador y la familia
imperial, que se hospedan en el castillo construido a pocos pasos del mar, y
como a dos cuadras del bañadero general.
Permanecimos un
gran rato en la playa respirando un aire puro y gozando con la vista de un
cielo azul y de un mar lo mismo, aunque no muy pacífico, y en el que se bañaban
algunas familias. Nos hicimos servir de comer en el Hotel d'Espagne, en donde
nos dieron una excelente y barata comida.
Una vez recibido
mi equipaje de París, hice visar mi pasaporte por el cónsul de España, saqué un
boleto de diligencia hasta Vergara, que me importó cinco pesos, y el 14 de
junio muy de madrugada usé por primera vez ese modo de viajar de que no tenía una
idea práctica, que los pesados coches de viaje chilenos en que más de una vez
había doblado la cuesta de Zapata y la de Prado, camino de Santiago. [43]
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Capítulo II
De Bayona a
Vergara.- Behovia.- Irún.- San Sebastián.- Una diligencia.- Tolosa.- Una
hermosura lugareña.- Vergara.- El seminario.- El coche correo Bilbao.- Pepa la
del telégrafo.- Hospitalidad bilbaína.- Portugalete y Algorta.- Alrededores y
romerías.- Vitoria.- Mi Mentor.- La Florida.- Pueblos circunvecinos.- Burgos y
Valladolid.- Mi historia de viajero.
A las cuatro y
media de la mañana, con la sombrera, el paraguas y el sobretodo a cuestas,
trajes de viaje que sólo por monada pueden usarse en Lima, dejaba el hotel del
Panier fleuri a que me había mudado, y me encaminaba a la estación de
diligencias perturbando con mis pasos el sueño de los bayonenses; que a juzgar
por el silencio de las calles debían dormir a pierna suelta. Sonaron las cinco,
pocos minutos después chasqueó el látigo del mayoral y partimos.
El fresco de la
madrugada, el chasquido del látigo, las sartas de cascabeles de las mulas
sonando alegremente, todo me traía a la memoria esas vivaces comedias de Tirso
en que la diligencia hace un papel principal; y también la de Bretón titulada:
Un día de campo. Yo había tomado un primer asiento en primera berlina, único
asiento bueno en una diligencia, no obstante sus vastas proporciones y diversos
compartimientos. Traía a mi derecha a un español que regresaba de Cuba después
de doce años de ausencia, y a un zambo que debía ser su criado. A las ocho
llegamos al pueblo de Behovia cuyo río es el límite entre Francia y España. Al
entrar en el largo puente unos soldados, franceses, nos pidieron nuestros
pasaportes; y al salir de él, otros ya españoles, hicieron lo propio. Pocos
momentos después entramos en Irún, primer pueblo español.
Yo era ya amigo de
mi vecino. Con él y otros dos españoles que venían en la berlina de atrás o
interior, entramos en un café, tomó [44] cada cual una gran taza de leche sola
o con café, según su gusto, se registraron nuestros equipajes y continuamos
nuestra marcha.
Yo estaba
aburrido, ahogado, harto de Inglaterra y Francia (naciones que poco después
debían constituir mi mayor encanto) de vagar solo, y con fiebre por verme en España.
Poco diestro en el inglés y el francés y en el conocimiento de esos dos países,
el mes pasado en ellos se me había hecho muy largo; así es que con doble
regocijo que el finísimo s'il vous plait de los franceses, oía pronunciar a
trochemoche con un acento heroico, todo el vocabulario escandaloso español, que
es uno de los más ricos.
A las diez, y
hacia el fin de la carretera, divisé a San Sebastián, situado en una planicie
entre varios pintorescos cerros, y a la misma orilla de un mar bello azul y
tranquilo, cuyas olas imperceptibles casi como angostas cintas de encaje, se
desenvuelven dulcemente en una serena y arenosa playa.
San Sebastián me
pareció mil veces más lindo que Bayona y Tolosa (de Francia). Aquí almorzamos.
Las muchachas o chicas como dicen los españoles, que nos sirvieron a la mesa,
parecían escogidas ad hoc por lo guapas que eran, distinguiéndose sobretodo por
el vivo color y frescura de su semblante y por la ingenuidad de sus modales. Un
francés que ha venido en la berlina interior vocifera horriblemente porque no
le sirven merluza. Finalmente suelta la frase sacramental, creyendo que como en
Francia va a surtir un gran efecto: «No volveré más a este hotel», -Bien;
contesta una de las muchachas con una espontaneidad muy española. El gabacho se
quedó estupefacto, y para reponerse apuró un vaso de vino navarro que tenía al
lado.
Terminó el
almuerzo y continuamos nuestro viaje. Como en Panamá, habría deseado lanzar al
viento algunas indagaciones sobre mis antepasados: ¿Qué es de los Ureta y
Arambar, mis mayores por el lado materno de mi padre? La curiosidad filial me
perseguía por todas partes, sin tiempo ni medios para poder satisfacerla,
removiendo el pesado olvido que cae sobre las generaciones tan pronto como
desaparecen del haz de la tierra.
La Diligencia
volaba por la fácil carretera, habiéndose operado además un cambio de
pasajeros: mis dos compañeros de berlina quedaron en San Sebastián, pasando a
ocupar sus asientos los otros dos [45] españoles de interior, y quedando en
lugar de estos, dos viajeras más, españolas, y el francés. Antes de seguir
adelante será bueno dar idea al lector peruano de lo que es una diligencia de
España. Es un carruaje a la manera de un ómnibus aunque ancho y sólido y con
separaciones transversales. El primer coche o compartimento delantero es la
berlina, cuyas dos esquinas son los únicos asientos buenos hablando de una
manera absoluta. Allí se viaja como en un coupé o trois quarts cualquiera. El
asiento del medio es menos bueno, porque el prójimo a quien le toca no puede
reclinar la cabeza en la noche con la comodidad que sus dos colaterales. Tras
de la berlina viene el interior, con seis u ocho asientos, a tres o cuatro por
banda, y sin más vista que las ventanillas de los lados. Los asientos están
paralelos o vis a vis, en el mismo orden que los tres de la berlina. Por
último: la Rotonda, que es la parte trasera del coche y en la que los asientos
están distribuidos en forma semicircular.
Él o la Imperial
es lo que en un ómnibus sería el pescante. Allí pueden ir tres o cuatro
pasajeros de frente, a todo aire y gozando de soberbia vista; por lo que el
asiento ese tiene sus partidarios, no obstante ser el más barato de todos.
Aunque posee una capucha y un cuero para las piernas, es demasiada intemperie y
demasiada altura para una jornada un poco larga, mucho más si llueve o si
anochece.
El resto del techo
del coche sirve para los equipajes, que van cubiertos con un cuero, por lo que
tal vez se llama esta parte de la diligencia, la vaca. El pescante va debajo
del Imperial y delante del vidrio de la berlina, cuyos pasajeros entran casi
siempre en conversación con el mayoral, que es el nombre del cochero.
Los tiros de mula
son tres o cuatro; y en una de las delanteras va montado un muchacho postillón
a quien llaman el delantero. El zagal es un infeliz que se apea a cada paso a
picar las mulas, colgándose de las bridas y siguiendo así una vez que emprenden
el galope. Su asiento es al lado del mayoral.
El francés, que
hablaba bastante bien el castellano, se dedicó inmediatamente a requebrar a una
de las pasajeras, que lo soportaba con dulce resignación. Nosotros abríamos la
ventanilla de comunicación y nos divertíamos con la escena.
Llegamos a Tolosa.
El francés se apea del coche y bebe cerveza. [46]
Seguimos
atravesando una multitud de pueblecillos. El camino es todo sumamente quebrado,
no lográndose ver ni una fanegada siquiera completamente plana. Y como todo
está verde y por todas partes casitas blancas con su tejados rojos, la vista es
muy deliciosa y caprichosa.
En un pueblecillo
cerca de Vergara vi de paso solamente, una mujer joven, tan bella, que me llamó
la atención, desde la ventana de piedra gris que le servía de marco, como una
Virgen de Murillo en su nicho. Saqué la cabeza por el vidrio y la estuve
mirando hasta que fue posible. Sus mejillas parecían hechas de puro carmín, por
manoseada que sea la comparación, y sus labios un clavel en botón recién
arrancado del tallo. Estaba vestida con aseo y buen gusto. Jamás se hubiera
podido aplicar mejor que entonces aquella frase tan común en casos análogos, de
perla en muladar, porque la tal hermosura parecía en realidad una fresca y
linda rosa en un campo estéril y quemado; como que una vez que se apartaban los
ojos de esta mujer, real y sencillamente hermosa como la naturaleza que la
rodeaba; todo, inclusive su misma casa, presentaba un aspecto de miseria, de
tristeza y de oscuridad. A pesar de todo, su rostro estaba risueño y satisfecho
como el de aquel que nada desea, y sus miradas límpidas se paseaban por la
angosta y oscura calle de la aldea, donde lo único que se veía era aldeanos
sentados en el dintel de su puerta, fumando su pipa, y niños jugueteando.
Al fin la perdí de
vista, como todos los panoramas rápidos que deleitan a los modernos viajeros, y
a las seis de la tarde acompañado de magníficos truenos, de relámpagos y de una
gruesa lluvia, llegué a Vergara. Las tempestades ya no me sorprendían porque
las veía casi diariamente, y era uno de los espectáculos que más me encantaban.
En Villarreal se
quedaron mis dos compañeros de berlina, y el francés pasó a mi lado para estar
mejor y para consolarse de la ausencia de sus dos Dulcineas, que se apearon
entre Tolosa y Villarreal. Conversamos largamente, ya en francés, ya en
español, manifestándome su horror de que hubiera dejado París por la Península,
a la que sólo debería, me aconsejaba, conceder una permanencia de quince días,
instalándome siempre en el hotel francés. En Vergara nos separamos. [47]
Este día, 14 de
junio de 1859, era el más agradable que pasaba de los dos meses que llevaba en
Europa. El hotel de Vergara respiraba soledad, y creo que no había más huésped
que yo. Desde mi ventana veía montes verdes y elevados por todas partes, que
parecían dispuestos a tragarse la humilde población; vizcaínos con sus boinas
generalmente azules, algunos canónigos con su panza infaliblemente muy
pronunciada, colegiales con uniforme y en cuadrilla, gente del pueblo, etc.
Eran las seis y
media de la tarde, y probablemente en Vergara como en todas partes, tal hora
correspondía a la del paseo.
La noche cayó
profundamente silenciosa; no se percibía otro ruido que el de la lluvia y los
truenos; y cuando éstos cesaban, el de un pobre riachuelo que corría lentamente
a la falda del cerro, una cuadra frente de mi ventana.
Al día siguiente
en compañía de don Miguel de Larraza, respetable vecino del lugar a quien había
ido yo recomendado, visitamos el célebre Seminario, que es inmenso. Uno de sus
directores, el sacerdote don Ángel Segura, nos lo paseó todo, rememorando los
diversos peruanos que allí se habían educado; unos en años anteriores como don
Clemente Noel y don Ramón Azcárate, otros en los días de don Ángel, como los
jóvenes Echenique (Pío y Juan Martín), Villacampa y varios más.
Los Echeniques,
proseguía don Ángel, estaban muy envanecidos con la presidencia de su padre. Yo
les decía: miren ustedes que torres muy altas suelen caer, y después supe su
caída desastrosa.
El 16 a las siete
de la mañana salí a Bilbao, en el correo, cochecito en el que pueden caber
cuatro personas y en que metieron seis. Siendo todos casi de una misma edad,
muchachos, jóvenes, estudiantes, lo pasamos charlando jovialmente, gritando,
cantando, todo efecto de las botellas que bebimos, y de la edad que es el
verdadero champaña. Era la juventud en viaje... al porvenir.
A las dos de la
tarde, acompañado fielmente de una tremenda lluvia, llegué a la capital de
Vizcaya yendo a hospedarme en una casa de huéspedes llamada Pepa la del
Telégrafo, calle del Correo, en la que estuve muy bien. En esta como en otras
casas bilbaínas y como en la del jabonero, el que no cae, resbala, porque hay
la preciosa costumbre de tener los ladrillos constantemente bruñidos, encerados
[48] y almagrados; y hay en ellos que aprender a andar como se aprende a
patinar.
Como la posada
sólo tenía seis cuartos a lo más, andaban los huéspedes de dos en dos, siendo
yo tan afortunado, que me tocó por compañero de cuarto un joven español de Lima
que me era muy familiar, don José María Zubieta. Fuera de la casa de don
Mariano San Ginés, hombre pudiente de la localidad a quien iba yo recomendado,
se me ofrecieron algunas, más también por las meras recomendaciones que
llevaba; lo que consigno aquí para que se vea lo hospitalaria que nos es España
a los hispanoamericanos. Bilbao, especialmente, fue para mí como una sucursal
de Lima.
Portugalete que
dista más de dos leguas de Bilbao y que es como su puerto, fue el objeto de mi
primera excursión. Una mañana a las diez nos embarcamos para él en un bote que
se empeñó en proporcionarnos un amigo, y con intención de seguir hasta Algorta,
en donde, como en Bilbao, tenía interés en visitar familias de españoles de
Lima, por todas las cuales fui acogido y agasajado casi con alborozo.
Cerca del puente
de Luchana viendo que el bote tenía ganas de irse a pique, y que los remeros
podrían componerlo muy bien después que se rompiera, mas no salvamos, porque
eran oficiales de carpintería y no marineros, saltamos a tierra y seguimos a
pie hasta Portugalete, andando más de una legua entre pedregales y atolladeros.
Llegamos. Algorta
estaba al frente. Era preciso atravesar un arenal. Resigneme y con pie resuelto
entré en ese pequeño Sahara: media hora después, medianamente molido y casi sin
resuello llegué a la interesante y solitaria poblacioncita.
Entre las familias
que visité, había una anciana que sólo hablaba vascuence, y que sabedora de mi
amistad con su nieto en Lima, me miraba enternecida, lloraba y colocada en el
dintel de la puerta, hablando vascuence y con señas muy expresivas me decía que
de ninguna manera saldría yo de la casa, amenazando al mismo tiempo con la
mirada y con el puño al español que me había conducido, y que quería dar por
terminada la visita.
Tuve que quedarme
a pasar el día con esa y otras familias, entre ellas la de Menchaca. Aun a la
mañana siguiente se oponían a que partiera. Eran unos agasajos arequipeños. La
abuela me abrazó y me besó. Era abuela de José Antonio Aguirre, cuyo nombre
figurará al [49] frente de estas Memorias cuando formen un volumen, pues a su
memoria y a la de mi padre están dedicadas. Un caballito que desaparecía entre
mis largas piernas y que era de magnífico trote, me trajo a Bilbao en dos
horas, sirviéndome de guía un muchacho a pie. El más constante de mis
acompañantes era don Vicente de Diego, dependiente de San Ginés y que tenía
para mí el raro mérito de ser tío político de la señorita Matilde Orbegozo,
incipiente poetisa bilbaína cuya fama he visto crecer después desde este
hemisferio.
Estuve en el
teatro algunas veces. Por las tardes me iba al Arenal, especie de alameda muy
agradable que está en la misma población; o bien al Campo de Volatín, otro
paseo por el estilo, aunque mucho más grande y retirado. La población es
bastante aseada y mejor de lo que yo creía, llamándome la atención la plaza nueva
que está hecha con mucho gusto y simetría.
Por esos
alrededores emprenden los muchachos bilbaínos unos desafíos a pedradas que
llaman pedradeos.
Una y mil veces
visité los interesantes alrededores y más interesantes romerías, entre ellas las
de Albia y San Adrián; y después de ocho días muy gratos salí para Victoria,
adonde me llevaba únicamente el anhelo de ver a mi mentor instalado en su casa;
de conocer a su familia, y Vitoria, con cuyas hiperbólicas alabanzas había
entretenido mi impresionable infancia y excitado mi imaginación, en la soledad
de un valle del Perú, el doctor don Faustino Antoñano.
El viaje fue de un
día en diligencia. El amigo cariñoso me esperaba en el parador, que no obstante
su modesto nombre, era un elegante restaurant-café. Permanecí unos días en casa
del Mentor, tomando fuerzas en sus consejos para la serie de estudios y viajes
que me proponía emprender, y muy ajenos ambos a la idea de que nunca más nos
volveríamos a ver. Y así fue. A pesar de mi larga permanencia en Europa en
donde siempre estuvimos en activa correspondencia epistolar; a pesar de que sus
años no pasaban de la madurez, a poco de mi vuelta a América, la antigua y
oculta enfermedad que a ojos vistas minaba la salud de ese hombre inestimable,
lo llevó al sepulcro.
Su muerte, sus
últimos instantes fueron dignos de él. Hasta la hora postrera estuvo anunciando
al más crecido de sus deudos los [50] instantes que le quedaban de vida; y
pidiéndole finalmente que lo volviera del lado de la pared, expiró.
Durante los cinco
años anteriores en que había sido mi compañero, mi amigo y mi maestro en la
hacienda de mi padre en el valle de Cañete, le comunicaba a aquel con ruda
franqueza las observaciones que hacía sobre mi carácter. La más frecuente era
esta «Don Pedro: este niño tiene más trastienda que un viejo de cien años;
tiene más conchas que un galápago; dedíquelo usted a la diplomacia». Otra,
«este niño tiene una curiosidad de monja; todo lo quiere saber; hay que darle
un librito titulado: 'El por qué de todas las cosas'».
No menos se
interesaba por mí su hermano el capellán, el Padre Antoñano. Tratándose en esos
días de mandarme a Lima al colegio, fue uno de los que intercedieron a mi
favor, enderezándole a mi padre, de sobremesa, una décima destinada a
propiciarlo. De ella apenas recuerdo los seis últimos versos que decían así:
«Esto se puede componer
diciendo: Domingo, vete;
Pedrito queda en Cañete
haciendo progresos tales,
que supera a sus iguales
y a los de mayor caletre».
Los días los
pasábamos en la casa, ya leyendo en común, ya haciendo recuerdos del hogar
cañetano, ya disertando sobre mi porvenir, que mi Mentor se complacía en
figurarse glorioso. Por las tardes me llevaba al lindísimo paseo de Vitoria
llamado La Florida, poblado en su mayor parte de esbeltos chopos.
Otras veces
emprendíamos la caminata a los pueblos circunvecinos. El Doctor se encerraba a
jugar el tradicional tresillo con los curas, y yo me iba abajo a ver danzar a
los aldeanos bajo de los árboles y al son del tamboril.
Por la noche a la
luz de la luna regresábamos a Vitoria, atravesando hileras de corpulentos
árboles, de que no tenemos idea en Lima. [51]
En Burgos, adonde
pasé en seguida, estuve dos noches. Visité la gran Catedral y continué mi viaje
a Valladolid deteniéndome en esa antigua capital de España, un día y una noche.
Mis muy pocos
años, y el pequeñísimo mundo y círculo en que había crecido, me ponían en malas
condiciones para ser un viajero de fuste desde luego. Así mis correrías por
España no fueron sino sentimentales o de impresiones. Mi incuria era tan
grande, que ni tornaba un apunte, ni estudiaba nada, ni aún frecuentaba ciertos
círculos. Y a no ser por las cartas que escribía a mi padre y que él tuvo el
celo de coleccionar fielmente, me habría sido imposible redactar esta primera
parte o introducción de mis verdaderos viajes.
Por fortuna mi
marasmo no debía durar mucho; y cuando dos años más tarde salía de París para
emprender la gran peregrinación cuyo relato ocupa la cuasi totalidad de este
libro, era enteramente otro hombre. El viajar fue entonces para mí un oficio,
un arte, una ciencia, una tarea. Cuadernitos de bolsillo recibían diariamente
mis apuntes escritos con lápiz y en francés; un herbario, las flores de la
Suiza y de la Grecia; y hasta en un álbum consignaba, registraba las cuentas de
los hoteles de los lugares que recorría, pegadas en sus páginas.
El lector mismo
notará una considerable diferencia entre la narración de estas primeras páginas
y la de las que siguen. Si en esa segunda y tercera parte de mi viaje no he
sacado el aprovechamiento debido, no fue al menos, me cabe esta satisfacción,
porque yo no hubiera puesto de mi parte cuando estuvo al alcance de mi capacidad.
De Valladolid a
Madrid pasé una noche en la diligencia. [52]
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Capítulo III
Madrid.- El
verano.- El Retiro y el Prado.- Tipos que circulaban.- Un noble español.- Los
toros.- Horchaterías valencianas.- El Escorial don Antonio Gil y Zárate.- Don
Julián Romea.- La Granja.- Un cura cubano.- Un caballero andaluz.- En Segovia
se goza.- El Acueducto Valencia.- El Grao.- Cabañal y Cañameral.
Habiendo salido de
Valladolid a las dos de la tarde, a la mañana siguiente a las diez llegaba a la
célebre villa del madroño, donde me encontré con un calor infernal,
desesperante. Madrid es una villa hermosísima: por desgracia caía yo en la peor
época y estación, en pleno verano, como con razón me lo anunciaban desde París.
Era un calor africano el que reinaba, y en las calles brotaba un fuego, como el
que puede sentirse en la boca de un horno, y calentaba el cuerpo de tal manera,
que su contacto habría bastado para asar un trozo de carne cruda. A veces se
levantaba una ligera y poco durable ráfaga, (de viento) que mejor no lo
hiciera, porque lejos de traer algún refrigerio, parecía una bocanada de
procedencia directa del infierno. Este mismo calor engendra la consiguiente
plaga de moscas pegajosas y otros bichos peores, y desarrolla en las calles una
fetidez tan fuerte, que quema los párpados, análoga a la de Valparaíso en esta
misma época, y que tal vez acredite la falta de agua abundante en los desagües
de las casas.
Tal es Madrid en
el mes de junio.
Con frecuencia
llueve recio, truena y relampaguea, lo que empeora el tiempo, tal vez el ábrego
o viento de África, que azota la cara con el agua y el polvo que arrastra.
Las familias y
personas pudientes emigran en esta época, unas al extranjero, otras a las
provincias vascongadas, y muchas a los varios Chorrillos de sierra que posee la
Corte. El más notable por su excelente [53] clima y por concurrir a él la
Reina, era el Real Sitio de San Ildefonso de la Granja, distante catorce
leguas; el Escorial, que dista siete; Segovia, más allá de la Granja.
Los que no pueden
emigrar, no tienen más veraneo que el siguiente: a las cinco de la mañana en
punto (porque un minuto después ya sofoca el calor) a los jardines del Retiro,
que en estos meses son el Respiro, porque sólo ahí y de madrugada se puede
respirar; y por la noche el Salón del Prado, a instalarse en una de las sillas
de alquiler que por su recinto abundan, unas de esterilla metálica, o de
rejilla como dicen en España, otras de paja. El fresco que proporciona ese
vespertino y nocturno paseo es simplemente debido a que lo riegan, empapan y
encharcan a mano, a fin de que se levante del suelo de una manera artificial,
lo que buenamente no baja de la atmósfera.
Nada más bullidor,
más animado, más brillante que ese verdadero salón madrileño: figúrese el
lector limeño, (si licet parvis componere magna), la parte central de nuestra
escueta alameda de los Descalzos, el paralelogramo comprendido entre las
verjas, lleno de buena sociedad distribuida en grupos de tertulia o circulando,
mientras los carruajes desfilan acompasadamente o permanecen apostados al
exterior, bajo la luz del gas.
Los muchachos y
otros pregoneros se desgañitan anunciando ¡cerillas! (fósforos de cera), agua
fresca (que llevan en unos cántaros) con azucarillos; y los periódicos y
periodiquillos nocturnos, muchos de ellos satíricos. Yo sentado solo y triste
en mi silla, desconocido para todos, imberbe, asistía a las conversaciones de
derecha e izquierda sin poder tomar parte en ellas, ¡no estábamos en Lima!, sin
ser notado siquiera.
La mayor parte de
los personajes para quienes había llevado cartas de recomendación, estaban
veraneando fuera de Madrid. Entre los tipos que circulaban, acaso dos solamente
me eran conocidos; el del bizarro militar, General don Juan Zavala limeño de
nacimiento con su levita abotonada hasta arriba y su pantalón de dril blanco; y
el historiador chileno don Diego Barros Arana, que en compañía de Benjamín
Vicuña Mackenna, según supe después, trashumaba por Madrid, y a quien por su
larga y seca catadura llamaban los chicos, [54] Milord, no obstante su amarillo
pellejo y los cerdosos pelos de su cara.
Las únicas cartas
de recomendación que pude colocar fueron las que llevé para don Manuel Pardo y
Salvador, primo hermano del que años después debía ser Presidente del Perú, y
para el marqués de Oviedo. Este último me trató con bastante política, y
habiéndole encontrado un domingo en el Café, nos sentamos juntos, llevándome
después al despacho de billetes para los toros que se corrían al siguiente día,
y obsequiándome la entrada.
Me enseñó sus
caballos, sus dos coches (berlinda y carretela); subimos a su casa que me
mostró toda también, presentándome a la marquesa y procediendo con una gran
franqueza. Mi banquero en Madrid fue el comerciante don Antonio Tabernilla,
excelente anciano que iba a recogerme todas las tardes para sacarme a paseo, y
que por acompañarme a toros salió de sus costumbres retiradas volviendo a las
corridas al cabo de quince años. La plaza no me pareció a primera vista más
grande que la nuestra y su distribución es la misma con poca diferencia.
Las corridas de
toros en Madrid son mucho más clásicas que las nuestras, sin que figuren en
ellas esos innumerables episodios e incidentes criollos, que son los que tal
vez fomentan la concurrencia, y que parecen delatar falta de verdadero amor al
arte. Nada de toro ensillado ni de toro de mojarra, ni aun de toro enjalmado,
ni de despejo, ni de muñecones de caña y trapo que truenan al ensartarlos el
toro. La misma relajación se nota en nuestras funciones teatrales, y siempre
que hay alguna extraordinaria se multiplican los accesorios no en la escena
para el público inteligente, sino en el exterior para el populacho, cubriendo
de lugareñas banderitas la fachada del teatro, y de cintajos y colgajos:
quemando un castillo de fuegos artificiales con cuyos disparos se espantan los
caballos de los coches que van llegando, y que atrae a las puertas mismas una
muchedumbre compacta que hace difícil y repugnante el acceso.
Los madrileños
gustan de los toros por el arte. El bicho sale desnudo de enjalma; no hay
suerte de caballo, sin que se deduzca que es, ni menos que ha sido desconocida
en España: sólo un episodio, uniforme y pesado y a que los aficionados dan una
gran importancia, interrumpe la clásica compostura de la función: el de la
pica. El picador [55] sale montado en un miserable caballejo, de esos que están
condenados al matadero, tan aforrado el mismo de cueros como si vistiera
armadura antigua. ¿Qué se propone este atleta? Uno de esos engorroso tours de
force tan minuciosamente descritos por Ercilla en la Araucana; sostener el
mayor tiempo posible el empuje de la fiera en la punta de la ferrada pica. Tras
una breve vacilación el hombre cede, el caballo es ensartado y destripado; el
jinete desciende su pesada mole por el anca, con las piernas abiertas como un
jinete de palo desarzonado; y echándose para atrás como el atleta derribado en
el cuadro moderno del circo romano que lleva por título Póllice verso. Al
caballejo que ha sido comprado sólo para el Qu'il mourut: de Corneille, se le
han vendado los ojos, y espera firme, esto es, temblando sobre sus cuatro patas
como sobre cuatro agujas.
Pese a la
precaución de la venda, alguna vibración del aire o de la tierra, o el
instante, han anunciado al mísero jamelgo la próxima embestida, y se da por
muerte.
Esta suerte es de
lo más pesado y antiestético que puede darse.
La función comenzó
a las cinco y media de la tarde (contando con las prolongadas tardes del verano
de Europa) y vimos correr el último toro a la luz de los relámpagos y al compás
de los truenos. La tarde concluye en Madrid con cuatro, seis, ocho o más
caballejos de picador despanzurrados.
El viajar solo,
particularmente para un adolescente, es uno de los placeres más tristes que
pueda haber. Diez días después de mi llegada a Madrid, aburrido de la soledad y
del calor, que no me permite alimentarme sino de horchata de chufas, que es una
doble tentación en estos días por la elegancia con que se presentan las
horchaterías valencianas, como las confiterías en otras capitales, salí para el
Escorial por la diligencia a las cinco de la mañana.
A las diez llegué
al Real Sitio de San Lorenzo, como se le designa, y no hallando cuarto en el
Hotel de Burguillos me pasé al de Miranda. Aunque también aquí abrasaba un
fuerte sol, soplaba la delgada y fresca brisa del Guadarrama, de la que carecía
en Madrid, y que de tarde degeneraba casi en frío. La población del Escorial es
fea y miserable, y sus calles están empedradas con las toscas piedras de las
antiguas calles de Lima. El único aliciente del lugar es su temperamento, y el
monumento doble de palacio y monasterio que lo hace [56] célebre; y que no sólo
es un recreo para la vista, sino que ofrece en sus vastas galerías y claustros
un delicioso lugar para pasar el día a la sombra y al fresco.
Por allí se
diseminan las familias que veranean, y se las encuentra cosiendo, bordando,
tejiendo o copiando los cuadros de los maestros que ornan las paredes. Así se
pasa el día dentro de estos grandiosos y espesos muros de granito, que
predisponen a la contemplación y elevan el espíritu, y todo como quien veranea.
Por cierto que Baden y otros lugares balnearios o veraniegos de Europa y
América, no ofrecen un solar tan sano y tan moral. Allí mismo oíamos misa, que
se decía diariamente, y en ninguna parte del vasto edificio se percibía el olor
ni la huella de los siglos.
Los paseos
vespertinos de la pequeña sociedad residente en el Escorial eran unas veces por
las afueras del pueblo, hasta la piedra llamada la silla del rey, porque allí
iba a sentarse Felipe II para inspeccionar los progresos de su obra y otras
veces dentro de la misma población, circulando por una de las monumentales
azoteas anexas el gran edificio, y que dominan la campiña. Desde su ángulo más
saliente solíamos ver en las tardes muy ardorosas levantarse como enrojecido el
disco de la luna.
La campiña no es
pintoresca y aun pudiera decirse que no existe si bien hermosean mucho los
contornos, los grandes árboles peculiares de las montañas, como robles,
castaños, carrascas, encinas, etc. También se emprenden peregrinaciones para
tomar el agua de diversos manantiales, que se considera muy saludable; y así
como en Chorrillos se desarrolla una especie de competencia sobre el número de
baños que cada cual toma, en el Escorial y La Granja, la vanidad de los
desocupados veraneantes se funda en el número de vasos de agua que se echan al
coleto cada día.
Al efecto se
fabrican por allí mismo, primorosos y gruesos vasitos de vidrio para el
bolsillo, esto es, chatos en vez de redondos, y diversificados en sus colores y
labores, que pueden sin embargo reducirse a dos solas grandes clases: fajas
rosadas y azules ciñéndolos alternados y diagonalmente, lo que hace un lindo
dije que incita a beber, aunque le falte el principal aliciente que es el de la
transparencia. [57]
Siendo el pueblo
pequeño, unas 1.500 almas, y mucho más pequeña la colonia veraneante, todos nos
conocíamos de vista, de saludo con varios, y de amistad con algunos. Poquísimas
veces anduve solo, y en mi calidad de extranjero sentí el peso del aislamiento
mucho menos que en cualquiera otra parte.
Entre las figuras
conocidas del paseo de la azotea de que he hablado, ninguna más interesante
para un alumno de Literatura como yo que las del excelentísimo señor don
Antonio Gil y Zárate. Este señor se presentaba siempre seguido de su familia
compuesta de esposa, hija y yerno; todos tenían un aire bourgeois y en Lima,
hubieran pasado por serranos. La fisonomía del señor don Antonio se hacía
notable por su gravedad, gravedad así como de borrego, y por sus ojos azules
revueltos.
El Escorial poseía
un teatro bastante regular al que concurríamos todas las noches. Allí vi
representar «El hombre de mundo», «El tejado de vidrio» y «El Cura de Aldea» al
célebre don Julián Romea, cuya cama en el hotel de Miranda apenas estaba
separada de la mía por un débil tabique de madera, que me defendía muy mal de
sus estrepitosos ronquidos.
El alojamiento y
la comida bastante malos; las dificultades para la locomoción no escasas. Al
venir de Madrid, tuve que tomar asiento con días de anticipación por estar
todos tomados y al querer pasar a La Granja que sólo dista 7 leguas, no hallaba
otro medio que alquilar un mal caballo y resignarme a una jornada de ocho
horas.
Por fortuna en
esos días se preparaban grandes fiestas en ese otro Real Sitio con motivo de la
anunciación oficial de la preñez de la Reina, que extraoficialmente se sabía ya
por supuesto partout. Gracias a tan fausto suceso iban a despachar una diligencia
extraordinaria y de ésta fue la que me propuse aprovechar.
Tuve por compañero
de esta corta excursión a un cura cubano, a quien había conocido al venir de
Madrid. Se llamaba don Juan Font, y era de un carácter dulce y sosegado que
decía muy bien de su sotana. Vivimos juntos en La Granja y hacíamos largos
paseos por las frías y umbrosas alamedas de los espléndidos jardines; salvo
cuando el piadoso compañero se nos escapaba para acudir a la Colegiata a los
sermones del padre Claret. Entonces era reemplazado [58] por otro amigo
improvisado, el señor don Antonio Pader y Terry, caballero andaluz, anciano de
cabellitos blancos y cutis de rosa que llevaba sesenta inviernos sobre un talle
bastante apuesto todavía.
Lo conocí en
Madrid de una manera casual, creo que en el Retiro: y su primera exclamación al
oírme que era limeño fue:
-¿Entonces es
usted paisano de Joaquín Osma?
La persona de Osma
y sus famosas recepciones son muy conocidas de todos en Madrid.
A pesar de la
ninguna formalidad de nuestra presentación, Pader me trataba con la mayor
franqueza y cordialidad, y al separarnos me dio sin más ni más cartas de
recomendación para Andalucía. Así como en el Escorial pasan los veraneantes el
día bajo los muros de su monasterio, en La Granja lo pasan en los jardines y
bebiendo de trecho en trecho las consabidas aguas.
Las fuentes y sus
combinaciones para los juegos de aguas, fueron hechas por el modelo de las de
Versalles: y me tocó ver en los días de mi permanencia, uno de esos espectáculos,
tan entretenidos como el que debía presenciar más tarde en Saint-Cloud.
A mi compañero el
cura no se le caía de la boca este estribillo:
En Segovia
se goza.
Y no hubo más
remedio que darle gusto. Partimos para Segovia que sólo dista dos leguas. Todo
estaba lleno con la afluencia de veraneantes; y después de andar de ceca en
meca y de dar mil vueltas más de dos horas, todo lo que conseguimos fue las
cuatro paredes de un cuarto y... el suelo raso, en el cual dormimos, siendo
éste para nosotros el único se goza en Segovia. Miento: había una especie de
cama, única, que cedí al cura; dos sillas cojas y un hediondo candil. Mi cama
personal fue pues la dura tierra.
Como semejante
cama es muy madrugadora, no esperé a que amaneciera para lanzarme a la calle.
La ciudad es casi una población y tiene bastante movimiento. La gente circula
por bajo los arcos del célebre Acueducto, con la misma indiferencia con que la
nuestra por el puente de Lima; y el caudal de agua que abastece y la ciudad
corría por arriba como si tal cosa. Porque con toda su forma, misteriosa [59]
existencia y soberbio aspecto, los fines primitivos u originarios del Acueducto
no podían ser más prosaicos: dar agua a la ciudad.
Volvimos a La
Granja para seguir yo al Escorial; no habiendo ya diligencia extraordinaria
alquilé un coche para mí solo en el cual partí a las once de la noche con todas
las ínfulas de un gran señor.
Pocos días
después, me hallaba nuevamente en Madrid, y otra vez incomodado por el calor,
salí... para Valencia. El viaje se hacía entonces en veinticuatro horas, parte
en diligencia, parte en ferrocarril, y parando en miserables y no muy aseados
mesones.
Valencia es una
ciudad fea, sus calles parecen corrales; en cambio nada he visto tan agradable
como la campiña que la rodea, denominada La Huerta, y en la cual se embosca el
tren desde mucho antes de llegar a la ciudad. Abundan los naranjos, alfalfares
y maizales, que me hacían recordar al Perú. A media legua está su puerto, El
Grao, y otros dos pueblos más llamados Cabañal y Cañameral, aunque en rigor los
tres pueblos no son sino uno partido por dos acequias.
A estos puntos
concurre mucha gente de Madrid a bañarse. En uno de ellos tenía a sus hijos y
nietos el señor don Carlos Flores, a quien yo estaba recomendado; así es que
todas las tardes el buen señor acompañado de su mujer se iba a pasar la prima
noche en el Cañameral con su familia, tocando antes en la fonda en su carrito
(coche de dos ruedas) para recogerme a mí, fineza que no cesó de repetir una
sola vez.
Un día comí con
ellos en el Cañameral tomando el célebre arroz a la valenciana, que se hizo ex
profeso en honor del huésped limeño. [60]
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Capítulo IV
Instalación en
Madrid.- Los revendedores de boletos.- La guerra de África.- Los literatos.-
Bretón de los Herreros.- Estreno de su comedia «La hipocresía del vicio».-
Ventura de la Vega.- Los veraneantes.- Eduardo y Eusebio Asquerino.- El General
Zavala.- Mi nueva posada.- Doña Jacoba.- Conchita.- Los Cresos.- Disquisiciones
sobre mi patria.- El pueblo español.- Lo que se entiende por Americano.
En los últimos
días del mes de agosto, sea que el calor hubiera amainado, sea que debiera a
mis correrías por provincias la enseñanza de que nada hay mejor que la Capital,
me hallaba en Madrid por tercera vez, definitivamente instalado (hasta donde
puede estarlo un viajero) y muy contento de la simpática ciudad o villa como la
llaman los madrileños, haciendo preciosas distinciones que no conocemos nosotros,
para quienes todo es ciudad o pueblo; no siendo este el único síntoma del
horroroso empobrecimiento del español en Hispanoamérica.
Empecé por
renunciar a la vida de fonda. Hasta allí había parado siempre en la de la
Vizcaína, situada en la puerta del sol, hermosa como edificio, de mucha fama, y
agradable por el buen servicio y exquisita comida. El precio era de dos duros
diarios, y los cuartos, aunque elegantes, en general muy pequeños. En esos días
bajaban a la Mesa redonda dos distinguidos jóvenes bolivianos (apellidados
Gumucio) y como hablaban entre sí aymará, había gran discusión entre los
comensales, inclusive yo, sobre cual era esa lengua, y se convino por
unanimidad en que hablaban en ruso.
Me pasé a una casa
de huéspedes, y nunca hallé menos peros en mi vida doméstica que entonces:
calle de Alcalá, la más ancha, la más alegre, la más céntrica en Madrid, y una
de las que más me agradaban. Las otras calles, con pocas excepciones, son quizá
más [61] angostas que las de Lima, oscuras y aun desaseadas. Allí me instalé,
número 24 (o 25) en un piso principal, por lo que apenas tenía que subir unos
pocos escalones para llegar a mi cuarto. Disponía de una sala elegantemente
amueblada, con balcón, a la calle y una alcoba, en la que podían caber el
gabinete y alcoba que tuve donde la Vizcaína. Sosiego en la casa, comida muy
regular, mucha contracción al huésped y treinta reales diarios o sea duro y
medio. Ya antes había yo merodeado por otras casas de huéspedes en esa misma
calle de Alcalá, y por otras posadas de Madrid, viviendo en la de Embajadores y
yendo a comer en la mesa redonda de la de Peninsulares, en donde el mejor plato
que me sirvieron una tarde fue la repentina y grata presencia de un compatriota
de Lima, el señor don Manuel Lasarte. Estos compatriotas a quienes vemos con
indiferencia en las calles de Lima, los recibimos con los brazos abiertos y mil
aspavientos en el extranjero.
Una de las plagas
de los teatros y corridas de toros de Madrid es una partida de vagos cuyo único
oficio es recoger y monopolizar los boletos (billetes) de entrada que venden a
última hora al precio que quieren; semejantes a nuestros corredores que han
dado en la flor de hacer igual cosa con las Letras de cambio sobre Europa. No
tomándose esos boletos con mucha anticipación, queda uno a merced de los
revendedores. La guerra de África abrasaba los ánimos de toda España en esos
últimos meses del año 59. Como en todas partes, se cuecen habas, los
periódicos, que no se ocupaban sino de ese asunto, al referir los actos
individuales o privados que delataban el heroísmo, abnegación y entusiasmo que
se albergaban en cada pecho, incurrían en las mismas puerilidades y simplezas
que los del Perú y Chile en la última guerra. Si en Chile había un roto que se
suscribía con ¡cinco pesos! una vez por todas para la defensa nacional, y esta
erogación era cacareada por los diarios; si en Lima una hermosa se desprendía
de su máquina de coser o de su luenga cabellera de Berenice para la compra del
futuro blindado, en España, esto es, en los periódicos de España, ya teníamos
al ciego de un pueblo que no probaba bocado en tres días, por ahorrar cuatro
pesos para el ejército expedicionario; ya a un viejo de cien años que dejaba el
lecho donde lo tenía postrado la gota e imploraba llorando (¿a caquinos?)
permiso para ir a batirse a África; ya era un comerciante arruinado [62] por
dar fondos para la guerra; ya las mujeres de tal ciudad que quedaban rogando a
Dios que las volviera hombres para tomar las armas, etc. En todo tiempo y lugar
lo sublime y lo ridículo se tocan.
Poco a poco, iban
volviendo a la Corte los emigrantes veraniegos y yo colocando mis cartas de
recomendación, particularmente las que traía para insignes literatos, que con
gran beneplácito mío llegaban de los primeros.
La primera que
pude entregar en mano propia fue la de Bretón de los Herreros, al cual, lo
mismo que a otros, venía yo recomendado por el célebre literato peruano don
Felipe Pardo y Aliaga. Me dirigí a la Academia Española de que era secretario Bretón,
subí la ancha escalera, y en su primer descanso me hallé una puerta a la
derecha a la cual toqué. En la salita a que entré, que acaso era la secretaría
misma, estaba sentado detrás de un bufete como trabajando, el popular autor de
«Marcela». A un lado y a lo largo de la salita había uno de esos modestos e
incómodos sofás de esterillas, o de rejilla como dicen en España, que parecía
el estrado principal, y desde cuyo inhospitalario asiento sostuve lleno de
emoción mi conversación con el ilustre poeta. Además de la carta, era yo
portador del último número del Espejo de mi tierra, que don Felipe acababa de
publicar en Lima y del que me había encomendado un regular paquete para su
entrega en Europa entre amigos y colegas. La conversación empezó pues por versar
acerca de los versos del «satírico limeño».
-¿No halla usted
la versificación de Pardo un poco dura? -me dijo Bretón, de repente. Yo,
muchacho, inexperto, ignorante, sin más títulos que haber empezado a publicar
unas versadas en «El Comercio» de Lima desde el año anterior, no tenía ni los
conocimientos ni el derecho requeridos para meterme a juzgar a autores que
sobradamente podían ser mis maestros. Balbucié pues, algunas palabras evasivas,
con las mejores formas de transición que pude, y traje la conversación a un
terreno que me interesaba ardientemente: el de saber la opinión viva de un
hombre como mi interlocutor, acerca de esos poetas españoles contemporáneos que
son (o que eran y serán) el delirio de la juventud hispanoamericana. Apenas menté
a Zorrilla le oí decir a Bretón lo siguiente:
-Ese es poeta
hasta por sus coyunturas. [63]
Como le refiriera
después al autor de ¿Quién es ella?, la inmensa popularidad que disfrutaba en
América el aplaudido drama de Florentino Sanz titulado Don Francisco de
Quevedo, le oí con extrañeza pronunciar muy pausadamente estas palabras:
-Soñó el buen
Florentino cuando escribió ese drama. ¡Si allí Quevedo no es más que un
arlequín!
Esta opinión tan
contraria a la mía de entonces, y aún a la de hoy, me dejó pasmado. Para mí el
drama ese era una singularidad, no sólo en el teatro español moderno, sino
también en el antiguo. La sobriedad de su estilo y su versificación,
condensada, compacta, sintética, de más ideas que frases y palabras, como la de
una lengua muerta, antigua y lapidaria, a duras penas pude hallar su símil en
la de las altas comedias de don Juan Ruiz de Alarcón. La versificación del
«Quevedo» siendo sumamente fácil, no es vulgar; y siendo apretada y rica en
rimas, aun en los romances, no es violenta, ni dura, ni afectada.
Sólo mucho tiempo
después de haber rumiado las palabras de Bretón, creí descubrir la clave de
ellas. Este autor se había ensayado también en la pintura de Quevedo, en un
drama o alta comedia que a la vez pertenecía a un género enteramente nuevo para
el salado y fácil autor cómico. Allí Quevedo está pintado con todo el rigor
académico e histórico; puede que el del buen Florentino no sea sino el de la
tradición, y hasta el tipo imaginario de un excéntrico del siglo XIX. Pero el
pueblo, ante todo estético, se sabe de memoria y escoge para sus
representaciones de aficionados el Quevedo y no el ¿Quién es ella?
Todo esto debía
saberlo Bretón; y herido en su doble pretensión de monografista concienzudo de
Quevedo y de autor por excepción de una alta comedia, resollaba tal vez por la
herida. En nada son más susceptibles los literatos que en lo que constituye su
fuerza ordinaria. Quizá Bretón habría sido más benévolo si el buen Florentino
en vez de terciar con un Quevedo, hubiera terciado sólo con una Marcela.
La Avellaneda,
cuyo último drama, Baltasar, se representaba con gran éxito en esas noches por
don José Valero en el teatro del Circo, era una mujer que había nacido para la
epopeya, según Bretón.
-Su último drama,
el Baltasar -me dijo-, es casi una epopeya. [64]
Pocos días
después, me pagó la visita el príncipe de la moderna comedia española de
costumbres, presentándose en mi casa en un elegante tilbury y con su groom a la
zaga; sin que de aquí deba deducirse que me las había con un dandy: todo lo
contrario; el aspecto de Bretón era pesado, casi austero; gorda su cabeza,
gorda su cara y gorda su nariz. Su color tiraba a rubicundo y su cabello gris
estaba cortado tan cortito como lo que en Francia se llama a la malcontent.
Algunas noches más
tarde asistí en el teatro del Príncipe al estreno de una nueva comedia del
fecundo autor de quien vengo hablando, se titulaba: La hipocresía del vicio. No
tardé en entrar en conversación con mi compañero de butaca.
-¿Y qué le parece
a usted? -me interpeló.
-Muy chistosa.
Lástima que tenga el lado flaco de todas las comedias de Bretón.
-¿Y cuál es ése?
-Que desde el
primer acto ya se adivina el desenlace.
-Pues si ya sabe
el desenlace, podía irse a su casa, me replicó el español con una de esas
francas salidas tan comunes en Madrid, que muchas veces no son sino
idiomáticas, y que dejan estupefacto al tímido y encogido habitante de estas
regiones, que cree insultar a un negro, si no lo llama un moreno, y a un
blanco, si al devolverle su despedida le dice Vaya usted con Dios, fórmula corriente
en España.
Apenas concluyó el
primer acto el público frenético comenzó a pedir ¡el Autor! Un actor se
presentó y anunció cortésmente que el autor no estaba en el teatro.
-¡Pues que lo
vayan a traer!
Pedido nuevamente
al concluir la función, el glorioso autor compareció entre el primer actor don
Manuel Catalina y la primera actriz señora La Madrid, que lo traían de la mano.
Y debo decir para su altísimo honor, que ese autor que subía a la escena a
recoger su cuadragésimo laurel quizá, estaba confuso, turbado, rojo como una
remolacha; y, por fin, aturdido con los aplausos, soltaba a la actriz y se
echaba en brazos de Catalina.
Mientras tanto,
autorzuelos noveles, llamados indebidamente por la claque, salen a la escena
hechos unos micos haciendo lujo de descaro, [65] y de la soltura y de las
monadas que han estado ensayando todo el día en un espejo de cuerpo entero.
Mi acceso al
excelentísimo señor don Ventura de la Vega fue un poco más difícil: repetidas
veces toqué infructuosamente a la puerta de la casa de la calle del Prado, n.º
4, piso segundo. La casa era de las antiguas de Madrid; de esas casas hondas,
lóbregas, deterioradas, de escaleras y descansos de ladrillos, que predisponen
en su contra. La puerta del cuarto (en Madrid llaman así lo que nosotros
departamento) era modesta y casi pobre. El criado pretendía hacerme creer que
el señor era de los veraneantes también, y que por tanto debía estar fuera de
Madrid.
Parece que en esa
Corte como en Santiago de Chile, hay la debilidad de aparentar que se ha salido
al campo como los demás, cuando en realidad no se ha podido o querido hacerlo.
Es como veranear
oficialmente, y achicharrarse incógnito dentro de los muros de su casa.
Conocida es en
Santiago la historia de las pajitas, con que esas pobres familias riegan los
corredores y patios interiores de sus casas para acreditar una reciente salida
al campo. Esas pajitas deben ser los restos del fementido embalaje.
Aunque el criado
me insinuaba que dejara la carta, yo tenía demasiado interés en conocer al
señor don Ventura para soltarla.
Así se lo escribí
al fin, expresándole que me resignaba «a no tener la ventura de conocer al
señor don Ventura».
Inmediatamente se
presentó en mi casa llamándome paisano, con su voz aflautada y un tanto hueca,
y deshaciéndose en excusas. Era un hombre de pequeña, delgada y trigueña
figura, expresión de semblante y tono de voz de hombre extenuado. Lucía
cabellos por la parte baja de la cabeza, y la tapa de los sesos monda y lironda
y abovedada. Un año más tarde iba a visitar a este mismo distinguido hombre de
mundo en un hotel en París. Una voz que salía de un cuartito me invitaba a que
entrase. Una vez dentro, la misma voz me decía: «siéntese usted, paisano», sin
que el hombre que la emitía apareciera por ninguna parte; hasta que descubrí al
señor don Ventura en cuatro pies debajo de su cama a la recherche de un zapato.
Los hombres de
genio, aun siendo exquisita y casi exclusivamente cortesanos y hombres de mundo
como Ventura de la Vega, conservaban [66] siempre los rasgos de simplicidad de
la familia, que despliegan en el momento menos pensado.
El día de nuestra
primera entrevista en Madrid, pasadas las generalidades de costumbre, llegamos
a la cuestión instalación. Vega me propuso que me mudara a otra casa de
huéspedes que había en el mismo piso que la suya, y conviniéndome, después de
haberla visto, verifiquélo así.
También estuve a
visitar a otro literato de alguna nombradía, don Eduardo Asquerino, en la redacción
de su periódico La América. Me hizo mucha atención y me ofreció visitarme, como
también darme cartas de recomendación para los puntos que iba a recorrer.
Asquerino había
estado poco tiempo antes de Encargado de Negocios de España en Chile. A su
regreso a la Península, deseoso de halagar a los escritores Mapochos en la
persona de su más conspicuo, se trajo el manuscrito de las poesías de Guillermo
Matta, que se imprimieron en Madrid, mediante Asquerino. La edición salió tan
plagada de insanables erratas, que el servicio fue dudoso.
Pocas semanas más
tarde veía discurrir por el comedor del hotel de Madrid en Sevilla, a un
verdadero chisgarabís, hablando y discurriendo como un insano acerca de la
guerra de África que era su tema favorito. Preguntando a mi compañero de mesa y
reciente amigo, don Manuel Cebollino y Aguilar, que en ese momento me hablaba
con entusiasmo del poeta cubano Plácido, quien era ese desgraciado, resultó ser
el otro Asquerino, el poeta don Eusebio que acababa de perder la cabeza en esos
días.
Otra de las cartas
de recomendación que pude entregar personalmente en Madrid, fue la dirigida al
limeño General don Juan Zavala. Aunque las glorias, la posición política y
social y la condición misma de este bizarro militar eran españolas, no parecía
del todo insensible a los sentimientos de paisanaje con los limeños. Me habló
de varios de los maestros que habían pasado por ahí, y con singular distinción
del poeta don Manuel Nicolás Corpancho, que cuatro años después debía perecer
trágicamente en el golfo de México. En cuanto a mí, desde el primer día me
trató Zavala con cariñosa franqueza y desembarazo, como si siempre me hubiera
conocido, convidándome a comer cuantas veces quisiera una vez por todas.
Preguntándole si tenía amistad con mi vecino Ventura de la Vega, me contestó:
[67] «¡Es tan hurón!» Hurón por huraño que se usa mucho en Madrid.
Mi nueva posada de
la calle del Prado se hallaba en el descanso del segundo piso, frente por
frente su puerta de la de Ventura de la Vega. El cuarto (departamento) de éste
no pasaba de modesto. En la sala o recibimiento como allá se dice con mucha
oportunidad, la pieza de más lujo era una gran pantera disecada puesta en el
centro de la sala, en el suelo.
Mi patrona tenía
el timbre de ser gallega y respondía al austero nombre de doña Jacoba. Con tres
huéspedes estaba la casa llena, y éramos un don Federico de quien siempre le
oía hablar, yo y una vaporosa niña de Granada llamada Conchita, la cual, cada
vez que pasaba como una hada por la puerta de mi cuarto, ante la que corría un
pasadizo, haciendo crujir las veinte faldas y pliegues de su vestido blanco, y
temblar mi corazón de veinte años, volvía su cabeza de querubín y me anonadaba
con uno de esos exquisitos saludos-muecas, que alternativamente atraen y ponen
a raya. Jamás pude saber qué hacía allí, ni a quién esperaba. La vieja
Celestina, tan garrula en todo lo demás, se volvía reservada y casi disgustada
apenas le tocaba la cuestión Conchita. Doña Jacoba parecía una de esas
respetables matronas bajo cuya custodia se pone a una niña que acaba de pasar
por un rapto voluntario.
Mi cuarto,
esterado y no alfombrado, con sus muebles enfundados de blanco, y su balconcito
de desgastados fierros a la calle del costado, no pasaba de sencillo. El
siguiente o alcoba, guardaba proporción y poseía otro balconcito. El almuerzo y
comida se me traían a mi sala, en una mesita especial, por la moza de la casa.
La comida en estos
alojamientos no pasaba de regular, y las patronas andaban siempre de riña
conmigo porque «no comía», y agregaban. «Será porque no le gusta la comida:
habrá usted sido señorito mimado».
Doña Jacoba, como
todas las patronas de casas de huéspedes, era una crónica viva y muy
conversadora. A cada momento venía a mi cuarto y comenzaba a contarme la vida y
milagros de sus huéspedes pasados y presentes.
Estas casas son
mejores que las fondas para una residencia larga, porque se vive en familia, y
por el halago particular que se recibe de las patronas. [68]
La última mía
hablaba el español como cualquier gallego, e iba de asombro en asombro al ver
que me entendía, y que yo parecía expresarme en el idioma general de España. Recordándome
incesantemente a una huéspeda americana de Cuba que había tenido, me decía:
«Pues a doña Celesta ya le entendía yo todo; ya hablaba el castellano».
Un día me referí a
la pantalla de mi vela.
-¿Cúmu -me
interrumpió-, también allá se llama pantalla?
Otro día le pedí
un médico:
-¿Mídicu? -me
dijo.
-Sí, médico.
-¿El que toma el
pulso?
-Ese mismo.
-¿También en su
tierra lo llaman mídicu?
-Salvo las íes y
las úes, ¿pues no? -le repliqué.
La vieja salió
haciéndose cruces y asombrada de que hubiera en la América española, gente que
hablase la española lengua.
En España,
americano es simplemente sinónimo de Creso, y antes que simpatía, inspiramos
curiosidad: la misma que sentiríamos nosotros al hallarnos de improviso frente
a un antiguo retrato nuestro, hecho treinta o cuarenta años antes. Parece que
los peninsulares fueran reconociendo poco a poco en nuestra fisonomía moral,
borrados, confusos y extraños, los rasgos de la suya propia. De aquí el interés
tierno. ¿Qué género de emociones no experimentaríamos nosotros mismos, o
cualesquiera otros, si algún mago nos pusiera por delante, viva y parlante,
nuestra futura generación, la que vendrá dentro de trescientos años?
Una noche viajaba
en uno de esos carros de camino que ni son diligencias ni son coches, tocándome
entre mis compañeros dos labradores de Toledo, marido y mujer. Las clases
populares son muy simpáticas en España, y no tardé en trabar relación con
ellos, que me miraban con el mayor interés, particularmente la mujer.
-¡Tan jovencito y
tan solo! ¡Ni siquiera un criado! -gritaba la pobre mujer desolada. Más tarde
al saber que el solitario y precoz viajero era del Perú, el toledano matrimonio
lanzó a dúo esta exclamación:
-¡Pues entonces
usted será muy rico! [69]
Nada más chistoso
que las disquisiciones sobre mi probable patria, que se armaba entre cierta
clase de gente cuando me hallaba entre ella, en las casas de huéspedes,
paradores de los caminos y en las diligencias, cuyo mayoral es un excelente pie
de conversación para el ocupante de la berlina.
Uno juraba y
apostaba su cabeza a que yo no era de allí, hasta que otro que prácticamente
conocía a la especie, decía doctoralmente: Usted es Americano.
-¿Pero de adónde será?
porque habla el castellano mejor que muchos españoles -observaba otro.
No faltaba quien
se empeñara en hacerme andaluz.
La clase popular
de España, aunque tosca y grosera a más no poder, es mejor que la de muchas
otras partes: muy honrada, muy servicial y muy delicada; muy espontánea y muy
original en sus chistes.
Los puntos de
semejanza entre España y nuestros pueblos son tantos, que sólo de tarde en
tarde y como saliendo de un sueño, me acordaba de que estaba en Europa.
No cerraré este
capítulo sin consignar la interpretación tan privativa que se da en el Viejo
Mundo a la palabra Americano: para los franceses quiere decir brasileño o
mexicano; para los españoles, de Cuba o Puerto Rico, y para el resto de los
europeos, yankée. Así es cómo mis futuros compañeros de viaje, italianos,
alemanes, griegos, rusos, turcos, franceses, debían más tarde felicitarme por
el ningún acento inglés con que hablaba yo las lenguas extranjeras, cuando les
decía que era yo americano.


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