Memorias de un viajero peruano :
apuntes y recuerdos de Europa y Oriente (1859-1863) / Pedro Paz Soldán y
Unanue; recopilación y estudio preliminar por Estuardo Núñez
[143]
Capítulo XIII
Mantua.- La
Tipografía Virgiliana.- El busto de Virgilio.- La Piazza Virgiliana.- La
Cervecería Virgiliana.- El Teatro Virgiliano.- Ningún Virgilio Impreso en
Mantua.- El Palazzo del Té.
Un ómnibus nos
condujo de la estación a la ciudad tardando una hora. La historia de mi
pasaporte en Mantua fue con corta diferencia la misma que en Verona.
El aficionado a
Virgilio busca en vano al llegar a su patria algún recuerdo que llevar consigo.
Ni en las librerías ni en la Biblioteca hallé un mal ejemplar de Virgilio
publicado en Mantua, no obstante existir en ella una Imprenta que se llama
Tipografía Virgiliana, (que según me dijeron no funcionaba entonces) y
publicados en la cual me enseñaron un Petrarca y un Tasso.
«En casa del
herrero, asador de palo»; ya lo sabía yo por el chasco bibliográfico de
Leipzig, y no debía extrañarse mucho el desengaño Virgiliano que me esperaba en
las orillas del Mincio, en las que sin embargo todo es pomposamente (y formando
más o menos contraste) Virgiliano, como lo habrá notado el lector por el
sumario de este capítulo.
«Vergogna é, me
decía un librero; vergüenza es, pero no existe ningún Virgilio publicado en
Mantua». Aunque al decir de sus cofrades, tal cosa habíase hecho, más no
existía ya ningún ejemplar de la agotada edición mantuana.
El Bibliotecario,
no solo me dijo que no poseía la Biblioteca lo que yo buscaba, sino que aun
manifestó ignorar la existencia de la supuesta edición.
Adyacente a la
Biblioteca se me mostró una galería de antigüedades romanas y griegas, que me
pareció de gran valor, particularmente por sus bajos relieves. [144]
El busto de
Virgilio figuraba en primera línea, viéndose también otro de Eurípides, uno de
los más auténticos que existen, y un Amor dormido entre dos serpientes,
preciosa obra de mármol que se atribuye a Miguel Ángel.
Visité la grande y
solitaria plaza que sirve de paseo y que lleva el nombre de «Piazza
Virgiliana», laguna un tiempo, una de las muchas lagunas que rodean a Mantua y
que tal vez la hagan insalubre, y desecada hoy y convertida en plaza pública,
ni más ni menos como la del Esbekié en el Cairo.
No escasean en
ella los recuerdos de Virgilio, como que en Mantua parece natural que hasta se
jure por él: vese en busto, y una Birraria (Cervecería) Virgiliana, con la cual
empiezan los contrastes y anacronismos, como que no puede haber relación
ninguna entre la moderna bebida de los sajones y el cantor de la ambrosía y
néctar de los dioses olímpicos.
La fachada de la
Birraria, aunque sencilla, es tan artística y bonita, que nadie creería que
cobija una cervecería.
Entré en ella,
bebí un Virgilio de cebada fermentada, muy distinto del que nos hacía beber Mr.
Patin en los bancos de la Sorbona, y me puse a conversar desembarazadamente en
mi mal italiano con el criado de la casa y tres o cuatro aldeanos que estaban
allí inspirándose en Virgilio, jarro en mano, a guisa de parroquianos.
Ellos y el criado
me sostuvieron (como los de igual clase en Venecia) que hablaba yo muy bien el
italiano, error que proviene de que careciendo de instrucción esta pobre gente,
no sabe que existe una lengua afine de la suya, al hablar yo la cual, les
parecería probablemente que mi español era una especie de italiano mal
pronunciado.
«El Teatro
Virgiliano», huésped de la misma plaza y llamado «Arena», según entendí, fue
construido por los años de 1823 y está destinado a representaciones diurnas.
¡Cuánto recuerdo Virgiliano, y ningún Virgilio impreso en Mantua!
Pasando la «Porta
Pratella» me hallé en los extramuros de la ciudad; y después de haber vagado
larguísimo trecho por las riberas del Mincio, entre arboledas incultas, y
repitiéndome aquellos versos del hijo de sus márgenes,
Propter aquam, tardis ingens ubi fiexibus
errat [145]
Mincius, et tenera praetexit arundine ripas.
llegué a la Porta Pusterla, a cuyo lado se eleva el Palazzo
del Té o más bien de la T, pues parece que el nombre le viene de la forma de T
mayúscula en que se dispusieron sus primeras avenidas.
La mitad del
palacio estaba convertido en cuartel; en la otra mitad verá el viajero
conducido por la «guardiana» del edificio, muchos cuartos con frescos de «Julio
Romano», célebre pintor y arquitecto del siglo XVI que residió largo tiempo en
Mantua embelleciéndola con su doble arte.
Pintor enteramente
pagano, aunque discípulo del místico y vaporoso Rafael, que fue una especie de
Lamartine del pincel, pues como el poeta francés, parece que sólo se hubiera
alimentado de rosas y que nunca le hubieran herido las espinas de la tierra;
poeta enteramente pagano, Julio Romano, se ha complacido en bosquejar más o
menos escandalosamente y con un desenfreno luxurious, como dicen los ingleses,
las grandes y pequeñas escenas de la mitología.
El fresco de la
toma del Olimpo por los gigantes, es el más ponderado y el más gigantesco de
todos sus frescos.
Me hallaba
hospedado en el hotel de la «Croce Verde e Fenice», y muy regaladamente, y
lleno de asombro, porque no comprendía como en una secundaria población de
Italia (34.000 habitantes, de los que 3.000 son judíos) se podía estar tan
bien, tan envidiablemente alojado, con un aseo, limpieza, frescura y hermosura
más propios del septentrión que del mediodía.
Era tranquilo
además el hotel, y el servicio muy decente y atento, y su confortable doméstico
era verdaderamente doméstico y no hotelero, que un hotel es todo, menos una
casa, en el sentido interno o de home que solemos dar a esta palabra.
Mi júbilo era
grande al pasearme por un cuarto espacioso, elevado, lleno de comodidades, bien
alfombrado, bien amoblado, con un par de magníficas ventanas a la calle, y todo
esto por menos de dos francos cada día.
Sólo por estar tan
bien alojado podría emprenderse el viaje a Mantua, y prolongarse la estada en
ella.
Pero ¡ay! el
viajar es también una tarea, un compromiso, y era necesario seguir adelante sin
apoltronarse más tiempo es tan dulce molicie. Seguí pues mi viaje; dejé Mantua
en la madrugada del 30 [146] de octubre de 1861, habiendo llegado a ella el 28
por la noche; y volviendo nuevamente a Verona a tomar el tren de Milán, llegué
a ésta última ciudad a las cinco de la tarde; el tren partió de Verona a las
diez y media de la mañana, y en Peschiera fueron registrados nuestros
equipajes.
[147]
Capítulo XIV
Milán.- El señor
Ercole Lualdi.- La Cartuja de Gagarignano.- El palazzo Simonetta.- La momia de
San Carlos Borromeo.- El San Bartolomé de Agrates.- La catedral. Los relojes
públicos. La Biblioteca Ambrosiana.- Los ósculos de despedida.- El Campo de
Marengo.
No ejerció Milán
en mi ánimo la influencia que otras ciudades de Italia, acaso por ser la
capital de la Lombardía la menos italiana de las ciudades de la península.
No fui cautivado
en ella como en Venecia, como más tarde en Florencia, en Roma, como en Nápoles
sobre todo, la ciudad más grata para mí de toda Europa; y a no ser por esos
agasajos insólitos y sabrosa cordialidad de la familia del señor Ercole Lualdi,
a quien vine recomendado por el Banquero de Viena don José Bassi, tío de la
casa, no habría permanecido en Milán arriba de dos días tal vez.
Un cariño como el
que allí se me tributaba es tan raro para un viajero peruano en Europa, que si
en Mantua habría prolongado mi permanencia sin más que por disfrutar del buen
alojamiento, en Milán habría hecho otro tanto sólo por gozar de ese abrigo del
alma que se llama el cariño, y que tan benéfico es para el alma aterrada de un
pobre viajero solitario y adolescente,
Cuando se cruzan los años
de la juventud ardiente,
en que el alma virgen siente
de amor una intensa sed.
Cuatro años estuve
en Europa, y en ellos viajé mucho; pues bien: sólo dos ciudades, una en España
y otra en Italia, me brindaros esas inefables dulzuras que el más rudo europeo
encuentra en [148] nuestros mejores salones desde el día siguiente de su llegada;
esas ciudades fueron Granada en España y Milán en Italia.
En la primera iba
recomendado a la numerosa y noble familia de don Antonio Fernández Prada, de
Lima. Cuando me dirigí a dejar la carta de recomendación a la casa número doce
de la calle de Mano de hierro, estaba muy lejos de sospechar que sólo allí no
hallaría corazones de hierro.
No menos agasajos
recibí en Milán de la familia Lualdi; eso que aquí la carta comendaticia era
simple recomendación de banquero o comerciante, y no había para qué traducirla
con tantos extremos; mayormente cuando el banquero de Viena no me conocía por
más que por otra carta de comerciante también, que yo le había llevado de
Hamburgo.
Tampoco se hallaba
en Milán el señor Ercole Lualdi al presentarme yo en su casa, calle de Santa
María dei Fiori; y la señora su madre ordenó inmediatamente que se le diera
aviso, y llegó al otro día.
A pesar de estos
insólitos atractivos no creía hallar en la más de la población milanesa la
vivacidad, la gracia que tan simpáticos hace a los venecianos por ejemplo, y no
me sentía tan cautivado como en Venecia y como más tarde en Nápoles. Nápoles
que al par de Londres, consideré siempre como mis Amores de Europa,
inspirándome ambas ciudades una intensa pasión y un inagotable deseo devolver
siempre a ellas; a la primera con su deslumbrante, vívida, naturaleza, sus
antigüedades y ruinas vivientes, parlantes, y no como quiera parlantes de la
glacial vida pública o política de los antiguos, sino de la vida íntima de la
alcoba, del tocador, del baño; con las costumbres finalmente, con las
genialidades y caprichos simpáticos de su pueblo.
Golfo escondido entre la sombra verde
donde se apagan sin rumor las olas,
serenísima rada, azul bahía
que vi de la borrasca en la inclemencia;
pausílipe feliz de mi existencia
en cuyo seno ignoto
cesara un punto la tristeza mía. [149]
La segunda ciudad
o sea Londres, constituyó mis Amores de Europa, por su clima brumoso, su
admirable campiña, sus monumentos que parecen revelar al hombre en el apogeo de
la perfección por su «British Museum» que, con su Museo y su Biblioteca,
produce una intensa embriaguez en el ánimo del estudiante; por la trasparente
hermosura de sus hijas ¿Qué soy yo?
Londres, Londres, con tu cielo
a medias pardo y rojizo,
y con de tus hijas mágicas
de puro, angélico tipo,
con tus museos y tu noble aspecto,
Londres, me inspiras un extraño afecto.
Mas suspendamos ya
esta larga disgresión, no prometida en el sumario, y volvamos al señor Lualdi.
Con su compañía y
la de su familia, visitamos algunas de las interesantes cercanías de Milán como
la «Cartuja de Garignano», fundada en 1349 por Juan Visconti, arzobispo de
Milán, y distante unas dos millas de la ciudad.
Contiene numerosos
frescos que representan la vida de San Bruno, siendo el más célebre de
aquellos, el del muerto, que conducida a la última morada por un cortejo de
sacerdotes y populacho, cirios en mano, incorpórase súbito en el féretro y
alargando la descarnada mano, y dejando ver el hundido vientre, el magro
cuello, las huesosas mandíbulas, la boca y los ojos, en fin, ya con la horrible
expresión de una calavera, suelta lentamente estas tres graves sentencias que
se leen escritas al pie: «Justo Dei Judicio acusatus sum», «Justo Dei Judicio
judicatus sum», - «Justo Dei Judicio condamnatus sum», después de las cuales,
vuelve a desplomarse el cadáver y a enmudecer in aeternum.
El Año Cristiano
en la vida de San Bruno cuenta que el milagro duró tres días, en cada uno de
los cuales iba dando el difunto la respectiva contestación al entonarle el
Responde Mihi, lo que obligaba al enterrado concurso a suspender el entierro
hasta el otro día. Parece que el tal doctor había sido un belitre de marca
mayor, y a quien sin embargo se honraba muerto como a otros muchos. De este
milagro data la conversión de San Bruno. [150]
Dicen los
escritores europeos que al ver este cuadro Lord Byron, se conmovió hasta horripilarse.
¡Ay! lo que a ellos les parece una gracia, en Lima habría sido calificado de
candidez rematada.
El viajero que
acompañaba a Lord Byron y que refiere el suceso, agrega: «por respeto al genio
volvimos a montar a caballo silenciosamente, y fuimos a esperarle a una milla
de la cartuja».
¡Respeto al genio!
¡Y en Lima que no respetamos sino al que manda con la fuerza pública!
No distante de la
Cartuja vimos el Palazzo Simonetta, perteneciente entonces a un señor
Osculatti, pariente del viajero al Amazonas, cuya relación publicada en
italiano y con varias láminas iluminadas, compré en esos días en una de las
librerías de Milán.
Mr. Ferdinand
Denis de quien hemos hablado en la página anterior considera al viajero
Osculatti como uno de los «verdaderos Robinsones» en su obra titulada Les Vrais
Robinsons.
El «Palazzo
Simonetta» no se diferencia mucho de cualquier casa de chacra de Lima, y hasta
parece un gran palomar.
Salvo alguno que
otro fresco, casi borrado, este palacio convertido hoy en granja miserable no
da ningún indicio de haber sido gran cosa; ni por mérito alguno, a no ser un
eco particular que es lo que atrae visitantes. Dicho eco se prolonga largo tiempo,
unos seis segundos cuando se hace cualquier ruido desde la ventana de uno de
los salones, durando hasta doce segundos cuando se le despierta con un
escopetazo.
El guía se
contenta con dar un gran grito, sacando medio cuerpo fuera de la ventana, y con
sonar una bocina.
Tan luego como
cesa, óyese un eco que se debilita, tan precipitada y atropelladamente, que
parece los ladridos de una jauría de perros lanzada a escape en un bosque y en
la que cada perro llevara una ansia vehemente de pasar al delantero.
Sobrevino en esos
días la fiesta de San Carlos Borromeo, con cuyo motivo la momia del santo
estuvo expuesta al público en la capilla especial que tiene en la Catedral. Mis
lectores saben de sobra que la Catedral de Milán pasa por la Octava maravilla;
que desde fines del siglo XIV se «está construyendo», que es la iglesia mayor
de Europa después de San Pedro y de la de Sevilla, etc. [151]
El santo reposa en
una gran caja de plata revestido de su traje episcopal, incluso la mitra, que
medio ladeada sobre la monda y denegrida calavera produce el efecto de una
irrisión. San Carlos, miembro de la ilustre familia italiana de los Borromeo,
nació a mediados del siglo XVI en Arona, pequeña población deliciosamente
situada en la orilla misma del Lago Mayor, en la que el santo tiene una célebre
estatua de bronce hueca (o más bien torre o mirador) erigida en una eminencia.
Otra de las
curiosidades de la Catedral de Milán es una estatua de San Bartolomé
figurándolo desollado. Por detrás de la espalda le cae, formando pliegues como
una sábana o manta, su propia piel, produciendo eso y lo demás una espeluznante
impresión por su repugnante verdad, que le hace volver a uno la vista para
indagar si no se halla en un museo Anatómico, que debería ser el verdadero
lugar de la tal estatua.
El que la hizo, el
modesto Marcos Agrates, quedó tan pasmado de su obra, que temió muy seriamente
que la posteridad se le atribuyera al célebre escultor griego Praxíteles; y
para evitar error tan probable, se apresuró a trazar al pie esta modestísima
inscripción:
NON ME PRAXITELES, SED MARCOS AGRATES FINXIT.
«No vayan a creer
ustedes que me ha hecho Praxíteles; no hay tal cosa: Fue Marcos Agrates».
He aquí otro que
en Lima tendría bien sentada su fatua de cándido. Un viajero francés,
defendiendo a Praxíteles dice, que «los griegos jamás representaron tan
repugnantes verdades y que aun el Marsyas desollado por Apolo, no ha sido
representado por los escultores antiguos sino como un individuo suspenso de un
árbol por las manos». La observación no puede ser más oportuna ni más exacta,
ni de mejor gusto. El San Bartolomé de Agrates pertenece a la escuela literaria
de «la dama de las Camelias» y otros dramones franceses de la escuela
enfermiza, que convierten al teatro en un hospital o anfiteatro de anatomía; en
los que se nos dan lecciones de clínica, y en los que con singular importancia
se hace una apoteosis de la más repugnante de las enfermedades y del más
lamentable de los vicios, del esputo y de su femenino. [152]
Para hacer yo
ahora la apoteosis de la catedral de Milán que por cierto no lo necesita ya, me
valdré de la peregrina frase de un escritor francés, el cual dijo que la
catedral de Milán parecía «Un Montagne de marbre taillée á jour»...: «Una
montaña de mármol calada».
En cuanto al gran
teatro de la Escala,
Su descripción aquí ya no me cabe,
y aténgase el lector a lo que sabe.
Hacía muchos días
que mi reloj andaba muy mal, en mi cuarto del hotel de La Gran Bretaña no le
había, que esto de hallar siempre un lindo relojito de mesa sobre el mármol de
la chimenea, es cosa que sólo en los cuartos de París se ve.
No tuve pues más
remedio en mi primera noche milanesa, que parar el oído hasta que diera la hora
en el más próximo reloj público de la vecindad, el cual sonó al fin; pero
¡válgame Dios! de qué modo tan insólito, porque aun cuando parecía dar sus
horas cada cuarto de hora, ni en esa noche ni en las siguientes le oí dar más
de seis campanadas, que parecía el máximum de las suyas. ¿Qué diablos será
esto, Juan? me preguntaba. ¡Ea! (proseguía) tú que a fuerza de ver piezas
incoherentes en tanto museo te has acostumbrado al trabajo de reconstrucciones
mentales, ármame y combíname una teoría acerca de esto, y no tardé en dar con
la clave.
-Probablemente -me
dije-, mal se divide el día en cuatro porciones iguales; y siendo las siete de
la mañana, por ejemplo, la primera hora de la primera porción, la anuncia con
una campanada; las ocho con dos, las nueve con tres, y así hasta llegar a las
doce inclusive, en que comienza de nuevo. La campanita triple que suena de
cuarto en cuarto de hora, marca los cuartos y medias horas.
Este modo de dar
las horas me recordó aquel otro que de escribir los meses tienen algunos 7bre.,
8bre., 9bre., etc., por setiembre, octubre y noviembre.
A bordo suelen
picar las horas del mismo modo.
La Biblioteca
Ambrosiana fundada por Federico Conde de Borromeo a principios del siglo XVII y
bautizada con el nombre de Ambrosiana en honor de San Ambrosio Arzobispo de
Milán, contiene [153] esculturas, piedras preciosas, y finalmente libros y
valiosos manuscritos, y palimpsestos. Los palimpsestos son manuscritos de la
Edad Media u otras épocas más o menos modernas, que, raspados han descubierto
una escritura anterior, antiquísima muchas veces, de autores clásicos más o
menos célebres.
De palimpsestos se
ha sacado las cartas de Marco Aurelio y Frontón, algunas oraciones de Cicerón y
otras muchas obras apreciadísimas, habiéndose hecho un nombre glorioso y casi
único en la investigación de los palimpsestos el célebre Angelo Mai.
Ya comprenderán
mis lectores que la escasez de la tela para escribir en tiempos en que aún no
existía el papel, fue la que dio origen al palimpsesto, en el cual se borraba
un escrito sublime tal vez, de la antigüedad, para suplantarlo con la crónica
indigesta de algún pedante, pero que tenía el mérito ¡el gran mérito! de ser de
actualidad.
La Ambrosiana
contiene como sesenta mil volúmenes, y unos diez mil manuscritos entre los
cuales se encuentran las cartas de Lucrecia Borgia a su amante Miser Pietro
Bembo, y el rubio rizo de sus cabellos con que acompañó alguna de ellas.
Casi todas las
cartas empiezan con: «Miser Pietro Mío», y algunas están en castellano como se
ve por la siguiente que trascribo Ad Pedem litterae.
«Con la seguridad
que de vuestra virtud estos días pasados he conocido pensando en alguna
invención para medallas: y deliberando de hacer al presente una según el
parecer que me dio tan agudo y tanto al propósito mi parecido punto con esta
enbiargela, y porque otra mistura en ella no vaya que de su merecer abaxarla
pudiese acordado con la presente rogarle la letra que en ella ha de yr quiera
por mi amor tomar fatiga de pensar: porque de lo uno y de lo otro quedase tan
obligada como vos merecéys y la obra deve ser estimada respuesta de la qual con
mucha voluntad espero
A lo que ordenaréys presta
Lucretia de
Borgia».
Por el revés, de puño y letra de Lucrecia
se lee: «Al vyrtuoso y nostro Carmo, Micer Pedro Bembo»; y al pie, de la letra
de Bembo, [154] se abren comillas, «VIII Jun. MDII Ex
ferraria missae at me in Stroti a Nuia».
Al final se encuentra estos versos en castellano de Lucrecia
a su amante o según otros de él a ella:
«Yo pienso si me muriese
y con mis males finase
desear
tan grande amor feneciese
que todo el mundo quedase
sin amar
mas esto considerando
mi tardo morir es luego
tanto bueno
que debo razón usando
gloria sentir en el fuego
donde peno».
«Tan fino es mi parecer
y tan muerto mi esperar,
que ni lo uno puede prender
ni lo otro quiere dejar».
Entre las
esculturas de la Ambrosiana figura un busto de mármol de Byron cuando era
adolescente, obra de Thordwaldsen, celebérrimo escultor de Copenhague.
Thordwaldsen obsequió el busto al famoso zapatero de Milán, Ronchetti, en pago
de cuentas atrasadas; y de él pasó a su hijo, maestro de música, quien lo
obsequió a la Ambrosiana.
El 7 de noviembre
después de haber pasado el día de Todos Santos muy aburrido con el clamoreo e
incesantes lamentaciones de las campanas, salí de Milán para Génova, más que
por otra cosa, por librarme de los excesivos agasajos que me abrumaban de tal
modo que si hasta entonces había andado reacio para entregar mis cartas de
recomendación por no tener fe en ellas, ahora me proponía seguir haciendo lo
propio por el opuesto temor de que me sirvieran demasiado. [155]
Después de
regalarme algunas baratijas, entre ellas una fina cigarrera o petaca de paja,
el amigo Ercole me acompañó hasta la estación, en donde me dio un fuerte abrazo
y un par de ósculos, uno en cada mejilla.
Esto de besarse
los hombres se suele ver en Europa.
Partimos a las
tres y media de la tarde, detuvímonos en Novara, en donde nos esperaba una
buena comida, pasamos por Alejandría, divisamos no distante y a nuestra
izquierda el glorioso campo de Marengo, y a las nueve y media de la noche me
hallaba instalado en el hotel de «La Croce de Malta», situado en el Muelle como
casi todos los buenos hoteles de Génova.
[156]
Capítulo XV
Génova.- Una representación
dramática.- Teatros.- La Biblioteca y la Academia.- Lord Byron.- La villa
Palavicino.- Una composición exhumada.- Liorna.- La calle de Vittorio
Emmanuele.- El Parterre.- Limpieza de la población.
«Los Genoveses no dan,
ni dieron en tiempo alguno
pero uno de ellos, Colón
dio por todos dando un mundo».
Así trata don
Tomás de Iriarte a la ciudad en que me encontraba; y peor que él, y sin duda
más conocedor de la localidad, la trata el proverbio italiano cuando negándole
toda clase de dones dice desesperadamente: «Mare senza pesci, monti senza
legno, uomini senza fide, donne senza vergogna».
El tratamiento no
puede ser más duro. En cuanto a la mezquindad que le atribuye Iriarte, se
manifiesta hoy claramente con aquel «que dio por todos los genoveses, dando un
mundo», pues solo ahora, hoy, en estos días, se erige a Cristóbal Colón una
estatua que está a punto de estrenarse en la plaza del Acqua Verde, y que se
halla aun tan arropada, tan escondida, y tan rodeada de escombros, que
materialmente tuve que bregar para descubrir al descubridor de nuestro
hemisferio.
La calle que
conduce a esa plaza, que es la de Balbi, es una de las mejores de Génova, lo
mismo que la Nuova y la Nouvísima. El resto, callejas tortuosas, lóbregas,
fértidas, nuestro Petateros, aunque sin su no desmentida rectitud.
Aun la calle de
Gli Orefici (de Plateros) que llama la atención por sus mil y una curiosidades
de filigrana de plata y oro, está lejos de aventajar a las demás. [157]
Asistí a una
representación dramática del teatro Paganini, titulada «Los Misterios de la
Inquisición», y me divertí mucho. Lo que más me sorprendió al entrar fue ver a
muchos espectadores con su sombrero encasquetado.
Yo que venía de
Alemania, en donde el prurito por descubrirse es tal, que los hombres se
apresuran a quitarse el sombrero aun al entrar a ciertas bacanales, no pude
menos de admirar muy mucho la despreocupación de los genoveses.
Desde las primeras
escenas eché de ver que me las había con un público un tanto limeño cuando se
dan funciones como Carlos II el Hechizado, por ejemplo.
Apasionábanse
tanto por los caracteres de la pieza, que se desataban en silbidos cada vez que
el personaje antipático despegaba sus labios siquiera, por bien que lo hiciera,
así como el simpático era acogido con grandes aplausos aun antes de que hablara
y por poco que fuera buen actor.
Firmes en sostener
su opinión, y en llevarla aún más allá de la representación, si concluida éste
y pedidos los actores, vienen como es natural todos los que han trabajado bien,
se excluye a fuerza de «¡Fueras!» a los que han tenido la desgracia de
interpretar el papel impopular; lo cual equivale a exigir que se repita dos y
tres veces el asesinato de Froilán Díaz, como acostumbra pedirlo nuestro
público en las representaciones de «Carlos, el Hechizado».
Así pues los
infelices Torquemada y Felipe II fueron cruelmente tratados en la noche de que
hablo; y eso que trabajaban bien, muy poseídos de sus papeles, sin que se
vieran esas distracciones y ese continuo mirar a los palcos en los momentos en
que no hablan, tan comunes en nuestros cómicos, que parece que creyeran que su
misión sólo se reduce a recitar.
Siempre que veo a
tales cómicos de la legua, con sus brazos muertos, clavados en la escena, y sin
la menor elocuencia mientras no hablan, me vienen ganas de voltear el anteojo
por la parte ancha para mirarlos a la distancia que merecen y en el justo
tamaño que ocupan en el arte.
El teatro de
Paganini es grande, hermoso y elegante; el retrato del violinista figura en un
medallón conducido o sostenido por dos genios alados en el centro del telón.
[158]
Es el primer
teatro dramático bueno que veo en Italia, donde toda la atención parece
dedicarse al teatro lírico.
El de Carlo Felice
me ha parecido mucho más bello y lucido tal vez que el mismo de la Escala de
Milán. Su fachada descansa sobre seis magníficas columnas de mármol y a un lado
se halla la Biblioteca Cívica o de la Ville, que exteriormente nada tiene de
notable, ni de muy rica interiormente (treinta y tantos mil volúmenes).
En cambio, sus puertas se hallan abiertas al
público día y noche, como sucede en París con las de Santa Genoveva.
Contigua a la
Cívica está la Academia Lingüística delle Belle Arti.
La noche que entré
a la Biblioteca a matar el rato, cayó a mis manos una obra sobre Lord Byron. No
sólo este singular personaje ha dejado llenas de sus recuerdos las principales
ciudades de Italia y pueblos de Grecia, sino que ha dado margen a una
biblioteca especial que corre con los nombres de «Conversaciones con Lord
Byron», «Correspondencia con Lord Byron», etc., como si se tratara de un
Napoleón.
La que me tocó esa
noche que volví a ver después en un gabinete de lectura de la misma Génova,
llevaba el primer título, y no omitía el menor y más doméstico detalle del
interesante milord. Sus malos humores, sus caprichos, sus genialidades, sus
displicencias, todo estaba recogido, observado y analizado remontándose tal vez
hasta los fenómenos de la digestión como causa prima.
Otro de los
narradores de Byron, el conde Gamba, refiere que cuando aquél zarpó de Génova
para Grecia, en donde debía dejar la vida esta vez, y tuvo que regresar sin
salir del puerto por falta de viento, manifestó deseo de volver a visitar su
residencia, el Palacio Saluzzi o Paradiso, uno de los que hay en Génova, y que
presintió entonces su próximo y glorioso fin.
«Su conversación
(dice el conde) tomó un sesgo melancólico, y habló largamente de su vida pasada
y de la incertidumbre del porvenir. ¿Dónde nos hallaremos dentro de un año?» preguntaba.
Lo que era como una triste profecía, agrega el amigo; porque un año más tarde,
en ese mismo día y mes Lord Byron había bajado a la tumba de sus mayores. [159]
Antes de salir de
Génova fui a visitar la célebre Villa Palavicino, perteneciente al dueño del
palacio de igual nombre que me había mostrado en la ciudad, y entre cuyos
cuadros recomiendo el Mucio Scevola de Guarchino.
Para visitar la
Villa se traslada uno al pueblo de Peglí, que es cosa de 20 minutos por el
ferrocarril.
¡Hombres de Lima
que os llamáis y que os creéis ricos y potentados, y a quienes una plebe necia
tilda de aristócratas y de magnates porque tenéis un mal rancho de caña y barro
entre los muladares de Chorrillos, o porque os besuqueáis en carruaje
particular en esas y esos que por allá llamamos calles y caminos! venid, venid
a ver grandezas regias, y sin embargo respetadas, pacíficamente asentadas entre
risueñas colinas y apacibles lagos, donde el cisne, el bosquecillo, la laguna,
el soto y la gruta no son mentiras de poeta tonto y plagiario, sino realidades
de la vida ordinaria.
Y venga con
vosotros esa que con sus quejumbres tienta a Dios llamándose clase menesterosa,
proletaria y desvalida, cuando tiene diariamente peso y peso y medio para rodar
en un simón de plaza.
Vengan zambas y negras, vengan cholas,
cuantas arrastran femenino traje,
y con sus largas y mugrientas colas
embargan las aceras ¡ellas solas!
¡Y no pagan derecho de colaje!
Vengan aquí a ver
pagar contribuciones por... cosas que indudablemente son menos gravosas para el
vecindario que entre nosotros las colas de las cocineras, y las panzonas
ventanas de reja de las casas, que se roban media acera y que amenazan dejar
cojo aquéllas y tuerto éstas al transeúnte, sin que paguen colaje ni ventanaje,
que harto lo merecerían.
Venid, mártires de
la negra honrilla, esclavos de la quijotería, los que tenéis a menos ser pobres
y laboriosos, y no petardistas y tramposos descarados; venid a ver grandeza
verdadera y aristocracia cierta y envidiable en la «Villa Palavicino», y
verdadero pueblo, sin humos y sin resabios, laborioso y virtuoso, y por lo
mismo respetuoso, en el puerto de Génova. [160]
Aquí veréis al
proletario a pie, y aun con el pie descalzo, y a la proletaria con el traje a
la altura del tobillo, en cuerpo gentil, aptos y expeditos para la faena, para
la contienda del trabajo, haciendo por la humanidad y por Dios.
Mas suspendamos la
filípica, no suscite yo las iras de mi Soberasno y reciba algunas coces.
La villa
Palavicino es una casa de campo digna de nombre de regla por las riquezas
materiales y de arte acumuladas dentro de sus vastos límites.
Inútil es decir
tratándose de Génova, que el mármol está allí desparramado con profusión, no
sólo en simples escaleras y estatuas, sino hasta en breves edificios como se ve
en un templete circular de Diana, al gusto antiguo o pagano, todo de mármol,
surgiendo del seno del agua en medio de una laguna. Riqueza estancada sin más
objeto que halagar con un punto de vista mitológico las miradas de un señor
soñoliento y epicúreo.
Un bote especial y
coqueto cual conviene al surcador de semejante laguna, conduce por ella al
visitante, después de haberlo tomado en un embarcadero, que llamaré de Calipso,
porque es una gruta artificial de estalactitas a que se ha llegado después de
haber recorrido todo el jardín con sus glorietas o cenadores y otras
maravillas.
En Génova como en
Trieste, aunque despierto y no dormido, sentí en mis entrañas un íntimo
removimiento de lo pasado.
¡Oh vueltas caras a la edad primera!
Si así me atormentáis en años tiernos,
¡retrocesos del alma sempiternos!
¡cuáles seréis allá en la edad postrera!
En estos días de
luto para mí, celebro como un sacrificio pagano a las épocas que han muerto, y
escarbo en mi memoria, y registro los papeles que la edad ha teñido de
amarillo.
Haciendo el último
escrutinio en Génova, tropecé con los siguientes versos inconclusos, escritos
tres años antes, en la patria aún y en las tierras de Juan de Arona, los que
trascribiré por la relación que tienen con mi estado psicológico de estos días:
[161]
Mi alma como en otro día
no hace hoy de su gozo alarde,
y está, sin luz ni alegría,
como la noche sombría
y triste como la tarde.
Bien puede a veces la vida
brindar un dulce licor;
pero la corta medida
se llena al fin, y en seguida
viene un hastío mayor.
La vida sólo es un día,
al principiar blanco y puro,
ardiente en su mediodía,
su tarde pálida y fría,
y su fin triste y oscuro.
Triste, muy triste es aquella
fría noche de la nada,
no hay ruido ni voz en ella,
ni luz de luna o estrella
ni cantos de la enramada.
Como el ave desgraciada
tras larga lucha y zozobra
rompe al fin la malhadada
jaula en que estaba encerrada,
y su libertad recobra.
Y retorna al dulce nido
que consideró perdido,
saliendo del cuerpo el alma,
vuela al reino de la calma,
del silencio y del olvido. [162]
Los que por el mundo vamos,
todos sujetos estamos
a la ley terrible y fuerte
de encontrarnos con la muerte
cuando menos la esperamos.
Y con genio furibundo
descarga el golpe tremendo
sobre el talento profundo
y sobre el mérito, habiendo
tanto inútil en el mundo.
Ardiendo y llena de enojos
posa la mano fatal
sobre el infeliz mortal
y sus fatigados ojos
cierra a la luz terrenal.
Mas si con ojos cerrados
nos hunde en la eternidad,
en los ámbitos dorados
de esos mundos ignorados
nos los abre la verdad.
¿O no es acaso el morir
el principio del placer,
y el término del sufrir,
y a otros mundos al subir
va nuestra alma a padecer?
¡No! más allá de la tumba
no puede haber sufrimiento,
si no hay tras ella contento,
habrá a lo menos quietud. [163]
No, yo no creo que
exista
un purgatorio, un infierno
de padecimiento eterno
más allá del ataúd.
¿Podrá el Hacedor sublime
condenar su propia hechura
cuando sale de esta oscura
y dolorosa mansión?
¿Ha formado Dios al
hombre
para furibundo luego
lanzarlo a un sitio de fuego
y de desesperación?
El hombre que más se hunde
del pecado en el abismo
expía en el mundo mismo
su acción de un modo fatal.
De sus horribles
maldades
como castigo cruento,
continuo remordimiento
lleva en su alma el criminal.
El que de Dios olvidado
no envía hasta él sus voces,
y sólo sabe en los goces
y en el deleite vivir,
¿no ve su salud gastada,
y con ojos doloridos
los que le son más queridos
uno tras otro morir?
Más allá del sepulcro hay reservado
un edén para el hombre desgraciado
y no de fuego un espantoso abismo,
pues si pecó en el mundo extraviado,
purgó sus yerros en el mundo mismo. [164]
Por eso tiene siempre una sonrisa
el que agobiado por la injusta suerte
el frío umbral del infortunio pisa,
porque la sombra de la amiga muerte
como dichoso término divisa.
Por eso si del mundo en el océano
próximo a naufragar se ve el humano,
no desmaya jamás, porque le asiste
la grata idea de saber que existe
una playa al alcance de su mano.
(Arona, Enero 1859)
Reviviendo en mi
alma tan lúgubres ideas, y pensando que la anterior desaliñada composición
podría titularse «El Bien de la Muerte», encamineme al muelle, metime en el
nauseabundo vaporcito «Pompeyo», y zarpé para Liorna, adonde llegué a las once
de la mañana siguiente con un mareo atroz.
Busqué tambaleándome
y dando traspiés el «Hotel del Norte», no lejos del puerto, y tan pronto como
me asignaron cuarto tendime en la cama y permanecí en ella hasta las cinco de
la tarde.
A esta hora poco
oportuna salí a recorrer «la ciudad más indocta de Italia», llamándome desde
luego la atención la limpieza de la población, una de las más aseadas de la
península.
Entré en la ancha
y larguísima calle de Vittorio Emmanuele, guarnecida de anchas y soberbias
aceras que regocijaban mi ánimo abatido y achicado con el aspecto de las
ciudades italianas, en las que, excepto una que otra calle verdaderamente
hermosa que hace de Bulevar o Corso, todo es callejas y vericuetos tortuosos,
angostos, inmundos, sempiternamente húmedos y fétidos, en los que un poeta
podría fingir el nido de las epidemias, y por donde ruedan confundidos hombres,
bestias y carros.
En Liorna todas
las calles que vi seguían proporcionalmente el sistema de la principal en que
yo había entrado, y que me condujo primero a la gran plaza de Armas, donde vi
por de fuera la Catedral cuyo aspecto nada de noble tiene, y en seguida a otra
plaza [165] larga y angosta que se llama de Carlos Alberto, y en una de cuyas
extremidades se ve la gran estatua de mármol erigida a Fernando I.
En cada ángulo del
pedestal de la estatua descansa un esclavo de bronce, obra del célebre escultor
del siglo 16, Tacca, de quien nos volveremos a ocupar al hablar de Florencia, y
cuyos esclavos fueron copiados del natural de unos prisioneros turcos hechos en
la batalla de Lepanto.
Alrededor de la
plaza, casi uno tras otro, se encuentran anchos y hermosos bancos de mármol.
Aquí pues, todo es ancho y hermoso.
Siguiendo por la
calle que sale del medio de esta plaza, fui a dar a una hermosa y larga
alameda, que supuse ser el paseo público y que me dijeron llamarse «El
Parterre».
He aquí una
verdadera ciudad me decía paseándome embelesado por la alameda, casi desierta
entonces, a la luz de una serena y clarísima luna.
Tentado estuve de
acordar a Liorna una permanencia de algunos días para gozar del espectáculo de
calles holgadas y limpias; pero vi que era preferible pasar de una vez a la
histórica y artística Pisa, digno preludio de Florencia, y conocida por los muchachos
desde la clase de geografía por la particularidad de su Torre inclinada.
Además, Liorna,
madriguera de forzados, de galeotes y presidiarios, y cuyo puerto en mi segunda
visita me pareció un nido de arpías, podía ofrecer una permanencia no muy segura.
Valery, en sus
Viajes por Italia hablando del barrio de Venecia donde está relegada toda la
gente mala de Liorna, dice: «La justicia francesa había donado a esta canalla,
a la que la dulzura filantrópica de las leyes toscanas ha devuelto todos sus
vicios. Liorna y su Venecia son un argumento sin réplica a todas nuestras
virtuosas y quiméricas utopías sobre la abolición de la pena de muerte. Sistema
que, invocado en nombre de la civilización, nos vuelve a la barbarie de la
Vendetta, porque, si la sociedad no cumple justicia al crimen, el individuo
ofendido recupera su derecho y se encarga de castigar al asesino».
[166]
Capítulo XVI
Pisa.- La torre
del hambre.- La torre inclinada.- El Bautisterio y el cementerio.- Chucherías
de alabastro y mármol.
Sólo media hora,
por el ferrocarril, dista Pisa de Liorna; y al llegar yo a ella a las nueve de
la noche reinaba un huracán tan impetuoso, que las ventanas de mi cuarto
temblaban con furia.
Por librarme de la
música eólica me eché a las calles; y tan sin gente y solas hallelas, que se
diría que el ventarrón había barrido a todo ser viviente.
Es verdad que la
patria de Juan de Pisa apenas cuenta 20.000 habitantes, y su soledad es tan
grande, que los viajeros atestiguan que en algunas de las calles pisanas se
forma eco, por lo que no extrañe que a las nueve de la noche mis pasos
retumbaran.
Me había hospedado
en el «Hotel de Europa», situado delante del Arno y al pie del Ponte del Mezzo.
No tardaron mis pasos en llevarme a la plaza principal del Duomo (catedral)
atravesé la plazuela dei cavalieri, en la que mi guía me mostró al día
siguiente el sitio que ocupaba la tradicional torre del hambre, llamada así,
porque encerrado en ella el conde Ugolino con toda su familia, fue condenado al
suplicio del hambre, y roía, según el Dante, la cabeza de uno de sus hijos:
«E come il pan per fame si manduca».
Volviendo a pasar
por los mismos lugares al día siguiente, visité acompañado de un guía la
catedral, construida en 1170 y tantos; el Bautisterio, la Torre inclinada que
data del siglo XII, y el no menos antiguo y renombrado cementerio.
En el Bautisterio
hay un eco hermosísimo, como que basta exhalar un grito medianamente armónico,
para que por largo tiempo se oiga un eco que se dilata con las mismas
inflexiones musicales de un órgano de iglesia. [167]
La maravilla de la
«torre inclinada» explícase del modo siguiente: créese que al construir la
torre y terminados los primeros cuerpos, sentáronse éstos un poco produciendo
la inclinación que hasta hoy conservan, que es de más de once pies.
Convencidos los
arquitectos de que el daño no tenía remedio y de que el suelo no había de
hundirse más, siguieron construyendo la torre inclinada, tal como hasta hoy se
conserva.
Los cuatro
célebres monumentos de Pisa que acabo de enumerar se encuentran reunidos en el
mismo sitio, que es la plaza del Duomo.
Su antigüedad, su
mérito arquitectónico, su extrañeza, lo que recuerdan, su singular reunión,
todo hace que estos monumentos se animen, se personifiquen, y que el viajero
crea oírlos hablar y contar cada cual en voz baja su propia historia.
Solos allí,
egoístamente agrupados, parecen haber querido huir de la desolación que se
cierne sobre Pisa, ciudad que habiendo contado en una época más de cien mil
habitantes es hoy, como dicen los italianos, Pisa morta.
El Campanile
(campanario) como llaman los pisanos a la torre inclinada, consta de ocho
cuerpos de columnatas superpuestas que suman en todo 107 columnas. Tiene de
alto 54 metros, y 16 de diámetro, y oprime el suelo ese desde el año de 1174.
Siete grandes
campanas pesan sobre el vetusto campanario, y tocadas todos los días patentizan
más y más la solidez del cilíndrico monumento.
La subida por la
escalera interior de 330 gradas, es bastante fatigosa; pero vale la pena de
emprenderse por la hermosa y variada vista de que se disfruta de la plataforma.
El Bautisterio es
coetáneo del Campanile y como él y el Duomo, de blanco mármol. Esta elegante
rotonda, dependiente de la Catedral, como destinada al bautismo, tiene 55
metros de altura total. La pila o fuente bautismal, también de mármol blanco,
está colocada sobre tres gradas y es de forma octógona.
El campo santo,
edificio alternativamente austero y elegante, «museo fúnebre de todos los
tiempos y países» es lo más notable en su especie que ha dejado la Edad Media.
[168]
Obra del
arquitecto y escultor Juan de Pisa, fue mandado construir por los pisanos como
un Panteón para sus grandes hombres. La tierra que lo cubre fue traída de
Jerusalén en 50 y tantas galeras, teniendo dicha tierra, a más de la virtud
religiosa o de la fe, la virtud química de despacharse los cadáveres en 24
horas, en cuyo breve espacio los consumía.
Hoy son necesarias
48 horas, por haber perdido la tierra sus sales con la evaporación y con el
mismo trabajo Saturniano de devorarse a sus propios hijos.
Es un vasto
rectángulo de 450 pies de largo por 140 de ancho, adornado de arcos, pilastras,
capiteles, mascarones de mármol, etc., y con sus paredes interiores todas
cubiertas de frescos sumamente curiosos para la historia de la pintura.
Los asuntos de las
pinturas son unas veces de un género mixto que llamaremos lúgubre-grotesco, y
producen el mismo efecto que el extravagante poema de la Danza de la Muerte, de
los albores de la literatura castellana; otras, apacibles escenas de la Biblia,
como la borrachera de Noé, vulgarmente llamada la Vergognosa, (la Vergonzosa)
por una mujer que en ella figura, que al mismo tiempo que se tapa la cara con
las manos, goza por entre los dedos de la desnudez de Noé, lo que ha dado
margen a este dicho: «Come la Vergognosa di Campo Santo».
El cuadro de más
vasta composición es el, titulado «El Triunfo de la Muerte». Ocupan el centro
varios enfermos que invocan a la muerte con estos versos:
Dacehe prosperitade ci ha laciati;
O morte! medicina d'ogni pena,
Deh! vieni á' darne ormai' I' ultima cena.
Pues la prosperidad nos ha dejado,
Oh muerte! medicina a toda pena,
Ea! vénnos a dar la última cena.
Pero la «señora de
la guadaña» no les hace caso, como sucede siempre, y va a descargar el golpe en
juveniles parejas que templan los ardores de la caza en un fresco bosquecillo
escuchando las trovas [169] de un trovador, mientras que una tropa de
amorcillos revuelan por encima de ellas.
Reyes, obispos,
monjas, guerreros yacen por tierra, y ángeles y demonios que revolotean, cargan
con las almas encargándose los demonios de las de frailes y monjas, chuscada de
que gustaban mucho los pintores de la Edad Media.
El describir por
completo este cementerio donde han venido aún a estudiar a tantos grandes
hombres desde Dante y Miguel Ángel hasta... Castelar,
Es cosa que en mis límites no cabe
y aténgase el lector a lo que sabe.
Visité en seguida
el jardín botánico y el gabinete de historia natural, bastante grande y rico.
Aquél tiene el mérito de su antigüedad, tan remota, que disputa al de Padua el
honor de haber sido el primero que se estableció en Europa.
Las tiendas de
Pisa preparan ya las de Florencia y Roma, porque abundan en preciosas
chucherías y dijes de alabastro, mármol y otras piedras más o menos finas y de
diversos colores, de que son muy ricas y estas tres ciudades.
Los principales
objetos reproducidos por los escultores pisanos y que se encuentran en toda
tienda, son naturalmente los cuatro grandes monumentos que dejamos descritos, o
por lo menos el Bautisterio y el Campanile que son los que más se prestan.
Uno y otro están
imitados con tal gracia y perfección, como para adornos de escaparate, que
comprándolos por poquísimas pesetas, se puede hacer de cuenta que se les ha
visto en realidad.
[170]
Capítulo XVII
Florencia.-
Catedrales.- Iglesias y capillas.- La Biblioteca Laurenciana.- Galerías
artísticas.- El teatro de la Pérgola.- Relojes ingeniosos.- El dialecto
toscano.- Las calles.- Industria.- Mosaicos florentinos.- Los de pietra dura y
los de concha.- Artículos de paja.- La Exposición de Florencia y el señor
Yorick.
¡Qué penoso es
tener que tomar a cada paso la pluma o el lápiz para darse uno cuenta
sistemática y analíticamente de todo lo que se ha visto en los últimos días!
¡Ahí es nada! en un país como Italia en donde hasta las aldeas cuentan por
docenas las iglesias de más o menos importancia por su arquitectura, o por las
esculturas o por las pinturas que contienen.
Ya he dicho y
repito ahora generalizando más, que toda Italia no es sino un gran museo,
antiguo y moderno, profano y sagrado.
Y con gusto
depondría la tarea que voluntariamente me he impuesto, si no pensara en los
días futuros, en que con el ánimo tranquilo ya y fresco por la distancia de
tiempo y de lugar que mediará, me será grato recordar mis juveniles
impresiones, y revisarlas una por una viéndolas por estas páginas como por un
espejo y recreándome con el recuerdo de
«La tormenta que pasó».
Recuerdo que no
podría saborear más que incompleta y confusamente, si no llevara ahora este
fiel memorándum, deteniéndome cada 24 o cada 48 horas para volver mis miradas
atrás y examinar y compulsar mis últimas impresiones.
El mero examen de
ellas (las impresiones), y el balance de las ideas, por decirlo así, bastan por
sí solos para que se graben y asienten [171] en el espíritu con tal firmeza,
que aun sin escribirlas, podría recordarlas más tarde con exactitud, claridad y
lucidez.
Si un viajero no
hace de cuando en cuando un alto moral para fijar sus impresiones, reprimiendo
el anhelo febril que de él se ha apoderado, de ver y ver y más ver, y que tanto
más se enciende cuanto más prosigue su viaje, una masa confusa e incoherente,
un caos, una muchedumbre espesa de sonidos y colores opuestos se aglomeran en
su espíritu y lo embargan, cerrando completamente los ojos a la memoria;
indigestión mental que al fin se disipa no dejando más en el alma que un
límpido y desconsolante vacío.
Tal acontecía a mi
amigo el general Belzu (el ex dictador de Bolivia) con quien recorría yo
algunas ciudades de España, (como se ha visto en capítulos anteriores), y el
cual había embrollado no solamente los recuerdos de Constantinopla con los de
San Petersburgo, sino que, como si aun los idiomas hubieran naufragado en su
memoria, hacía una lastimosa confusión de palabras rusas, francesas y
españolas.
Y tales
reflexiones me hacía yo en Florencia dos días después de haber llegado a ella.
Me hallaba hospedado en el «Hotel Luna», a dos pasos de la plaza del gran
Duque, por lo que no podía entrar o salir de mi casa sin echar un vistazo a ese
célebre sitio de Florencia.
Allí, bajo los
arcos de un portalito que sirvió de cuerpo de guardia por lo que se quedó con
el nombre de Loggia de Lanzzi, se ennegrecen al aire libre varias estatuas de
mármol y bronce de eximios artistas italianos; el Perseo de bronce de Benvenuto
Cellini, teniendo en una mano una corta espada y en la otra la cabeza de
Medusa, cuyo cuerpo halla, estatua que se recomienda por su esbeltez, el David
de Miguel Ángel, de mármol, el grandioso grupo de Hércules y Baco de Baccio
Bandinelli, etc.
Pero ¿por qué lado
o parte no es célebre Florencia?
De Etruria o
Toscana tomaron los primitivos romanos y no exclusivamente de Grecia, mucha
parte de su civilización; de ella recibieron los primeros elementos del arte
dramático como se ve hasta hoy por la palabra histrión, que no es griega ni
latina, sino etrusca, de ella la idea de los Anfiteatros, tan generalizados
después en todo el mundo romano, y otras mil cosas más. [172]
En una plaza de la
Florencia moderna se tropieza con la piedra donde el Dante venía a sentarse
todos los días, como Felipe II en la que avista el Escorial, labrada entonces
para mayor comodidad y subsistente hasta hoy con el nombre de «la silla del
rey».
En otra parte se
lee sobre una puerta: «Aquí vivió y murió Maquiavelo». En Florencia empezó y
concluyó Bocaccio su Decamerone, y vivieron o estuvieron Savonarola, Américo
Vespucio, Galileo, Alfieri, y como artistas, Cimabúe, Giotto, Leonardo de
Vinci, el Perugino, Miguel Ángel, Rafael, Brunellesco, Donatello, Benvenuto
Cellini, etc.
Visité la catedral
(el Duomo, Santa María dei fiori), la iglesia de Santa Croce, Panteón de
grandes hombres florentinos donde yacen el Dante, Miguel Ángel, Alfieri, etc.,
y la de San Lorenzo cuya sacristía nueva merece una mención especial.
Esta capilla fue
construida por Miguel Ángel, y está ornada de dos grandes túmulos, uno de
Lorenzo II de Médicis y otro de Julián. El primero aparece sentado en ademán
meditabundo, lo que le ha valido el nombre de Il Pensiero, teniendo a sus pies
el sarcófago sobre el cual se ven recostadas dos figuras alegóricas del
Crepúsculo y de la Aurora; el segundo, fronterizo, igualmente sentado, sin
expresión marcada y con las alegóricas figuras del Día y de la Noche a sus
pies. Ambos monumentos pasan por obras maestras y con razón.
Tan grande fue la
admiración causada por la figura de la Noche, que llegó a decirse en un
madrigal «que esa figura estaba viva, y que si alguien lo dudaba, no tenía más
que despertarla y la oiría hablar».
Miguel Ángel, el
autor, que también era poeta, como pintor y escultor, contestó en nombre de la
Noche con el siguiente verso, lleno de tal amargura, que se diría que es un
peruano de nuestros días el que habla:
Grato m'é il sonno, e piu l' esser di
sasso,
mentre che il danno e la vergogna dura;
non veder, non sentir si é grand ventura
peró non me desper; de parla basso! [173]
Pláceme el sueño, y mucho más de piedra,
que el daño sigue y la vergüenza medra;
no mirar, no sentir, ¡dicha infinita!
No me despiertes pues; ¡aparta! ¡quita!
A un lado está la
Capilla de los Médicis, mucho más grande que la anterior, y que pasma,
deslumbra, y maravilla por la variedad y riqueza infinitas de los mármoles
empleados en ella, apoderándose de los sentidos una especie de embriaguez al
penetrar en el recinto.
El Bautisterio es
célebre por sus puertas de bronce, o más bien por los numerosos relieves de que
están cubiertas. Unas fueron trabajadas por Andrea Pisano y parecieron
maravillosas, hasta que llegó Lorenzo Ghiberti a eclipsarlas esculpiendo las
otras, de las que decía Miguel Ángel «que merecían ser las del paraíso».
Un concurso fue
promovido para su ejecución; y Ghiberti, que sólo tenía 13 años, obtuvo la
preferencia entre los seis concurrentes, uno de los cuales era nada menos que
el célebre Brunelesco. Las escenas representadas en ambas puestas son episodios
de la Sagrada Escritura.
Se imputa a
Ghiberti que «para escultor fue demasiado pintoresco», y he aquí por qué sin
duda los relieves de sus puertas me encantaban como pudiera una serie de
paisajes. Creía ver unos frescos patriarcales de la Edad Media, los del Campo
Santo de Pisa, por ejemplo, reproducidos en bulto. El color verde, natural en
el bronce oxidado, contribuye más todavía a imprimir a esas esculturas el sello
del paisaje.
El Campanile, obra
del Giotto, hacía exclamar a Carlos Quinto «que desearía guardarlo en un
estuche».
Visité igualmente
la Biblioteca Laurenciana, rica en manuscritos que me llamaron la atención, los
unos por su antigüedad, los otros por su belleza caligráfica, siendo de estos
últimos el Homero en griego del siglo XV, tan precioso, que con más gusto me
serviría del que de uno impreso aunque fuera obra maestra de tipografía. Entre
los primeros, vi un Virgilio del siglo cuarto o quinto, del cual no diría lo
del Homero, pues si me hubiera gustado mucho [174] poseerlo como curiosidad,
para la lectura preferiría cualquier ejemplar de una edición de pacotilla.
Entre las
maravillas no religiosas de Florencia figuran ante todo las celebérrimas
galeras artísticas llamadas degli Uffizi y Pitti. Como no he de hacer aquí un
catálogo de todas sus riquezas, para lo cual mis lectores pueden consultar,
entre otras obras, la de Viardot, Musées d'Italie, me limitaré a apuntar sin
orden alguno las esculturas y pinturas que llamaron más mi atención y ante las
cuales me detuve mayor número de veces.
Esculturas de
mármol: un jabalí copiado de un célebre modelo griego por Tacca, de quien ya me
he ocupado al hablar de Liorna; dos perrazos alobunados o dogos, que en una
actitud muy natural y con las fauces abiertas parecen guardar la entrada del
Museo; un Baco, y un Adonis moribundo de Miguel Ángel; un San Juan Bautista
extenuado por el ayuno, de Donatello, magro, flaco y chupado como uno de
nuestros cholos cuando salen del hospital, y un David vencedor de Goliath por
el mismo Donatello, muchachuelo simpático que prefiero al de Miguel Ángel que
se ve en la Piazza del Duca; una copia del grupo de Laocoon por Bandinelli
(1550). En la obra primitiva intervinieron, según Plinio, tres grandes
escultores de la antigüedad; y Bandinelli que sólo llevó a cabo la suya, se
entregó a los mayores transportes. Hércules niño ahogando dos serpientes, el
gracioso grupo de Psiquis y el Amor; el Genio del Amor, y finalmente la sala
llamada de Niobe donde se ve figurada toda la horrible historia de esa familia,
víctima de la cólera celeste, y de que hablan la mitología y la Metamorfosis de
Ovidio. La figura más conmovedora quizá del grupo, a pesar de no vérsele la
cara como a la madre que la levanta al cielo llena de angustia, es la de la
hija menor, que arrodillada a los pies de Niobe intenta ocultarse en el regazo
materno para guarecerse de las iras celestes, acción que la madre protege
inclinándose sobre su hija y como queriendo envolverla, y levantando al mismo
tiempo el rostro que con clamor agonizante parece demandar misericordia «para
la última» como tiernamente dice Ovidio.
La túnica que
cubre a la chica, toda empapada, adhiriéndose al cuerpo y dibuja con toda
limpieza los hombros redonditos, el hoyo de la quebrada cintura, y las otras
redondas formas de su cuerpo. [175]
También es hermosa
la Venus Urania, de celestes amores poseída, y delicada la figura de la
Sacerdotisa que se ve a su lado.
Entre los bronces
antiguos recomiendo la célebre estatua del Orador, y la Minerva descubierta de
Arezzo; y entre los modernos, el paro doméstico o casero de Tucca, con tanta
naturalidad representado; el expresivo Mercurio, de Juan de Boloña, que en la
actitud de tomar vuelo, apoya vigorosamente la punta de un pie en la cabeza de
un Eolo soplando; un busto colosal de Cosme I por B. Cellini; el Sacrificio de
Abraham, de Ghiberti, que tiene el extraordinario mérito de ser la muestra de
su talento escultorial que mandó al concurso para las puertas del Bautisterio.
La mata, la zarza, la pira, el vellón del carnero que aparece, lo agreste del
sitio, todo se prestaba aquí a que Ghiberti hiciera alarde de ese genio
demasiado pintoresco de que hemos hablado, que podrá serlo en demasía para la
severa crítica, pero no para el espectador que goza y no averigua si esas galas
pintorescas están o no en su sitio. Al lado del modelo de Ghiberti se ve el que
mandó otro concursante al certamen de quien ya hemos hablado, Brunelesco.
En la salita
octógona está la Venus de Médicis, de fama universal como la de Milo. Aquella,
pequeñita, menuda, graciosa, coqueta, seduce mucho menos sin embargo que la de
Milo, tan arrogante, tanta soberbia en medio de su mutilación, que los brazos
no parecen hacerle falta para dar un brazo. La de Médicis produce una especie
de desencanto; porque la imaginación no puede remontarse en vano tantos siglos
para hallarse con una mujercita bonita como se hallan hoy a patadas en nuestros
modernos salones.
Cualquiera que sea
la Venus de la escultura antigua, es siempre delgada; los griegos no concebían
hermosura gorda.
La estatua del
amolador o vaciador de navajas descubierta en Roma en el siglo XVI, es notable
por su expresión.
Se cree que
representa a un escita afilando por orden de Apolo el cuchillo con que ha de
desollarse a Marsyas.
Un fauno bailarín
o danzante, apoyando un pie en un fuelle, ha sido restaurado bastante bien por
Miguel Ángel.
Entre las pinturas
con Venus desnudas de Ticiano, ambas con el atributo, algo moderno en mi
concepto, del perrillo faldero. Cansado [176] el visitante de tanta Virgen y el
Niño, Santa Familia, Adoración de los Magos de los Durero y otros, se complace
ante la novedad pagana de este cuadro. Una de las Venus, acostada, tendida
largo a largo con profunda molicie, y con cabellos y pestañas del color del
otoño, es muy superior a la otra, quizá algo tosca y rolliza para Venus, y
quizá sin otro aliciente que su desnudez. El colorido de este cuadro delatará
más tarde en la Galería Borghese de Roma al autor del «Amor sagrado y profano»
que en dicha galería figura.
En el Palazzo
Pitti son bellas las siguientes pinturas: Marinas de Salvatore Rosa, un
Diógenes de Carlo Dolci, y ante todo la conocidísima Madona della Seggiola de
Rafael, multiplicada una y mil veces por la pintura, el grabado, el agua
fuerte, la fotografía y una Judith de Cristoforo Allosi, representado él mismo
en la cabeza de Holofernes y su querida en la figura de Judith; unas Parcas de
Miguel Ángel; unas Batallas de Salvatore Rosa, etc., etc., y por último, mil
curiosidades del cincel de Benvenuto Cellini.
Estuve también en
el Museo Egipcio, en varias bibliotecas más, fuera de la Laurenciana, en el
Jardín de Boboli, en la Cascina, el Bois de Boulogne de Florencia, etc.
Y concluyamos aquí
con el mundo muerto de los recuerdos representados por iglesias, museos y
hombres célebres, y entremos en Florencia viva, industrial, o lo que es lo
mismo, pasemos a las impresiones callejeras que son aquellas de que más fecundo
es mi diario.
Florencia empezó
por recordarme a Venecia, con la diferencia que el callejero no encuentra un
lindo café como el de Florián, que en esto de cafés y restaurants y aun teatros
dramáticos, Florencia es inferior, no diré a Venecia que sólo tiene su Florián,
sino a Génova donde se ve el excelente Café y Restaurant de la «Concordia», y
el Teatro Paganini. El café más aseado y decente en Florencia es el de Bisorte.
De los teatros
dramáticos no debería hablar porque no los vi, pero en el mero hecho de estar
cerrados, se demuestra que aquí el arte dramático no está muy en boga. [177]
He estado sí, en
el Teatro de la Pérgola, cuya fachada es tan insignificante, que se pasaría por
delante de ella sin sospechar que es la de un teatro. Su interior, aunque no
carece de doraduras, me pareció de una desnudez que raya en pobreza.
En la parte alta
de la boca del proscenio hay un reloj, ingenioso y elegante como casi todos los
de los teatros de Italia. Uno que vi en Milán, figuraba un globo azul
incrustado en el lugar conveniente, y mostrando en su hemisferio visible a un
lado la hora y el otro los minutos. Cada cinco minutos se cambian los números
arábigos que marcan los minutos, y cada hora el número romano de la hora,
operándose el cambio por los lados y sin que el globo gire. Los caracteres son
de materia blanco mate, y con la luz que tienen detrás, se pintan perfectamente
en el fondo azul de la media esfera.
En Venecia hay un
reloj en la torre llamada del orologio que está al lado de San Marcos, casi tan
complicado como el de Estrasburgo. La hora y los minutos constantemente
marcados a derecha e izquierda, son también transparentes y miran mejor de
noche que de día, como les sucede a los caballos zarcos.
El del teatro de
la Pérgola en Florencia era como sigue: una esfera blanca cuya mitad inferior
la ocupan y llenan dos amorcillos envueltos en olas o nubes. El uno de ellos
acaba de disparar una flecha, y el otro cogiéndola al vuelo, se la presenta
verticalmente para que su punta pueda señalar las horas marcadas en la mitad
superior del planisferio, que son las comprendidas entre las siete y las doce,
como que se supone que el espectador ni ha de entrar antes de las siete, ni ha
de salir después de las doce.
La aguja del reloj
de la Pérgola no se mueve; y lejos de correr el minutero a la derecha en pos de
las horas, son éstas las que a la izquierda corren en pos del dichoso minutero.
Y es el género dulce femenino
el que busca al inmóvil masculino.
Leed todo esto con
atención y aprended ¡oh mujeres! esquivas y, melindrosas. Pero sigamos
adelante, no sea que con razón se me tilde de Maximus in minimus, minimus in
maximis.
Florencia es el
país de las aspiraciones... al hablar, aspirándose en su dialecto aun letras
secas que nunca creí yo se pudieran [178] prestar a esto como por ejemplo la c
y la q. Nada más común que oír por las calles el jinto por el quinto; la jolona
por la columna; la jantonata por la cantonata, por lo que parece que los
individuos estuvieron aquejados de un estornudo continuo o de una especie de
muermo. Pero ¿qué extraño que aspiren la q y la c? ¿No hay arequipeño que
aspira aun la silbante S diciendo me quijiste por me quisiste?
¿Dónde está el
beau monde? me preguntaba yo. O anda rustiqueando como el de Venecia, o es poco
amigo de salir de su casa porque por la calle no veo rodar otra cosa que
pelotones de sucia chusma, lo que hace que tanto las calles como los cafés me
parezcan feos y sucios por estar tan mal concurridos.
Los pilluelos o
mataperros o granujas están en su elemento; no se meten con nadie, es verdad,
pero andan gritando y silbando con toda la fuerza de sus pulmones, o bien
retozando desaforadamente, como sucede en Lima, lo que equivale a meterse con
todo el mundo.
Observo que por el
papel que representan los muchachos en una ciudad, puede colegirse el grado de
su civilización. En París no se les siente; al cabo de algún tiempo de
residencia, el viajero procedente de Lima u otros puntos análogos no puede
menos de preguntarse: «¿Qué es de los muchachos?».
En Florencia se
suelen pasear en pandillas cantando como berracos, y no pocas veces haciéndoles
coro algunos otros plebeyos ya talluditos. Al oír estas óperas al aire libre no
puede uno menos de preguntarse: «¿Si sacaran de aquí esas brillantes compañías
líricas que nos suelen llevar a América?».
Huyendo de tales
espectáculos suelo apurar mi paso, como quien cuanto antes desea llegar a la
ciudad, o a la calle principal si en la ciudad está; pero ¡ay! ni la ciudad ni
la calle principal tienen cuándo llegar por más que recorro Cacciaioli,
Legnaioli, Cavour y otras calles principales.
Todas las bellas e
inmateriales impresiones que se reciben al visitar los museos e iglesias se
desvanecen al entrar en la vida callejera.
La industria
dominante en Florencia y la que le imprime carácter es la fabricación de
mosaicos que se dividen en de piedra dura y de conchigli o conchuelas. [179]
La variedad de
piedras explotadas es tanta, que según parece llegan a 72 clases, y los
mosaicos de conchuelas han llegado a adquirir tal perfección, que casi se
confunden con los de pietra dura.
El mosaico
florentino se diferencia del romano en que aquél es hecho de piezas grandes y
planas, por lo que tiene que circunscribirse a la imitación de cosas que
presentan grandes superficies planas, como plantas y flores, animales y al paso
que el romano, compuesto de menudísimas astillas cúbicas puede acometer aun la
empresa de reproducir cuadros y retratos, por lo que el asunto de los mosaicos
romanos suelen ser los monumentos de Roma, que reproducen con la perfección del
pincel hasta en mínimas dormilonas de señoras.
Nada más fácil de
distinguir pues que un mosaico florentino de otro romano: basta mirarlos de
través; y mientras el primero presenta una superficie lisa y unida apenas
interrumpida de trecho por la juntura de una piedra con otra, que no produce
mal efecto, pues recuerda los filamentos y nervios de las plantas, el segundo
ofrece una superficie resquebrajadísima que quita toda ilusión.
Así los grandes
cuadros al óleo maravillosamente copiados en mosaico que se ven en San Pedro de
Roma, y que vistos de frente parecen copiados a pincel, descubren el engaño tan
pronto se le mira de lado.
Después de la
industria mosaiquera, viene en Florencia la de artículos de paja, como
sombreros, cigarreras o petacas y hasta zapatitos de señoras.
De 1812 a 1825,
cuando la industria ésta se hallaba en su mayor auge, produjo de doce a catorce
millones de francos anuales; después ha decaído, y el producto anual en el día
no pasa de cinco millones de francos.
Algunos sombreros
salen tan finos, que se dan por ellos 500 y hasta 1.200 francos, altura a que
no sé si habrán llegado alguna vez los de Guayaquil.
Sombreros
florentinos hay tan tendidos de falda, que sirven de quitasol a las vendedoras
de flores o rameras (pues venden ramos) que abundan aquí, como en Génova,
Milán, Venecia y Trieste, y que el viajero debe apuntar como una de las no muy
despreciables plagas de estos países. [180]
Las tales floreras
o floristas que no tiene de poético más que el nombre, el oficio y el
sombrerito aparasolado de pastorcita suiza, acometen y asaltan al viajero en
las puertas de los hoteles y cafés, en plaza de San Marcos y en todos los lugares
concurridos, metiéndole sus ramos y ramitos de violetas, no sólo por los ojos,
sino hasta en el mismo ojal de la levita o gabán, donde los colocan con
singular desfachatez para hacer la compra más obligatoria.
Tan feas, tan
flacas, tan viejas suelen ser, no obstante sus pretensiones, que la policía
debiera cargar con no pocas de ellas.
No se haga
ilusiones el lector con lo de florista y sombrero de paja, que tal vez hubo
vestal y sacerdotisa de Isis que fue un mamarracho, no obstante lo poético del
nombre y del ministerio.
Por si no bastaban
a Florencia sus múltiples encantos arquitectónicos, esculturales, pictóricos e
históricos, y sus paseos a la Cascina, Lungo l'Arno, ofrecía entonces, a guisa
de sobremesa de Caminantes, el espectáculo de una Exposición Industrial.
El autor de la
guía o Viaggio attraverso l'Esposizione italiana de 1861, Di Yorick, figlio de
Yorick, era un tanto original como se puede colegir de su nombre o seudónimo
tomado del Hamlet en donde figura como nombre del bufón del Rey de Dinamarca,
del advertir que es hijo de su padre, y más que nada de la siguiente
dedicatoria:
Casto Lettore,
Hay tu due lire in saccoccia!
Questo libro e per te,
e le due lire per me!
Casto Lector,
¿Tienes dos liras(4) a mano?
¡Este libro es para ti las dos liras para mí! [181]
Cuánta diferencia
de esta concisión a aquella sublime con que Víctor Hugo proscrito, dedicaba a
Francia uno de sus últimos libros:
«Livre qu'un vent t'emporte
en France ou je suis ne,
l'arbre déraciné
donne sa feuille morte».
Libro, que un viento próspero
te lleve amigo
a la tierra de Francia
donde he nacido;
mas no me queda,
árbol desarraigado,
doy mi hoja muerta.
Yorick es un
seudónimo célebre en las letras contemporáneas de Italia; corresponde al
escritor Leopoldo Ferrigni.
Saccoccia quiere
decir faltriquera; y las cuatro cccc aglomeradas en fila en la dedicatoria
italiana, me daba trabajo el deletrearlas.
¡Qué gana de hacer
trabajar al prójimo! Yo que suspiro por el día en que se acaben los puntos
sobre las íes para librarme de escribir cuatro al hilo por ejemplo, en la
palabra insignificante, y por aquel en que los puntos y las comas se esparzan
como grajea sobre el escrito, después de concluido, para no entorpecer la
marcha de la pluma mientras uno está escribiendo, figúrense ustedes si no me
daré al diablo cada vez que tengo que trascribir palabras de reduplicada
consonante como saccoccia, sonno, danno, etc.
El italiano es la
única lengua en que se deletrea las consonantes dobles; son-no-dan-no. Cuando
hay varias de ellas en una misma voz hacen difícil la pronunciación rápida,
como en suilup-pat-tis-simo.
Para librarnos de
consonantes reduplicadas, tendremos que esperar hasta Malta o más bien hasta
Alejandría de Egipto que todavía en aquella isla se habla mucho italiano.
Mientras tanto del
señor Yorick, hijo de su papá, pueden ustedes librarse siguiéndome a Roma,
donde tal vez nos esperan mayores males.
[182]
Capítulo XVIII
Roma.-
Dificultades para llegar a ella.- Oportuno recuerdo de Virgilio.- Desilusión.-
Romance histórico sobre lo más notable de Roma.- El Papa.- El Vaticano.- El
Capitolio.
Propuse a usted en
el anterior que me siguieran a Roma, y como no creo que haya quien se resista a
tan interesante romería, me los figuro ya armados, no del bordón de los
antiguos romeros, sino del indispensable ticket ferrocarrilero de los viajeros
modernos.
Saliendo de
Florencia y del «Hotel Luna», que es malo y sucio, llegaremos en dos horas y
media a Liorna por el tren directo.
Aquí hago de
cuenta que usted no me siguen o que son ciegos, y comienzo a hablar por mí sólo
como si no llevara tan amable compañía.
Fui a posar en
Liorna al «Hotel du Nord», como la vez pasada, mientras llegaba el momento de
zarpar para Civita Vecchia.
Liorna, su aseo,
limpieza y buenas calles quedan descritas páginas anteriores. Lo que sí creo no
haber dicho, o si lo dije volveré a repetirlo, es que la ciudad más indocta de
Italia es un verdadero nido de arpías, tal es el enjambre de hambrientos y
escuálidos bichos que se precipitan sobre el viajero, asaltándolo y colgándose
casi de él, hasta que no lo desuella.
Es una gente la de
esta playa, real y efectivamente traspasada del «auri sacra fames».
A la mañana
siguiente salí a tomar pasaje para Civita Vecchia. Advirtióseme que fuera antes
a la Embajada de Roma a hacer visar mi pasaporte, extendido en Lima en 9 de
abril de 1859 por Nicolás Freire, y que es hoy una verdadera curiosidad, con
tanto visto y revisto y con la tanta mugre y remugre de las mil manos que lo
han acariciado, desde las palurdas de Trun, hasta las babiecas de Constantinopla.
[183]
La bendita
embajada habíase hallado situada a una gran distancia; pagué cuatro francos por
la rúbrica de mi pasaporte y volví a depositarlo en manos de los Agentes de
Vapores, a petición de ellos, para que me fuera devuelto en el puerto de Roma
al día siguiente, pues tal era el reglamento entonces.
A las tres de la
tarde me tenían ustedes a bordo del magnífico vapor francés «Aunis», en el cual
la segunda clase es tan limpia y transparente como la primera.
A la mañana siguiente,
después de voltejear largo rato a vista del puerto, fondeamos en Civita
Vecchia. Aquí pararon mis regocijos, pues permanecimos quietecitos e inmóviles
durante tres horas, mientras nos llegaba de tierra el permiso o venía para
desembarcar.
Dos antes, en
Málaga me habían atormentado con una detención igual.
Al fin apareció el
empleado portador de un permiso para cada pasajero, permiso que no se otorga
mientras que los respectivos pasaportes no han sido convenientemente examinados
en tierra.
Desembarcamos;
nuevos obstáculos. Vaya usted a buscar su pasaporte, el mismo que le quitaron
la víspera en Liorna; dé usted al recibirlo medio franco más sobre los cuatro
ya desembolsados; acuda usted en seguida a la Aduana, abra su equipaje para
someterlo al registro, pague un nuevo franco por una papeleta en que se hace
constar que el equipaje ha sido abierto; vuele usted a la estación, y una vez
en ella, lanzose a una oficina adyacente, afloje otra vez el pasaporte y reciba
en cambio una papeleta para reclamarlo 24 horas después en la ciudad que de
veras se va haciendo eterna.
¿Creerá el lector
que ya concluimos?
Pues aún falta.
Ahora hay que pasar desalado a la sala de espera, que mostrar al portero, no el
billete de ferrocarril que se acaba de tomar, sino una de las papeletas que ya
se había olvidado en el fondo de uno de los bolsillos.
Se llega por último
a Roma y es encerrado uno bajo llave en un salón junto con los otros viajeros,
permaneciendo así largo rato hasta que se abre la puertecita que da paso a la
sala de equipajes.
Precipítanse los
impacientes viajeros; agólpanse; pero no bien han pasado unos dos, cuando el
inflexible brazo del sargento portero cae como una barra y cierra la entrada,
no volviéndose a levantar hasta [184] que los dos que tuvieron la fortuna de
pasar los primeros han reclamado su equipaje, y recibídolo, y hécholo cargar y
conducir al ómnibus, y acomodádolo, y acariciádolo, y repantigándose y el sudor
limpiándose.
Colmado al fin el
ómnibus con nosotros y nuestras cosas; listo todo... «¿Partieron?» preguntará
el lector con alegría. Pues no, señor; no partimos, sino que nos quedamos allí
clavados una media hora.
¿Por qué? ¿y a qué
causa? ¿y con qué fin? Nadie lo descubría. Yo me creía en pleno siglo XV o en
pleno Perú, que por ahí va todo; y tanta angustia, y tropiezo tanto llegó a
encenderme en tal manera el deseo de ver Roma, que ya no me la figuraba como a
las demás ciudades de la tierra que dejaba vistas, sino como a un lugar
encantado, y tan lejanísimo, que se andaba, se andaba y se andaba y nunca a él
se llegaba, como cosa de cuento; como a un harén o serrallo al que no se podía
penetrar sino después de mil precauciones, como un paraíso o quinto cielo cuyo
acceso costaba sudores:
«¿Qué tanta fue tuya la curiosidad de ver
Roma?»
Pregunta un pastor
a otro pastor en la primera égloga de Virgilio, en un hexámetro cuyo movimiento
o cadencia he tratado de imitar en la traducción que precede, que podría
figurar con honor en el «Sistema Musical de la Lengua Castellana» de don
Sinibaldo de Mas.
La
libertad, que aunque tardía, al cabo
mirar dignose al infeliz esclavo
cuando mi barba anciana
caía ya sobre mi pecho cana,
contesta el interpelado pastorcillo de la Égloga. Apostrofado
yo con otro.
Et quae tanta fuit Romam tibi causa
vitendi?
Respondería:
Curiosidad, que con tropiezo tanto
tales en mi alma proporciones toma,
que la ciudad de Roma
me llegó a parecer cosa de encanto. [185]
Entré al fin, y la
ciudad misteriosa o encantada, el paraíso, el quinto cielo desarrollose bajo
las ruedas de mi ómnibus con todas las apariencias de una gran caballeriza, tal
era el huano que cubría sus calles.
Roma no entra
desde luego por los sentidos como otras ciudades. Es una de esas frutas que no
embriagan sino después de haberlas pelado; hay que despojarla de su grosera
corteza y desentrañarle el buen sabor. Es una tuna o higo chumbo.
Si yo me hubiera
comprometido desde el prólogo y primeras páginas de estas Memorias a trazar una
guía didáctica y sistemática de los países que iba a recorrer, he aquí el
momento en que tiritando y desconcertado me arrepentiría de haberme embarcado
en tan magna empresa.
«¡San Pedro!» me
diría espantado; ¡el «Vaticano»! el «¡Tíber!» las «¡Siete colinas!» el «¡Papa!»
el ¡Capitolio! el «¡mausoleo de Adriano!» el «¡Corso!» la «¡Columna de
Trajano!» el «¡Foro!» el «¡Coliseo!» las «¡Catacumbas!» las «¡Basílicas!» el
«¡Panteón!».
¡Los arcos y las termas y los templos!
¡Los circos, anfiteatros y acueductos!
¡Los rostros, las columnas y obeliscos!
¡La vía de Apio Claudio y los sepulcros!
¡Lo antiguo, lo moderno y lo antiquísimo!
¡Lo temporal y eterno! ¡Cómo dudo
al pensar que tal obra de romanos
de ser tarea mía estuvo a punto!
Felizmente a nada
de esto me comprometí y alabo mi discreción. No basta haber permanecido en Roma
22 días recorriendo diariamente todas sus curiosidades, no basta haberse
extasiado en la Capilla Sixtina ante (o más bien bajo, pues están pintados en
lo alto de una bóveda y para verlos bien, como dice un escritor francés, «hay
que romperse las vértebras del pescuezo») ante los frescos de Miguel Ángel
sobre el Juicio Final, trazados con una maestría dantesca que recuerda las
vigorosas escenas de la «Divina Comedia»; no basta haberse embebido ante el
colosal Moisés bicorne esculpido en mármol por el mismo Miguel Ángel; ni ante
el Apolo de Belvedere y el grupo [186] de Laocoon de las galerías del Vaticano,
ni haber trepado de rodillas las graderías de mármol, gastado con el tanto uso,
de una basílica, ni haberse pasmado ante los enormes monolitos de la malaquita
de otra basílica, ni haberse absorbido en San Onofre delante de la lápida del
desaparecido Tasso o del moderno Mezzofanta, el extraordinario Polígloto o
Pangloss que da lo mismo.
Nada de esto
basta; ni el haber cosechado un mundo de impresiones tiernas, patéticas,
sombrías, etc. Es necesario que, transmitidas al papel, puedan dichas
impresiones fluir, correr con limpieza, con claridad, con brillo y con novedad,
y he aquí lo difícil.
No diré pues «que
dejo a plumas más autorizadas la descripción de Roma», sino «que plumas más
autorizadas no me dejan a mí nada que espigar en este terreno por fecundo que
sea».
Las humildes
generalidades que van a seguir no tienen más objeto que establecer la
continuidad del hilo narratorio, que podría quedar trunco, si bruscamente, como
Eneas a Anquises me echara a mi lector a cuestas y cargara con él a Nápoles.
Piense además el
buen lector que nos falta mucho espacio que recorrer, y regiones asaz
desconocidas, como las costas orientales de Sicilia, Malta, Egipto, Damasco,
Constantinopla y Atenas, en las cuales menos abrumado por el recuerdo de
gloriosos predecesores podré campear más a mis anchuras. Piense esto, digo, y
perdone que abrevie.
Mi primera visita
de viajero cristiano fue a San Pedro y al Vaticano; miento, que antes me fue
forzoso ir a buscar al señor don D. Luis Mesones para recoger mi pasaporte.
En mi visita a
aquellos lugares tuve ocasión de tropezar con Pío IX. El Papa salía del
Vaticano y su carroza le aguardaba en la extremidad de una de las dos galerías
semicirculares que rodean la plaza San Pedro.
Desde que al
desembocar de la gran columnata en mi descenso del Vaticano me encontré con una
lujosísima carroza tirada por cuatro caballos atravesada en mi camino,
comprendí que era la del Papa y que éste no tardaría en presentarse. [187]
Detúveme pues casi
delante de la portezuela del coche, y me recosté en la última pilastra de aquel
magnífico portal arqueado, haciendo lo mismo que yo unos ocho o diez individuos
más, apostados allí y en la pilastra del frente, sin duda por la idéntica causa
de la curiosidad. Dos alabarderos del Papa vinieron a colocarse a ambos lados
de la portezuela, y luego supimos que su Santidad iba a salir. No se hizo
aguardar Pío Nono, y pronto lo vimos aparecer en la parte más alta de la
latería, por la escalera por donde yo había bajado y que es la que conduce al
palacio del Vaticano, en el cual se encuentran las habitaciones del Papa,
Museos, etc.
El Papa venía a
paso majestuoso, acompañado de los familiares y velada su faz por el enorme
gavión o sombrero tendido de falda, huarapón, que materialmente le daba el aire
de un pastor... de numeroso rebaño.
Cuando se halló
entre las dos filas de curiosos, todos nos descubrimos y pusimos rodillas en
tierra, andando yo tan feliz, que la base de la pilastra a que me había
arrimado, me sirvió de cómodo reclinatorio.
Un estudiantillo o
seminarista vestido de sotana, que estaba a la cabeza de los espectadores de
enfrente, se precipitó al encuentro de su Santidad, y con aire resuelto se
arrodilló, le besó la mano y le entregó una papeleta, que Pío lanzó por encima
de su hombro a uno de sus acólitos, y continuó hasta su coche repartiendo
bendiciones, y acogido, no por aplausos y vivas como los demás soberanos, sino
por un concurso arrodillado, descubierto y mudo.
Al atravesar la
plaza en su carruaje distribuía bendiciones a los transeúntes que se iban
afinojando a un lado y otro.
Algunas mujeres
del pueblo de aspecto pobre, entregaban papeletas o memoriales a los granaderos
que escoltaban el coche, y que eran trasmitidos por ellos por las ventanillas.
Muchos de estos
papeles son simplemente felicitaciones en verso. El Vaticano es más que un solo
palacio, una reunión de palacios en la que cada sucesor de San Pedro ha ido
agregando algo, como se ve por el Museo Pío Clementino que recuerda a un Pío y
a un Clemente, la capilla Sixtina que recuerda a un Sixto, y el otro brazo de
Museo llamado Braccio Nuovo debido igualmente a un nuevo Papa. [188]
La etimología de
Vaticano es bastante curiosa, como que según el lector de las Noches Áticas,
Aulo Gelio, viene de vaticinio, por lo que allí se dictaban en tiempo del
paganismo.
El Vaticano es
para los cristianos lo que el Capitolio era para los paganos, y gran parte del
grupo inmenso formado hoy por San Pedro y el Vaticano se halla sentado más o
menos en el sitio donde Nerón tenía sus jardines y los circos en que se
inmolaban cristianos.
Roma cristiana
está tan empotrada en Roma pagana, que es raro el templo o basílica en que no
despunta alguna columna antigua o capitel. Pero no nos alejemos del Vaticano
sin describir aun cuando sea ligeramente alguna de las muchas curiosidades de
su Museo.
Entrando por la
larga galería lapidaria, se desfila entre el paganismo y el cristianismo, pues
se tiene a la derecha lápidas, inscripciones funerarias, etc., paganas, y a la
izquierda monumentos de igual clase, pero del cristianismo, desenterrados en
las catacumbas.
Lo que más
interesa y enternece en estos últimos es la candorosa ingenuidad que empleaban
para entenderse misteriosamente los perseguidos cristianos de los primeros
tiempos.
Figura en primer
término el monograma de Cristo compuesto de la letra griega X que en latín se
traduce por Ch como se ve en Christus que viene del griego Xristos, de la letra
X, repite cruzada sobre la letra P, letra igualmente griega que se traduce por
la nuestra R. Esta cifra suele ir escoltada por un alfa y un omega como
significando que Cristo es el principio y el fin de todas las cosas.
Los emblemas
figurados son más graciosos y sentidos todavía. Así por ejemplo el pescadillo
que figura esculpido por todos lados significaba nada menos que todo esto:
«Jesucristo de Dios hijo Salvador». ¿Por qué? Porque el nombre griego del
pescado es ixthus, que reúne todas las iniciales de Iesus Xristos theu vios
Soter, Jesucristo de Dios hijo Salvador.
Por esto los
primeros cristianos se designaban entre ellos con el nombre de pisciculi,
pececillos.
Los demás
emblemas, no menos interesantes, son de carácter histórico o moral, como se ve
por el Arca de Noé, la viña, la paloma, el ancla, el buen pastor, etc.
Los lectores que
no puedan ir a Roma harán bien en comprar la curiosa obra de Martigny
«Dictionnaire des Antiquités Chretiennes» [189] (París, Hachete, 1865) donde
hallarán figurado todo lo que yo aquí voy describiendo, y otras mil cosas más.
En mi primera
visita al Museo no pude entrar, porque una especie de lego que andaba por allí
me dijo que las puertas permanecían cerradas con motivo del Avento.
El Avento, me dije
yo para mí, es probablemente lo que nosotros llamamos el Adviento; mas como yo
no sabía otra cosa que la tal festividad que lo que dice el adagio que cada
cosa es su tiempo y los nabos en adviento, dije a mi hombre en el mejor italiano
que pude: ¿y qué tenemos con que sea el adviento?
-¡Cómo! -me
replicó el asustado monigote.
Lei e
prottestante?
El rigorismo
religioso es tal en Roma, que en ningún café o restaurant se sirve
ostensiblemente de carne los días viernes, y para conseguirlo hay que entrar en
algún segundo salón que no dé a la calle. El Braccio Nuovo es otro departamento
del Museo, y en su construcción se admiran algunas magníficas columnas de
alabastro oriental, otras de una piedra de un amarillo muerto que los franceses
llaman amarillo antiguo, y un magnífico pavimento de mármol con varios mosaicos
antiguos.
De sus estatuas o
grupos llaman la atención los siguientes: un Antinoo representado bajo la forma
del Dios de los jardines y de las frutas, Vertumno. Antinoo, el hermoso
favorito del Emperador Adriano, tal como allí se le representa, tiene no poca
semejanza con algunos batos y retratos de Lord Byron.
Una Venus
Anadiomena, que saliendo de la posición habitual y uniforme en que se
representa a todas las Venus, aparece exprimiendo sus mojados cabellos después
del baño.
El grupo colosal
del Nilo figurado; cuya fama es universal. El fluvial dios egipcio está tendido
largo a largo, apoyado en una esfinge. Diez y seis chicuelos de un codo de alto
se pasean por todo su cuerpo significando los 15 codos que el Nilo necesita
crecer para fertilizar la tierra egipcia. Uno de ellos pone una haz de espiga
en la mano del dios; otro le corona, y otro finalmente descansa con los brazos
cruzados en la cornucopia que el fecundante río tiene en la mano izquierda.
[190]
Otros niños, no
menos graciosos, juguetean a sus pies y tratan de hacer reñir a un cocodrilo
con un icneumon, animal propio del Egipto, especie de rata de agua y cuyo
nombre viene del verbo griego ikneuo que significa arrastrarse.
Las caras del
zócalo sobre el cual descansa todo el grupo, que vengo describiendo,
representan animales y plantas indígenas, como cocodrilos, hipopótamos, (voz
igualmente griega), cabatto del río, ibis o garzas, icneumones, etc.
Cuando alguna
familia se detiene ante este ingenioso y admirable grupo, es muy de ver el
alborozo de los niños al contemplar los 16 alegóricos que dejamos escritos.
En el Museo
Pío-Clementino se ve la famosa estatua del famoso cazador antiguo, Meleagro,
acompañado de su perro y con la cabeza del terrible jabalí de Calidonia; y en
el patio octógono, llamado de Belvedere, está el Apolo que lleva este nombre,
el grupo de Laocoon, y algunas obras más que pasan por la maravilla de escultura
antigua.
El Laocoon fue
desenterrado en 1506. Este grupo admirado por los mismos antiguos hace decir a
Plinio opus omnibus et picturae es statuariae artis proponendum, obra que debe
anteponerse a todas las producciones del arte pictórico y estatuario. Tres
escultores de la antigüedad trabajaron en él; y sus nombres, que por fortuna se
han conservado, son los siguientes: Agesandro, Polidoro y Atenodoro.
El Apolo fue
descubierto en los primeros años del siglo XVI. Su actitud serena, no obstante los
dardos que acaba de disparar y que tan lejos han de ir, revela la maestría del
escultor.
Finalmente la
rotonda conocida con el nombre de sala de la Biga, es interesante por las
costumbres que representa.
Vese allí desde
luego el carro romano de un solo tiro, biga, (así como el de dos tiros o cuatro
caballos se llamaba cuadriga) que da su nombre a la sala. La biga es de mármol
y ha sido grandemente restaurada.
Vese también los
discóbolos, esto es lanzadores del disco, o bien, jugadores de tejo. Ambos
están representados en el crítico momento en que cogido el tejo entre los dedos
índice y pulgar, miden con la vista la distancia que lo van a hacer recorrer.
[191]
Vese la distancia
que lo van a hacer recorrer.
Vese finalmente un
Auriga o cochero que acaba de obtener la palma de la carrera en el circo, por
lo que lleva en una mano el emblema de su triunfo, y en la otra unos trozos de
riendas como trofeo, todo lo cual reunido hace asistir por un momento al
visitante a las costumbres públicas de los antiguos.
La Biblioteca del
Vaticano tiene fama en Europa por sus manuscritos, lo mismo que la del
Escorial. Los contiene en número de 23.577: y en cuanto a los impresos, no
pasan de 80.000.
Saltemos ahora al
Capitolio. Pese a sus gigantescos recuerdos, los romanos de hoy lo llaman
humilde e industrialmente, Campidoglio, esto es, campo de aceite, así como
inurbanamente llaman Campo de Vacas (Campo Vaccino) al antiguo foro Romano.
Se llega a una
plaza, vulgar y pequeña, se sube por una larga rampa y viendo colosales
estatuas de Castor y Pólux, llamados colectivamente por los Griegos Dioscuros,
y las célebres columnas miliarias, una de las cuales marcaba la primera milla
de la Vía Apia.
Pisa uno al fin la
plataforma donde un tiempo tronó Júpiter Capitolino y donde en la Edad Media
fue coronado el Petrarca. Allí se encuentra la estatua ecuestre de Marco
Aurelio.
El Capitolio tiene
también su Museo, cuyas esculturas más notables son un Júpiter de mármol negro,
un Hércules niño de basalto, esto es, del mármol verde de los Egipcios, un
lindo fauno del mármol rojo que los franceses e italianos llaman «rojo
antiguo», el grupo del Niño y la Oca, el célebre Gladiador moribundo, lleno de
dolor y sentimiento, y cuya verdad anatómica no repugna como el San Bartolomé
de Agrates que dejamos visto en la Catedral de Milán; y por último, en el
Gabinete reservado, la célebre Venus del Capitolio, el grupo de Psiquis y el
Amor y el de Leda y el Cisne.
He aquí el moderno
atractivo del Capitolio. Degenerado de su antigua y austera grandeza sólo se
recomienda hoy por sus curiosidades artísticas.
Hemos llegado por
decirlo así, a la tarde de nuestra descripción, y para concluir con la Égloga
X, ya que empezamos con la primera, diremos:
Solet esse gravis cantantibus umbra
La sombra
[192]
dañosa suele ser a los que cantan.
Suspendamos pues
el canto a la sombra, pidamos órdenes a nuestro amigo y compatriota don Pedro
García y Sanz, que estudia en un seminario y que algún día será monseñor, y
pidámoslas al señor doctor don Luis Mesones, nuestro buen plenipotenciario, el
cual nos encargara para Nápoles unos corales por valor de 200 pesos, encargo
que no tendremos el gusto de cumplir; y hecho todo esto, partamos para Nápoles.
[193]
Capítulo XIX
Travesía de Roma a
Nápoles.- Primeros días de Nápoles.- Hoteles; calles y paseos.- Inclemencias
del tiempo.- Mr. Eugenio Young.- Noche toledana.- Los cicerones.- Excursión a
Pompeya.- Varias clases de viajeros.- Pompeya.
El 22 de diciembre
de 1861, después de almorzar en el hotel de la Minerva, salía yo de Roma y en
un coche me encaminaba a la estación del ferrocarril. Partí para Civita
Vecchia, llegando a dicho punto con tiempo de sobra para tomar el vapor de
Nápoles. Tocábame por segunda vez el Aunis de la línea francesa, que debía
zarpar esa tarde a las cuatro.
Algunos pasos tuve
que dar antes de embarcarme porque de costumbre en los Estados de la Iglesia,
todos eran tropiezos; y así, habiendo depositado la víspera mi pasaporte en la
policía de Roma y abonado una cantidad, tenía que pensar ahora ante todo en
reclamarlo.
Este paso llamó
otro, y de tropiezo en tropiezo, molestia en molestia llegué por fin a bordo.
La travesía fue
buena, lo que no impidió que yo me mareara desde los primeros momentos, tanto
que acababa de sentarme a la mesa, y empezaba a llevar a la boca la primera
consoladora cucharada de sopa, cuando «del plato a la boca se me cayó la sopa».
Un vuelco repentino en mis entrañas me hizo retirar al camarote, en el cual
permanecí hasta la mañana siguiente a las diez, en que fondeamos en la
encantada bahía de Nápoles.
Tanto tiempo hacía
que ignoraba yo lo que era sentirse plenamente satisfecho en una ciudad, que al
obtener esta gracia del cielo de Nápoles, me abandoné a la fruición pasiva de
mi bienestar; y durante los primeros diez y ocho días no hice más que estarme
[194] quieto, o arrobándome en las galerías del museo que aquí se llama degli
Studii.
Fui a pesar
primeramente al hotel de Roma, y aviniéndome a su oscuridad y a otros
inconvenientes suyos, me trasladé al Hotel «Victoria» sito en la plaza (targo)
del mismo nombre de la cual arranca la pintoresca Riviera di Chiaja, y el paseo
de Villa Reali, el más hermoso que he visto, pues se extiende al pie y a lo
largo de risueñas y pobladas colinas, y delante del mar, con vista sobre la
mayor parte de sus islas.
Nápoles me pareció
encantador desde los primeros momentos en que dando los primeros pasos de su
privilegiado suelo, me dirigía del muelle al hotel. No se desvanecieron mis
primeras ilusiones con la permanencia, como tantas veces sucede; antes bien
fortaleciéronse, y como la total alegría era para mí algo muy insólito, sentía
por Nápoles una gratitud sin límites.
En Nápoles se
encuentran muchas calles, más que las que el extranjero necesita en sus
cotidianas peregrinaciones, largas, anchas y limpias, por las que puede
pasearse sin recelo y sin llevar la vista en el suelo para pisar cosa mala. Aun
las callejuelas presentan sus trechos limpios, cosa que nunca creí notar en
Roma, cuya ciudad es incomparablemente menos aseada que la hija del Vesubio.
La calle Toledo,
la más larga de la ciudad, es digna de su nombre de principal; y tan
concurrida, tan animada se halla de día y de noche, domingos y días de trabajo,
que es difícil atravesarla; y eso que la multitud, viendo que no cabe en las
aceras, desbórdase por el centro de la calzada por donde caminan todos con las
apariencias y el rumor de un caudaloso río.
Al principio creí
que tal cosa fuera excepcional, por correr los días de pascua pero no tardé en
convencerme de que allí es eterna la fiesta.
En la calle de
Toledo arranca la de Chiaja, no menos favorecida por la concurrencia; y cuya
calle, siguiendo una dirección tortuosa, va a morir al mismo mar, aunque allí
se incorpora, y doblando a la derecha, se revive en la Riviera di Chiaja de que
ya he hablado; Riviera que costea los cerros y que lleva adelante el hermoso
paseo que también he descrito. [195]
En todo el
trayecto de Toledo a Riviera di Chiaja la aglomeración de carruajes es tal, los
domingos que forman un inmenso y no interrumpido cordón, que pone en apuros al
pedestre cuando quiere pasar de una acera a otra, y da a Nápoles el aspecto de
un París meridional.
En los días de mi
llegada sopló constantemente un recio y helado vendaval, uno de los más
impetuosos y descomunales que he visto en país civilizado.
Tal era él, que
trastornado y molido yo, y renegando de Nápoles, sin dejar de estar contento,
me retiraba a cada paso a mi cuarto nada más que a descansar; y por la noche me
acostaba rendido como si durante el día hubiera sostenido un gran combate. ¿Y
este es el clima, me preguntaba yo, cuya suavidad recomiendan a los
valetudinarios?
En la Nochebuena,
habiéndome comprometido de antemano con un viajero francés a ir a la misa de
Gallo, tuve que salir a la calle con tan crudísimo tiempo y a la tan molesta
hora en que esa misa se celebra.
Mi compañero se
llamaba el señor don Eugenio Young, hombre fino, educado e ilustrado,
corresponsal entonces del Journal des debats y redactor director de la Revue
des cours litteraries. Una de esas gratas compañías con que también se
armonizan y que tan raras son en los viajes.
Como una hora
anduvimos tonteando y maldiciendo el despiadado tiempo antes de dar con la
distante catedral. Llegamos a ella, y casi no había un alma salvo unos pocos
fieles del pueblo. No teniendo pues, nada de extraordinario el espectáculo, nos
volvimos gustosos a solicitar el abrigo de nuestras camas.
¿Dónde estaban los
napolitanos? Se habían retirado puertas adentro y allí festejaban la Nochebuena
con báquicas y paganas ceremonias.
Por todas partes
se oían detonaciones, incesantes, camaretazos y cohetecitos que tronaban y
reventaban, estrepitoso modo de divertirse y de festejar la Pascua, que me
recordaba al pueblo de Lima, y me traía atolondrado.
Muy desde prima
noche habían quedado desiertas las calles; desiertas por lo menos para la
animación que yo me había acostumbrado [196] a ver reinar en ellas. Veíanse
hogueras de trecho en trecho, y como las detonaciones no paraban, y el viento
redoblaba su ímpetu creía yo por momentos hallarme, bien en una ciudad
bloqueada, bien en un páramo de Siberia bajo una tempestad deshecha.
De rato en rato,
una mano y un brazo, nada más que un brazo y una mano, salían misteriosamente
de una ventanita que acababa de abrirse, teniendo cogido un cohetecito de
ignición entre los dedos índices y pulgar. Las chispas corrían rápidamente por
la untada guía, el mínimo e inofensivo proyectil daba su estallido, y todo a
las tinieblas y al silencio. ¡El brazo había desaparecido y la ventana
cerrádose, y el acto había tenido toda la solemnidad y la puerilidad de un
sacrificio pagando! ¡Qué gente tan extravagante! le decía yo a mi compañero; y
qué de restos de pergamino descubre uno por estas regiones.
Mientras que los
napolitanos se divertían de puertas adentro no dejando más para nosotros que
los cohetes, el traquido, el humo y las luces de bengala que nos echaban por
las ventanas, nosotros, pobres forasteros a quienes se arrojan los mendrugos
del banquete, avanzábamos hacia el hotel al cual llegamos al fin. Cesaron los
ruidos, y el vendaval no volvió, de lo que nos felicitamos mucho, conservando
yo un recuerdo duradero de esa noche toledana o más bien limeña. Empero, el
frío continuaba, y no como quiera el frío grueso de un día nebuloso de
invierno, sino ese frío exquisito, fino, sutil, que a aquí como en Londres y
París caracteriza los días transparentes de la estación invernal. Así es que
aunque el primer movimiento es de regocijo al ver el sol o la luna brillando
radiantes en un cielo azul y sin nubes, no tarda uno en suspirar por los días
encapotados, en que por lo menos se siente uno encapotado en una atmósfera
pesada y tibia, y libre de ese vientecito penetrante e intenso, de ese cierzo
agudo y molesto que mortifica.
Una de las peores
necesidades del viajero es el cicerone, o valet de place, o trujaman o guía que
es forzoso tomar, aun cuando no sea más que por respeto a las tradiciones
locales y a lo establecido por anteriores viajeros. Un zángano de éstos, odioso
e ignorante, nos trae al retortero por el dédalo de curiosidades de cada
pueblo; anda al escape, se impacienta si nos detenemos ante un objeto [197] que
de imaginación hemos venerado desde nuestra remota infancia, y que para él,
gran camueso, no tiene el menor interés, nos perturba en nuestras grandes
meditaciones con noticias ridículas, o que sabemos antes y mejor que él.
Mi costumbre era
tomar un guía el primero, o los primeros días si el campo de las curiosidades
era extenso para con él y a su paso recorrerlo todo, nada más que recorrerlo y
una vez prácticamente orientado ya, comenzaba a pasearme solo y a mi gusto.
En mi primera visita a Pompeya hice menos
que esto todavía, y uniéndome a mi excelente y nuevo amigo don Eugenio Young,
tomamos un birlocho por todo el día lo que nos salió por dos ducados (dos
soles).
También se hace el
viaje por ferrocarril que llega hasta las mismas ruinas. Atravesamos los
interesantes suburbios de Pórtici, Resina, Torre del Greco y Torre de la
Anunziata, y a eso de las once de la mañana nos apeábamos en el hotel de
Diomedes, sito a la entrada misma de la ex ciudad, y conocido como todo lo que
rodea a Pompeya con un nombre del gentilismo.
Tuvimos un tiempo
famoso, no sólo claro, sino abrigado y hasta cierto punto tibio; y con muy
regular apetito acometimos al almuerzo que nos sirvió el señor Diómedes,
almuerzo que fue pasable y que importó en todo siete francos no obstante haber
habido botella de Lacryma Christi.
Entre plato y
plato, mi compañero que había hecho buenos estudios literarios, recitaba la
célebre poesía de Lamartine, titulada Le lac. Cuando hablábamos de la antigüedad
clásica, que era a cada paso, porque desde que un viajero culto se aproxima a
Pompeya, comienza a no vivir sino de la época gentílica, veía yo con gusto que
mi compañero también era fuerte en esta parte de la literatura, y me regocijaba
pensando que nos serviríamos y socorreríamos recíprocamente en la interesante
visita que íbamos a emprender. Y así fue en realidad.
El colaborador del
«Journal des Debats» era hombre que se complacía lo mismo que yo, en descifrar
y desentrañar cada pintura, inscripción u objeto que encontrábamos en las
mismas calles o casas de la abandonada Pompeya. [198]
Viajeros de este
fuste son raros; viajero rico y desahogado es cualquiera, puesto que viaja por
placer; pero no todos, sino muy pocos, traen el espíritu suficientemente
preparado para gozar de lo que van a ver, especialmente en Italia donde los
viajes son una prueba continua y un examen público de la educación del
individuo, examen en el cual fracasan los más y descubren su vulgaridad.
Entramos en Pompeya
por la «puerta de la Marina» contigua al hotel Diómedes, y sólo empleamos tres
horas en recorrerla, de lo que yo no quedé inconsolable, pues traía intención
de hacer a ese lugar buen número de visitas, y a esta primera no la consideraba
sino como una mera orientación para familiarizarme con la topografía.
Aunque todos los
edificios subsisten en pie, ninguno, como es de suponerse, conserva techo ni
maderamen de ninguna especie, que harto han hecho con salvar lo demás de un
estrago de dieciocho siglos: los pocos hechos que se ven en alguna que otra
casa han sido puestos para resguardo de algunos frescos u otros objetos
curiosos que no se ha querido o podido transportar al Museo de Nápoles, almacén
de todos los tesoros pompeyanos descubiertos hasta hoy que son innumerables. No
llega pues la ilusión del visitante hasta el extremo de creer «que se encuentra
en una población habitada cuyos moradores van de un punto a otro», según la
peregrina ocurrencia o paradoja de algún viajero. Tampoco es fácil formarse una
idea clara del conjunto y del detalle de lo que se ve, si no va pertrechado de
buenos estudios clásicos o en su defecto, de algunos repasos de Charton y de
otros escritores modernos que han descrito a Pompeya por todos sus lados con el
lápiz y la pluma, en obras de mucha utilidad.
Sin estas
precauciones es imposible la reconstrucción mental de la ciudad y el verla
distintamente en la imaginación, asignando el sitio propio a cada columna,
pilón, ara, piedra, que como otras tantas ideas incoherentes ve uno esparcidas
y aisladas en esquinas o edificios.
Las calles son
rectas y angostas, y algunas tanto que no podrían pasar por ellas de frente dos
de los ligeros carros cuyo diestro manejo era esencial de la educación de los
romanos. El pavimento o piso se compone de grandes losas volcánicas de forma
polígona, [199] como las de Vía Apia en Roma, como las de muchas ciudades
modernas de Italia.
Cada calle tiene
sus aceras (márgenes) y entre ellas y a su misma altura se elevan de trecho en
trecho, generalmente en las esquinas y centro de cada calle una, o dos, o tres,
según la anchura de la calzada, grandes piedras oblongas puestas en el medio de
la calzada, y que servían para pasar sin encharcarse de un acera a otra, en los
grandes aguaceros. He aquí lo único de una calle pompeyana que no tiene par en
ninguna de nuestras ciudades modernas, al menos de las que yo he visto, que no
son pocas.
En Pompeya no se
ha descubierto hasta ahora como en Herculano un solo papiro, que era la materia
empleada por los antiguos hasta que se generalizó el pergamino, originario de
la asiática ciudad de Pérgamo. El papiro es una planta de tallo herbáceo, que
aun hoy crece espontánea en muchos lugares, como que algunas semanas después
pude verla yo mismo, a orillas del río Anapo en Siracusa, y comprar una
cartilla de grosero papel papiro fabricado por mera curiosidad en el lugar.
En cuanto a
Herculano (de cuya descripción me ocuparé más adelante) el compañero de la
muerta Pompeya, el que tan triste juego hace con ella, la ciudad de Hércules,
ha suministrado ya como mil rollitos de papiro, tan completamente carbonizados,
que se les tomaría por trocitos de leña quemada.
A fuerza de
trabajos y precauciones y desenrollándolos lentamente en telares especiales,
han sido descifrados y hasta publicados algunos en una Biblioteca Especial del
Museo de Nápoles; y ¡asómbrense ustedes! ninguno de esos papiros han sido hasta
la fecha una obra importante desconocida, ni siquiera un nuevo códice de las ya
conocidas, que viniendo a ser el texto más auténtico de cuantos códices o
manuscritos posteriores existen en las bibliotecas de Europa, habría echado por
tierra el cúmulo de varias lecciones sobre que reposa tanta reputación
filológica de Alemania, Italia, etc.
La mayor parte de
las papirenses obras de que hablo, versan sobre la retórica o sobre la música
que es como si dijéramos música celestial; mas no se desespera de ver aparecer
algún día obras de mayor importancia. [200]
En las paredes de
las calles y de las tabernas pompeyanas se han encontrado varias inscripciones
populares, de aquellas que en esos como en estos tiempos trazaba con un carbón
o con un punzón cualquier pilluelo o borracho transeúnte. Y así como los
objetos de arte han dado lugar a una magnífica e ilustrativa obra en siete
gruesos volúmenes publicada en París por Didot, y más verificada con el lápiz
que con la pluma, así las inscripciones murales o parietales de Pompeya han
motivado otra obra especial, más ejecutada con el buril que con la pluma y que
por desgracia no pude proporcionarme. (Véase más adelante). Mas no por eso
dejaré a mis lectores sin saborear algunas inscripciones de puro y genuino
latín, para lo cual les convido al siguiente capítulo.
[201]
Capítulo XX
Inscripciones de
Pompeya.- Esplendidez del panorama pompeyano.- El novelista Bulwer.- Eternidad
de la naturaleza.- Columna de humo del Vesubio.- Mis contubernales.-
Alrededores de Nápoles.- Los birlocheros napolitanos y sus ragazzas honestas.-
Bayas.- Media ascensión del Vesubio.
Sí, las
inscripciones encontradas en Pompeya pertenecen al verdadero latín, al que
vivió y no a ese otro más o menos muerto que sólo ha llegado a nuestros días
después de pasar durante siglos, primero por las manos de bárbaros copistas, y
lo que es peor, de copistas pedantes que trabajaban, agregaban, suprimían,
suplantaban y alteraban los textos, ni más ni menos como algunos modernos
correctores de pruebas, que pretenden saber más que el autor; segundo por las
manos de los impresores y cajistas, no tan bárbaros, pero que también han
contribuido no poco a acabar los textos, y tercero y último, por la de
comentadores más o menos topos.
¿Qué importa que
gran parte de las inscripciones pompeyanas sean obscenas, que en ellas se denigre
al prójimo, que su ortografía sea grosera, si por lo menos allí el estilo es el
hombre y no el resultado de combinaciones torpes de toda una escuela de
humanistas?
He aquí algunas de
esas inscripciones:
Candida me docuit nigras odisse puellas.
que en castellano podríamos traducir: «Desde que conocí a
Blanca, aprendí a detestar a las morenas».
Un chusco contesta
al pie: [202]
Oderis et
iteras. Scripsit Venus Nisica Pompeiana
«Las odias y las frecuentas», lo puso la Venus Física
Pompeyana.
La Venus Física
era la naturaleza personificada, como la Isis de los Egipcios.
Ah peream! sine te si Deus esse velim.
«Ah, perezca yo,
si me avengo a ser un Dios sin ti».
Un esclavo que ha
terminado su condena de dar vueltas a las piedras de un molino (porque así como
a nuestros negros esclavos se les mandaba por castigo a las panaderías, así los
esclavos romanos o los deudores eran mandados por sus amos o acreedores a los
molinos, pena de que no se libró el mismo Plauto, víctima de sus acreedores).
Un esclavo de
esos, dijo, dibuja un burro dando vueltas a un molino y escribe al pie:
Labora, aselle, quomodo laboravi,
et
proderit tibi.
Asno, trabaja como yo lo hice,
y
te aprovechará.
En muchas de estas
inscripciones se cita a Virgilio, Ovidio, Propercio; jamás a Horacio. Se diría
que los pompeyanos no llegaban nunca a los 40 años, pues Voltaire ha dicho:
J'étais pour
Ovide a vingt ans,
je suis pour Horace a quarante.
El autor italiano
Garruci ha recopilado y publicado en Bruselas un volumen de esta literatura
especial bajo el título de Graffiti di Pompei. [203]
La mayor Parte de
las pinturas murales al fresco de Pompeya han sido desprendidas y trasladadas
al Museo de Nápoles con mucha prolijidad.
En mi primera
visita a Pompeya, no pude hacer otra cosa que orientarme, como ya he dicho; el
tiempo se nos fue en correr de una curiosidad a otra, queriendo verlo todo a un
mismo tiempo y mis impresiones no se hicieron profundas hasta posteriores
visitas. En la primera lo que más me impresionaba era el conjunto en primer
término y en segundo, el panorama, ese panorama que se dibujaba y pintaba con
tan vigorosos colores.
A un lado tenía el mar, ese mar azul y
serenísimo tan bien descrito por Lamartine en su Graziella; al otro lado, la
llanura tendida entre el punto de vista y la falda del volcán; la llanura verde
y salpicada de blancos caseríos; las montañas nevadas detrás del Vesubio y
finalmente a los pies del espectador, en torno suyo, las ruinas con un
indefinible color, con la augusta majestad de los siglos; Pompeya, tan bien
pintada en la novelita de Bulwer «The last days of Pompei» de la cual se ha
sacado la ópera Ione que el público limeño conoce.
Bulwer se avecindó
ex profeso por algunos meses en la campiña de Nápoles, para vivir su vida, es
decir, la vida de Pompeya el año 79 del cristianismo, porque todos sabemos que
el sol, el cielo, los astros, la naturaleza, la magnífica e inmensa urna que
rodea al hombre, no se empaña ni se altera con el hálito de las generaciones.
Esta luna que hoy contemplan nuestras románticas tórtolas es exactamente la
misma fría deidad ante la cual se arrobaba tal vez Cleopatra; ese sol que
arrebató a Espronceda, no es otro que el que tostaba y exasperaba acaso a
Alejandro Magno cuando atravesaba los arenales de la Libia en busca del templo
de Júpiter Amon.
Es el mismo al
cual Fedra, de raza heliaca, había dicho antes de morir:
«Soleil je viens te voir pour la dernière
fois».
Sol, vengo a verte por la vez postrera. [204]
Esa pálida aurora
que hoy borda los jazmines, los cristales de nuestras ventanas, es la misma a
cuyo frío influjo soñaba Memnon.
El sol, la luna,
las estrellas, el cielo, la naturaleza, en fin, religa a los hombres de todos
los países y de todos los tiempos.
¿Quién no la amará
o más bien, quién no la mirará con veneración? ¿Quién no sentirá un invencible
amor a esos astros con sólo pensar que su luz ha pesado y ha de pesar sobre
nosotros por una eternidad; y que si vivos nos calientan, muertos ¡ah! muertos
y desenterrados nuestros despojos con el transcurso de los siglos
¿Al resplandor de los fanales esos
han de blanquear nuestros durables huesos?
Trivialidades son
éstas que el lector sabe no menos bien que yo. Atinado anduvo pues Bulwer
cuando, concluido su conocimiento mental de la ciudad que iba a exhumar él
también, se retiró a sus cercanías para sentirla.
El contraste de
los colores desde el punto de vista al cual he arrastrado a mis lectores, es
tan sensible, que por momentos me sentía ofuscado.
De igual
espectáculo más o menos seguimos disfrutando en todo nuestro regreso a Nápoles,
y lo que veíamos nos parecía un verdadero juego de óptica.
El volcán despedía
esa tarde una gruesa columna de negro humo, que ondulando en el aire majestuosamente
ganaba el mar.
Herido por los
rayos del sol poniente tomaba un tinte rojizo, y a trechos un bellísimo color
rosado, haciendo parecer que el Vesubio vomitaba llamas en ese momento. Al
llegar a cierto punto de Torre del Greco, nos fue preciso pasar por debajo de
la ancha y oscura faja que invadía el aire. Agachamos instintivamente la
cabeza, vímonos envueltos en una momentánea noche, y pese a nuestra precaución
de apretar los dientes, comenzamos a tragar una finísima ceniza.
El «Hotel Victoria»
estaba perfectamente poblado, y su mesa y sobremesa eran tan gratas por la
excelente compañía, que la conversación solía prolongarse hasta las diez de la
noche muchas veces. [205]
Con excepción de
dos rusos, un anciano y otro adolescente, todos los pasajeros eran ingleses y
norteamericanos, y sólo yo no tenía paisano, cosa a la cual estaba ya muy
acostumbrado.
En compañía del
rusito Sievers, a quien naturalmente me asociaba la coetaneidad, visité en
diversos días, ya en excursiones matinales, ya en vespertinas y siempre en ágil
birlocho, la gruta de Sejano, el lago Aguano, las ruinas de Pausílipe, algunas
iglesias, como la catedral, Santa Clara, San Severo (capilla), las catacumbas,
la Cartuja de San Martino, la Villa Romana, etc.
En una excursión
especial de un día entero, y acompañado de un cicerone al cual pagaba doce
carlinos (como doce reales), recorrimos todas las innumerables curiosidades de
este o aquel carácter aglomeradas sucesivamente en Puzzoli, Solfatara, Bayas,
Cumas, Miceno, etc., en donde lo antiguo y lo moderno se hallan perfectamente
confundidos, lo mismo que en los edificios de Roma y en los de Atenas.
Tan pronto como
llegábamos a una fácil y larga calzada, nuestro cochero aflojaba las riendas, y
volviendo la cara hacia nosotros nos decía con aire insinuante: «¿Velate una
ragazza?» Y viendo que tardábamos en aceptar, acabábamos de persuadir,
agregando con fineza:
«Onesta, onesta»;
lo que prueba que esa buena gente no se limita sólo a ganar la vida por medios
exclusivamente cocheriles.
Es imposible pisar
Bayas sin estremecerse. El parricidio de Nerón, con tantos vivos colores y con
tan domésticos pormenores narrado por Tácito, asalta la imaginación. Prodigios
hizo Agripina por librarse de los sicarios de su hijo, a pesar de lo cual y de
algunos leales siervos, cayó al fin traspasada por los puñales de los esbirros.
Por último, en
compañía del mismo rusito y de los dos jóvenes norteamericanos emprendimos,
nuestra ascensión del Vesubio que por esta vez se frustró y fue del modo
siguiente.
Después de haber
contratado un coche o carretela de cuatro asientos, y concluido nuestro casero
almuerzo en el Hotel Victoria, salimos para el Vesubio, el rusito, los dos
jóvenes norteamericanos y yo.
Pasamos por Resina,
y en menos de una hora llegamos al punto indicado por el cochero para alquilar
los caballos que debían conducirnos [206] hasta las faldas del volcán. Los
flacos jamelgos vesubianos emplearon otra hora en ponernos en la Ermita (así se
escribe en italiano).
Al salir de
Resina, además de indispensable guía, se nos agregó una media docena de
palurdos a pie, resueltos a acompañarnos en calidad de peones o escuderos, o
más bien de palafreneros, pues cada uno de ellos se colocó al estribo de uno de
nosotros, asiéndose firmemente de la cola del caballo y convirtiéndose en su
parte integrante. Y resueltos a seguir, fuera lo que fuese, la suerte de las
bestias, no se desprendían, no se desasían de ella por más que trotara,
corriera o corcoveara. Gozaba pues yo, de una perspectiva bastante singular
cada vez que me quedaba a retaguardia de la cabalgata que desfilaba en hilera
de uno en fondo por la angostura del sendero de algunas partes. Esta costumbre
de los napolitanos, el encaramarse del estribo, de las varas, y de la testera
de un coche o corricolo, cubriéndolo de tal suerte, que apenas quedan a
descubierto las ruedas, el grito seco y áspero que a falta del ¡arre! español
emplean para animar a las bestias que arrean y que suena como un ¡jac!, su
tendencia a la pantomima, la mueca armónica de que acompañan algunas
exclamaciones de su expresiva lengua; su afición a colorines, todo les imprime
un sello especial, pintoresco, extravagante que los hace simpáticos y que
revela que ese Vesubio, quemándolos constantemente, los hace reverberar y
chispear como el sol a los arenales ardientes.
Todos sus
ademanes, hechos y palabras parecen brotar de una fantasía enardecida, exaltada
incesantemente por el fuego sutil, de que en parte el hombre es la obra y el
reflejo.
El camino hasta el
pie del cono del volcán se compone exclusivamente de montones de lava apiñada,
que se presenta bajo las mismas formas caprichosas de los metales derretidos
cuando se han enfriado en las grandes fundiciones. Su color pardusco recuerda
el de las ballenas y demás cetáceos; así es que al fijar la vista en el suelo,
con muy poco esfuerzo de imaginación, comienza uno a ver representada una serie
infinita de escenas a cual más extravagante, en las que figuran siempre como
únicos protagonistas, tiburones, ballenas, rinocerontes, hipopótamos y otros
paquidermos haciéndose [207] una guerra implacable y absurda, como la que
pudiera concebir una imaginación calenturienta, o un poeta o artista al
representar la descomunal batalla entre Júpiter y los titanes, o un pintor
cualquiera encargado de los arabescos.
La Ermita es una
casucha desmantelada, que se eleva en un paraje desierto al lado del
Observatorio Meteorológico siendo ella y él lo único que de humano se encuentra
en esas ingratas alturas. Me figuro que la Ermita ha de ser como esas postas de
los Andes del Perú y Bolivia.
Echamos pie a
tierra ya bastante mojados por la lluvia, que había empezado a caer media hora
antes. Sorprendidos primeramente por ella en el trayecto de Nápoles a Resina, y
habiendo aclarado el día de nuevo al llegar a ese último pueblo, creíamos que
podríamos continuar nuestra excursión y fiarnos de la falaz temperatura.
Ya en esta segunda
vez la lluvia, se sostuvo y no tardaron en venir a reforzarla el viento y la
tiniebla, bastante recio aquél, bastante espesa ésta.
Mientras «Júpiter
soltaba sus pluviosas cataratas» parecionos prudente permanecer refugiados en
la Ermita, consolándonos con una botella de Lacryma Christi; y al lado de una
chimenea por fortuna encendida, con un fuego más que regular.
Compónese la
Ermita de dos salas, blanqueadas o encaladas las paredes y de dura tierra el
suelo, adornando la primera, en que nos instalamos a causa del fuego, unas
pocas sillas de paja, un mugriento escaño, una mesa, una alacena baja y un
bufete tosco y grosero sobre el cual hallamos dos libros manuscritos igualmente
mugrientos.
Al hojearlos, creí
recorrer un mal cementerio de aldea, o más bien un cementerio abandonado, tales
eran la confusión y el desorden con que andaban mezclados nombres diferentes,
escritos ya con lápiz, ya con pluma, ya con letrones de cartel, ya con la
mínima escritura de una costurera.
Unos de través,
otros al revés, éstos a la espartana, como quien dice «Gil Pérez», aquellas a
la portuguesa con varios nombres y apellidos, títulos, condición, patria,
impresiones y observaciones del viajero, etc. [208]
¿Han visto ustedes
(¡y cómo no han de haber visto!) uno de esos lúgubres dramones de Bouchardy?
Pues ahí tienen ustedes el cuadro que en esos instantes y con nosotros y
nuestras guías dentro, presentaba la Ermita del Vesubio. Sólo faltaban
relámpagos y truenos; por lo demás, nada faltaba de lo que acostumbraban
acumular ciertos románticos dramaturgos: la casita aislada y desmantelada en
yermas alturas, los jóvenes viajeros ateridos y mojados en torno del hogar; los
labriegos que nos habían escoltado; el patrón; alguno que otro campesino de
mala traza a cierta distancia; la ventanilla con dos o tres cristales rotos y
sacudida con ímpetu por el viento a cada paso; frío y cerrazón por fuera,
solemnidad por dentro, nada faltaba, repito, para inspirar a Bouchardy o a
Verdi.
Desistimos de
continuar nuestra ascensión por ese día, y viendo que el tiempo no mejoraba y
que la noche se nos venía encima, comenzamos a preocuparnos con la bajada.
Emprendímosla resueltamente, y a pesar del viento y de la lluvia llegamos a
Resina sin novedad.
Ajustada nuestra
cuenta tuvimos que pagar: por cinco caballos y un guía tomados de Resina, cinco
pesos, y dos al coche de cuatro asientos que nos había servido todo el día.
Además gastamos en la Ermita doce reales en dos botellas de Lacryma Christi.
[209]
Capítulo XXI
Herculano.- El
teatro.- Preparativos para ir al Vesubio.- Un rusito caballófobo.- La
Ascensión.- La cima.- El cráter.- La bajada.- El ruso ruciófobo.- Capua.- Ver
Nápoles y morir.
Pocos días después
salí a visitar Herculano en compañía de mi rusito, y casi sin intención de
prolongar el viaje hasta el cráter del Vesubio, porque no esperábamos que el
tiempo se compusiera.
El carruaje, que
esta vez era un birlocho de dos asientos, debía costarnos por todo el día hasta
las siete de la noche, apenas peso y medio, lo que pagaríamos en Lima por una
miserable hora y media sin recorrer más distancia que las pocas y cortas
cuadras del centro de la ciudad.
Visitamos en
Herculano, el teatro subterráneo a la luz del tres velas de cera que
encendimos, una el guía, otra el rusito y otra yo, por lo que mal pudimos
hacernos cargo de su forma, pues si bien una parte de la escalinata o gradería,
que como en los modernos circos ofrecía asientos a los espectadores, está
descubierta y en buen estado, la otra yace enterrada en la dura lava.
Al llegar al sitio
que ocupaba la orquesta y mirar a ambos lados, admira uno la anchura de la
escena, sin ejemplo en nuestros teatros modernos, incluyendo San Carlo y la
Scala.
Entonces se
comprende por qué los histriones antiguos salían con altos zuecos, con máscaras
de cóncava y acústica boca; lo primero para hacerse visibles a tan numeroso
auditorio; y lo segundo para que reforzada la voz pudiera llegar a todas las
extremidades del teatro.
He aquí también
por qué todas las comedias de Plauto y Terencio llevan indefectiblemente un
prólogo, o breve introito en que un autor o personaje de la obra que se iba a
representar, exponía al [210] auditorio el argumento de ella; precaución que en
nuestros modernos teatros sería inútil y ridícula, si después de inspeccionada
la anchura de la boca del proscenio quiere sondarse su profundidad, la vista
tropieza inmediatamente con los enormes pilares modernos que guarnecen la
escena, y que se ha puesto para evitar el desplome de la bóveda sobre que
descansa una parte de Resina, pueblo situado, como es sabido, encima de
Herculano, por cuya razón y por ser demasiado dura y alta la capa que soterra a
la antigua población, ha habido que renunciar a exhumarla como a Pompeya, la
cual apenas está cubierta por una ligera y nada profunda capa de ceniza.
Al salir del
teatro, entramos nuevamente en las calles de Resina y fuimos a parar a otro
pedazo descubierto de Herculano.
Lo que es éste, se
encuentra a flor de tierra y basta la luz del día para verlo. Se reduce a un
trozo o barrio de vecindad que contiene unas pocas casas, una cárcel y una
calle, reunión de ruinas casi insignificantes cuando se ha visitado las tan
completas de Pompeya.
El día estaba
magnífico, y como la ocasión la pintan calva, allí mismo ordenamos al cochero
que se dejara de meternos por las narices sus ragazzas onestas y que nos
condujera donde un buen guía vesubiano.
Hízolo así el
rufianesco auriga, y tuvimos la desdicha de caer en manos del más ruin de los
guías, el cual nos hizo dar mil vueltas a pie jurando que de un momento a otro
iban a asomar los caballos.
El rusito
entusiasta quería que siguiéramos a pie hasta el cráter, cuando aún yendo a
caballo y que poner dos horas y media en todo; y siendo ya la una del día, no
me explicaba la flema de mi compañero.
Más tarde supe la
causa de su antojo, causa de las más originales y graciosas que puedan
imaginarse y que impondré a mis lectores más abajo.
Al fin apareció un
mal rocinante, proponiéndonos el que lo traía que mi compañero y yo
cabalgáramos por turno y que él guiaría a pie. [211]
No acepté. Trájose
entonces un asno, para que no faltara ninguno de los cuatro elementos
quijotescos; el rocinante, el rucio, don Quijote y Sancho Panza.
Mi compañero que
por lo visto deseaba hacer este último papel, se abalanzó gozoso al asno
diciendo que esa era la única cabalgadura que le acomodaba.
He aquí por qué
pretendía ir a pie hasta el pie del cono. El buen rusito era un caballófobo;
tenía por los caballos un terror supersticioso como los antiguos peruanos, y
prefería hacerse una jornada a pie, o por lo menos a burro, animal que por lo
visto le aterraba menos.
Habido el asno,
hubo que buscar la montura, y habida ésta cabalgamos y echamos a andar. Al
primer estirón de mis piernas sobre la silla, reventé una acción y me quedé sin
estribo, y al primer tirón del rusito que sofrenaba a su asno con temblorosa
energía, se quedó con las riendas en la mano. ¡Todo estaba podrido!
Mi escudero se
venía comparando él mismo a Sancho Panza; y en buena y agradable plática
llegamos al cabo de una hora al pie del cono.
Allí lo echamos a
tierra (el pie nuestro se entiende) y nos preparamos a la ascensión; mas como
al salir de Nápoles por la mañana yo no había pensado en ella, me hallé muy mal
pertrechado en lo tocante a vestido y calzado para trepar por esa pendiente
cuesta.
Mis pantalones y
botines más o menos finos, iban a ser destrozados con el roce de rudas escorias
y acabados de perder al resbalarse por la pendiente de fina y suave ceniza del
otro lado.
La ascensión del
arduo como dura (o duró la nuestra) tres cuartos de hora. Se trepa por montones
de escorias como por una cuesta pedregosa, asentando con brío el pie en esos carámbanos
de lava que ceden, crujen, rechinan y al fin dejan al pie dar un paso más, pero
sacándole el diezmo o sisa de un peso perdido cuando menos en cada diez pasos.
Por la primera vez
de mi vida sudé propiamente hablando la gota gorda, pues gruesas gotas corrían
por mi rostro. No menos angustiado, aunque no lo confesaba iba mi buen Sancho.
¡Pobre de él si hasta allí hubiéramos venido a pie! [212]
Mi guía se había
colocado delante de mí desde los primeros pasos y alargándome la punta de la
faja que rodeaba su cintura, agarrado a la cual iba yo como los labriegos del
otro día a la cola de nuestras cabalgaduras.
Deteniéndonos de
trecho en trecho a tomar resuello que nos faltaba, llegamos finalmente a la
cima que es una vastísima plataforma o meseta. Envolvime en mi gabán porque
soplaba un viento helado, y al pasear mi mirada en torno, y contemplarme en esa
volcánica altura, y respirar esa atmósfera tan sutil, mi primer pensamiento fue
la transfiguración del alma después de la muerte; y como un corolario de
semejantes ideas, comencé a recordar algunas frases sueltas del magnífico Sueño
de Scipión de Cicerón, cuando aquel héroe se vio en sueños transportado al
mundo astral o sideral, desde el cual veía la tierra de mínimo tamaño, y sin
embargo suspiraba. Por una ilusión de óptima producida sin duda por la excesiva
luz, creía que el sol, que bajaba al occidente y las nubes que le hacían juego,
estaban casi al alcance de mi mano.
Los rayos del sol
rielaban en el mar con tal fuerza, que borrando por completo la línea divisoria
entre el océano y el firmamento, formaban una ancha y luminosa estela que iba
hasta la playa, y agua y cielo desaparecían, más bien se confundían en la
admirable ardiente fusión.
Así las
embarcaciones fondeadas en la bahía pareciéronme pardasmibes, aves flotando por
el cielo. Era un completo miraje o espejismo.
Di la vuelta al
cráter que tiene la misma forma de esos anchos vasos o jarrones a que los
antiguos daban el nombre de cráteres, por lo que el nombre es apropiado.
Una capa de humo
blanquecino con el algodón se mantenía indecisa y flotaba de borde a borde,
extendido como un gran mantel. Rasgábase a ratos y me dejaba sondar la
profundidad del gran horno, y que nada tiene de lóbrego y cuyas paredes bajan
casi perpendicularmente, sin que mi vista alcanzara a divisar los torrentes de
fuego y lava hirviente que debían bullir en el ínfimo fondo.
En una palabra,
cuando la capa de humo se desgarraba más completamente, el cráter, no parecía
otra cosa que unas de nuestras [213] quebradas u hondonadas, con la sola
diferencia de la forma regular de vaso o cráter.
El dar la vuelta
al respiradero del volcán no es obra tan de momento como se cree desde abajo,
en que se toma el cráter por una boca insignificante. El verificarlo yo, una
espesa bocanada de humo impregnada de azufre venía con frecuencia a hacerme
toser y casi a sofocarme.
Para bajar por el
opuesto lado, basta dejarse ir, como quien desgalga una piedra, por la finísima
ceniza; y en muy pocos minutos de suave descenso echado de espaldas, deshace
uno la ruda obra de tres cuartos de hora, que ha puesto para subir por la otra
falda.
Las lluvias habían
reducido a lodo la ceniza; mas sin quitarle o embotar su propiedad resbaladiza.
Lo más admirable es que en este modo de bajar, no sólo no hay peligro ninguno,
sino que el descendente puede graduar y hasta suspender si le place, su rápido
descenso.
Cuando llegamos al
suelo parecíamos dos deshollinadores de chimeneas. Noche cerrada era cuando
entramos a Resina.
Caminando en la
oscuridad y por malos caminos, y jineteando mal, mi compañero se había caído
dos veces de su burro, con lo cual llegando al paroxismo del terror, quiso
seguir el viaje a pie, y anduvo así por largo espacio; mas como Resina aún quedaba
lejos y la hora era avanzada, volvió a trepar a su rucio el ruso, y comenzó a
andar muy paso a paso, prohibiendo severamente al peón que le azuzara el burro
y que le separara un solo instante de la brida.
De tiempo en
tiempo me despachaba un propio para que acortara el paso, lo que poco trabajo
me costaba, porque ni a bastonazos podía compeler yo a mi rocinante a que
sacara fuerzas de flaqueza.
Pocos días después
me acompañé del mismo caballófobo rusito para ir a visitar Capua, a donde llegamos
en una hora larga por el ferrocarril. Pasamos por la estación de Caserta,
célebre por un hermoso palacio, que se ve al frente de la estación, y por la de
Santa María de Capua, que ocupa el sitio de la Capua antigua, y en la que se
conservan restos de un famoso anfiteatro de la antigüedad, que fue según
parece, el primero que construyeron los romanos.
Recorriendo las
calles de Capua moderna, tropezamos apenas [214] salimos del tren con dos
bellezas notables, la primera era bonita, perfecta y nuevecita, y la otra,
igualmente una hermosura perfecta, pero en pleno desarrollo. Comprendimos pues
que no había exageración en la fama de hermosas que gozan las capuanas, y por
mi parte recordé esta célebre reflexión de Séneca; «un invierno en Capua bastó
para subyugar a aquel que había resistido las fatigas y los hielos de los
Alpes» (Aníbal).
Porque la antigua
Capua que apenas dista unos veinte minutos de la moderna, era para Italia lo
que Lima para el Pacífico.
Un carruaje nos
llevó a ella en ese espacio de tiempo. Santa María o Capua antigua, es más
bonita y aseada que la moderna. Su única curiosidad es el anfiteatro cuyos
macizos restos sorprenden.
Y siguiendo ahora
con otros atractivos de Nápoles, ¿qué diré a mis lectores de la tarantela, el
interesante y popular baile napolitano, que se improvisa a cada paso y con la
mayor frecuencia y facilidad y hasta detrás de una puerta cochera?
Sólo el Egipto más
tarde debía producirme con sus costumbres populares y simpáticas unas
impresiones tan agradables como las que el pueblo de Nápoles me inspiraba.
¿Quién diré de las
linduras de lapislázuli, y de las de coral, ya rosado, ya como almagre o
bermellón, ya entera y totalmente blanco, que a tan bajo precio se encuentran
en todas las tiendas de Chiaja?
¿Qué de facilidad,
gracia y talento con que artistas de a ciento en larga reproducen, y venden por
pesetas o menos, ya a la aguada, ya en tierra cocida, los voluptuosos frescos
de Pompeya trasladados al Museo, y los bustos de bronce o mármol de los
filósofos antiguos descubiertos también en Pompeya u otra parte y depositados
en el mismo Museo?
¿Qué de aquellas
excursiones matinales o vespertinas o de un día entero, emprendidas con un
jovial amigo, no ya a estudiar por precisión la antigüedad en unas ruinas, como
en el Serapeum o templo de Serapio o las maravillas de la naturaleza como en la
sulfurosa solfatara o como en el lago de la muerte llamado Agnamo o en el
llamado Averno o como en la gruta del perro cuyas deletéreas exhalaciones, respetando
a un varón, matan a un perro; sino pura y simplemente a gozar de la vida y de
las buenas vistas con un buen plato de ostras por delante? Allí están las
colinas de Polisipo y Vomero, [215] el Convento de los camaldulenses y otros
lugares deliciosos que no dejarán mentir.
«Ver Nápoles y
después morir», es una frase que nada tiene de exagerado. No hablo de
Castenemere de Sorrento, la isla de Capri y otros aristocráticos lugares
veraniegos porque a mi regreso de Oriente que será en pleno verano, los
visitaremos detenidamente, huyendo a los terribles calores de la ciudad.
Después de un mes largo de residencia en la Antigua Pausílipe, determiné por
fin zarpar hacia el Oriente, como lo traía proyectado hacía tiempo. Nada de lo
principal para este viaje me faltaba, contaba con salud, juventud, dinero,
tiempo y oportunidad, pero estar en Nápoles es hallarse a las puertas del
Levante.
Sólo me faltaba la
parte del alma, el amigo o compañero y la ausencia de él me hizo titubear largo
tiempo, hasta que comprendí que reunido lo más difícil y primordial, el vacío
que quedaba podía llenarse con un poco de resolución.
Hice pues mis
preparativos de viaje hasta Malta, escogiendo uno de esos vapores que en Lima
llamamos caleteros, para tener ocasión de visitar Mesina, Catania, el Etna y
Siracusa, y si el lector quiere conocer los pormenores de esta travesía puede
seguirme al siguiente capítulo.
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