Memorias de un viajero peruano :
apuntes y recuerdos de Europa y Oriente (1859-1863) / Pedro Paz Soldán y
Unanue; recopilación y estudio preliminar por Estuardo Núñez
[216]
XXII
De Nápoles a
Malta.- Reggio.- Mesina.- Catania.- Siracusa.- Mudas reliquias.- El Riotinapo y
la fuente Ciano.- El Papiro.- Malta.
Nunca me pareció
más espantosa ni más alarmante mi soledad que al zarpar de Nápoles, última
ciudad cristiana con rumbo a Oriente.
Cabizbajo, a paso
flojo, y poco menos que deseando que me dejara el vapor, marchaba hacia el
muelle reproduciendo el más constante cuadro de mi vida de entonces: un
adolescente lanzaruto con la escarcela terciada al hombro, el lío de paraguas y
bastón en una mano, un pequeño saco de noche en la otra, seguido del fachino o
portifaxi, agobiado bajo el peso de una maleta, como Atlas bajo el peso del
globo terráqueo y camino del muelle o de la estación.
Entré en el primer
bote que se presentó sin reparar siquiera en la catadura del patrón, tal me
tenían de preocupado mis lúgubres pensamientos. «Mi brazo por un amigo»
murmuraba yo por lo bajo, creyendo que hay momentos en que la manquedad del
cuerpo es menos dolorosa que la del alma, cuando sentí al batelero que con voz
ronca me gritaba: «¡Ea! apurarse, que ya se marcha el vapor», «pues al avío»,
le contesté con voz casi exánime y empezó a bogar. Una vez que estuvimos
equidistantes del muelle y del vapor, el batelero cesó de darle al remo,
suspendió la operación y parando el bote en medio del agua, me preguntó con mucha
flema:
-¿Y cuánto piensa
usted darme?
-¡Hombre! -le
replique con estudiada sangre fría, lo mismo que he pagado siempre, lo que
pagué la vez pasada (en lo cual mentía, pues nunca había estado yo en Nápoles).
-Eso no me basta;
y si usted no me asegura cuánto piensa darme, nos volveremos a tierra y perderá
usted el vapor. [217]
-Reme usted buen
hombre -le contesté siempre con la misma estudiada calma, que una vez a bordo,
se le dará a usted lo que guste.
Y una vez a bordo
me pidió cinco pesos.
-Eso no es
posible, amigo mío.
-Pues me los dará
usted.
-Pues no.
-Pues sí.
El altercado
llevaba mal camino. Los empleados de a bordo y pasajeros nos habían rodeado y
presenciaban la disputa en impasible y fría curiosidad dando a entender que no
pasaban a ponerse de parte de ninguno.
Al fin le alargué
las monedas que creí justo, y me retiré a la cámara.
-¡Ah! -decía el
napolitano arrancándose los pelos y detenido en la puerta del salón-, ¡si como
habla francés hablara inglés, nos veríamos!
Y es que en inglés
están acostumbrados a desplumar a los viajeros ingleses en todos los puntos de
la tierra.
El vapor Eléctrico
de la compañía de Vapor i Postali Italiani, tenía una desahogada y magnífica
cámara; y el pasaje por 79 francos hasta Malta, me pareció de balde.
Mas mi gozo en un
pozo al día siguiente, en que habiendo llegado a Mesina, fuimos trasbordados al
Arquímedes, vaporcito idéntico en todo y por todo a los que hacen el servicio
en el paso de Calais, todos los cuales son muy inferiores a un al vaporcito
Inca que hace algunos años recorría nuestras caletas.
Dos noches pasé en
el Archimede pero nada contento.
Los pasajeros del
Eléctrico se parecían a los de nuestros vapores caleteros y eran oscuros y
modestos traficantes y hacían su viaje en segunda, siendo yo el único pasajero
en primera.
-¡Mi brazo por un
amigo! volví a repetirme paseándome agitado por la casi solitaria cubierta del
Eléctrico, y apenas divisando ya a Nápoles entre las pardas sombras de la
noche, murmuraba como acostumbro en casos semejantes desde mi edad tierna, los
sentidos versos de mi maestro de Geografía y Gramática Castellana, el eminente
poeta español don Fernando Velarde: [218]
«Ondina de estos mares, amor de estas
riberas,
suspende tus cantares, tus gritos de placer;
y oyendo de mis trovas las notas plañideras;
recibe cariñosa mis lágrimas sinceras
las vierto por dejarte, querida Santander.
Jamás entre las rocas gigantes de tu barra
jamás ha resonado tan flébil un adiós.
Meciéndose la nave, comienza a navegar;
muy pronto dejaremos los límites de Europa,
cruzando los desiertos magníficos del mar».
Poeta
esencialmente vagabundo, errante, peregrino, tiene Velarde admirables versos
para todas las situaciones dolorosas de un viajero.
El tiempo fue
detestable en la noche, como para que no impunemente desfiláramos entre Scyla y
Caribdis las olas azotaban en una especie de rabia ambos costados del barco, y
un montón de olas mayores, un mar más grueso se agitaba en mi pecho
arrancándome sollozos y lágrimas.
¡Ay! si con pena tan
profunda lloro,
es por ti; dulce América. Yo ignoro,
yo ignoro, ¡ay cielos! si la sombra impía
del pálido, fantasma de la muerte
permitirá que un día
vuelvan mis ojos ávidos a verte.
Patria, amigos, hermanos;
¡ay! cuán lejos me encuentro de vosotros.
Lima, objeto constante de mis sueños
¿volveré un día a ver tus halagüeños y solitarios llanos?
Por la distante
patria lloraba y todos estos ayes y gimoteos, lanzados y estampados contra las
rígidas tablas de mi camarote, fueron necesarias para que mi oprimido pecho se
desahogara un poco, ¡Oh [219] dulces padeceres! ¡Cuán livianos me parecen ahora
en la balanza de mi nueva vida! ¡Dulces padeceres porque tenían una esperanza,
y los de ahora no la tienen!
Y también fue
necesario toda la noche para que los conturbados elementos se despejaran y
serenaran.
A la mañana
siguiente, a las 10.30 y bajo un sol radioso nos hallábamos fondeados al frente
de Reggio, capital de la Calabria ulterior, y pintorescamente situado al frente
casi de Mesina, ciudad principal de la isla de Sicilia. Los puntos culminantes
de Reggio para el que como yo sólo espectaba desde ahora, eran alguna que otra
palmera como primeros bosquejos o preludios del cercano Oriente, y una
lindísima casa de estilo árabe recién construida a la orilla misma del mar, por
el capricho de un rico genovés, según me dijo un pasajero.
Viramos un poco y
después estábamos en Mesina. «Palermo con la penna, Mesina con la anterma» dice
el siciliano para dar idea respectiva de las dos principales ciudades de su
isla.
Presentose a bordo
un anciano guía mandado por el hotel Trinacria, y acepté sus servicios por el
día que debía pasar en la «ciudad de la antena».
Una de las más
eficaces recomendaciones de su cartera estaba en castellano y firmada por el
general Belzu, con quien yo había viajado a España, lo que infundió algún
consuelo a mi ánimo postrado.
En compañía de
este buen anciano anduve todo el día recorriendo la población. Trepamos a la
planicie o plataforma del monte de los Capuchinos, cubierta de florecitas
blancas y moradas y guarnecidas la subida de alguna otra palmera y de cactos o
nopales abundantes, cuyas tunas, llamadas por los españoles higos chumbos, me
recordaban la patria.
De la cumbre de
este monte se goza de una hermosa vista, limitada aquí a lo lejos en los postreros
términos del horizonte, por los mismos objetos que en Nápoles; por graciosos y
enanos pinos.
Al bajar refresqué
mi paladar con deliciosísimas naranjas. Visité la catedral, que es
insignificante, la llanura conocida con el nombre de Campo de Terra Nova, y
siendo hora competente para dar a las [220] articulaciones el punto cotidiano,
volví al hotel Tinacria, cuyo pranzo dejó algo que desear.
Mis modestos y
oscuros comensales no me dirigieron la palabra, ni yo a ellos; y los bocados
tomaban el camino de la panza en lúgubre silencio.
A las doce de la
noche me hallaba nuevamente a bordo, acompañado hasta ese momento y sitio por
mi buen anciano, a quien en mi desesperación le había tomado ya tal afecto, que
sentía dilatarse sus raíces por mi pecho como si fuera el afecto, no de un día
sino de muchos años.
Por sólo cinco
francos creíase el buen hombre obligado a tributarme los mayores servicios y
consideraciones.
¡Cómo se goza de
la vida en éstos países! pensaba yo, ¡qué vida tan vida!
¡Cómo cada moneda va produciendo un placer
equivalente a su valor! Y no como en Lima, donde puñados de dinero sólo nos
traen el sinsabor de presenciar la torpeza del artesano, o las insolencias y
descomunales pretensiones del inútil criado.
¡Qué vida aquélla
(la de Lima, se entiende) ¡Qué vida aquélla tan... pero no, esa no es vida; es
sólo un fenómeno brillante!
Y aún así
suspiraba por ella, en esa noche lóbrega y fría, en que mi único lazo con la
tierra era un viejo de alquiler a quien acababa de conocer por la mañana.
¡Mis dos brazos
por un amigo! Volví a gemir, aumentando esa vez la puja como si me las viera
con algunos de los muchos pilluelos que infestan la humanidad, y no con todo un
Dios, pues sólo Dios había podido exaucer mes prieres, o sea, escuchar mis
preces en ese instante proporcionándome un compañero como a Tobías.
-¿No podría
volverme a tierra? -le pregunté al recomendado del general Belzu.
-Pero señor -me
contestó el honrado siciliano-, perdería usted su pasaje. Además, ¿quién podría
dar a estas horas con el equipaje que estará en el fondo de la bodega?
Abracé a mi buen
compañero con la efusión que a un amigo; fuese él a tierra y yo a mi nueva
camilla, porque camarotes no había. Eché una mirada oblicua a mis contubernales;
puse bajo la almohada el reloj y el portamonedas, me acosté, y a pesar de mis
lágrimas [221] y zozobras, y fúnebres ideas, no tardé en quedarme profundamente
dormido.
¡Tenía 22 años!
A las ocho de la
mañana siguiente, el Etna, no con un breve capelo de nieve como otros volcanes,
sino con un amplio albornoz que lo envolvía casi hasta abajo, apareció ante mi
ventanilla, y a su pie la población de Catania en la que yo pensaba almorzar.
Salté a tierra, y
me hallé con unas calles anchas y largas de muy buen aspecto. Pasé por la del
Corso, por la de Stesicore, que va desde la Puerta Grande (muelle) hasta la de
Aci, nombre que recuerda el de algunos idilios del siracusano Teócrito.
Una de estas
calles conduce en línea recta y como una magnífica calzada hasta las faldas
mismas del Etna, que parece tocarse con la mano, según está de cerca.
La ciudad estaba
muy animada por ser domingo, y ante víspera de la fiesta de Santa Ágata,
patrona del lugar.
Catania es el
Portici de Sicilia y su mismo nombre, de griega etimología, está indicando que
se halla contra el Etna (Kata Etna). Es ciudad de unas 60.000 almas, pasa por
una de las más lindas de Sicilia, y tan satisfechos de ella están sus hijos que
dicen:
A
tener Catania puerto
ya Palermo habría muerto.
«Si Catania avesse
porto, Palermo sarebbe morto».
Ningún cochero de
los estacionados en la plaza de Catania me ofreció sus servicios levantando el
índice en lo alto desde lejos, como acostumbran hacerlo en todas partes, lo que
no dejó de asombrarme.
Entré al Café de
París, bonito y limpio, y pedí un almuerzo. Remitiéronme a la trattoria vicina.
«¿Es buena?»
objeté.
-¡Cómo! ¡Si es la
primera de Catania! Almorcé, tan bien como se almuerza en tierra cuando se
llega de a bordo, aun cuando sea en Cobija (nombre mal puesto, porque nada
cobija), volvime a bordo, y a las dos de la tarde estaba en la ciudad del
terrible Dionisio y del bucólico Teócrito. [222]
Presentose a bordo
un guía. Era un tuerto; sólo un ojo tenía, y aunque no lo traía clavado en el
centro de la frente, estaba bien, muy bien en la tierra de los Cíclopes, de los
Vulcano, de los Polifemo.
Saltamos a tierra,
y sin pérdida de tiempo nos fuimos a buscar las ruinas de Siracusa. El sol
reverberaba, y a su luz despiadada, enteramente al raso, atravesábamos campos
abandonados y senderos solitarios, guarnecidos de cactos o nopales, y de alguno
que otro almendro en flor. Por lo demás, ni un solo árbol se divisaba en toda
la fértil llanura que yo atravesaba marcialmente, precedido por mi monóculo
guía.
Antes de que
pasemos adelante será bueno recordar a mis lectores, que en el sitio en que
ahora nos hallamos, poblado apenas por 18.000 habitantes, que es la población
de la moderna Siracusa, extendíase siglos ha la más importante de las colonias
griegas, la magna Siracusa, ciudad, o más bien conjunto de ciudades pues la
componían cuatro en este orden: Ortega, (Siracusa propiamente dicha) situada en
una isleta delante del continente y unida a él por un puente; y Arcadina, Tycha
y Neapolis en tierra firme.
Ciudad, o más
propiamente Tetrapolis era esta que según el antiguo geógrafo Strabon, abrazaba
una área de siete leguas, y contenía habitantes por dos millones.
De las cuatro
poblaciones apenas quedan vestigios insignificantes e incomprensibles, y éstos
eran los que yo iba recorriendo. La moderna Siracusa, que quedaba a mi espalda,
surge lo mismo que la antigua en la isleta de Ortigia, que quiere decir isla de
las codornices, y que sigue reunida a Sicilia por medio de puentes.
Asegúrase que
existía además una comunicación submarina, una especie de túnel; y excavaciones
posteriores casi comprueban dicha aserción.
¿Qué dirían, si
tal cosa llegara a confirmarse, los que pensaban verificar una obra nunca vista
con el proyectado túnel submarino entre Inglaterra y Francia por la parte más
angosta del canal de la Mancha?
¡Válgame Dios! ¿No
basta que todo sea viejo, aun la empresa de unir dos mares por medio del canal
de Suez, sino que hasta de los [223] submarinos túneles, que parecían un
invento ultramoderno, hemos de hallar el precedente en la más remota
antigüedad?
¿Cuánto va a que
el día menos pensado se descubre, se prueba y se demuestra que aun los
prodigiosos yankes, que parecen adelantarse a su siglo, no hacen más que
revivir el plan de alguna vieja civilización?
Cree el hombre
avanzar en elevación, hacia arriba, y tal vez no haga más que agitarse en una
miserable rotación, dentro de un círculo vicioso.
El científico
Arquímedes y los bucólicos Teócrito y Mosco florecieron en Siracusa. También
hizo memorable la isla, arribando a ella y habitándola algunos días, el
glorioso San Pablo.
Era necesario el
empuje de todos estos recuerdos para seguir atravesando con ilusión, a todo
sol, la pelada llanura y las pobres reliquias de que he hablado a mis lectores.
Habíamos visitado
las Catacumbas de la Iglesia de San Juan, tan extensas que constituyen una
ciudad subterránea, tan intrincadas que forman un laberinto o dédalo donde ha
perecido más de un desgraciado.
Un fraile
capuchino guía a los viajeros. Las galerías son bastantes espaciosas y
elevadas, y están llenas de millares de nichos abiertos en la roca, a los que
se ha extraído inscripciones, osamentas, medallas, urnas, vasos y otras
curiosidades.
Créese que fuera
una Necrópolis o ciudad de muertos de los paganos y que sirviera de refugio a
los primeros cristianos como los de Roma.
De trecho en
trecho se encuentran plazoletas con altas claraboyas para que penetrara la luz
a esas lóbregas encrucijadas.
También son
curiosas las latomias de los Padres capuchinos. Dan aquí el nombre de latomias
a unas grandes excavaciones practicadas en las rocas primero y cuyo remoto
origen se supone fuera de las canteras.
Mi guía me mostró
un mal labrado y grosero monumento abierto en la roca viva como el sepulcro de
Arquímedes, denominación caprichosa lo mismo que la de Oreja de Dionisio que se
da en lugar inmediato. [224]
La Oreja de
Dionisio es una latomia más en cuyo fondo se ve una profunda caverna de 70 pies
de alto y 170 y tantos de longitud, practicadas en medio de enormes y
perpendiculares rocas por cuya cima se ve azulear el cielo como desde el fondo
de un abismo.
La entrada a la
gruta ha sido tallado imitando una gigantesca oreja, en donde se deduce que
contigua había una cárcel, y que mediante ese conducto auditivo, podía
Dionisio, tirano de Siracusa, oír desde un punto dado cuanto en la dicha cárcel
se murmurase. Otros anticuarios, al ver la resonancia y repercusión que produce
la voz en esa galería realmente acústica han creído que tal vez formara parte
de un techo cuyas ruinas vi contiguas con el objeto de reforzar la voz del coro
en ciertas tragedias cavernosas. Otros en fin sugieren que tal vez no era sino
el antro de un oráculo.
Mi guía hizo arder
un cohetecillo y la detonación se prolongó con el estruendo de un formidable
trueno. Esto es lo que se llama entender la acústica, pero mientras tanto nadie
explica ni explicará ya el objeto de esa curiosa y gigantesca entalladura,
imitando una oreja más, que de hombre de burro; nadie ni ningún texto antiguo,
ni las Verrinas de Cicerón en que enumerando las célebres dilapidaciones del
Pretor de Sicilia, se da noticia de las riquezas acumuladas en algunos templos
de Siracusa.
El Teatro por lo
que subsiste, se viene en conocimiento de que era inmenso. La escalinata o
gradería de asientos, se conservan en buen estado y aún se ven algunos
vestigios de la orquesta y de la escena. Mas qué daría, si todo un Carlos V no
hubiera ordenado la extracción de piedras para atender a unas fortificaciones
que por su orden se construían.
Este teatro en su
mayor parte se hallaba entallado en la roca viva y en uno de los muros se han
descubierto inscripciones griegas de nombres propios. No lejos vimos el
anfiteatro, labrado en parte lo mismo que el teatro en roca viva. No obstante
su estado de ruina, la forma oval se dibuja perfectamente lo mismo que dos
grandes entradas principales, correspondientes a otros tantos arrabales de la
gran Tetrápolis. Desde aquí Siracusa presenta una hermosa vista.
Fuimos en seguida
a un romántico paseo, sin más antigüedad que un vegetal, el clásico papiro que
hasta hoy sigue creciendo silvestre en las márgenes de la fuente Ciana. Ciana
era una ninfa que [225] no pudiendo evitar el rapto de Proserpina por Plutón,
diose a la pena, y tanto lloró que fue convertida la fuente.
Nos embarcamos en
el río Anapo que desemboca no lejos de Siracusa por el lado que lleva el nombre
de Puerto Grande. El Anapo no es más que un dormido arroyo, un apacible canal
natural de a lo sumo cinco varas de ancho.
El agua se desliza
suavemente casi al nivel de sus riberas, cubiertas de una hermosa vegetación.
Más tarde al recorrer el poético Barbises de Constantinopla, que conduce al
paseo del Agua dulce, le hallé una gran semejanza con el Anapo, cuyas márgenes,
sin embargo están enaltecidas por los preciosos idilios de Teócrito que sólo en
ellas se inspiró. De bogar sosegadamente río arriba, suspiré nuevamente según
mi costumbre al ver cómo entre nosotros estamos privados, hasta no tener idea
de ellos, de goces que tan naturales y baratos son por estos mundos.
¿Quién se
proporcionaría en Lima ni en su cercanía, pensaba yo, ni con todo el dinero del
mundo, el deleite, la voluptuosidad de rodar suavemente en un carruaje por una
dilatada calzada, guarnecida de árboles, abastecida de posadas y exenta de
malhechores o la de resbalar por una azulada y dormida superficie, entre
floridas márgenes esmaltadas de flores que pueden coger con la mano? Pasamos
por uno de esos elegantes puentes de un ojo, tan comunes en Europa en las más
miserables aldeas y que tan conocidas son al Perú, por los paisajes azules y rosados
que van pintados en la loza europea.
En un montículo
inmediato divisamos dos solitarias y viejas columnas, sobrevivientes de unas
importantes ruinas. ¿Qué hacen ustedes allí? pensé yo preguntarles.
-Recordar el
Templo de Júpiter Olímpico, parecieron contestarme.
La magnífica
estatua que ornaba el templo fue robada por el rapaz Verres. Ya ante el tirano
Dionisio, no menos pirata, la había desnudado del rico manto de oro que cubría
sus espaldas, y que era don de otro tirano, Gelón. Al consumar Dionisio su
sacrílega espoliación había dicho desenfadadamente: «Que un abrigo como ese,
era demasiado frío para el invierno, y pesado asaz para el verano; [226] y que
el de lana que en el cambio le dejaba él, hacía todo tiempo».
Doblamos por un
brazo del riachuelo y penetramos en la fuente Ciana, especie de estanque
circular lleno de agua clarísima. Los tallos triangulares del papiro con unos
ocho o diez pies de alto y algo semejante a los retoños de nuestros plátanos
(bananos), se elevaban por todos lados elegantemente, coronados por una especie
de mechón, de cuyas hebras se tejía el papel papiro. De la espesura formada por
esta antigua planta egipcia salían de cuando en cuando bandadas de patos, como
de los totorales de nuestras lagunas. Mi primer cuidado al volver de Albergo
del Sole fue pedir una cuartilla de papel papiro del que según sabía yo se
fabricaba en Siracusa por curiosidad y obtenerlo por una peseta. A primera
vista lo había tomado por corteza seca de plátano.
Cerca de la desembocadura
del Anapo vi la romántica fuente de Aretusa, que se halla tan despoetizada como
el recinto de Julieta y Romeo en Verona. La catedral de la moderna Siracusa es
el Antiguo Templo de Minerva cuyas hermosas columnas se ven empotradas en larga
hilera en los muros exteriores del cristiano edificio.
El Museo posee una
hermosa y mutilada Venus de Mármol en Paros que se cree sea la famosa Venus
Calipiga.
El Monte Hybla,
tan celebrado por la miel hyblea que sus abejas elaboran, surge a poca distancia
de Siracusa y sigue contribuyendo con su mismo dulce tributo que pude paladear
en los postres del Albergo.
Mi frugal comida
se compuso de un estofado de un pescado que el mozo me dijo llamarse luda o
luccio, tal vez luchina, que en siciliano significa merloto, merluza (?), y por
postre de almendras tostadas, naranjas excelentes y miel hyblea.
Salí a tomar café,
siempre escoltado por mi cíclope, y viendo uno que parecía de los mejores, me
entré en él, preguntando antes a mi guía qué tal era. Otro hay más barato y
mejor, me contestó, éste es más caro ¡sólo por el aseo! ¡sólo porque son
aseados! añadió con profundo desprecio y con una especie de rencorosa ojeriza.
A las diez de la
noche, la bahía de Siracusa, vista desde a bordo, presentaba un aspecto de lo
más romántico, el mar y el viento dormían en una profunda calma y sin duda
también los siracusanos, porque [227] no se oía el más leve ruido o rumor
siquiera y eso que apenas parecíamos estar fondeados a unas veinte brazadas del
litoral.
Los barcos anclados en el puerto eran tan
pocos que se podían contar como las escasas luces que brillaban en tierra.
La luna estaba en
creciente, un fulgurante lucero brillante encima mismo y equidistante de los
dos cuernos, así es que el astro de la noche parecía un fanal colgado de una
piochia de brillantes para iluminar con luz tenue ese panorama tan callado como
los siglos que pesaban sobre él.
A las diez y media
zarpamos y yo fui a seguir el ejemplo de los siracusanos.
[228]
Capítulo XXIII
Malta.- Breve
geografía y breve historia.- Topografía.- Estudios de orientación.- El señor
Quintana.- Calles, lenguas y tipos.- La «Faldetta».- Balcones y carruaje.- El
suelo de Malta.- Naranjas singulares.- Vana tentativa para introducirlas al Perú.
El 3 de febrero de
1862 a las ocho de la mañana, entrábamos a La Valette, capital de la isla de
Malta. Malta, más que una isla sola, es un archipiélago compuesto de tres
islas, a saber: una al noroeste, que mira a Sicilia, otra menor, y finalmente
la más meridional y, al mismo tiempo, la más considerable que es la que lleva
el nombre de Malta.
La isla más
septentrional es la de Gozzo; la intermedia se llama Cumino o Comino por los
muchos cominos que produce y, ciertamente, que no vale un comino a juzgar por
sus exiguas dimensiones.
Malta se encuentra
descrita desde la Odisea de Homero, donde se la designa con el nombre de
Hyperia y como la residencia de Calipso.
Cayó después en
poder de los Pelasgos, de cuyas interesantes pelásgicas construcciones aun
subsisten restos considerables en la isla, y quienes le dieron el nombre de
Ogigia.
Setecientos años
antes de Jesucristo fue conquistada por los griegos, y pasó a llamarse Melissa
o Melita que en griego significa abeja y de cuyo nombre corrompido se formó el
actual; así como prosperan y medran todavía los industriosos insectos que
contribuyeron a la nueva denominación de la isla.
En tiempos
modernos Carlos V la cedió a los caballeros de San Juan de Jerusalén, a quienes
los turcos acababan de expulsar de [229] Rodas, y que fueron los que impusieron
a la isla el durable sello que hasta hoy conserva.
Uno de esos
caballeros, el gran maestre La Vallete, después de gloriosos triunfos sobre los
infieles, fundó la capital donde hoy existe dándola su nombre.
Decayó este gran
poder como decaen todos los de la tierra, y Napoleón Bonaparte tuvo fugaz
imperio y señorío de la importante llave del Mediterráneo, destinada a manos
que no eran las suyas; a las de los ingleses, que con su adquisición, la de
Gibraltar, la de Corfú y la de Chipre, se han hecho los temibles dueños del
Mediterráneo.
Los ingleses
poseen Malta hasta hoy, lo que no debe pesar a los viajeros, que se hallan con
una escala limpia, aseada y de excelente policía al venir de Oriente o de
Italia, extremos ambos que dejan mucho que desear bajo el punto de vista del
aseo y la policía.
Haciendo pues de
cuenta que me daba un agradable baño de limpieza, salté a tierra.
La Valette cuenta
unos 25.000 habitantes y se halla situada al este de Malta, en una lengüeta de
tierra que es una península, pues el mar la baña por ambos lados formando las
dos bahías que se llaman Puerto Grande y Puerto Chico. Así es que la costa
oriental de Malta, a la altura de La Valette, tiene la figura de un tridente
con un castillo o fuerte o fortaleza sobre cada diente, lo que equivale a tener
colmillos y a ser tantas muelas pues cruzando los fuegos de una y otra
fortaleza, la plaza se vuelve inexpugnable.
Ninguna curiosidad
mayor atrae al viajero a la antigua residencia de Calipso, y a la costa donde
en tiempos menos remotos naufragó según la tradición, el apóstol San Pablo; por
lo que el viajero que va o viene de Oriente sólo dedica a Malta una permanencia
de horas o de un par de días.
Pues ahí tienen
ustedes que yo me pasé veinte, porque por lo mismo que no había nada que me
distrajera, y que ese punto iba a ser mi última escala civilizada, y con
civilización inglesa, se prestaba maravillosamente a una vida de estudio
preparatorio del Oriente.
Ya he dicho en
anteriores capítulos que desde Berlín me venía yo orientando con frecuentes
visitas a Museos de antigüedades. Mis [230] estudios preliminares o de
orientación iban a recibir su complemento con la permanencia en Malta.
La Biblioteca pública, digna sucursal de ese
Reading Room del British Museum de Londres, que tantas veces constituyó las
delicias más gratas de mi vida; las Circulating Library, donde por una
suscripción de dos chelines al mes se obtiene cuantas obras se quiera, y las
mismas librerías debían suministrarme amplios materiales para mi estudio
teórico o científico del Oriente.
Para el estudio
práctico, las calles pobladas de tunecinos, de árabes, de turcos, de toda clase
de levantinos, y las tiendas abastecidas ya de numerosos artículos orientales,
me ofrecían vasto campo a una observación provechosa.
Una de las
librerías de La Valette en que más me acaseré fue la del señor Quintana,
español de las Baleares avecindado en la isla desde hacía más de 40 años.
Hablaba como casi toda la gente de Malta, inglés, francés, italiano y maltés,
de cuyo enorme caudal se resentía no poco su español.
El señor Quintana
se sorprendió agradablemente al hallarse con un compatriota en la lengua, y
como a mí me pasaba otro tanto, a toda hora estaba en su casa.
De él me valí para
llenar el requisito de la recomendación o garantía que exige la población de
Malta al extranjero que se presenta a reclamar su pasaporte. El señor Quintana
salió garante por mí.
Desde aquí
empezaba ya a palpar los inconvenientes, que tanto habían de atormentarme en el
resto del Oriente, de viajar por esas regiones sin tener cónsul en ellas, por
lo que unas veces tuve que acudir al español y otras al francés.
No obstante las
distracciones que me proporcionaba el bondadoso viejo Quintana, y las que yo
mismo hallaba en mis estudios orientales, la inacción de la vida maltesa me
cansaba en muchos momentos, particularmente en las noches que son enteramente
muertas, como es natural en una vida de guarnición.
La calle principal
es corta y pronto está andada. Conduce a una plaza o plazuela donde se goza de
día de un cielo de un azul y de una claridad imponderables, y de noche, de la
música con que nos [231] obsequian los soldados ingleses, y del aspecto de uno
que otro paseante. A las nueve de la noche todo desaparece.
La lengua local es
la maltesa, especie de jerigonza compuesta de árabe y de italiano. Este último
idioma es tan corriente en el país, que parece le fuera propio. Viene en
seguida el inglés, hablado por la gente culta y por los comerciantes. El
universal francés comienza a eclipsarse por aquí.
Corren también
todas las monedas como se hablan todas las lenguas. El tipo de los malteses del
pueblo es tan trigueño, que no pocas veces me recordaban a nuestros cholos y
zambos. Tienen la nariz algo chata y los labios un poco gruesos. Entre las
mujeres principales las hay de tez muy blanca. Son muy bonitas y graciosas, y
todas, señoras y plebeyas, viejas y chiquillas llevan el manto o mantilla
nacional llamada faldetta, que es de seda negra, algo semejante a un dominó y
mucho más a un fustán o enagua; con la diferencia que está rasgado de arriba
abajo, y que la parte, recogida correspondiente a la pretina, en vez de ceñirse
al cuello o la cabeza, anda caída por un lado al desgaire, siendo uno de los
paños o faldones el que sirve para el embozo, con el cual juegan no menos
graciosamente que nuestras limeñas con su manta, a las que se asemejan mucho en
su morisca afición al misterio.
En todas las
calles se ven grandes y macizos balcones volados, pintados unos de verde, otros
de amarillo, de plomo y ni más ni menos como los nuestros, tan afeados por los
extranjeros.
Los carruajes
llamados también caleshes, recuerdan nuestras antiguas calesas, diferenciándose
en que el calesero va a pie, y en que un caballo reemplaza la mula. La caja es
cuadrada de arriba abajo, y no resbala por detrás hasta terminar en un reborde
delantero como las que hubo en Lima, y las ruedas quedan relegadas a tal
distancia atrás de la caja, que causa risa.
Hay otros
carruajes más ligeros que por primera vez he venido a ver en esta isla.
Figúrense ustedes un colchón, una cama suspendida entre dos ruedas. El colchón
se termina por un largo cojín delantero que sirve de apoyo o almohada a los que
van tendidos a todo sol, y también de límite entre el cochero y los pasajeros.
El suelo de la
isla de Malta es una roca calcárea parecida en el color y en lo deleznable a
esos panes de piedra de amolar cuchillos [232] de mesa que usan los sirvientes
de Lima. Gracias a su blandura y a su abundancia, como que por todas partes se
encuentra, no hay edificio en La Valette que no esté construido de piedra. La
escalera del Hotel Imperial en que yo posaba, hecha de esta amarillenta piedra,
tenía sus gradas tan carcomidas por el uso como si hubieran sido de ladrillo, y
no dejaban pisar con firmeza por los muchos hoyos.
Este color
amarillento y la ausencia de todo vegetal descollante da a la isla de las abejas
un aspecto de aridez y de insolación que desagrada. Las capas de tierra vegetal
o humus son superficiales, tan superficiales que se cuenta que los industriosos
malteses la van a buscar hasta las costas de Sicilia, extendiéndola enseguida,
con las debidas precauciones, sobre la ingrata roca natal.
En tan someras
capas no puede haber espacio para que ahonde grandes raíces, y así toda la
vegetación es rastrera, y las sementeras de trigo, alfalfa, trébol, avena y
comino divísanse desde abordo superpuestas, postizas como otros tantos
felpudos, ruedos o peludos.
Mientras los hijos
de otras regiones surcan los mares en busca de lavaderos de oro, el industrioso
maltés sólo le pide al orbe un puñado de su tierra vegetal que arroja a la cara
de su ingrata madre.
Si cuatro hadas
malignas de las Mil y una noches se propusieran dejar pelada y rasa la peña de
Malta, no tendrían más que colocarse en las cuatro esquinas de la isla, y
cogiendo con los dedos la postiza alfombra de verdura que la cubre, levantaríanla
en el aire tan fácilmente como la de cualquier salón, o como el mantel después
de la sobremesa; y dejarían el asiento de Malta como una cabeza a la que se le
arrebata su peluca.
Los únicos
vegetales descollantes o por lo menos los principales, son los naranjos enanos,
que producen las naranjitas de piel lisa y fina llamadas mandarinas y que
realmente constituyen bocados dignos de un mandarín.
Transplantadas u
obtenidas de la misma tierra por aclimatación, no es raro hallar mandarinas en
muchas ciudades de Europa, como en París, donde las exhiben; y como en Valencia
donde según creo se da en su fértil y afamada zona fructífera conocida con el
nombre de La Huerta. [233]
Pero sólo Malta
produce y sólo en Malta he visto esas gruesas naranjas de color sanguíneo u
amoratado llamadas por los franceses gros-rouge y por los ingleses naranjas de
sangre. Estas hermosas pomas entran acaso más por la vista que por el paladar,
como tal vez sucede con las manzanas heladas, con la sandía mollares y con otras
frutas que se distinguen por la singularidad del color.
De la naranja que
describo a la común hay la misma diferencia, respecto al gusto, que de la
manzana corriente a la helada. Es un agridulce más refrigerante, más
aquilatado, y que participa (como también el color del jugo) del de la granada.
Sea por esto, sea
porque haya algo de verdad, más de un entendido inglés me sostuvo que dicha
naranja era el resultado de un cruzamiento o injerto entre el naranjo y el
granado; y aunque bien sabía ya que no existía el menor parentesco entre estos
dos árboles, propúseme hacer la prueba tan pronto como estuviera de vuelta en
mis dominios, echando para mayor precaución algunas semillas de gras-rouge en
el fondo de mi maleta.
Cuando llegó ese
fausto día, cuando penetré al huerto de mi casa, mi padre se consolaba de la
ausencia de su hijo, cultivando sus hortalizas, como Laertes de la de Ulises
estercolando o abonando su campo.
Cuando estuve en
Damasco con mis dos compañeros desde Egipto, Monsieur Gustave Beaucorps, y el
Príncipe de Putbus, señor de la isla de Rugen, en el Mar Báltico, nuestro único
compañero de mesa en la casa griega en que nos hallábamos hospedados, el doctor
italiano don Alejandro Medana, único europeo de Damasco y vecino de sus
murallas desde hacía seis años, después de imponerse con gusto de mi patria,
estudios y viajes, exclamó: «Y después de todo esto, volverá usted al Perú...
¡a plantar coles!». ¡Válgame Dios! me dije al penetrar en el recinto en que
corrió mi infancia; lo que yo tomé por una festiva metáfora, va a cumplirse al
pie de la letra.
Perdóneme el
lector estos párrafos inconexos y descuadernados que no venían muy al caso y
que no están muy en su sitio, y sepa para concluir, que ni mis pepitas me
dieron un rústico sujeto, siquiera de gros-rouge, ni mis injertos de naranjo,
en granado, tampoco, ya porque todo hubiera sido desvarío de la mente inglesa,
ya porque yo no tuviera buena mano.
[234]
Capítulo XXIV
El jardín de
Floriana y el de San Antonio.- El clima de Malta.- El Teatro.- La Biblioteca.-
Bibliografía oriental.- Aniversario del naufragio de San Pablo.- Homenaje a Pío
Nono.- Procesión y regocijos populares.- El paseo de Sliema.- Partida.
Antes de concluir
con el reino vegetal visitaremos sus templos, los templos que Flora, o más bien
Vertumno y Pomona tienen en La Valette, en los encantados sitios denominados La
Floriana y el jardín de San Antonio.
Al segundo, que es
el verdadero sitio encantado, pues al primero le falta mucho para serlo, se va
a caballo en dos horas (ida y vuelta). Este jardín llamado también del
Gobernador, contiene varios pies de papiro, y una multitud de naranjitos, tan
cargados de fruta y de hojas, que el tronco y las ramas desaparecían; y se les
habría tomado por simples matas, más que por árboles.
El niño más
pequeño hubiera podido desmocharlos de la más alta de sus frutas, por lo que
nada habría significado allí este verso de una pastora de Racan, con el cual
pretende dar idea de la edad y tamaño de su amador de trece años:
Il me passait d'un an, et de ses petits bras
cueillait déja de fruits dans les branches d'en bas.
Floriana es todo
un arrabal de La Valette, como Patisia en Atenas, como el Cercado de Lima,
aunque estos dos últimos lugares son mucho más frondosos, fructíferos y
floridos que los dos jardines del arrabal de Floriana, de los cuales el primero
no es más que una alameda emparedada, y el segundo lo mejor que tiene es la
vista que desde él se disfruta. [235]
Pero la aridez de
la isla y los almendros cuajados de blancas flores del primero, contribuyeron a
que yo también los admirara.
El clima tiene
fama de benigno, y sin duda por esto vi muchas mujeres, por la primera vez
desde que estaba en Europa, andar sin medias, y criaturas de ambos sexos
enteramente descalzas.
Los muchachos,
unas veces solos, otras en pareja recorren las calles cargados de arpas, más o
menos grandes, según el tamaño de ellos, de arpas que tañen acompañándose con
el canto para obtener algunos soldi.
Los sitios más
frecuentados por ellos son los cafés y las tabernas donde van a fomentar la
pasión de los marineros ingleses por la danza.
El cielo de Malta
es de un azul turquesa inalterable, que parece mayor todavía en las tardes, en
que bandadas de aves negras atraviesan el aire majestuosamente con las alas
desplegadas, y produciendo un hermoso y pintoresco contraste.
La primera noche
que fui al teatro, el portero me detuvo diciéndome «Stickies not allowed, Sir»
(no se entra con bastón) lo que no dejó de sorprenderme, porque no siendo el
pavimento de la platea de ricos y variados mármoles, o de fina marquetería o
taracea, sino de vulgar piedra de Malta, no había nada que corriera el riesgo
de ser arañado, que es por lo que se prohíbe entrar con bastón en algunos
museos y palacios visitables de Europa.
El telón del
teatro estaba cubierto con un sobretelón de lienzo azul como si aquel fuera
alguna preciosísima tela de gobelinos que se quisiera resguardar del polvo; mas
al descorrerse poco antes de la representación ofreció a mis atónitas
miradas... un telón vulgar como otro cualquiera.
Esta fue la señal
de quitarse el sombrero todo el mundo, y como yo no lo hiciera, en el momento
se me acercó un policeman a recordármelo.
No por falta de
anuncios me habría quedado sin ir al teatro, pues por todas partes se hallaban
colgados de una alta cuerda en el medio de la calle, cuerda que iba de un techo
a otro cortando transversalmente la calle. Y para imponerse de su contenido
había que romperse los músculos del pescuezo como para admirar el Juicio final
de la capilla Sixtina. [236]
La Biblioteca era
una de las mejores que veía, en cuanto a limpieza de aspecto y comodidades
generales, desde mi salida de París.
La sala de lectura
es elevada, ancha, larga y espaciosa. Cada lector dispone de una mesita
independiente de las otras, de un atril que tiene por delante, y de un felpudo
o ruedo a los pies. No se lee aquí en una de esas largas mesas que recuerdan
las caballerizas, y donde las bibliotecas de París y Madrid una doble hilera de
hombres cabizbajos sobre su libro parecen caballos rumiando a pesebre.
Se pide la obra
que se desea verbalmente y no por escrito como se estila en casi todas las
bibliotecas de Europa.
Se toma libros a
discreción sin restringir el número, como en Nápoles, por ejemplo, donde no se
entrega más de tres a un tiempo, lo que colma el desagrado que produce desde la
entrada un saloncito oscuro, sucio, donde hierven confundidos algunos monigotes
y estudiantillos escuálidos y no muy aseados.
La de Malta, como
ya lo he dicho, recuerda inmediatamente la de British Museum, como que toda la
población es una Inglaterra en compendio.
Los catálogos,
divididos por orden de lenguas y de materia andan esparcidos por la mesa
principal a disposición de todo el mundo, y basta escribir su nombre en un
libro especial para conquistar el derecho de poder llevar obras a domicilio.
Grande fue mi
júbilo el día en que sin saber cómo descubrí un poema limeño por el asunto, de
que hasta allí no había tenido noticias.
Era el poema en
doce cantos de Santa Rosa de Lima, por el conde de la Granja, que
posteriormente fue reimpreso en Lima, en la imprenta de Alfaro, por el presbítero
González de La Rosa.
Como bibliografía
oriental, aconsejo a los viajeros que pasen para Oriente consulten las que
siguen; Clot Bey «Apercu sur l'Egypte»; Champollion «Egypte Ancien» (Univers
pittoresque); Wilckinson, «Manners and customs of the ancient Egyptians»; Lane,
Manners and customs of the modern Egyptians», Johnson «Persian, Arabian, and
English Dictionary», S. de Soey, «Grammaire Arabe»; Catafago, «English and
Arabian», Farris, «Arabian Grammar»; Barthelemy, «Vocabulaire francais arabe avec
la prononciation figurée», [237] y otras relativas a las demás ciudades de
Oriente que iré enumerando en los lugares correspondientes.
La de Wilckinson y
la de Lane merecen sobrevivir al viaje, y acompañar al viajero hasta su
biblioteca casera, porque entrambas componen un completo, pintoresco y luminoso
Egipto, antiguo y moderno, por la claridad de las descripciones y por los
numerosos y fieles grabados.
Lane ha dado una
brillante edición inglesa de las Mil y Una Noches y para que el Egipto fuera
igualmente descrito por una mujer y para mujeres, hizo que una hermana suya
emprendiera el viaje y publicara otro tomito como el de su hermano, pero con
este título: English woman in Egypte.
Las calles
cortadas a ángulos rectos, los balcones hechos y pintados como he descrito, y
hasta con tiestos de flores. Las calesas cruzando aquí y allí, las tapadas
misteriosas ocultando una mejilla y un ojo bajo los pliegues de la morisca
faldetta, y hasta el clima, todo continuaba recordándome a Lima.
Populares
regocijos y procesiones vinieron a acabar de transportarme a la ciudad de los
Reyes. Era el 8 de febrero, aniversario según la tradición, del naufragio de
San Pablo en esta isla.
La mayor parte de
las calles estaban encintadas y embanderadas. En las banderas se leía con
tamañas letras; «Viva Pío IX», «Viva Pío Nono Papa Massimo», Viva Pío Nono Papa
Re (Papa Rey). Pero la última parte de este letrero, a lo que parece, no la
juzgó política el señor gobernador y la mandó quitar.
¿Qué hacen los
piadosos y férvidos malteses? Cambian de Re (Rey) en Be-gno (Benigno) para no
perder su letrero, y todo queda arreglado, y no hubo domingo siete ni 20 de
setiembre.
Pelotones de
muchachos recorrían las calles lanzando gritos y enarbolando banderas con
manifestaciones parecidas al Papa Re.
Se habría dicho
que el Papa era el Dios de la fiesta, que el Gobernador de la isla, o que esta
dependiera de los Estados Pontificios.
Las calles estaban
iluminadas, sobrepujando a todos en adornos y animación la de San Pablo, en
cuyas dos extremidades habían improvisado dos elegantes portadas de madera de
arquitectura enteramente [238] morisca, sin que faltaran los esbeltos
minaretes, los arcos ojivos, etc.
Una banda de
música, compuesta de ciudadanos malteses, recorría la calle incesantemente, y
estimulados por sus sones los naturales y hasta los soldados ingleses, se
dejaban arrebatar por momentos y enlazándose unos con otros en improvisadas
parejas de un solo sexo, se echaban a valsar en media calle.
En esto cesaba la
música; todo el mundo quedaba en suspenso, volvía a comenzar, y la muchedumbre
prorrumpía en exclamaciones; quién lanzaba un pañuelo, quién un sombrero, de
improviso la muchedumbre se arremolina alrededor de un muchacho, lo coge por
las piernas y lo eleva en el aire a guisa de muñeco, y como confiriéndole
poderes para que fuera el órgano del pueblo (como con otros títeres suelen
hacer los países republicanos nombrándolos diputados).
Elevado por el
voto directo de la masa popular, comprendía el muchacho su alta misión, y
quitándose la gorra repetidas veces, saludaba a un lado y otro con gestos
expresivos.
Pero ¡ay! en medio
de estos triunfos el equilibrio le faltaba, y con la misma o mayor rapidez con
que había subido, descendía cayendo de bruces y con los brazos abiertos.
Al mismo viento
que lo anonada
debió su alzada
sin fundamento.
Por fortuna la
gente estaba apiñada, y nuestro héroe de un instante no tenía que pagar con una
rotura de cabeza su momentánea apoteosis.
Al día siguiente
hubo procesión, siendo la strada San Pablo el centro de la animación y la
algazara; mas el tiempo, bueno hasta entonces, enturbiose rápidamente y
comenzaron los amagos del temporal. Llovía a ratos, soplaba un cierzo helado y
aun caía granizo, recordándome este mal tiempo el que tanto me atormentó los
primeros días en Nápoles.
Un gran gentío iba
en pos de la imagen de San Pablo llevada procesionalmente en andas. Los
sencillos malteses al pasar aclamaban lanzando al aire su sombrero, lo mismo
que a una persona. [239]
Antes de dejar
Malta, quise ir a conocer el paso de los miércoles llamado Sliema, nombre que,
mal pronunciado halagaba hacía tiempo mis oídos pues sonaba como es Lima.
Sliema es un
villorrio o suburbio situado al frente de La Valette sobre la lengua de tierra
que remata en la punta conocida con el nombre de Punta de Dragut.
El viaje se hace
por mar, (y también por tierra) en un bote, en el término de un cuarto de hora
más o menos, y pasando muy cerca de la isla del Lazareto.
La calle principal
de Sliema es el lugar destinado al paseo; y en su parte más ancha se agrupan,
se detienen y se miran las caras hombres de a pie, de a caballo, y señoras y
familias en sus apostadas carretelas.
¡A esto llaman
pasearse! pero el paseo en cuestión tiene dos atractivos: 1.º que siendo la
lengüeta esa muy parecida en su topografía al lugar denominado La Punta en el
Callao, se halla uno como en la cubierta de un barco anclado.
Las olas revientan
y murmuran en las escarpadas rocas de ambos lados, y esta Punta aparece mejor
bordada que la del Callao, resaltando inmediato a uno el azul de las olas, el
blanco tul producido por la reventazón, y el renegrido y subido tinte de las
inertes piedras.
Una mar inmensa y
azulada, sembrada de innumerables velas blancas cierra este cuadro y los
concurrentes parecíamos flotar en ella como en una tabla o balsa.
El segundo
atractivo es que allí concurre toda la sociedad selecta de La Valette, desde la
Señora Gobernadora y su hija para abajo. Y el extranjero como yo, el triste
paria aunque no tome parte en el banquete, por lo menos lo contempla de cerca y
se mezcla con los concurrentes.
Al ver esa gente
alelada y petrificada allí, se diría que eran unos náufragos que apiñados en
una tabla esperaban con ansiedad la aparición de una vela salvadora en el
horizonte.
Ese día se
esperaba desde por la mañana el ya atrasado vapor de Marsella que debía
conducirme a Egipto.
Una musiquilla
animaba o más bien desanimaba a los concurrentes. [240]
Unos cuantos
soldados ingleses dispuestos en círculo en la mitad del paseo, hacían sonar sus
instrumentos insuflándoles la gelidez propia de su carácter, de donde resultaba
una sinfonía insípida y desabrida.
Contento de haber
abrazado de un solo vistazo como en un salón el mundo más fashionable de La
Valette, me volví al hotel a esperar mi vapor.
La noche entró
precedida de una cerrazón o neblina tan espesa, que parecía venida de Londres.
Todo lo envolvía, ciudad y contornos, tierra firme y bahía, prolongándose hasta
el día siguiente, en el cual, no obstante habernos puesto los pasajeros a bordo
desde las diez de la mañana no vimos levar el ancla al vapor hasta las doce de
la noche, hora en la que sin duda la niebla dejó entrever el derrotero a los
expertos marinos.
[241]
Capítulo XXV
De vuelta a
Alejandría.- Compañeros de viaje.- La mujer Alcides y el hermano Gorenflot.- Un
obispo mejicano y mi clérigo de Guatemala.- Un indígena de Méjico.- Himno al
pan.- Alejandría.- Paso al Cairo.
El vapor que me
conducía a las costas del África se llamaba el Indus y pertenecía a la compañía
francesa de Messageries Imperiales.
Desmesuradamente
largo, no nada ancho, y privado de ruedas, porque era de hélice, este vapor se
balanceaba con tal impertinencia que a cada paso me asomaba yo al mar creyendo
hallarlo agitado, y no era así porque su señoría apenas estaba ligeramente
movido, y en general de muy buen humor.
Yo me hallaba en
segunda clase, pasaje que había tomado por vía de ensayo, presa de un marco que
no me abandonó en los cuatro días que duró nuestra travesía.
¡Oh, enfermedad
antigua como el mundo! No por lo menos como la navegación.
Pasajeros vemos
desembarcar en las comedias de Plauto, escritas 200 años antes de Jesucristo,
renegando de las náuseas de abordo. Tu propio nombre derivado de la vieja
palabra griega naos, náuseas, está revelando la antigüedad del achaque.
El mareo y la
muerte son dos profundos misterios, acaso los únicos que no fueron aclarados o
por lo menos preparada su aclaración en aquellos sabios tiempos de Grecia en
que todo se dilucidaba, y en que se sentaron principios que hasta hoy duran, o
se echaron bases para que las generaciones siguientes los levantaran.
Mas para explicar
la muerte y el mareo y para remediarlos, nada se hizo, ni se hace, ni se hará.
El peor defecto de
una segunda clase de cualquier lugar y parte del mundo, es que en ella no va
sino gente de segunda clase. [242]
Hay que codear en
la mesa y que oír roncar en el camarote a personas más o menos groseras, por su
aspecto o por sus maneras.
Hay que aguantar
el carácter demasiado quisquilloso del que precede la mesa, que como todo ser
subalterno, está soñando siempre con faltas de respeto dónde no las hay y
atormentando a los criados y por ende a los pasajeros.
Mi compañera de
mesa, aquella con quien yo me codeaba, era una formidable y atlética
francesita, una especie de ama de llaves, lo que los franceses llaman une
bonne; una Maritornes de tan hercúleas proporciones, que rayaba en hombruna.
Así debía ser la
Mujer Alcides descrita por Eugenio Sue en Martín el Expósito; como el reverendo
padre capuchino sentado al frente mío realizaba perfectamente el ideal que yo
tenía del padre Gorenflot desde que leí la novela de Dumas La Dama de
Monsereau.
Mis comensales
hablaban con frecuencia de novelas y nada menos de las de Dumas y Sue, por lo
que me figuraba yo verlas en acción.
El pobre Gorenflot
parecía dominado, preocupado, atormentado por la idea de la mujer. No hablaba
dos palabras al concupiscente capuchino italiano sin hallar cabida a esta
mágica expresión ledonne.
Si hablaba de sus
viajes por el alto Egipto, «un ruso le acompañaba, un polaco también, y... una
donna».
Discutiendo un día
sobre el preciso significado de la palabra italiana «regina» convenimos todos
en que significaba reina, esto es, la que reina.
«¡Alto ahí! dijo
Gorenflot, que también puede decirse una reina al hablarse por ejemplo... de
una bella donna», y por sus lúbricos labios discurrió una galante sonrisa.
Otras veces la
palabra donna venía materialmente traída por los cabellos, y sólo servía para
delatar al menos observador, la especie de manía que el ardiente capuchino
tenía «con la mitad preciosa del linaje humano».
Recogidos en la
cámara hablábamos una noche de los animales de África. Desfilaron, como era
natural, el hipopótamo, el cocodrilo, y llegó su turno al orangután. [243]
Cada cual fue refiriendo
las particularidades de este animal: sólo faltaba la más notable; yo la tenía
in pectore, y no la soltaba de temor de poner a Gorenflot en su acostumbrado
camino.
Pero él se puso
por sí solo, y después de tragar saliva, saborearse y relamerse observó con una
gazmoñería muy zurda:
-Dicen también que
acostumbran robarse le donne, las negras, ¡uf!
En otra ocasión me
llevó aparte. Díjome que mi tierna edad le interesaba, y que creía un imperioso
deber suyo, por su edad y por los hábitos que investía, aleccionarme en los
riesgos mundanos que me aguardaban.
-Ha de saber usted
-me decía-, que en el Cairo un joven honesto como usted no tiene nada que
temer. Con todo hay que andar con mucho cuidado, que abstenerse sobre todo
de... de...
-De los placeres
mundanos -le repliqué yo-; capisco, capisco.
-Eso es, delle
donne. Me han dicho -continuó con una indiferencia bien simulada que sin
embargo dejaba traslucir relámpagos ardientes de felicidades pasadas y un
vehemente deseo de sonreírme y de revivir conmigo, siquiera en conversación,
aquellas alegrías pasadas-, me han dicho que en Alejandría hay una calle donde
esas malvadas llevan la licencia hasta el punto de llamar a los que pasan.
En primera clase
iban un Obispo mejicano y un clérigo de Guatemala que se dirigían a Jerusalén,
donde no dejaron de proponerme que los acompañara.
Yo habría
aceptado, pero el gasto de ceremonias y atenciones diarias que semejante
compañía demandaba, el besamanos cotidiano de la esposa, y el tratamiento
constante de ilustrísima, hicieron retroceder a mi carácter agreste e
independiente, que huía aún de la vecindad de le donne muchas veces,
sacrificando, ¡ya ustedes comprenden cuanto! por no verse obligado a abdicar su
independencia en aras de la galantería.
El criado de Su
Ilustrísima era un mestizo mejicano, se llamaba Santiago Rodríguez y me hizo
pasar muy buenos ratos.
Él por su parte
estaba encantado de hallar «por la primera vez que estaba en Europa, una
persona que le hablara el español con claridad». [244]
A todos los demás,
incluso el compañero de su amo, no se les entendía jota, según Santiago
Rodríguez. Pero ¿qué extraño? Santiago Rodríguez había viajado por España con
su amo, y jamás le entendió una palabra de español a los españoles y se quedó
estupefacto cuando le dije yo que lo que hablaban en España era español.
No pudiendo ya más
le pregunté al fin:
-Pues, ¿qué
diablos de idioma hablan en Méjico?
-Esto que usted
habla y esto que yo hablo.
-¿Y cómo llama
usted a esto que nosotros hablamos?
-Mejicano.
Estas singulares
pláticas y gratas reminiscencias ocurrían entre él y yo en pleno mar
Mediterráneo.
Santiago Rodríguez
me había tomado una adhesión tan ciega, que parecía mi criado. Una mañana en
que el mareo me tenía postrado desde mi salida de Malta, me obligó a tomar la
postura horizontal en una de las bancas de la cámara, acercóseme el mayordomo
que barría y con aquella impertinencia que también saben aderezar los franceses
con frases corteses, como para eludir una respuesta colérica, me dio a entender
muy terminantemente «que debía quitarme de allí porque no estaba permitido
echarse en la cámara».
¡Y hubieran
ustedes visto a Santiago Rodríguez! Todos los colores de su híbrida raza
confluyeron alternativamente a su cara. Púsose blanco, amarillo, negro, como
para recordar de que de todo tenía; crispó los puños, dio una patada, y su
actitud fue tan hostil y tan salvaje, que el pulido gabacho se quedó
petrificado y clavado, escurriéndose poco después con el rabo entre las
piernas.
En los días que
siguieron, Rodríguez, preocupado siempre con el desaire que según él, me habían
inferido, no podía conformarse con no haber pateado al gabacho; y creo que si
la travesía dura un par de días más, lo verifica como lo digo.
-¡Oh buenos
tiempos -le decía yo a Santiago,- aquellos en que no había lugar a entripado,
porque castigándose todo inmediatamente y de un modo recio y ejemplar, quedaba
el ofendido purgado ipso facto de sorda bilis que en nuestros tiempos de
política y miramientos se conserva represada en el cuerpo, royendo las entrañas
tal vez de generaciones enteras! [245]
Un espaldarazo, un
cintarazo, una estocada y por consecuencia un herido o un muerto eran la
válvula por donde prontamente se expelía la cólera mayor, desahogado de la cual
íbase el hombre a dormir tranquilo, atormentado a lo sumo de un apacible
remordimiento, pero no de un rencor violento, intransigente y eterno.
Pero notando ya
aquí que mi Beocio mejicano me escuchaba alelado y que predicaba en desierto,
le dije; «Doblemos esa hoja»...
Y obedeciéndome
inmediatamente, se levantó y entornó la de la puerta de la cámara.
Los días más
halagüeños de la vida de Rodríguez en Europa habían sido los que pasó en Roma
con su amo.
Parece que allí
habitó palacios y que los ministriles, monigotes, sacristanes y demás gente de
iglesia que rodeaba a su Ilustrísima se disputaban a Santiago Rodríguez como a
Palurgo, el burro del reverendo Gorenflot, en la novela de Dumas.
El estilo de
Rodríguez era vivo y pintoresco. Todas sus relaciones de la patria tenían que
hacer con salteadores, y cuando llegaba el momento crítico en que su propia
persona era asaltada, Santiago dejaba de hablar en pasado, y echándose bruscamente
al presente, continuaba: «Yo traigo un revólver» por yo traía o llevaba.
Cerca de cuatro
días hacía que a mi estómago no llegaba bocado. Cuando el mareo hace al fin una
concesión o tregua, no es con un apetito general, sino limitándolo a un solo
antojo; el mío fue de pan.
Recibí el
rubicundo y bien dorado que Rodríguez se pescó no sé dónde, y cogiéndolo entre
las dos manos, no quise inmolarlo sin entonarle primero el siguiente
improvisado himno:
-¡Pan nuestro de
cada día! -le dije-, ¡cuál será la situación en que tú no recurras! ¡Tu nombre
fue acaso la primera palabra que resonó en el mundo, cuando el Supremo Hacedor
le dijo a Adán a qué precio tan personal debía obtenerte!
¡Gran personaje!
El biscochuelo, el bollo y otros amasijos de moderno invento, sin historia, sin
tradiciones, y cuyo origen no tiene el honor de perderse en la noche de los
tiempos como el tuyo, otros amasijos, hechura de humanales manos, y no de
divinales como tú, podrán eclipsarte momentáneamente en tal o cual mesa.
Su reinado dura lo
que el capricho, y no tardas en resurgir tú, estrella de primera magnitud,
aclamado por unanimidad. [246]
¡Importante
personaje! ¿Qué mesa se sirve, qué alocución importante se pronuncia sin ti? A
la cara de Dios te comparan, y das idea de la suprema bondad de un hombre
cuando se dice que es bueno como el pan. No en balde te llamas pan, porque en
griego pan es todo.
¡Oh tú, sin el
cual no hay alimentación posible, como no hay edificio sin arena! ¡Ven a ser el
medio con que, al aproximarme a lugares santos, celebre alianza con un Dios a
quien tan olvidado he tenido!
El 24 de febrero a
las siete de la tarde divisamos el faro de Alejandría; mas como a los que
parece la entrada al puerto de noche no es prudente, permanecimos voltejeando
hasta el otro día en que echamos el ancla en la antigua corte de los Tolomeos.
Me levanto, corro
a la ventanilla de mi camarote, y tuve que echarme hacia atrás inmediatamente
como herido por un rayo.
El sol como un
tamaño e irritado ojo, se levantaba en ese momento en la línea misma de la
visual por detrás de Alejandría iluminando y dorando esos puntos de vista de
tantos recuerdos. La población sin embargo, no tiene nada de pintoresco si se
exceptúan algunos bosquecillos de palmeras y otros árboles orientales que
adornan los jardines particulares, y la columna antigua llamada sin mucho
fundamento de Pompeyo, que se divisa desde abordo. Vi, no obstante, con placer
esta población, tanto porque era tierra, como le sucede a todo viajero
eminentemente terrestre después de una navegación por corta que sea, cuanto
porque al fin tenía ante mis ojos una ciudad de África o de Oriente; y estos
pueblos de que tanto se ha oído hablar, y sobre los que tanto se ha leído,
inspiran siempre un gran interés por insignificantes que sean.
El landford del
hotel Abbat había ido en persona a bordo a enganchar por sí mismo sus
pasajeros.
Yo me puse gozoso
en sus manos y me dejé conducir. El hotel Abbat estaba invadido por unos
magníficos oficiales franceses, magníficos porque venían de la célebre
expedición francesa a Pekín con todas las magnificentes ínfulas de la victoria.
Casi todos ellos
traían algún trofeo más o menos espléndido, conquistado por su propia mano en
los palacios de la saqueada capital chinesca. [247]
Uno de esos
oficiales me enseñó un magnífico bastón de ébano nudoso y con el retorcido puño
lleno de incrustaciones de plata y de nácar. El tal bastón era un monumento
portátil, una especie de pagoda.
Ya desde Alejandría
comienza a tomar el café a pasto. Mi desayuno a las ocho y media de la mañana
se compuso de solo una taza de arábiga bebida. A mediodía nos pusieron un
almuerzo excelente. No menos buena fue la comida. El café se sirvió a los
postres enteramente oriental y en una gran mesa redonda con su braserito
encendido para los fumadores, como se estilaba antiguamente en Lima, cuando un
visitante pedía lumbre para encender un cigarro.
Alrededor del
comedor corría un largo, ancho, y cómodo diván, que son los cómodos y
constantes sofás de todo el Oriente.
Las principales
calles de Alejandría tienen una buena acera de losa, su alumbrado de gas, y sus
grandes almacenes, en uno de los cuales compré por 30 chelines uno de esos
amplios chales escoceses llamados «plaids», que tierra adentro de Egipto debía
servirme más de una vez simultáneamente de sábana, frazada y colchón.
Alejandría es pues
mucho menos Oriente y mucho más Europa que el Cairo y otras ciudades
musulmanas.
Triste, humillado,
avergonzado casi me paseaba yo creyendo que los infieles iban a leer en mi
frente de todos los europeos llegados en la mañana, yo era el solo a-cónsul,
in-cónsul, sin cónsul, y que por lo tanto podía ser impunemente vejado y
atropellado si les venía en gana.
Muchos de los
individuos de ambos sexos que pasaban a mi lado, recordaban bastante bien el
tipo egipcio clásico tal como se le delinea en los sarcófagos, y me admiraba
que ese tipo primitivo no se hubiera perdido en tantas centurias como sucede
con el griego, que ya casi no se le encuentra.
No pocas veces,
atendiendo a los demás, me creía en Villa u otra hacienda azucarera de Perú,
pues veía pasar innumerables negros de Etiopía o Nubia o Abisinia, vestidos
ligeramente como los nuestros y chupando su caña dulce. La topografía misma me
recordaba la de nuestros campos, con la diferencia que reina un hermoso
movimiento agrícola, que ya quisiéramos tener por acá. [248]
A la mañana
siguiente tomé una magnífica carretela europea de esas que tanto abundan en
Alejandría y el Cairo, y me dirigí con mi equipaje a la estación del camino de
fierro.
Al llegar a ella
di a un pequeño egipcio, que se abalanzó a sacar mi saco de noche, unos cuantos
sueldos o centavos por tan pequeño servicio.
«¿Qu'est en ce que
c'est?», me dijo en mal francés, y mostrándomelos en la palma de la mano,
exactamente con el mismo aire de los pilluelos que enjambran las estaciones de
Italia, cuando haciendo la misma papelada dicen cómicamente:
¡Che me da cui? Se
lo regalo, se lo regalo, bravatas que nunca se cumplen, y a que el viajero
experto contesta con el más alto desprecio, lo que basta para que las reacias
monedas tomen el camino del bolsillo de esos Rinconete y Cortadillo.
El trayecto de
Alejandría al Cairo me pareció tan delicioso, que creía soñar. No comprendía
cómo algunos viajeros le niegan interés a un viaje que yo hallaba interesante
en alto grado.
Para el que por
primera vez visita estas comarcas, todo tiene interés.
Mis compañeros en
la primera parte del trayecto fueron griegos, con los cuales no hice otra cosa
que hablar del griego moderno, lo que les lisonjeaba porque están acostumbrados
a que los viajeros no se preocupen sino por lo antiguo.
En seguida de
apearse ellos en una estación, entraron tres árabes: el uno era un viejecito
que me convidó naranjas y su larga pipa encendida para que aspirara unas
cuantas bocanadas porque entre orientales suele ir la pipa o shibuck de boca en
boca, como el mate entre argentinos.
Acepté ambas cosas
y con la aceptación de la segunda dejé de ser neófito en costumbres musulmanas.
El otro viajero, como sólo hablaba árabe, no pudiendo tomar parte en la
conversación, se quedó dormido. El tercero, en fin era un breve y elegante
levantino, de rizado pelo, carácter ligero y conversación libre.
Hablaba
desenfadadamente en inglés, francés e italiano, lenguas que, según él me dijo,
había aprendido en Malta y recordaba a ciertos zambitos vivarachos y
despercudidos de las casas grandes de Lima. [249]
Me habló de París
que constituía su sueño de oro y de la novela de Dumas hijo La Dama de las
Camelias, con una especie de veneración. En la tarjeta que me dio, se leía:
Alessandro Kessissoglú.
Unas seis horas
después de haber salido de Alejandría, llegábamos al Cairo, y fui a hospedarme
al Hotel d'Orient, en la Plaza del Esbekié.
[250]
Capítulo XXVI
El alto y el bajo
Egipto.- Impresiones callejeras en el Cairo; sakias, shadufs y el noreg.- El
vehículo egipcio.- El borriquero.- El sais.- Las calles.- Las palabras que más
se oyen.
Escribamos,
mientras aún se conservan frescas nuestras impresiones, no sea que al quererlo
hacer más tarde, nos hallemos sin colores en la paleta de los recuerdos. Ya
ahora mismo siento que el influjo de los actuales comienzan a enfriarse las que
me dejaron mis últimas excursiones, entre las que figura, como la más
importante de todas bajo todos aspectos, la de las Pirámides. Recorramos
rápidamente lo pasado y pongámonos a la orden del día para entrar de lleno en
lo que por ahora nos preocupa.
Tanto en
Alejandría como en el Cairo, he ido a ver una por una todas las curiosidades
que señala la guía(5); y no puedo menos de confesar que casi nada he visto
verdaderamente interesante bajo el punto de vista artístico, histórico o
mitológico, (salvo por supuesto las Pirámides) lo que no es extraño, porque el
Egipto interesante bajo esas fases, el Egipto clásico, se encuentra en el alto
Egipto, adonde se va por el Nilo río arriba, en una barca que, generalmente, se
toma entre varios amigos. En el camino se van viendo las ruinas y demás
curiosidades históricas o naturales como son Tebas, las cataratas del Nilo,
etc. Este viaje se hace en dos o tres meses, ida y vuelta y tiene tal de fama
de ser delicioso, que todos los años en el otoño acuden innumerables viajeros
de todos los puntos de Europa a realizarlos; como artistas los unos, como
curiosos los otros, y no pocos como personas delicadas, por haberse observado
que esos climas asientan admirablemente a los tísicos.
Así pues el
verdadero interés del bajo Egipto, que es en el que yo me encuentro, está en sí
mismo; y si en las ciudades de Europa se anda largo trecho para ir a admirar
las curiosidades de un punto [251] determinado, otro tanto deber hacerse en el
Cairo, por la particularidad y costumbres casi siempre interesantes que se
descubren en el camino.
Uno de los objetos
más característicos y curiosos del Cairo y sus inmediaciones y que pregona la
vida enteramente agrícola de esos lugares, es la sakia. Una sakia es ni más ni
menos una noria, que un buey o una vaca o una yunta hace girar para regar los
campos con el agua del Nilo, que en el período de la inundación se ha tenido
buen cuidado de almacenar en grandes canales para servirse de ella cuando el
gran río vuelva a reconcentrarse en sus dominios, esto es, en su cauce. Esta
palabra, de la que parece haberse derivado la nuestra acequia, o la palabra
española azacaya, se pronuncia haciendo una especie de aspiración seca al
llegar a la k; diciendo por ejemplo sak, de un golpe, y después ia. La palabra
pronunciada por uno del país suena como un hipo.
El número de
sakias en Egipto pasa de 50.000 y una sakia es el objeto con que se tropieza
eternamente en el Cairo. Así pues entre las pinturas sintéticas características
del Egipto, al lado del grupo de palmeras y minaretes junto a la cáfila
(kafila) de camellos y beduinos debe figurar la sakia, que con sus ruedas
verticales armadas de botecitos de tierra cocida o, más propiamente, de
cangilones atados a las ruedas por el gollete y que sucesivamente van
llenándose y descargándose con la rotación; con su yunta, su boyero, el árbol
poético que la sombrea, con frecuencia un tamarindo, y el padre Nilo a más o
menos distancia constituye un croquis pintoresco. Hasta el rechinar monótono
peculiar e incesante de las máquinas, faltas probablemente de unto, parece
hecho para llamar la atención del transeúnte. La noria (puits a chapelet de los
franceses) es el punto más alto de la hidráulica egipcia.
Después de la
sakia viene el shaduf, noria de brazos, aparato para levantar el agua como a
tres varas de alto, que maneja un solo hombre y que lleva como un balde de agua
en cada vez. Perpendicularmente sobre el río, canal, pozo u otro depósito
cualquiera de que se quiera extraer el agua, se clavan dos postes, como si
dijéramos las jambas de una puerta, y sobre ella se atraviesa un madero o
dintel que hace veces de eje, pues sobre él va atado, formando coyuntura, el
palo o palanca que debe descender a beber agua. Este palo [252] se ata como por
la tercera parte de su longitud y lleva en la una extremidad o cola un
contrapeso, generalmente una gran bola de barro, y en la otra superior una
larga pértiga colgante, de cuya punta pende un cesto o zurrón de cuero. La
palanca se mantiene recta como un puntero y perpendicular al travesaño. El
hombre que está abajo, a la orilla del agua empuña el zurrón y lo trae hacia
sí: inmediatamente la cola de la palanca, vencida por la atracción, se levanta
entretanto que la punto atraída, o sea el pico, baja a sumergir el zurrón en el
agua. Lleno éste, el hombre lo suelta; vuelve a restablecerse el equilibrio y
la carga de agua va a vaciarse en la plataforma en un recipiente de donde se
reparte el agua. Este movimiento es de fácil ejecución por lo que la cantidad
levantada por un solo hombre en poco rato es considerable. Cuando la altura es
mucha, se van escalonando shadufs de tres en tres varas, y colocando un hombre
en cada descanso, hasta el piso superior. Una sahduf sola funcionando, ya
sumergiéndose en el agua, ya irguiéndose hasta el cielo, hace el mismo juego
que los músculos de un pato, por ejemplo, bebiendo agua al margen del arroyo.
El tercer modo de
regar las tierras, el más sencillo, el más primitivo, el más infantil, es
columpiando el agua del modo siguiente: se toma una cesta armada de cuatro
cabos o sogas. Cada hombre empuña dos de estos cabos y colocándose frente a
frente y a corta distancia lo lanzan a vuelo como a una hamaca o columpio entre
dos pilares. La cesta va repicando en el agua y recogiendo la cantidad de agua
que puede, y vertiéndola en la parte alta, todo mediante la oscilación. Es
claro que este sistema sólo es aplicable para levantar el agua como a la altura
de un hombre; pero se repite con tanta frecuencia, que es otro de los rasgos
característicos de las orillas del Nilo.
Entre los
instrumentos agrícolas descuellan el faraónico noreb o noreg, que se emplea
para trillar las eras. Es un sillón patriarcal [253] puesto sobre una rastra de
madera en forma de zapato o patín armado a lo ancho por dos o tres hileras de
ruedecitas de fierros, que van cortando la paja de las espigas trituradas por
el paso de la yunta, pues ya habrá comprendido el lector que una yunta tira de
este aparato. En el sillón va sentado un descendiente de Faraón, de espesa y
larga barba, grave como un cochero en el pescante, el cual con las riendas en
una mano y el aguijón o el látigo en la otra, se entrega al ejercicio de dar
vueltas sentado alrededor de su era, trabajando sin moverse, como aquellos varones
de tan activo temperamento que no pueden estar ociosos y pasan los días y aún
las noches entregados a las fatigas (sedentarias)... de la pesca.
El noreg es
probablemente el moreg de los hebreos a que parece aludirse en el libro de
Isaías (XII 15), y corresponde al tribulum de los romanos descrito por Varrón.
Los shadufs,
aunque tan sencillos en sí, pues se reducen a palanquear el agua, creo que ni
de noticia son conocidas en Lima; y aunque su aplicación casera las haría
preciosas entre nosotros, ¿para que ese exceso de industria, si aún no nos ha
llegado el día duris urgens inrebus egestas de Virgilio?
Las excursiones
tanto las más distantes como las más cercanas, se hacen en el Cairo a borrico.
El asno, el humilde asno tan decantado en la Biblia y en la Iliada, y tan
deprimido en nuestros tiempos; el asno que viene figurando en la historia del
mundo desde su principio como la viña, la higuera y el ganado entre los
vegetales, se pasea aquí triunfante, familiar e indispensable, y es el complemento
del individuo, y el estar a borrico es en el Cairo el estado natural del
hombre. El burro es aquí lo que el coche de alquiler en las ciudades de Europa;
lo que la góndola en Venecia; lo que el caiq en Constantinopla, lo que los
zancos en las landas de Burdeos. Estos animales son mucho más pequeños y más
ágiles que los nuestros y sirven como de zancos para sobreponer el transeúnte
al fango de estas calles sin empedrado ni enlosado. Su paso ordinario es un
trotecito picado y menudo, tan suave, que casi no mueve el jinete en la silla.
Pero al mismo tiempo la fragilidad de sus patas delanteras, que parecen
espigas, es tanta que a cada cincuenta pasos en término medio, se van de bruces
o de manos como los caballitos de madera cuando se les acaba la cuerda y hunden
en el polvo la cobarde [254] frente, tan firmemente persuadidos como un pecador
contrito o como un amante desesperado, vaciando por las orejas al jinete, que
casi siempre sale ileso sobre todo cuando es de cierta estatura, que entonces
le basta abrir el compás para quedar de pie en el suelo, mientras el burro se
salva a escape por debajo de sus piernas sin siquiera rasparle el lomo. La
silla es una especie de los que nosotros llamamos aparejo, aunque el forro de
la badana colorada y el gran morro delantero que sirve de cabezo o arzón le dan
las apariencias de montura. Las estriberas son como la de nuestros galápagos, y
la cabeza del burro va engalanada como la de nuestras mulas de recua, aunque
con menos profusión de adornos. Unas argollitas de cobre ensartadas en la
barbada u otra parte del freno, reemplazan a los cencerros y sirven para
advertir qué gente viene a los pedestres transeúntes en las populosas calles de
esta ciudad de más de 800.000 almas; aunque a advertirlo contribuyen con más
fuerza que nada los gritos de ¡guarde!, ¡rigle! ¡ua! más o menos equivalente a
¡ea! ¡cuidado! ¡atrás! etc. del borriquero, la parte más importante y simpática
del burro. El borriquero es a veces un hombre y las más un muchachito de siete
a doce años que no se despega de su burro y que sirve para arrearlo y dar la
voz de alerta, a los transeúntes; precaución inevitable de una ciudad de calles
angostas, tortuosas y siempre llenas de gente a pie, de a caballo, de a
camello, etc., y digo etcétera porque también circulan grandes coches de cuatro
asientos que entran en una calle como en un molde, por lo bien que la llenan;
carretelas venidas de Europa, y por consiguiente sin interés local; a menos que
se tenga en cuenta el cochero, que vestido a la oriental y siendo con frecuencia
un negro tinto de la Nubia, contrasta admirablemente con el vehículo europeo; y
al muchacho de las mismas condiciones que a guisa de precursor, marcha delante
del coche a pie, como un zapador, armado de un bastón o látigo que le sirve de
hacha para abrir paso entre la compacta muchedumbre: estos muchachos son
conocidos con el nombre genérico de sais. Por las noches llevan una antorcha
encendida (meshal, origen de nuestra palabra mecha) precaución igualmente
indispensable por no haber alumbrado en las calles.
Los borriqueros, a
pesar de su corta edad, hablan con bastante soltura un poco de francés,
italiano e inglés, y alguna que otra palabra [255] en español. Andan vestidos
de una gran camisa de algodón azul y de un gorro descolorido y raído que debió
de ser colorado, y se les encuentra estacionados en casi todas las encrucijadas
de la ciudad, particularmente en la puerta de los hoteles, formando grupos
fraternales con sus burros ensillados y listos, y gritando apenas divisan a un
europeo: a good donkey, sir; you want a donkey, sir?, un bon baudet, voilà le
bon baudet, Monsieur. Si esto no basta se acercan al individuo y lo someten y
acosan con la recomendación de sus burros, en estos términos: marche comme tous
les diables; cest le chemin de fer, Monsieur. Algunos de ellos que han
descubierto mi idioma natal suelen gritarme un buen asno, señor.
Todas estas
virtudes del burro egipcio y del borriquero, y el módico precio del alquiler
(un franco por dos o tres horas) hacen que se sirva uno de ellos a cada paso; y
como ya he dicho el estado normal de la persona decente en el Cairo es estar a
burro. El borriquero sirve de borriquero, de cicerone y cuando es despejado, de
maestro de árabe. Para todo esto se necesitarían en Europa tres hombres sin contar
que con el borriquero es más manejable y vale más que el cochero, el cicerone,
ni más ni menos expedito que los de Europa y el maestro, el más eficaz de
todos, pues su método se reduce a la simple práctica.
El sais,
naturalmente músico como todo egipcio, no se limita a llenar sus funciones
tonta y desairadamente delante del coche que precede, sino que se complace en
estudiar la armonía y la cadencia de sus movimientos; y ora marche, ora corra,
lo hace acompasadamente, acompañado su paso con el juego de brazo donde lleva
la férula levantada y pareciendo alternativamente, ya un caballito de brazos,
ya un tambor mayor.
Ahí la vida
pública en el Cairo es con frecuencia un despejo natural y una pantomima
espontánea. Un hijo de la fría Albión habla sin accionar, con sus dos brazos
pendientes a lo largo de sus piernas como dos disciplinas colgadas de sus
respectivos clavos, y abriendo y cerrando sus labios con la regularidad de dos
platillos. Un egipcio y un napolitano saludan dando saltitos y gesticulando.
Los muchachos del Cairo chapurrean la mayor parte de las lenguas de Europa con
tal naturalidad que parece que las hablaran; y la ilusión auricular del que los
oye es completa; pero nuestro entendimiento [256] no percibe palabras o si las
percibe, es trunca y como en embrión porque esas criaturas, con la finura de su
oído, no se han apoderado del sonsonete peculiar a cada uno de nuestras
lenguas, de su parte fónica, y al creer hablarlas, las entonan y no las
articulan.
Sin las
precauciones que dejamos enumeradas sería imposible transitar por estas calles
tortuosas y con frecuencia tan angostas, que para resguardarlas del sol basta
extender unas cuantas esteras de techo a techo, lo que le da el aspecto de
lóbregos, húmedos y misteriosos subterráneos en cuyas tinieblas hierven y
hormiguean con su sorda actividad, la actividad de la usura, los bazares
orientales.
La gente del
pueblo rueda a pie, a burro, y de todos modos, hablando a gritos a la par de
los borriqueros como si todo conspirara a encajar el árabe en la cabeza del
europeo, quieras que no quieras. Recordemos de paso y para evitar errores que
en el taciturno Damasco y en la misma Constantinopla, la vida no es tan
expansiva ni tiende a derramarse como aquí. En la primera de esas poblaciones
los individuos discurren por las calles, van, hasta creo que hablan, pero nada
se oye: no dan señales de vida. Pasan como fantasmas, como sombras, como
autómatas y a las doce del día parece las doce de la noche.
Digo, pues, que en
el Cairo todo conspira a imponernos el árabe. Sea por esto, sea por la fuerza
de la ilusión con que el occidental mira todo lo del Oriente, ello es que en
los días que llevo en el Cairo he aprendido proporcionalmente más palabras y
frases de árabe que las que aprendí de alemán en el tiempo que estuve en
Alemania.
Esta ilusión
extiende un velo mágico sobre todas las cosas; y así como otros dicen que el
fuego lo purifica todo y que cocido todo es bueno yo diría que la palabra
Oriente lo disimula y embellece todo; y que todo lo oriental bonum est, se
entiende para los sentidos.
Los gritos que
predominan entre la muchedumbre ambulante son los de los borriqueros, que no
quieren y tienen razón, que sus burros se lleven de encuentro a los de a pie
cuya inercia es tal que aunque sientan ya encima los gritos y aún el animal
galopante, ni se mueven ni vuelven la cabeza hasta que no se le descarga en las
espaldas un recio corbachazo con el corbacho (craash) que frecuentemente se
lleva en la mano y que es un látigo de cuero de hipopótamo. Estos latigazos los
reparte el que quiera, seguro de que el que los recibe no se alterará como si
no se hubiera hecho más que sacudirle el polvo. [257] Estos hombres me
recuerdan a nuestros perros que no se mueven de donde se tienden hasta que el
carruaje o caballos inminentes no pasan sobre ellos. También tiene mucha
semejanza con nuestros chinos.
Los gritos de los
borriqueros lanzados con una entonación, vibrante, graciosa y particular y de
ningún modo semejante a los ingratos maullidos de nuestros llorones bizcocheros
y demás pregoneros se reducen a ¡rigle! ¡rigle! (cuidado) ¡ja bint! (ea,
muchacha) ¡ia wulad! (ea, muchacho) o simplemente ¡muchacho! ¡muchacha! porque
ia no es más que una partícula inseparable del vocativo como se ve en: ia sidi
que significa buenamente señor en caso invocativo. Así llamaban los árabes a
Rodrigo de Vivar de donde le vino el antonomástico sobrenombre de El Cid; y así
se llama Miguel de Cervantes cuando traduce el árabe su nombre y es Cide Hamete
Benengeli.
Otras veces gritan
¡shimelek! que quiere decir ¡a la izquierda! ¡yeminak! que quiere decir ¡a la
derecha!
El árabe, hermano
del hebreo, como que ambos pertenecen a la misma familia de las lenguas
semíticas, tienen muchas palabras que parecen tomadas o derivadas de él. Así,
la palabra yeminak creemos hallarla (salvo el cambio de a en e, que como el de
e en a es muy frecuente en árabe) en el nombre hebreo Benjamín (Ben-yamin) que
según el Génesis (XXXV-18) significa hijo de mi diestra, Beh a su vez, parece
haberse cambiado en Ibn (Ibn el Masr, Ibn el Izkendria, hijo del Cairo, hijo de
Alejandría) como Perú que según Piecolt y otros puede ser una rotación de
Ophir, en cuyo caso su historia etimológica sería Ophir -Phiró -Pirú -Perú.
Estas vueltas de
la palabra recuerdan en el mundo filológico los movimientos de ciertos cuerpos
en el mundo físico, los cuales como cansados de haber permanecido siglos sobre
un mismo costado, se revuelven al fin y presentan una faz enteramente nueva.
El Yemen, en
Arabia, no significa otra cosa que el país de la derecha.
La palabra
favorita de la gente pobre y aun de la acomodada al ver a un extranjero es
bagshish, que quiere decir propina, trago, el remojo, de los negros de Lima, y
el boliglia de los no menos pedigüeños italianos. Nada hay más enfadoso que
esta palabra repetida a toda hora, con clamor incesante y sin fundamento,
porque en el mayor de los casos estos individuos piden el bagshish sin otro
motivo que [258] su linda cara como vulgarmente se dice. Al atravesar algunos
de los pueblos circunvecinos al Cairo, semejantes a nuestros galpones, una
bandada de muchachitos en camisa y semidesnudos se precipitan sobre el
extranjero transeúnte a burro gritando ¡bagshish! ¡oh, bagshish! con tono
impertinente y hasta imperioso como quien exige más bien que como quien pide.
Una vez que se les da, se retiran no ya exclamando pero sí gruñendo o
refunfuñando bagshish. Si en el tránsito se encuentra a alguna mujer, joven o
vieja y comienza uno a mirarla con atención algo prolongada, se le oye murmurar
ociosamente debajo de su antifaz bagshish.
La queja constante
del borriquero es: ma fish flas, no tengo dinero, que recuerda aquella
desesperada frase nuestra irse a flas, que viene del árabe, lo mismo de ojalá
de inshalá, quiera Aláh. Los mendigos abundan, particularmente, los ciegos; la
oftalmía es aquí enfermedad endémica, sea por el ningún aseo de la gente, sea
por los arenales que rodean el valle del Nilo, que deben llenar la atmósfera de
imperceptibles granos de arena Mesquí, jugá, el pobre, señor, es la frase
lacrimosa con que estos mendicantes solicitan nuestra caridad. De mesquí se ha
derivado nuestro adjetivo mezquino.
Si de las
exclamaciones de la miseria, real o simulada, pasamos a las que caracterizan la
indolencia de estos países, hallaremos en primer término la palabra málesh ¿que
importa? digna de figurar al lado del masqui de los arequipeños, y del ¿para
que sirve eso? de los limeños así como el bukra, bukra, bakir, mañana, mañana,
temprano, recuerda la tendencia de nuestros conciudadanos a aplazarlo todo para
el día siguiente, para la semana entrante, para el año que viene con el favor
de Dios, que es siempre Dios el recurso de los perezosos. Aquí como entre
nosotros, se vive por siglos; en Europa por segundos y minutos.
En la desenfrenada
ambición política eso sí, estamos a la orden del día y no hay ciudadano de
Londres o Nueva York que ande más ligero que nosotros. Al llegar a este terreno
no hay mañana, no hay semana entrante, no hay año que viene, no hay favor de
Dios, no hay espera. El montonero ha de ser sargento mayor, y el municipillo de
provincia ha de ser senador, ahora en el acto, al punto, al minuto, como el
tinte instantáneo de Cristadoro. [259]
La salutación más
corriente y familiar entre los egipcios es ¿taibin? que recuerda el ¿ca va
bien? de los franceses; y a que se contesta taíb o taib, quétir, bien, muy
bien.
[260]
Capítulo XXVII
Los europeos.- Mi
compañero de viaje.- Los cafés y su orquesta árabe.- Las alméh o bailarinas
públicas.- El Esbekié.- Las casas.- Semejanzas.- Las mujeres; su traje y
variedad de afeites que usan.- Una inglesa extravagante.- El camello.- Los
hombres; su traje.- Prostitución.- Misterios del Esbekié.- La caña dulce y la
hueca.- Materias para enlucir.
Los europeos no
sólo no tienen nada que temer aquí, sino que en general se les respeta mucho,
como a seres superiores, y parecen los señores del país, tratando no pocas
veces a los hijos de él con demasiada dureza. Gracias a estas prerrogativas,
encuentra uno aquí figurando y dándose tono a individuos que son la hez de
Europa, y que en ella no llamarían la atención ni serían considerados, porque
en sus respectivos países, según la candente frase de un escritor francés, «las
aceras quemarían para ellos». En el Cairo todo se arregla a empellones o a
palos que se descargan con desembarazo sobre los pobres hijos del país, que
tanto por su carácter natural, cuanto por la costumbre de gemir desde tiempo
inmemorial siempre bajo algún yugo extranjero, son suaves y benévolos y
tímidos, por más que con mucha frecuencia la echen de guapos, sobre todo cuando
se las han con un europeo recién llegado, o que no sabe aparentar soltura y
posesión del terreno que pisa en un país donde todo consiste en el brillo de
las apariencias. Así sucede en todos los países muy atrasados; así en el Perú
primitivo un simple español a caballo parecía un Dios, como actualmente en el
Cairo algunos muchachitos echan a correr apenas ven pasar a un europeo con su
bastón. El bastón es indispensable en Egipto, para abrirse paso entre la
multitud de hombres y animales que se encuentran en las calles, y para infundir
respeto; porque si en Europa el bastón no significa nada por saberse que el que
lo lleva no lo usará como arma sino en el [261] caso de ser atacado, en el
Cairo significa mucho por lo acostumbrados que están sus pobres hijos a que sus
señores, los soldados turcos, entidades de que hasta ahora no he hablado, los
traten a palos sin qué ni para qué; y a que esta facultad sea extensiva a
cualquier extranjero de aspecto decente.
El día que fui a
visitar las grandes mezquitas, que deterioradas como se hallan parecen en lo
general viejos palomares, y a las que no se puede entrar sino acompañado de un
soldado de la policía y de otro de un consulado, (yo obtuve uno y otro por
medio del vicecónsul español señor Lescura) me acompañaban algunos viajeros que
habían querido aprovechar de la oportunidad; y naturalmente nos precedían los
dos soldados, los cuales, en vez de pedir permiso a los que estorbaban el paso,
les descargaban uno o más bastonazos en las espaldas, a sangre fría, sin que
los así interpelados se alarmaran.
Es verdad que los
orientales son de una flema y de una cachaza, que parece que no pudieran
moverse por sí solos sino se les empujara. Muchas veces en las calles viene uno
a pie y va otro a burro; y aunque naturalmente se vienen viendo, el pedestre no
se hace a un lado hasta que no siente en su pecho las peladas orejas del burro.
Mi compañero
actual, porque mi condición de viajero solitario me obliga a cambiar de
compañero todos los días, es un francés de unos 45 años, alto, barbado y buen
mozo como un guerrero de la Edad Media, y que parece haberse puesto de adrede
Gustave de Beaucorps, que es su nombre, y que equivale a Gustavo de Cuerpo
hermoso. Él parece conocerlo, y ninguno de sus retratos le cuadra ni se le
asemeja, según él, aunque son fotográficos, y no he podido conseguir hasta
ahora uno para recuerdo. Recorre el Oriente por segunda vez, exclusivamente en
busca de aventuras como don Quijote, a quien se asemeja en más de una flaqueza.
Se enciende en cólera tan fácilmente y tan bien, que sólo el superlativo
irascibilísimo puede dar idea de su carácter. Una vez que ha perdido los
estribos requiere su corbacho como don Quijote su tizona; y ciego de ira
comienza a repartir latigazos a diestro y siniestro, como el de la Mancha,
cuando medio dormido hendía los cueros de vino del posadero. Mi compañero
reparte sus golpes con tal firmeza, con tal entereza y con tal natural empeño,
que la gente del país, naturalmente [262] supersticiosa y cobarde, huye
intimidada como si reconociera en él un derecho divino para sacudir el polvo a
sus semejantes.
Los innumerables
cafés del Cairo están situados al aire libre, bajo los árboles, y se componen
simplemente de un techo de caña sobre seis o más pilares, bajo el cual hay tres
grandes escaños de madera colocados en la misma disposición que el triclinio de
los romanos. En medio hay una mesita con un gran farol que alumbra a los
concurrentes, sentados en los dichos escaños a la oriental o sea con los pies
recogidos bajo los muslos, y cada cual con su pipa, shibuk, en la mano, y su
tacita de café por delante, fumando y bebiendo a la par, en la plenitud de la
dicha oriental. Entre ellos figuran los músicos en número de cuatro, pagados
probablemente por el dueño del café para atraer y entretener a los concurrentes
como en los cafés cantantes de París. La música es unísona y agradable, y se
compone de los instrumentos siguientes: el Kemengui que es una especie de
rabel; el Kamun, del griego Kanon, que es un arpa horizontal, y que se toca con
dos plectros que se sujetan en el dedo cordial de cada mano; el ud, (de donde
tomamos laúd) y una flauta ordinaria llamada nay. Otros instrumentos no menos
usados, aunque no en los conciertos de café, son el darabukié, tamboril en que
cajean los pobres, como nuestros negros en la caja, y con cuyos sonidos lejanos
y recónditos resuenan todas las casas pobres y todas las poblaciones pequeñas a
ciertas horas de la noche; y los crótalos de bronce o címbalos de que se
acompañan las bailarinas públicas (gawazi, gaziyia, las bayaderas de la India)
y cuyos sonidos son más rotundos y musicales que los de las castañuelas de
marfil o madera que suenan de un modo seco y siempre el mismo.
Al frente de cada
café hay una barraca de madera donde el cafetero y los suyos tienen sus útiles
y confeccionan lo que se les pide. Los transeúntes se pasean delante del café,
y los europeos se detienen un rato para observar la orquesta egipcia; así como
un poco más lejos los hijos del país se agrupan con una especie de curiosidad
febril delante del café europeo donde también hay concierto de arpas y violines
tocados por alemanes de ambos sexos. Los orientales toman el café sin azúcar y
sin leche, y con todo el concho o sedimento, que en Europa queda depositado en
la coladera de la cafetera, lo que hace esta bebida tan alimenticia como el
chocolate, [263] al que se parece confeccionado de esta manera. Al principio
repugna; pero luego gusta; y en las excursiones lejanas, el café así preparado
sirve de refresco y de alimento.
Otra de las
dulzuras que se va a saborear a un café es el narguilé. El narguilé es una pipa
conocida por pinturas en todo el mundo. Se compone de una botella de cristal de
roca que tiene por tapa una cazoleta de bronce, con unos orificios en el fondo,
en la cual se pone el tabaco con unos carboncitos encendidos encima. Esta
cazoleta o recipiente del tabaco comunica con el fondo de la botella, que está
con agua, por medio de un tubo también de bronce. De este tubo arranca otro,
larguísimo y flexible como una culebra, terminando por una boquilla de madera
que es por donde se fuma. Como el humo anda un largo trecho antes de llegar a
la boca, y como en su camino se enfría con el contacto del agua, la impresión
que se siente en el paladar es fresca; y el gusto semejante al que deja el té
frío. Estos aparatos los llevan de Bohemia y otros puntos de Alemania que
abastecen a todo el Oriente, donde la gente está todavía muy atrasada para que
pueda fabricar aparatos tan delicados. Los que se hacen en el país son de nuez
de coco en la que se introducen, formando ángulo recto, dos carrizos horadados
en toda su longitud, en la extremidad del uno va la cazoleta, y en la del otro
la boquilla; el depósito central que es la nuez está lleno de agua. Estos
narguilés del país son más cómodos y portátiles y sirven para los viajes; al
paso que los otros tienen que descansar en el suelo, pues su base es una
redoma. Para fumar narguilé no basta chupar como para fumar cigarro, sino que
hay que hacer un gran esfuerzo aspiratorio y que llenarse de aire los pulmones.
Por esto lo recomiendan a los tísicos. El narguilé tiene su tabaco especial,
tumbaki que sólo se da en Persia; tabaco tan fuerte que hay que pasarlo por
varias aguas antes de fumarlo. El tabaco empleado para las pipas y cigarros de
papel es el turco de Constantinopla, hebroso y rubio como el cabello de un
niño; el de Latakié, muy célebre, y el del mismo Egipto que es muy sabroso.
Todos estos tabacos me han parecido mejores que los que nos administran en
Europa y América en los cigarritos de papel. La mayor parte de los cafés, están
manejados por individuos griegos, y en ellos se oye resonar el idioma de los
helenos en los siguientes gritos: ¡Ena kafé glykáaada! un café dulce esto es,
con azúcar, para [264] algún europeo, ¡Dyo narguiledes! dos narguilés. Los
concurrentes se acomodan a la parte de adentro los filarmónicos concienzudos; y
los demás a la parte de afuera, en el café hypetro, o sea, bajo el éter, al
aire libre, donde hay mesitas distribuidas.
Las gawazi o
bailarinas públicas bailan al son de un rabel y de un pandero, tar,
generalmente manejado por una vieja. Su baile está lleno de pausas, de
reticencias y de puntos suspensivos... Dicen mucho y no dicen nada, como
aquellos grandes proyectistas enteramente teóricos. Recorren todos los términos
del deleite sin moverse de un sitio. Sus movimientos son rígidos,
perpendiculares siempre, y llenos de tensión. Se empinan sobre la punta de los
pies, levantan los brazos, su piel se dilata, y ya fingen los calambres de la
pasión, ya parecen petrificadas de placer. Sus largas pestañas, sus ojos
rasgados y adormecidos, y las profundas y azules ojeras que todas ellas se pintan,
realzan el tinte voluptuoso de su fisonomía; así como lo esponjado de su seno,
lo redondo de sus hombros, y la verticalidad natural de su estatura, aumentan
los atractivos de sus contornos.
A este letargo, a
este sopor, a estas alternativas de embriaguez y, de éxtasis, suceden
repentinamente una agitación febril, un desasosiego extraordinario, la fuga de
nuestros bailes nacionales. Esta mujer que soñaba, acaba de saber por
revelación que el bello ideal que parecía solicitar con tantas contorsiones
voluptuosas y con tantos decaimientos lánguidos y provocativos, está allí, a la
mano, a sus pies tal vez, y se pone a buscarlo con solicitud fogosa, con
ferviente ahínco, poseída de convulsiones y delirio, hasta que va a caer
extenuada en el diván.
El traje de las
bailarinas se reduce a un pantalón holgado y lleno de pliegues, como el de los
hombres, que baja hasta el tobillo, alrededor del cual está ceñido. Sus
labuchas de badana amarilla caen en el suelo con estrépito cuando la fatigada
bayadera va a tirarse sobre el diván continuo que circunvala todos los estrados
orientales. Un corpiño o jubón con mangas rajadas desde la muñeca hasta la
sangría y con una abertura delantera que baja desde la garganta hasta cerca de
la cintura, descubriendo a medias el seno; y una serie de medallitas de plata,
de oro, o, simplemente, de metal amarillo, entretejidas con el cabello, y
distribuidas por el cuello, orejas, puños, y, alrededor de la frente, como
collar, pendientes, pulseras, [265] y, como vincha, por más que esta palabra
peruano, que recuerda nuestros sencillos usos primitivos, haya caído en desuso
con las nuevas modas, demasiado refinadas para adoptar un adorno tan sencillo y
homérico, como una cinta atada alrededor de la frente. Estas medallitas,
saltando, repicando, cascabeleando, y chispeando como lentejuelas alrededor de
la agitada bacante, le dan un aire mitológico que recuerda a Júpiter
descendiendo en lluvia de oro, a seducir a Dánae.
Las bailarinas
pertenecen al gremio de las mujeres públicas, y prestan sus servicios
coreográficos al primero que paga. El pueblo de Tanta, que se halla en la mitad
del camino entre el Cairo y Alejandría, y a donde fui con Beaucorps durante la
feria, tiene fama en Egipto, particularmente en esos días, por sus bailarinas y
por el desenfreno público de sus costumbres. La figura de una muchacha egipcia
es el óvalo.
El gran proscenio
de todas estas escenas de cafés y bailarinas es el Esbekié, la plaza más
considerable del Cairo, no sólo por su tamaño, sino porque en ella residen la
mayor parte de los cónsules europeos, los principales hoteles, y en una
palabra, el mundo occidental, bien que fraternalmente mezclado con el oriental:
así junto al café puramente árabe, figura el europeo, sin que de él estén
desterrados ciertos hábitos, ciertos concurrentes, y en una palabra, cierto
colorido oriental. Los cafés nacionales situados en otros puntos distantes de
la ciudad, presentan un tipo más puro todavía, aunque no existe como en otro
tiempo, una especie de barrera entre francos y musulmanes, que hoy los unos
invaden los dominios de los otros con mutua cordialidad y con el mismo
desahogo.
La plaza del
Esbekié es de forma irregular, y está toda plantada de grandes árboles,
acacias, sicomoros, semejantes a nuestros pacayes y a nuestros enanos y
graciosos aromos (acacia farnesiana) cuyo perfume agradable y penetrante es
bien conocido. El aromo es indígena en Egipto, y su nombre árabe es fetneh. Los
árboles del Esbekié son tan corpulentos, que hasta ahora no tengo la idea exacta
de la forma de la plaza, porque la vista no puede abarcarla con facilidad en
toda su extensión.
El sitio del
Esbekié estaba expuesto hasta no hace mucho, a las inundaciones del Nilo, que
lo visitaban y ocupaban anualmente; hasta [266] que Mehemet Alí o Méjemetáli,
como dicen los árabes y que es como si dijéramos el don Ramón Castilla de estos
climas, la puso fuera del alcance de las aguas desbordadas, elevando su nivel
artificialmente y rodeándola de un canal.
Las casas del
Cairo están construidas sin el menor orden: aquí una ventana, allá una puerta,
más allá un balcón con sus celosías de madera, como las que se veían en Lima
hace algunos años. El gasto arquitectónico de los árabes parece fundarse en lo
ligero y en lo bonito. Los minaretes, aun los más altos, son delgados como
alambres, y las puertas y ventanas de muchas casas son tan pequeñitas, que
parecen las de una casa de muñecas. Cada calle es un laberinto, un dédalo.
La ciudad tiene
mucha semejanza, en su topografía y distribución de partes al menos, con
algunos de nuestros pueblos del litoral, con Lurín, por ejemplo; así como el
Egipto en general se asemeja a los valles de nuestra costa, exceptuando por
supuesto lo inmenso de la población, el movimiento industrial y comercial y la extensión
de terrenos cultivados; cosas todas que no se ven juntas ni en tan grande
escala en ninguno de nuestros valles, ni en ninguno de nuestros pueblos.
La gente del
pueblo es del color de la nuestra, aunque de tipo más fino, y las muchachuelas
se confunden con las zambitas, cholilas y mulatillas de por allá. El vestido de
estas mujeres rústicas es una larga camisa de algodón azul que llega hasta el
tobillo, una gran manta de lo mismo, que llevan sobre la cabeza, sin taparse la
cara, cosa que sólo hacen las de clase distinguida y las ciudadanas; pie
descalzo, y por complemento de todo, un cántaro que con frecuencia llevan en la
cabeza con mucho donaire, y sin perder el equilibrio, semejantes hasta en esto
y el modo de andar a las mujeres de nuestros suburbios. Esta costumbre de
llevar siempre un peso en la cabeza es la que, según mister Lane (Manners and
customs of the modern Egyptians, Londres, 1846) da a la estatura de las
egipcias ese aplomo y esa verticalidad encantadora que tanto agrada a los extranjeros.
El calzado de las mujeres se compone de unas medias de badana amarilla o
colorada, que más parecen botitas, y unas batuchas de lo mismo, sin talón y
terminadas por delante por una punta retorcida hacia arriba. Estas babuchas se
sueltan al subir [267] al diván o al estrado, porque el estrado, en todo salón
oriental, se eleva como un pie sobre el piso natural. El antifaz es un largo
trapo o babador colgado de la cabeza por tres condoncitos, dos de los cuales
pasan por encima de las orejas y el otro por el centro de la frente; este trapo
cubre la cara desde los párpados inferiores hasta abajo dejando visibles por
consiguiente los ojos y la frente. Acostumbran pintarse de negro los
alrededores de ambos ojos, valiéndose de una disolución o colirio, kol, del
hollín obtenido quemando resinas olorosas o cáscaras de almendras; con este
afeite y el paño que les cubre gran parte de la cara resaltan más, y como que
chispean sus hermosos y rasgados ojos, que sin necesidad de esto son
brillantes, picarescos y de una expresión dulcísima. También hacen uso de la
henna que es un árbol cuyas hojas pulverizan y disuelven, para teñirse de
encarnado las uñas de los dedos de pies y manos y otras partes del cuerpo.
Algunas se pintan de azul, lo que les da un aire lívido muy desagradable,
particularmente cuando llevan la pintura en los labios. Los franceses e
ingleses tienen un verbo común, se tatouer, para designar el acto de pintarse
por gusto, peculiar a muchos pueblos.
Los españoles, que
no viajan o que lo hacen sólo por necesidad o sin fijarse, no pueden tener
voces propias que correspondan a usos raros de países lejanos; porque miniarse
que usa Zorrilla en su poema de Granada, en rigor no debe aplicarse sino al
pintar en miniatura.
En días pasados
conocí a una inglesa extravagante que se había propuesto no quedar extraña... a
ninguna sensación oriental: había fumado y fumaba en ese momento, shibouk había
aspirado narguilé, se había embriagado con el hashish tan popularizado por una
novela de Dumas; había cabalgado en camello; y ese día (nos hallábamos en la
población de Suez, de que hablaré más tarde) me enseñaba triunfante las
extremidades de sus elegantes manos sonrosadas por el jugo de la henna.
El cabalgar en
camello es una operación ardua: sobre un cuadrúpedo de éstos trepa el jinete a
tanta altura, que si no anda listo, se queda colgado del primer árbol, si no
como Absalón por los cabellos, si no por el pescuezo como merecen muchos, por
la cintura que en todo caso es más seguro. La montura es una albarda hecha
[268] de cuatro palos, y el freno es una soguita atada alrededor del hocico del
animal. Los árabes alimentan a sus camellos con unas tortas hechas de harina de
haba según creo, de que llevan provisión, y que les obsequian a razón de una o
poco más por día. Estos animales que pueden cargar cuando menos seis quintales
y andarse cuando menos treinta leguas en un día, casi no comen, casi no beben,
y no han menester pesebre desde que pueden comer en la mano de su dueño. ¡De
cuánta utilidad no serían en nuestra costa! Dromedario no significa otra cosa
en griego que corredor, como se ve en hipódromo, que quiere decir carrera de
caballo. El regüeldo de un camello produce un ruido análogo al de un gran tonel
de agua removido, y las más noches, con sólo eructar, me despiertan al pasar
bajo los balcones de mi habitación, en el hotel francés de Coulomb, plaza del
Esbekié. En cambio su casco, que es una mera carnosidad, no hace más ruido en
la marcha que el que puede hacer un bribón en pantuflas; y cuando el transeúnte
a pie menos lo espera, se encuentra aplastado por una piara de camellos
cargados de troncos de palmera, como quien dice cuartones que sirven para la
construcción de las casas.
El andar en
camello marca a los novicios, pues el movimiento de estos animales es el de un
buque dando cabezadas.
El jorobado
cuadrúpedo se arrodilla al acercarse su jinete en ademán de montar. El árabe
coloca el pie en la estribera y permanece suspenso, sin pasar la otra pierna,
hasta que el animal se incorpora por completo: sólo entonces cabalga. A los
chambones les sucede lo siguiente; se apresuran a colocarse en la silla de un
golpe y muy jaques mientras el animal está acostado. ¿Qué sucede?, que el
camello, alzando primeramente su tren posterior, los arroja con violencia hacia
adelante; y alzando después el anterior los arroja hacia atrás con no menos
violencia. De donde resulta que nuestro jinete, en un santiamén,
Toca el cuello y la grupa del camello
con dolor de su espalda y de su cuello.
Con el pelo de sus
camellos tejen los beduinos, que son los árabes errantes, unos cordeles
equivalentes al ccaito y llama de los arequipeños. Ccaito de llama, que quiere
decir hilo de llama. [269]
El vestido de los hombres
se reduce a un pantalón ancho, camisa y una especie de bata suelta que les baja
hasta el talón. La juntura del pantalón y la camisa desaparece, ya que no bajo
un chaleco europeo, bajo un ancho ceñidor de seda de mil colores enrollados con
mil vueltas alrededor de la cintura. Todos ellos se rapan la cabeza no
dejándose de pelo más que un mechón o penacho en la coronilla para que, si
andando el tiempo vienen a ser degollados por un infiel y quiere este llevarse
la cabeza como trofeo, tenga por donde asirla y no les ponga en el rostro su
mano impura. Cúbrense la cabeza con un gorro colorado de borla azul, alrededor
del cual se enrollan una gran faja, quedando así formado el turbante, por el
cual tienen tanto respeto, que algunos le asignan una silla especial donde lo
depositan mientras duermen por la noche. La faja del turbante es verde en los
descendientes del profeta, blanca en muchos, y en los judíos y coptos o coftos,
negra, azul o de cualquier otro color oscuro. Los adustos coptos que forman
secta aparte, son los únicos egipcios reconocidos como vástagos verdaderos de
los antiguos faraones; y de su idioma o dialecto se sirvió Champollión para
interpretar los jeroglíficos. En los nubienses o nubenses y en los abisinios,
negros tintos unos y otros, se ha creído reconocer con más fidelidad todavía el
tipo primitivo. Los hijos de la Nubia o antigua Etiopía, que hoy se llaman
berberinos o barabrá, y los hijos del Soudan o Abisinia, se encuentran en el
Cairo como esclavos los unos, y como aguadores, cargadores y porteros los
otros. Este mismo Cairo que sirve de invernadero a los tísicos de Europa,
ocasiona la tisis a los indígenas de esas ardientes regiones, que tiritan en el
Cairo como un andaluz en Laponia.
Los habitantes del
Cairo, suelen llevar en la mano un rosario, no por cristiandad, sino por
pasatiempo, y se entretienen en ir pasando las cuentas, de sándalo unas veces,
de ámbar otras, como nuestros elegantes en esgrimir un chicotillo.
La gente del
pueblo, y especialmente la clase agricultora es designada bajo el nombre
genérico de fellah.
La prostitución de
las mujeres es inmensa y no está sujeta a ninguna traba. Hay una plazuela o más
bien encrucijada, maliciosamente llamada por los europeos Plaza del Cocodrilo,
por la cual es imposible pasar a las doce del día sin sentirse aturdido por los
[270] femeninos gritos de ¡favoriska! ¡favoriska! que salen de todos los
balcones, de todas las ventanas y de todas las puertas, lo mismo que aquella
famosa calle de Hamburgo llamada Dampthorwall, de que ya he hablado. Favoriska
es una palabra italiana que equivale a haga usted el favor de pasar adelante, y
a ella se reduce todo lo que estas mujeres saben de nuestro idioma.
Al atravesar la
plazuela del Cocodrilo, como en la supradicha calle alemana, se figura uno que
recorre un hospicio de locos. El cuadro interior de cada una de esas casas, que
tantos favoriskas echan por los balcones, es de los más repugnante. Al entrar a
cualquiera de ellas le salen a uno al encuentro, como las arpías de Virgilio,
una serie de mujeres flacas, amarillas, escuálidas, pareciendo aún más
macilentas por lo enjuto de su ropa; y el desencantado viajero cree hallarse en
la región de las tercianas, pues la amarillenta enfermedad está como
personificada en cada una de esas Mesalinas.
El verdadero campo
del deleite y la galantería reside en la plaza del Esbekié, cuyas interminables
arboledas e intrincados sotos brindan una serie de retretes, amenos y seguros,
para escenas de esa naturaleza, en donde las protagonistas son las muchachas
del pueblo que discurren por la plaza vendiendo naranjas. Rara es aquella que
al recibir el pago de la fruta que se le ha comprado, no retiene al europeo de
la mano, diciéndole con voz dulce y sumisa: tahale, que quiere decir ven.
Los muchachos, por
su parte, mataperrean a sus anchuras, chupando su caña dulce, que abunda en el
Cairo, donde fue introducida hace algunos años; aunque el azúcar no se elabora
sino en el Alto Egipto. En el Cairo hay un establecimiento de refinería
dirigido por un renegado italiano. Contiguo está el hospital y el jardín
botánico, dirigido este último por otro italiano, Figari, hermano del que
conocemos en Lima con el nombre de don Luis. Este sujeto tuvo mucho gusto
cuando le dije de dónde era yo, y me preguntó con interés por su hermano a
quien, según me aseguró, hacía muchos años que no veía.
Las cañas son más
delgadas que las nuestras, y algunas parecen carrizo. El carrizo, tan útil en
Lima, es también conocido por acá, y de él hacen varios usos como nosotros; ya
horadándolo en toda su longitud para convertirlo en tubo de pipa y de narguilé,
ya dividiéndolo [271] por la mitad de arriba abajo para tejer aquellas esteras
que nosotros empleamos para cubrir nuestros techos, poniéndolas bajo una capa o
torta de barro.
En los pueblecitos
circunvecinos al Cairo, que como ya he dicho recuerdan nuestros galpones, la
gente pobre enluce sus casuchas con estiércol de camello; y por esto se
encuentran en las calles de la capital multitud de muchachas y de viejas recogiendo
afanosas en unas espuertas cuanta boñiga fresca encuentran, de camello, de
burro, de caballo, etc., entreteniéndose al mismo tiempo en amasarla como hacen
los panaderos con una materia más pura. Estas criaturas componen uno de los
tipos más nauseabundos de la población, y al verlas y fijarse en sus brazos,
parece que llevaran guantes verdes hasta el codo.
[272]
Capítulo XXVIII
Las pirámides.- Un
Rafael para un Tobías.- El Cairo viejo o Fostat.- El pueblo de Gizeh.-
Palmeras.- Pirámides egipcias y huacas peruanas.- Objeto de aquéllas.-
Obeliscos.- La gran Pirámide o de «Cheops».- La esfinge.- Los beduinos.-
Ascensión a la gran Pirámide.- Descripción del interior de ella.- El borriquero
«Murci».- Vuelta al Cairo.
La visita a las
pirámides es la más importante de cuantas pueden hacerse en el Cairo, tanto por
lo que ellas son en sí, cuanto por las insólitas fatigas que esta excursión
requiere. Yo esperaba in diebus illis, un compañero de camino, como el joven
Tobías; hasta que la suerte, representada por un dragomán, me lo deparó en la
persona de un sueco, de Estocolmo, ya que no en la de un Rafael.
Me paseaba un día
por el Esbekié, cuando el dragomán o guía mencionado, uno de los muchos que
abundan en el Cairo, y de quienes hasta ahora no me he servido, teniendo a la
mano a los borriqueros que valen mucho más y cuestan mucho menos, se me acercó
diciéndome que un viajero había cerrado trato con él para ir a las pirámides al
día siguiente, que éste deseaba un compañero para no ir tan solo, y que si yo
quería serlo. Acepté inmediatamente y nos encaminamos al domicilio de mi nuevo
compañero. Allí me encontré, no como Tobías con un joven espléndido, sino con
un individuo enteramente septentrional, no por su talla, que era la de un
Pulgarcillo, sino por su rubicundez, tan exagerada, que rayaba en zarco; y mi
primer cuidado fue preguntarle si veía de noche; y sólo cuando me repuso que
sí, mirándome con extrañeza, sólo entonces recordé que mi interlocutor era un
hombre y no un caballo.
Su faz radiosa
parecía una alborada flamante. Era una aurora boreal de Finlandia que venía a
irradiar en Oriente; y bajo este punto de vista no dejaba de ser un hombre
esplendente y espléndido [273] como el ángel que acompañó a Tobías. A las pocas
horas vi con sentimiento que me las había, no con el viajero clásico, cuya
sociedad es tan agradable en estas regiones, sino con el mero viajero, que va
religiosamente a visitar cuanto le señala su guía, echa un rápido vistazo para
no incurrir en falta, y regresa sin entrar en pormenores y sin llevarse consigo
una idea exacta de los países que visita. No me inquieté, sin embargo, porque
para esa como para otras excursiones de Oriente, sólo se busca en el compañero
un fantasma, una sombra que lo haga pasar a uno menos deslucido de lo que pasa
cuando va solo; como esas carabinas de palo de que se arman algunos viajeros en
Siria para asustar a los beduinos. Un compañero, por otra parte, bueno o malo,
aligera los gastos y aun los sinsabores de una expedición.
Mi sueco estropeaba
un poco el inglés y más todavía el francés; y como otros muchos en su caso se
consolaba diciendo que a traducir, eso sí, nadie lo ganaba; y que leía un libro
en inglés o francés, para sí se entiende, como en su lengua.
A la mañana, muy
temprano, estábamos a burro, mi compañero, yo, el guía o dragomán, y un solo
borriquero, hombre entrado en años, que nos seguía a pie, y que había sido
enganchado lo mismo que los borricos, por el dragomán, que se encarpaba de todo
mediante cuarenta francos que debíamos entregarle a nuestro regreso.
Mi compañero
parecía un lapón, no sólo por sus diminutas proporciones, sino porque guiñaba,
pestañeaba y gesticulaba, como si la excesiva luz del Oriente lo tuviera
atormentado y deslumbrado. Mi imaginación veía surgir en torno suyo los
principales atributos de las regiones boreales: la choza del esquimal, el
trineo, el reno o rengífero; y hubo un momento en que confundiendo a mi
individuo con todas las figuras de que voluntariamente lo rodeaba, creí que su
jumento se arrastraba como un trineo; que de su cuerpo brotaba pelusa como el
de un esquimal, y que sobre sus sienes surgía la elegante cornamenta del ciervo
del Norte.
Piqué mi burro
para alejar de la vista de mi compañero una risa indiscreta, que me vino, y el
suyo, que ya se había puesto de acuerdo o amadrinado con el mío, avivó también
su marcha; su jinete, que nunca había cabalgado en ninguna especie de animal,
al ver que galopaba en pies ajenos creyó probablemente, que se lo llevaban los
[274] diablos, y poseído de terror gritaba: Arretez, Monsieur ¡Stop, stop!
hasta que se halló paralelo a mí, y se asió de mi pierna todo convulso.
Este terror por el
burro lo había notado ya, estando en Nápoles, en un jovencito ruso, con quien
hice la ascensión del Vesubio. Mis lectores no lo habrán olvidado.
¿Quién hubiera
creído que hay regiones del globo, donde este animal tan feo, inspira terror
como si fuera gente?
En cosa de una
hora llegamos al Cairo viejo, llamado Fostat, por los naturales, y después de
haber desperdiciado por lo menos una media (no calceta) mientras el dragomán se
arreglaba con los bateleros que debían transportarnos a la otra orilla del
Nilo, entramos en un lanchón fraternalmente mezclados con nuestros burros, y se
desplegó una vela, que los cuatro hombres de tripulación secundaban empujando
la embarcación con unos grandes palos que introducían hasta el fondo del río,
como vi hacer en el Danubio.
En un cuarto de
hora llegamos al pueblo de Gizeh, situado al frente, y volvimos a montar,
atravesando un mercado de granos, donde entre otros se veían las lentejas
bíblicas. Gizeh es célebre por sus hornos de incubación artificial, en los
cuales, teniendo huevos, se obtienen pollos sin necesidad de gallinas,
proposición que a un muchacho le parecería adivinanza.
A la salida del
pueblo, entramos en una alameda de acacias y sicomoros, muy pintoresca, y
después en otra de palmeras, árboles que no nacieron para dar sombra, que nada
tienen de halagüeños cuando el sol quema, porque sus troncos, larguísimos,
rectísimos, y coronados de un penachito de hojas abanicadas, no ofrecen el
menor resguardo contra los rayos solares, y se discurre por entre ellos como
por un edificio en obra del que sólo se han levantado los pies derechos.
De aquí
desembocamos en una risueña y verde llanura igualmente desamparada de toda
sombra en toda su latitud, sin que la más ligera nube entoldara la poderosa luz
del sol.
A la extremidad de
esta campiña rasa comienza el desierto, la arena, con tal precisión que la
llanura verde parece una vasta alfombra tendida sobre el arenal. Este contraste
que agrada mucho a los europeos, me recodaba a mí los oasis o valles de nuestra
costa. [275]
En la misma
frontera del arenal se levantan como las puertas del desierto, las pirámides,
que son tres: la grande o de Cheops, la de Chefren y la de Miserino,
denominadas todas de Gizeh por el pueblo inmediato, y en Europa y entre
nosotros, antonomásticamente Las Pirámides; aunque hay tanto número de ellas en
Egipto y tan diseminadas están por el país como las huacas entre nosotros,
habiendo desde la grande, construida de enormes monolitos, hasta la pequeña,
pobre e insignificante, hecha de ladrillos; así como entre nosotros hay desde
la Huaca grande, rica en entierros de oro, cuya abundancia ha podido aun dar su
nombre a una de ellas (el Cerro del oro, en Cañete), hasta la Huaquilla, que
sólo contiene miserables líos de huesos y paja, expuestos muchas veces a la
intemperie sobre la superficie, y con los cuales tropieza el pie de los
caminantes.
Son montecillos incultos
do del sol a los reflejos
vemos blanquear a lo lejos
huesos de gente insepultos.
Esos huesos
despojados de su carne, de su sangre y de su vida y reducidos a la penúltima
expresión del ser humano, pues la última es la ceniza y el polvo; esos huesos
arrancados a la oscuridad subterránea por manos despiadadas o por el simple
tráfico, vuelven después de largos años de tinieblas y olvido a empaparse sobre
la faz de la tierra en la luz de los astros, en el aire vital, y en todos los
goces exquisitos de la Creación que ya no sabrán absorber con deleite.
Cada una de
nuestras huacas es un semillero de fragmentos humanos, y es raro el día en que
la lampa brutal de nuestros peones, o el grotesco instrumento llamado rufa, no
destrozan el cráneo de algún antiguo legislador peruano. Del mismo modo en
Egipto, en las inmediaciones de ciertas pirámides, basta introducir el brazo en
la arena para desenterrar la momia, tal vez de un faraón, o el cuerpo
embalsamado de algún ibis (garza) u otro animal adorado en algún tiempo.
Las huacas
peruanas y las pirámides egipcias desparramadas por estos y por aquellos
llanos, levantándose de trecho en trecho solitarias [276] y tristes, parecen
unos centinelas taciturnos velando el sueño de las generaciones pasadas.
Después de muchas
divergencias y de muchas hipótesis más o menos extravagantes, han convenido
finalmente los modernos en que las Pirámides no eran otra cosa que túmulos o mausoleos
de forma piramidal que los monarcas egipcios hacían construir para que
sirvieran de sepulcro a sus restos y a los de los suyos. Cada monarca al ocupar
el solio comenzaba a erigir la pirámide que había de ser su tumba; y el
monumento se elevaba tanto cuanto el reinado se extendía; y no sería difícil,
como dice el alemán Lepsius, averiguar la duración de un reinado por los
cuerpos de una pirámide, como la edad de un árbol por el número de sus capas
corticales.
De esta manera,
pues, un monarca egipcio alternaba entre las grandezas de la vida y entre la
nada de la muerte; y no se distraía de lo efímero sino para preocuparse con lo
eterno. Otros de los monumentos muy del gusto de los egipcios eran los
obeliscos, generalmente de granito rosado y de una sola pieza o monolíticos, de
los que aún subsisten dos tumbados en Alejandría, que los franceses llaman
Agujas de Cleopatra, uno de pie en Heliópolis (ciudad del sol) cerca del Cairo,
y otros muchos en el alto Egipto. Varios de estos obeliscos han sido transportados
a Europa en diversas épocas y por diversos personajes. El emperador Augusto
dotó de algunos a Roma, Constantino a Constantinopla, y en nuestros días
Napoleón I, hizo llevar hasta París el que figura en la plaza de la Concordia
de esa ciudad, con el nombre de obelisco de Luqsor. Estos monumentos se
colocaban a manera de pilares a la entrada de los templos, palacios, etc.,
llevando escrita en jeroglíficos por sus cuatro caras la historia del edificio
al que servían como de índices.
Los egipcios no
conocían la bóveda ni necesitaban de ella, porque desde que disponían y usaban
de grandes monolitos, podían salvar la distancia que media entre dos pilares
tendiendo una gran piedra horizontal.
Concluyamos
diciendo que la palabra pirámide se deriva del radical griego pyr, que
significa fuego, por recordar su aspecto la llamarada puntiaguda de una pyra u
hoguera.
Las diez y media
de la mañana eran, y hacía cerca de dos horas que habíamos salido de Gizeh
(pronúnciese Djizeh) cuando nos apeamos [277] delante de la gran pirámide. Allí
mi compañero me manifestó, como hombre resuelto de antemano, que él no subía,
por lo que tuve que pensar en emprender solo la ascensión.
La gran pirámide o
de Cheops, la principal de las tres que ocupan esta llanura y la única que
visitan los viajeros, se halla construida sobre una gran roca subterránea que
le sirve de base, y consta de más de doscientos cuerpos sobrepuestos en
progresiva disminución. Los dos últimos cuerpos superiores han desaparecido,
gracias a lo cual la cúspide se ha achatado y presenta una cómoda explanada de
más de diez varas en cuadro, aunque vista de abajo parece una punta accesible
sólo a las garras de un pájaro.
Esta obra, la más
antigua que haya salido de manos del hombre, y como su primer ensayo
arquitectónico, tiene de alto 173 metros sobre el plano inclinado, y 137
verticalmente medida. Su base cuadrangular abraza una circunferencia como de
900 metros.
El aspecto de esta
masa de rocas es tan imponente, que no ha faltado viajero que al verla haya
tenido la absurda ocurrencia de creer que no es obra humana, y que salió del
seno de la tierra erizada de peñascos como Minerva armada de la cabeza de
Júpiter.
Su edad es
inmensa: basta decir que los personajes de ahora dos mil años venían a
admirarla, lo mismo que nosotros hoy, como obra de la antigüedad; y que
Napoleón al arengar a sus soldados, poco antes de la célebre batalla de las
pirámides, les decía:
-¡Soldados! de lo
alto de esas pirámides cuarenta y ocho siglos os contemplan.
Entre la primera y
segunda pirámide, se halla situada la esfinge, otro monumento de gigantescas
proporciones, también de granito, que representa a una leona con cara y pechos
de mujer, acostada sobre una base elevadísima, aunque en totalidad casi
enterrada en la arena. Los egipcios gustaban mucho de representaciones de este
género, y con esfinges lo mismo que con obeliscos, adornaban la entrada de los
grandes edificios.
Un erudito alemán
indagando el objeto de esta esfinge, y recordando cierta fábula griega muy
conocida, concluye diciendo: «la esfinge en cuestión no ha hallado todavía su
Edipo». Las cuatro caras de la gran pirámide estaban cubiertas y enlucidas con
piedras pequeñas y otros materiales que servían de relleno ocupando los vacíos
que [278] quedaban entre grada y grada, con lo cual desaparecía la forma
escalonada de la pirámide, y sólo se veían sus cuatro fases lisas y unidas.
Estas capas eran una obra póstuma que se hacía a la muerte del príncipe erector
de su propia tumba y tenían entre otros objetos, el de ocultar la abertura
practicada en uno de los lados de la pirámide para penetrar en las galerías
subterráneas donde debían descansar los sarcófagos. Todo era misterio en las
costumbres y en la religión de ese pueblo.
Una de estas capas y los dos cuerpos
superiores del monumento han sido arrebatados en épocas posteriores para
emplearlos como materiales en las modernas obras del Cairo. Gracias a tales
despojos, el viajero se encuentra con una gradería tosca y horrorosa es verdad,
pero que le permite la ascensión, y al llegar a la cúspide, con una cómoda y
holgada plataforma.
Los beduinos
(Bedawi en árabe) habitantes de un pueblucho inmediato, se nos habían acercado
apenas nos divisaron, y nos hacían el objeto de sus más delicadas atenciones.
Los mismos y los cuidados solícitos de que nos rodeaban movidos por la
esperanza del bagshish, rivalizaban con los agasajos y cortesías de les garçons
de París, a quienes agita igualmente, con no menos vehemencia, la codicia del bagshish
traducida en pourboire.
Apenas di el
primer paso al frente con ánimo de emprender la ascensión por la única cara
descascarada que presentaba la pirámide, un pelotón de ellos se precipitó sobre
mí, tomándome una mano el uno, otra mano el otro, y colocándose éste a la
vanguardia a guisa de heraldo o abanderado, y aquel otro a retaguardia para
empujarme, y comenzó el asalto de la inexpugnable fortaleza.
La ascensión se
verifica de un modo veloz, rápido, aéreo casi, sea porque la soltura de miembros
y la costumbre diaria del ejercicio haga imposible a los beduinos subir de otro
modo, sea porque se propongan aturdir al viajero para hacerse después más
indispensables; ello es que me izaban sin dejarme casi tocar los escalones,
altos como de una vara el que menos. De cuando en cuando buscaba un descanso,
propuesto por ellos mismos, sentándome en uno de los escalones naturales a
tomar resuello, mientras que mis guías con el mayor anhelo se ponían a sobarme
las piernas por si tenía calambres, y aventurando ya en voz baja la palabra
bagshish. Un gracioso negrito, [279] desnudo casi como sus compañeros, cuyo
vestido se reducía a una larga camisa o manta en que se embozaban, nos precedía
a cierta distancia llevando en la mano un cantarito de barro lleno de agua,
previendo que llegaría un momento en que mi gaznate enardecido por el calor y
la fatiga, solicitaría ser remojado con un trago de agua fresca; solaz que tan
oportunamente proporcionado, no podría menos de ser remunerado con un generoso
bagshish. Estos cántaros, enfriaderas naturales del agua, son muy usados aquí y
recuerdan nuestros cacharros o alcarrazas.
Los beduinos me
izaban al son de ¡jala! ¡jala! y algunas veces ¡jela! para interrumpir la
monotonía. Al principio creí que se trataba de nuestro verbo halar pronunciado
a la peruana y aun a la andaluza; pero recordando después que un árabe, y mucho
menos un beduino, no está obligado a hablar español, comprendí que invocaban a
su dios Alá, a quien estos ciudadanos gustan de encomendarse en todo, por todo
y para todo.
Otro tanto sucede
en español, o al menos recordamos al nuestro con más frecuencia que en las
otras lenguas y decimos; «Que se haga la voluntad de Dios»; «que sea lo que
Dios quiera»; «vaya usted con Dios», al despedir a alguno; Deo gratias al
entrar en una habitación; y de otras mil frases análogas usamos que podemos
llamar resabios del árabe o arabismos indirectos, porque se somete el arabismo
en cuanto a la idea y no en cuanto a la expresión como al decir, por ejemplo
«¡ojalá!» que es un arabismo directo por no ser otra cosa que la corrupción de
inshalá, que en árabe significa: «si Alá lo quiere», lo cual es una suposición
y no un deseo como «¡ojalá!».
Después de Dios,
ningún ser parece inspirarnos tanto respeto como el hombre; y se diría que
queremos rendir un homenaje perpetuo al más grande animal de la creación
exclamando: ¡hombre! al principio, al medio y al fin de toda clase de frases,
singularidad que no se encuentra en ninguna otra lengua.
Al poner nuestra
planta en la cúspide de la pirámide, todos los beduinos a una voz soltaron un
¡hurra! europeo en obsequio mío. Hasta entonces habían hecho vanos esfuerzos
por descubrir mi nacionalidad, (para en vista de ella dirigir su ataque contra
mi bolsillo con más acierto), hablándome sucesivamente en francés, en italiano
y en inglés, y creyéndome de todas partes, menos de tierra [280] española,
porque los beduinos no están acostumbrados a que los españoles viajen y menos a
que hablen idiomas, pues bien o mal, yo había contestado a todas sus
interpelaciones. Al fin determinaron calificarme de francés; pero uno de ellos
observó que la configuración de mi cabeza no era francesa; y aunque yo ignoraba
las razones que pudieran asistirle, me preocupé algo al ver el aplomo y la malicia
con que se expresaba este frenólogo del desierto.
Había empleado
diecisiete minutos en la ascensión, y eran como las once de la mañana. La vista
me pareció como la que se puede admirar de cualquier otro punto de vista a
semejante altura, quitando por supuesto palmeras y minaretes que no en todas
partes se ven. Creo, pues, que los autores que hablan de este espectáculo como
de una cosa sorprendente, recuerdan sin duda que huellan cuarenta siglos, lo
cual les hace teñir el panorama de colores excepcionales que en mi concepto no
tiene cuando se echa un simple vistazo sin entrar en consideraciones.
Después de haber
abarcado el contorno distante, que presentaba un aspecto risueño, deslumbrante
y hermosísimo, traté de escudriñar el contorno inmediato; y me puse a buscar
con la vista por la base del monumento, y mi pequeño lapón. Cuando creí
divisarlo, esforcé la voz y le grité:
-¡Compañero! ¡De
lo alto de esta pirámide veintidós años os contemplan!
Pero mi esquimal
no me oía, ocupado en guiñar, en pestañear, en gesticular y como en forcejear
con la luz que mortificaba sus pupilas de mochuelo. Un cuarto de hora permanecí
en la explanada de la pirámide, durante el cual los beduinos desplegaban a mi
alrededor una política y una finura de París. Unos me presentaban carbones,
otros me ofrecían su navajas para que escribiera o grabara mi nombre entre los
muchos que por allí se hallaban. No accedí, porque no tengo tal costumbre,
aunque después me pesó no haber dejado mi nombre a tanta altura.
Yo me sentía agradablemente sorprendido al no
hallarme con esos beduinos de caras y maneras feroces que esperaba, siguiendo
la preocupación (?). Como se sepa tomar el partido de hombre chusco, de buen
humor y aun extravagante, no hay miedo que se repita alguna de las muchas
historias que se cuentan, tales como haber despojado [281] de su dinero a
algunos pobres viajeros, amenazándolos al llegar a ciertos sitios difíciles,
con dejarlos plantados allí si al momento no vaciaban su bolsa. Los ingleses,
los bobalicones ingleses, han sido con frecuencia víctimas de semejantes
chascos. Es verdad también que los ingleses es la gente más desinteresada entre
los viajeros y sueltan los chelines y libras esterlinas con poco trabajo.
Cuando los
beduinos trataron de emplear conmigo el conocido procedimiento y me amenazaron
con dejarme solo en esa altura si no le daba un bagshish a cada uno de ellos,
los miré con la mayor indiferencia, y aún los empujé hacia abajo para probarles
qué poco me importaba su compañía, aunque no era así. Esto me valió más que
hacerme el terrible y echar mano al revólver como acostumbran algunos.
Un cuarto de hora
permanecí en la cúspide de la pirámide, al lado del cual pensé en la bajada.
Esta segunda operación es menos sencilla que la primera, porque al subir todo
se remedia con no volver la cara; no así al bajar, en cuyo caso el viajero va
midiendo constantemente la altura a que se encuentra, la distancia que lo
separa de la tierra firme, y paseando su espantada vista por esa formidable
pendiente, perpendicular casi y erizada de picos. Al acercarme al primer
escalón no pude menos de preguntarme ¿cómo había podido subir? y sobre todo
¿cómo podría bajar? Pero los beduinos estaban a mi lado, y con su denodada
actitud me daban a entender que se comprometían a transportarme
insensiblemente, no sólo hasta abajo sino hasta los infiernos, siempre que no
les destruyera la agradable esperanza del bagshish.
Dando saltos
descomunales, y creyendo precipitarme en cada uno de ellos, llegué por fin al
suelo. El calor, la fatiga, y lo insólito del espectáculo, me habían
transtornado de tal manera, que mis piernas se doblaban; y poseído de un
vértigo, y mareado, me resolví a abrazar la superficie de la tierra, en cuya
arena caí boca abajo, creyendo llegada mi última hora.
El lapón que
seguía todos mis movimientos, se me acercó; y cuadrándose delante de mí, tirado
a sus pies, me preguntó con una ironía triunfante, más propia de un esprit
francés, que de un carámbano del Norte. [282]
-¿Y bien? ¿Qué ha
visto usted?
-Nada -le respondí
con voz ahogada.
Un rato después
penetrábamos todos juntos, habiendo antes encendido las velas que llevamos del
Cairo, en los subterráneos de la pirámide.
La entrada se
encuentra en la misma cara por donde se ejecuta la ascensión, a una altura como
de 20 metros sobre el suelo, y da acceso a un largo y pendiente callejón, de
forma cuadrada, por el que se desciende a gatas, ayudándose de pies y manos.
Desgraciadamente el piso, las paredes y el techo de esta rambla, todo es de
piedra lisa; y cuando el pie resbala, y la voluntad solicita el auxilio de la
mano, ésta no hace más que secundar el resbalón del pie, resbalando ella
también y viceversa. Por fortuna hay una especie de grada de trecho en trecho,
formada tal vez por el uso que lo ataja a uno; aunque como en la ascensión no
hay el menor riesgo, gracias a los beduinos que despliegan en esta segunda
operación los mismos cuidados que en la primera.
A la extremidad de
la galería, y como si dijéramos en lo más íntimo de la pirámide, (90 metros más
o menos de la entrada) desemboca uno en un pequeño cuarto, casi cuadrado, cuyo
objeto se ignora. Este cuarto se halla en el gran eje vertical de la pirámide,
a 32 metros debajo de su base y por lo tanto al nivel del Nilo.
Al llegar a él me
incorporé, que harto lo necesitaba mi espinazo, tan amigo de la posición
vertical, y dando un largo resuello y olvidando entre qué gente me hallaba,
dije en español:
-De aquí no paso
-cerrando, afirmando y remachando mi proposición con aquella vigorosa y
conocida interjección española que don Quijote solía arrojar como tenía de
costumbre, larga perífrasis que me evita seis letras.
El entusiasmo de
los beduinos, comprimido y hasta amortiguado ya al ver que no podían descubrir
mi nacionalidad, estalló con esta importuna revelación, y perturbando el
silencio de aquel lúgubre recinto, gritaban: ¡Ispanúl! ¡Ispanúl!
Acto continuo
vinieron a lisonjearme hablándome lo que sabían de español, que no pasaba de
cuatro palabras, y que podían reducirse a otras tantas variantes de la vigorosa
y conocida, tan característica de la lengua española, como Cervantes y don
Quijote de su literatura. [283] Murci, mi borriquero favorito en el Cairo, en
sus frecuentes y rápidos tratos con los españoles que transitan por aquí de
paso para Manila, o de regreso de ella, se había aprendido el siguiente
estribillo, incoherente en apariencia, que solía repetirme cadenciosamente como
si hubiera sido una tonada:
-El mañana... el
borrico... el... y aquí entraba la vigorosa.
Nuevo Champollión,
traté de reconstruir una historia con estos tres fragmentos aislados, con estas
tres columnas truncas, restos indudablemente de algún vanto (?) edificio de
palabras, y al fin se presentó a mi espíritu la siguiente proposición, que
someto al juicio de los más sutiles investigadores:
-Un español de
tránsito llega al Cairo, y sin acordarse para nada de que está en la
interesante tierra de los Faraones y que hay Pirámides, Esfinge y obeliscos que
visitar, se dirige al hotel, cena, y antes de irse a la cama hace venir al
borriquero; se encara con él y levantando su índice a la altura del rostro del
muchacho, le manifiesta con resolución; que para el día siguiente muy temprano
(mañana) necesita un borrico, y que... ¡cuidado con olvidarse! Dicho esto se va
a dormir hasta la madrugada siguiente en que prosigue su viaje.
El borriquero no
ha entendido nada de la retahíla; pero ha notado que las palabras mañana y
borrico se presentan a cada paso como las principales, y que la vigorosa
interjección ha discurrido por todo el período una y mil veces, activa y
enérgica como un general en jefe. No es, pues extraño que en su memoria quede
grabada la agradable tonadilla: «El mañana... el borrico... el...»
Salimos del cuarto cuadrado, y al poco trecho
subiendo por otro pasadizo que al bajar habíamos dejado a nuestra izquierda
fuimos a pasar a otro aposento llamado el cuarto de la reina, que como el
anterior se encuentra en el gran eje vertical de la pirámide; a 22 mts. sobre
el nivel del suelo, a 54 sobre el cuarto cuadrado, y sólo a 119 mts. de
distancia de la plataforma superior en la que yo había reposado poco antes a la
luz del día. Se cree que en cada retrete de estos había un sarcófago.
Poco rato después
dejamos la tumba y resucitamos a la vida exterior con el apetito muy aguzado.
Fuimos a sentar nuestros reales [284] en las últimas gradas de la pirámide, y
comenzamos nuestro almuerzo con el fiambre que habíamos llevado, que constaba
de pollos fríos, huevos duros, queso y naranjas, que en Egipto son excelentes.
Nuestro dragomán y el jefe de los beduinos (sheik) a quien éstos respetaban
tanto, que en su presencia se abstienen de solicitar el bagshish se conservaban
a cierta distancia esperando nuestros despojos con toda gravedad. Antes de
retirarnos, distribuimos algunos chelines (aquí corre toda moneda europea)
entre los beduinos, cuyos servicios y humildad bien merecían un ligero
bagshish. Al último el mismo sheik se despojó de su majestad y vino a pedirnos
su bagshish como el postrero de sus súbditos. Nos encaramamos en nuestros
ágiles borriquillos y tomamos alegremente el camino del Cairo.
Dos versos habían
preocupado mi imaginación toda la mañana, latino el primero y sudamericano el
otro, y alusivos ambos al monumento de que me despedía con tristeza. Es de
Horacio el primero, cuando hablando de sus propias obras dice:
Exegi monumentum, oere perennius,
regalique situ Pyramidum altius.
«He levantado un
monumento más duradero que el bronce, y más sublime que el real sitio de las
pirámides». ¡Dichoso él, cuya pretensión análoga a la que puede formular
cualquier pobre diablo, ha sido sancionada por dieciocho siglos, los mismos que
prueban que la admiración por las pirámides no es moderna!
El segundo verso
es de Olmedo, y más o menos dice así:
Las soberbias Pirámides que al cielo
el arte humano osado levantaba,
templos, do esclavas manos
deificaban en pompa a sus tiranos,
ludibrio son del tiempo, que con su ala
débil, las toca y las derriba al suelo.
¡Lástima que los
dos últimos versos no sean verdad, pues las pirámides se mantienen en pie
victoriosas de los aletazos del tiempo, y sólo la mano del hombre se ha ocupado
de descáscararlas! [285]
Nos detuvimos por
segunda vez en Ghizeh, abatidos por el calor y entramos a descansar a un café
en donde nos refrescamos con esa bebida y algunas naranjas; y a las tres y
media de la tarde estábamos de regreso en el Cairo.
[286]
Capítulo XXIX
Excursión al
pueblo de Suez.- Mi compañero belga.- El mar Rojo.- El Bazar de Suez.- Aullidos
de lobos.- Los Dervises.- Una familia española.- Los trabajos del Istmo.-
Vuelta al Cairo.- Separación de la familia española.
Pocos días después
salí para la población de Suez por el ferrocarril en compañía de un barón
alemán a quien sentaba muy mal su título pues no era nada distinguido.
Pero lo que yo
buscaba en mis compañeros era un bulto que me ayudase a sobrellevar los gastos
y penalidades de una excursión, y nada más; y bajo ese punto de vista mi nuevo
compañero no dejaba que desear. Además hablaba o creía hablar una palabra de
español, y decía narangae cuando tenía sed.
A las ocho de la
mañana nos embarcamos en el tren que debía conducirnos, y a la una del día
fondeamos en el hotel, situado delante de la misma estación. Es un magnífico
edificio, mucho más para el que viene del Cairo, donde los hoteles son muy
imperfectos. El patrón era maltés, y los criados negros todos traídos de la
India inglesa, eran dóciles, sumisos y activos, gracias a los cuales el hotel
es un modelo de limpieza, de orden y de aquel confort que los ingleses
plantifican por donde quiera que pasan.
El camino es el
desierto, y no creo que vi más de los árboles, o más bien arbusto secos
parecidos a los aromos silvestres o guarangos enanos que interrumpen la
monotonía de nuestras áridas pampas descollando graciosamente sobre su tronco
inclinado, y con sus ramas extendidas como si estuvieran nadando en el aire.
Los puebluchos que
encontrábamos se componían de unos pocos tugurios de barro, o enlucidos con
estiércol de camello; con aquella misma materia que las muchachitas y las
viejas del Cairo andan [287] recogiendo por las calles con tanto amor y esmero
como si fuera oro.
Apenas se sale del
Cairo, comienza el desierto por la derecha; por la izquierda la vegetación se
prolonga más por largo trecho. Las puertas y ventanas de las malas casuchas que
se ven en el camino son simples agujeros.
Al fin ve uno
dibujarse a la derecha una gran montaña de color violeta como lo indica su
nombre árabe. Gebel Ataka. De la palabra gebel se ha derivado nuestro
sustantivo jabalí que no es otra cosa que un adjetivo del mismo origen que
montaraz, montuvio, cerril, cimarrón, que viene de monte, cerro, cima. Rinden
pues, culto a la etimología sin saberlo tal vez, y colocan a la palabra en su
verdadero lugar, los que se obstinan en decir cerdo jabalí que equivale a decir
cerdo del monte.
Paralelo a esta
montaña corre el tren hasta llegar a Suez, que nada absolutamente tiene de
interesante. Es una especie de Iquique en grande o más bien en pequeña escala,
una miserable población de mil quinientas almas, que por el ferrocarril recibe
diariamente del Cairo, el agua, y donde no se ve el menor asomo de vegetación,
el menor rastrojo.
Esta agua la
conducen en unas largas cajas de hierro, ajustadas a cada coche por debajo del
asiento, ni más ni menos como aquellas secretas, o doble fondo, que se suelen
practicar en algunos cofres.
El mar Rojo visto
desde Suez, no tiene aspecto ni de bahía, ni de rada, ni de golfo, ni de nada
que recuerde un puerto; y rodeado de playas tersas y lustrosas por todas
partes, más bien parece un gran lago de agua dormida, un estanque desbordado,
un pantano. Sin embargo, habiendo salido al día siguiente en un bote con mi
compañero lo notamos agitado y ondeante. La playa está llena de sumideros
peligrosos, y Napoleón I estuvo a punto de desaparecer en uno de ellos una
tarde en que se paseaba por la orilla del mar.
Los buques fondean
muy lejos; y la población es estrecha, pobre y sus habitantes me parecieron más
taciturnos que los del Cairo, y mucho menos dispuestos a simpatizar con el
europeo.
En una de las
tiendas del Bazar vi entre otros objetos curiosos, un precioso abanico de
sándalo de la China, delicadamente entallado en paisajes, figuras y toda clase
de adornos, que en su confusa distribución [288] recordaban aquellas
caprichosas fantasías de la arquitectura morisca llamadas arabescos, los que a
su vez parecen simbolizar la imaginación de algunos de nuestros vates, que con
llamarse fantásticos piensan disculpar todas sus incongruencias.
Compré este
abanico en veinte francos, y después otro, meramente calado, por cinco. También
me ofrecieron otro, análogo al primero, pero de marfil, que no compré por
parecerme algo caro, (tres libras esterlinas). Tomé igualmente como recuerdo
curioso, un gran vaso de madera hecho de un cañuto o internudo de bambú, (caña
de Guayaquil) admirable y artísticamente esculpido; esta curiosidad me costó
siete francos.
Por la noche
reinaba un silencio formidable, silencio de desierto de que no gozaba tiempo
hacía, acostumbrado a las populosas ciudades de Europa, distribuidas como
tableros de ajedrez, con una sola casilla o cuadro para cada figura; y bajo la
apacible luz de la luna me paseaba a lo largo de los rieles, teniendo a un lado
la población muda, y al otro el mar Rojo con algunas embarcaciones menores
donde probablemente los Dervises hurleurs se entregaban a sus ceremonias
habituales, pues oía unos aullidos sordos como los que había oído en algunos
conventos del Cairo; pero mucho más horrorosos, y que nada tenían de humano.
Estos aullidos eran idénticos bajo más de un aspecto, pues en ambas partes la
escena pasa en pleno desierto, a los que se perciben en las cercanías del
pueblo de Asia en nuestra costa, al pasar de noche por las inmediaciones de la
isla de lobos.
Los Dervises, de
cuyas ceremonias religiosas me ocuparé más tarde, equivalen a nuestros
sacerdotes, y viven en congregaciones o cofradías. Los franceses los dividen en
Dervishs hurleurs, y Dervishs tourneurs, porque los primeros celebran sus
funciones místicas dando aullidos, y los segundos dando rapidísimas vueltas,
aisladamente o asidos en círculos o en gran círculo general.
La escena de los
hurleurs es una gritería discordante y bárbara, de que sólo pueden dar idea los
aullidos de los lobos que pueblan algunas islas desiertas de nuestro litoral.
Los tourneurs, que yo llamaría de remolino, se agitan en silencio, con los
brazos abiertos en cruz y el semblante adormecido, y parecen nigrománticos de
la Edad Media evocando espíritus. [289]
Al día siguiente
por la mañana me fijé en un individuo que acababa de desembarcar de la India, y
que parecía preocupado en realizar no sé qué arreglo con el dueño del hotel.
Seguí atentamente todos sus pasos y todos sus movimientos, pues un vago
presentimiento me anunciaba que ese hombre debía de hablar, mi idioma, de que
tanto tiempo estaba privado.
No tardé en
descubrir que era un español que venía de Filipinas de paso para España, y acto
continuo y sin saber cómo nos hallábamos en relación, pues él también por su
parte había presentido o tal vez sabido mi origen.
Mi nuevo compañero
me recibió con júbilo indecible, porque habiendo salido muy joven de España y
habiendo permanecido trece años confinado en una provincia de Filipinas, como
gobernador de ella, no había podido familiarizarse con las lenguas extranjeras,
que le eran tan oscuras como para mí los jeroglíficos; y en tan extrema
situación yo no podía menos de ser muy útil como intérprete y como guía. De uno
y otro necesitaba él con más urgencia que nadie, por venir arrastrando un tren
considerable, compuesto de su esposa, una niñita de cuatro años, y un vasto
equipaje de veinte y tantos bultos. Se retiraba para siempre a su hogar y había
querido arrancar y traerse consigo todas las raíces que los sujetaban a aquella
tierra de promisión. Se llamaba don Vicente Bouvier, y la historia de su viaje
había sido una larga tragedia cuyo colorido se hacía más vivo por el
sentimentalismo natural con que él y su esposa la referían.
Al llegar a la
isla de Ceilán, el jardín de esos mares, donde los vapores acostumbran hacer
escala, saltaron y tomaron un carruaje para recorrerla. De repente, la niña que
iba arrimada a la portezuela, cayó al suelo de bruces y cuando el carruaje
rodaba con toda velocidad; la madre se precipitó detrás de su hija; el padre
tras de la madre, y lo más sorprendente de este lance dramático fue que los
tres salieron ilesos.
Posteriormente, en
la travesía del mar Rojo, a cuya entrada, viniendo de la India, surge el
miserable puerto de Aden, donde también hacen escala los vapores para
abastecerse de carbón, la misma niña fue acometida de una fiebre devoradora que
trajo su vida en un hilo hasta la llegada a Suez; durante este tiempo ni el
padre ni [290] la madre se habían desnudado ni habían pegado los ojos, como
vulgarmente se dice.
La niñita fue
salvada merced a la solicitud del médico inglés de abordo, y en general de toda
la oficialidad, incluso el capitán, para la cual gente abrigaba Bouvier una
gratitud sin límites, que ya en parte había satisfecho remunerando al médico y
a los sirvientes con muchas onzas de oro.
Uno de los
maquinistas del vapor, un John Bull alto y grueso o más bien redondo como una
de las columnas de Hércules, cobra y percibe hasta hoy los réditos tardíos y
exagerados de unos servicios en los que tal vez no tomó mucha parte. Mi
compañero con la magnanimidad propia de un padre, me preguntaba a veces:
-¿Si no le habrá
dado ya lo bastante?
En cambio mi
gringo, que siempre está ebrio y que ha tomado mi americanismo como de los
Estados Unidos, no cesa de repetirme que: los diablos se lo lleven si en su
vida ha visto a un yankee hablar inglés con acento más raro que el mío.
Pocas horas
después de mi encuentro con don Vicente, regresábamos al Cairo, habiéndome
divorciado enteramente de mi barón, quien por su parte, desde el día anterior
no hacía otra cosa que pasar los ojos por la Independence Belge, La Presse y
otros periódicos que le habían venido de Europa, y de los que se pertrechó al
salir del Cairo. Sólo un momento suspendió la lectura que hacía
concienzudamente a puerta cerrada, para ir a dar un paseo en bote, a propuesta
mía, por las encrespadas olas del Mar Rojo.
Pensar en visitar
los trabajos de la ruptura del Istmo, habría sido de mi parte una insensatez.
Esa curiosidad demanda una seria excursión por el desierto, en camello, que es
la nave del desierto, como dicen los europeos y acompañado de beduinos, que son
los pilotos de ese mar, como dicen o pueden decir los mismos.
Una carta de
recomendación especial para Mr. Ferdinand de Lesseps, el popular director de
esos trabajos, y unos conocimientos algo especiales para poder abarcar y
apreciar la magnitud de ellos pues todavía no ha llegado y está distante el día
en que basten estas dos aberturas u ojales que con el nombre de ojos llevamos
en la cara, son necesarios para comprenderlos. Algunos tontos, sin embargo,
emprenden el viaje, llegan, abren y clavan sobre esa obra sus dos claraboyas
[291] con el aire de unos papanatas, o papamoscas, o papahuevos y se vuelven
sin otro adelanto que el de poder satisfacer su vanidad diciendo: «Yo he estado
allí».
Por todas estas
razones tomé mi dromedario de vapor, lo mismo que los otros viajeros, y salí de
Suez a las dos de la tarde. Dos paradas hace el tren en el camino y en ambas
salté de mi vagón y fui a colgarme a la portezuela del que venía don Vicente y
los suyos, porque estaba privando con ellos, lo mismo que ellos conmigo, y el
idioma natal me producía el efecto de una música.
Por la noche
entramos al Cairo a la luz de la luna, viendo con singular placer, yo al menos,
aparecer los grupos de la vegetación y alguna que otra lucecilla tímida y unida
abriéndose paso entre ellos, como esas lucecitas de nuestros cuentos que se van
y vienen.
Cuatro días,
durante los cuales no nos separamos un instante, disfruté de la compañía de don
Vicente, sin que en ello hubiera podido persuadirlo a ir a las pirámides, ni a
hacer la más pequeña excursión por las cercanías, ni siquiera a presentarse en
casa de su cónsul como acostumbran todos los europeos.
Es verdad que el
cuidado de su esposa e hija absorbían toda su atención.
Murcí, mi
borriquero habitual a quien le presenté como un modelo de precoz poliglotismo,
le halagaban el oído en diversas ocasiones repitiéndole su acostumbrado
sonsonete.
Mi compañero era
un joven de 33 años de regular estatura, delgado, de aspecto militar, y parecía
hombre de fibra y acostumbrado al mando, como que había gobernado 13 años la
provincia de Leyte, una de las islas del archipiélago de Filipinas.
Su esposa, doña
Clotilde, natural de esas regiones, iba a Europa por primera vez, era una mujer
amarilla como una de nuestras retamas, con su abundante pelo negro y lustroso
como el plumaje de nuestros chivillos, dotada de una hermosa dentadura y de
toda la indolencia encantadora peculiar a su clima.
Sonó por fin la
hora de nuestra separación; y sea que mi compañero no se hallara realmente sin
mí, sea que me creyera necesario, ello es que hizo vanos esfuerzos para
arrastrarme hasta Alejandría, en donde debía embarcarse para Europa,
ofreciéndome costearme el [292] tren de ida y vuelta, por si el temor de gastar
veinte pesos me arredraba.
Era la segunda vez
que mi compañero me tomaba por un aventurero: en la primera me había
preguntado, a lo mejor de una de nuestras conversaciones, ¿si no era yo
jugador? y al contestarle que no, trató de excusarse asegurándome haber oído
que en mi país todos jugaban.
Acostumbrado estoy
ya a despertar este género de sospechas, porque los que me ven no pueden
comprender que un joven de mi edad haya venido desde el Perú hasta Egipto,
solo, sin recomendaciones y como expulsado de la sociedad, por mera curiosidad.
Yo en esos días
era como un príncipe, la idea de que alguien me costeara un pasaje, me
indignaba.
¡Infeliz padre
mío! yo te lo agradezco, pero no educaste a tu pobre hijo como para este país.
Dejé acomodados en
el tren que partía para Alejandría a mis amigos de cuatro días. Antes de
separarnos cambiamos los recuerdos que pudimos. Don Vicente me obsequió dos
palos de canela en forma de bastones y un cortapapel o plegadera de carey
finísimo, traído todo de Ceilán. Yo le di mi tarjeta, para que con ella se
presentara en el hotel Albat, en Alejandría, en donde había dejado buenas
relaciones.
Pocos días
después, al pasar nuevamente por ese puerto, supe que hasta mi tarjeta había
sido útil a mi compañero, pues habiéndole suscitado dificultades en el Banco de
Egipto para el cobro de una letra que traía, se escudó con mi nombre, conocido
y acreditado en esa casa en donde me habían suministrado ya algunos fondos.
Dos meses más
tarde debía hallarme yo en una situación análoga en Atenas, sin que entonces
viniera a salvarme tarjeta, persona ni cosa alguna conocida, por lo que me fue
forzoso pasar tres lunas en la tierra de Teseo y de Pericles, pues tres veces
la vi nacer, crecer y morir.
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